EL IMPERIALISMO SOVIÉTICO EN EL EXTREMO ORIENTE

Entre las huestes comunistas de nuestro país, ingenuas, candorosas e inocuas, es general la creencia de que el régimen soviético libra a las naciones de todas las miserias propias de los sistemas políticos adoptados por los Estados burgueses y las expurga de la infamante tarea del imperialismo. Quien se enfrenta con éste, lógicamente se veda a sí mismo de caer en los vicios que afanosamente combate. No se explicaría que un país que se defiende de las acechanzas de una grande potencia, se volviera contra su vecino —más pequeño y débil aún— para domeñarlo. Y sin embargo este es el caso de la Rusia soviética.

La URSS desarrolla un programa de expansión imperialista, que no difiere en sus propósitos ni en sus métodos, de los métodos y los propósitos que presidieron la política del zarismo.

Para probar este aserto será bastante con retroceder al lector al creciente conflicto chino-soviético —no solucionado aún en definitiva— que por momentos hizo pensar en la inminencia de una nueva contienda internacional —discrimen o prolegómeno de una futura conflagración general.

En la pugna de China con el Soviet, que involucró a Norteamérica como tercero en discordia, se destacan: el interés de la nacionalidad china, cuyo pueblo al despertar a la conciencia de sus deberes y responsabilidades, va destruyendo el estatuto plagado de servidumbres y humillaciones que le fue impuesto paulatinamente por las potencias, y el interés de dos imperialismos que chocan entre sí: el ruso —éste representado por los soviets, por la monarquía o por la democracia burguesa— y el norteamericano; con la circunstancia de que el imperialismo norteamericano implica para los chinos un mal menor, y lo utilizan, por tanto, como instrumento en su ruda tarea de liberación.

La medida drástica —brutal si se quiere— adoptada por los nacionalistas chinos al incautarse del ferrocarril ruso que atraviesa por la Manchuria, expulsando al personal designado por Moscú, no fue sino un acto de fuerza por medio del cual pretendieron los chinos —inútilmente hasta hoy— destruir una de tantas concesiones arrebatadas asimismo por la fuerza a la nación china, cuando se hallaba indefensa y atemorizada, bajo la férula de su indolente monarquía.

Ciertamente, los nacionalistas de hoy, buscando la realización de sus propósitos, vincularon su causa con el interés norteamericano de penetrar al mercado manchú. Pero tales procedimientos a nadie deben causar extrañeza, ya que es esa, justamente, la táctica defensiva de China; y el Estado que aprovecha las antinomias que advierte en los intereses de las diversas potencias, para obtener la abolición de un régimen intolerable, de concesiones y de privilegios, que todas ellas impusieron de consumo, no debe merecer más que la admiración de los hombres dotados de un espíritu recto.

El nacionalista chino supo aprovechar la propaganda que el interés ruso llevó a su territorio, no sólo para vencer a los “tuehu-nes” (caudillos militares que dominaban en China a la manera medieval y que se sometían en todo a los mandatos de las potencias), despertando en la colectividad el sentimiento de la unidad nacional, sino también para cercenar el poderío de las potencias occidentales y del Japón, hasta obligar a aquéllas y a éste a modificar sensiblemente los antiguos tratados unilaterales por otros en que la injusticia es menos palmaria aunque aún subsisten muchos privilegios para los extranjeros; ahora, el mismo nacionalista apoya, haciéndolo suyo, el interés de Norteamérica, que juzga menos nocivo, frente al interés ruso; y mañana se aliará con otras potencias para arruinar a su rival, hasta que por fin logre la redención de su patria, recuperando todos los atributos inherentes a la soberanía nacional.

¿Qué de extraño tiene esa política, cuando es la que secularmente —y no con finalidades de tal modo levantadas— han seguido las potencias? ¿Qué de inmoral, cuando va enderezada en contra de aquellos poderes que no experimentaron el menor escrúpulo en hacer de la China indefensa y abatida y somnolienta, terreno propicio para todas las concupiscencias internacionales?

No es menester averiguar la veracidad de la afirmación soviética —ni siquiera desmentida por la cancillería norteamericana— de que el secretario Stimson propuso la neutralización del ferrocarril ruso que corre por la Manchuria, para tomar el hecho por cierto.

Ese es un viejo anhelo de nuestros vecinos del septentrión. Ya en 1910, a la hora en que Rusia y el Japón negociaban los intereses de ambas potencias en la Manchuria, pasando de la enemistad a la alianza en el lapso de un lustro contado después de la guerra ruso-japonesa, el secretario Knox formulaba la proposición que hace pocas semanas atribuyó el Soviet al coronel Stimson.

Lo interesante es observar que el imperialismo zarista se opuso a los designios de Knox con igual decisión aunque no con la misma vehemencia —con que hoy se oponen los “Comisarios del Pueblo” a los designios de Stimson esto es: el imperialismo ruso, en 1910 o en 1929, siempre se opuso a la organización imperialista norteamericana en Manchuria, que hoy apoyan los nacionalistas chinos.

A guisa de ilustración, y aunque no sea necesario para demostrar la fuerza de la proposición que sustenta este artículo, recordará al lector que la Manchuria ha sido el punto de partida de los grandes conflictos de Oriente. Por la hegemonía sobre ella se produjo la guerra ruso-japonesa, hasta lograr el Mikado la cesión en su favor de las concesiones “de alquiler” arrebatadas por Rusia a China el 27 de marzo de 1898: Puerto Arturo, Talienwan y las aguas adyacentes. La guerra manchuriana culminó en la alianza anglo-japonesa, destruida diez y siete años más tarde por exigencias rotundas de Hughes. Y la Manchuria, en fin, constituye el obstáculo mayor para forjar la unidad china, hasta que ocurrió la formidable derrota de los “tsines” norteños y la trágica muerte del mariscal-bandolero Chang Tso Liu.

La conquista del mercado manchú puede ser causa de una de las grandes crisis que perturben la paz del mundo, y de fijo que a estas horas aumenta las preocupaciones de los estadistas reunidos en las conferencias llamadas del desarme naval que se registran en Londres. Sólo que en esta ocasión las potencias no podrán decretar la suerte de la Manchuria a espaldas de China, porque China ha dejado de ser “un gran cuerpo social sin músculos y sin cabeza” —como lo calificaron los comisionados de investigación rusos en 1908— para convertirse en una nacionalidad que resurge a la vida, que tiene voluntad, que adquiere pujanza y que, sobre todo, cuenta con estadistas capaces de conducirla por el sendero de su redención.

Pero volviendo al tema central de estos comentarios, insistiremos en la posición internacional que ha tomado el Soviet.

En el duelo político que la Rusia soviética de los primeros años venía sosteniendo con las grandes potencias del mundo, contó siempre con una fuerza que la hacía temible y grandiosa: la de erigirse en metrópoli espiritual de las nacionalidades sometidas.

Entonces Rusia predicaba a la conciencia de los pueblos, despertándoles el afán por organizar sus propias nacionalidades; la URSS parecía desdeñar los empeños de Europa por mantenerla al margen del continente blanco, como si se sintiera orgullosa del papel histórico que le cabía como cerebro y alma de los pueblos irredentos del lejano “Levante”. No se cuidaba de las murallas que se le oponían, porque estaba cierta —como expresó Wilson— de que las ideas penetran por todas partes, como el viento y la luz. Nació de la miseria y del dolor de la guerra, y pensaba que el dolor y la miseria de las grandes potencias la ayudarían a vencer en el mundo.

Pero llegó la hora en que los intereses genuinamente imperialistas de Rusia (¿pues qué otra denotación pueden tener las concesiones ferrocarrileras o los territorios arrebatados por el zarismo por medio de la fuerza o con la amenaza del empleo de la fuerza, a una nación indefensa?) se ven en peligro, y entonces el Soviet no recuerda más su misión libertaria, para convertirse, simplemente, llanamente —hasta en sus procedimientos de arrogancia y de crueldad, de “ultimata” frecuentes y de invasiones armadas— en una de tantas puissances de proie, del tipo de aquéllas otras que avasallan a los pueblos en nombre de la civilización o que desembarcan infantes de marina en cualquier playa indefensa.

El Nacional, 2 de febrero de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

LA DECADENCIA DEL TRIÁNGULO INTERNACIONAL

Sorprende al mundo el año de 1930: planteando en el campo de la política internacional problemas de la mayor gravedad y trascendencia que haya debido confrontar la humanidad en la última década. No se han elaborado aún los últimos arreglos que han de servir a manera de remate de la estructura económica de la postguerra; no se han puesto las signaturas finales con que se cierre la página inquietante que proyectó la liquidación económica de la guerra —con todo su acervo complejo de adeudos internacionales y de convenios para el pago de reparaciones—; no se ha finiquitado, en suma, esta grave cuestión que apareja, involucra y engendra otros problemas políticos y sociales de primera importancia, cuando ya los estadistas de las cinco grandes potencias navales —Inglaterra, Estados Unidos de América, Japón, Francia e Italia—, so pretexto de buscar el desarme naval, se ven compelidos, en realidad a ajustar su poderío e influencia como imperios que se atribuyen —en mayor o menor grado— la hegemonía política sobre el orbe.

Las conferencias que de aquí a pocos días van a iniciarse en la capital británica, están llamadas a determinar el ritmo de la política exterior de las primeras potencias; porque previamente a ellas se han destruido viejas alianzas y se han proyectado nuevas “ententes”, se ha alterado sensiblemente el cauce por donde discurrían, aquietándose las turbulentas corrientes de la vida interestatal, y es menester, en consecuencia estructurar una nueva armadura o establecer un nuevo equilibrio internacional.

No es sólo el interés propio de los hombres que han abierto su espíritu a las grandes inquietudes y emociones alemanas lo que debe movernos a contemplar, en su contenido básico y en sus inflexiones, un acontecimiento —o sucesión de acontecimientos— de tamaña magnitud. Es, además, y sobre todo: el deber que tienen todos los pueblos —sin excluir a los débiles o pequeños— de comprender cuál es la ruta y cuáles los designios y los intereses y las ambiciones en pugna de los grandes Estados, lo que impele al escritor a desentrañar la verdad de estos sucesos; ya que, fatalmente, la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, no permite a las pequeñas naciones substraerse, a la influencia de la rotación de las grandes potencias. Como que las perspectivas de paz o de guerra —mediata o inmediata— afectan por entero a la humanidad.

El legado de 1929

Ya en el plano concreto de la observación, claramente se advierte que el ambiente predominante al iniciarse este año de 1930, es muy otro que aquel que prevalecía al comienzo de 1929. Si los años —convencional medida de tiempo— tienen un valor histórico por los acontecimientos que en su lapso comprenden, este año de 1929 dejó una profunda huella de desconcierto en el campo de la política internacional: desconcierto que se traduce en inquietud y en zozobra que es urgente calmar.

Ciertamente, a 1929 se le legaron graves problemas, de entre los cuales dos —el de la liquidación económica de la guerra y el de la evacuación anticipada de la Alemania— están a punto de quedar básicamente resueltos; pero en cambio 1929 heredó un espíritu de cordialidad y un orden político que se antojaba inalterable en tanto que legó a 1930 notas amargas, rencores mal contenidos y actitudes intransigentes.

Al principiar 1929 el luminoso triángulo de la paz —Briand-Chamberlain-Stressemann— sólidamente constituido, que nada hacía sospechar un cambio sustancial en los lineamientos o en el espíritu de la política trazada por tan conspicuos hombres de Estado. Sin embargo, a 1930 lo han saludado los sedicentes nacionalismos, rencorosos, desconfiados o altaneros, cuyo espíritu ha sustituido al espíritu de concordia que tuvo su culminación en Locarno y en Ginebra.

Del trinomio Briand-Chamberlain-Stressemann no resta nada. El Bismarck de la paz rindió su tributo a la muerte, empujado por la intensa tarea que le imponían las resistencias “nacionalistas” y revancheras: Sir Chamberlain ha pasado a la penumbra —momentánea o definitiva— corriendo la suerte de su partido, mientras Mac-Donald y Snowden destruyen con saña toda la armadura forjada por L’entente Briand-Chamberland; y Briand, el viejo batallador, el más selecto y el más universal espíritu de Europa, apenas si es, en el Quai d’Orsay, una facade que no logra encubrir la política dura de André Aardieu.

De “L’entente” europea a “L’entente” anglo-sajona

Esta decadencia de los hombres que mayor influencia han ejercido en el mundo occidental en el último lustro —de los hombres cuya gestión disipó las tormentas que ya se anunciaban en 1923—; esta decadencia acusa la más formidable y más grave transformación del orden político internacional, que se haya conocido en la postguerra.

Cuando Snowden, con sus exabruptos, fueteó el rostro de Henry Chéron —el obeso ministro de Hacienda de Francia—, el hecho parecía tener solamente un valor anecdótico —fuerte, pero circunstancial—. A nadie se le ocurría que al margen de la pelea por diez millones de dólares anuales que reclamaba el canciller del Tesoro británico, se engendraba la más radical transformación de la arquitectura política internacional. El mismo Briand, por salvar los convenios llamados a liquidar el pasivo económico de la guerra, pensando y obrando a impulsos de su sensibilidad más europea que francesa, soportó con paciencia las tremendas boutades del delegado británico y hurgó acá y acullá hasta encontrar los millones reclamados por el tesoro de Albión.

Pero la resignación de Briand y el sacrificio pecuniario de cuantos cedieron por satisfacer las demandas inglesas, no fueron bastantes para volver las corrientes políticas a su cauce habitual. En realidad, el programa del nuevo gobierno británico comprendía un cambio radical de la política del Imperio. Así pues, el episodio de Snowden era la iniciación de una marcha por derroteros distintos.

El pueblo inglés saludó con vítores de entusiasmo al triunfador de La Haya. No era solamente l’entente personal Briand-Chamberlain la que quedaba deshecha; era sobre todo, l’entente franco-británica la que tocaba a su fin; entente que hizo posible la guerra y la victoria sobre el militarismo prusiano, y que servía de sustento al nuevo equilibrio europeo.

Inglaterra —se pensó— volvía al “espléndido aislamiento” que proclamaran los viejos liberales. Mac-Donald —se dijo—, no ha hecho otra cosa que levantar el ánimo del partido en derrota.

Pero no. Mac-Donald iba más lejos. Mac-Donald cambiaba l’entente franco-británica que le aseguraba la hegemonía sobre Europa, por l’entente anglo-yanqui que le asegura la hegemonía del mundo.

Este es el verdadero sentido de la situación internacional que prevalece en esta hora histórica.

Tardieu vs Snowden

Ante la ruptura de los vínculos franco-británicos que se forjaron en 1904 frente a la amenaza del predominio del kaiser Guillermo y que se solidificaron en los años angustiosos de la guerra; y ante las asperezas de los actuales ministros ingleses contra Francia, la exaltación del Partido Laborista británico al poder no podía repercutir —como se esperaba y como aconteció en 1924— como un fenómeno favorable a los partidos de la izquierda francesa sensibles a la concordia y fervorosos de la paz. Era demasiado violenta la actitud de Snowden y asaz trascendente la nueva orientación impresa a la política internacional por Mac-Donald para que no se operara en Francia un movimiento de reacción —casi instintivo— hacia Tardieu, hacia Maginot, hacia Marín, hacia todos esos hombres, en fin que mantienen la tradición “clemencista” de desconfianza y de rencores.

Y entre tanto esto ocurre en Inglaterra y en Francia, en Alemania ha desaparecido el más alto y más hábil estadista de nuestro tiempo —Stressemann—, y vuelven a cobrar fuerza los vástagos del kaiserismo que parecían definitivamente vencidos.

Este es el panorama espiritual que se observa en Europa en los albores de este año de 1930, cuando las grandes potencias del mundo, a pretexto de buscar el desarme naval, van a reunirse para ajustar su poderío e influencia como imperios que se atribuyen la hegemonía sobre el orbe.

El Nacional, 9 de enero de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El ausente

Quien crea que la vida carece de sentido, no solo es desgraciado, sino casi incapaz de sobrevivir.

Einstein.

 

¿Qué pasó con el economista José Luis Flores Hernández? ¿Dónde se ha metido? ¿Por qué ya no se deja ver?

Son preguntas obligadas porque parece que se lo tragó la tierra. Nadie sabe qué es lo que hace el que fuera Secretario de Finanzas –junto con el hoy gobernador y Germán Sierra Sánchez, aspirante también por la gubernatura del estado–, coordinador de la diputación federal poblana y director general de Banobras.

Este tipo de ausencia revela que pudieron haberle fallado sus amigos y puede ser que también aquellos que fueron sus subordinados. Los primeros porque se alejaron de él para prácticamente dejarlo morir solo. Y los segundos porque le hacen el fuchi, no obstante que hasta hace unos meses todavía ponderaban su capacidad y presumían su preparación. Son actitudes que de alguna manera comprueban que José Luis Flores se equivocó de estrategia política, de amigos, de colaboradores e incluso hasta de padrino.

Alguna vez este columnista le dijo frente a Luis Antonio Godina lo que probablemente nadie le había dicho (lo repito de memoria): “Si participas en el proceso interno perderás debido a que tu principal rival es un político que lleva toda la vida trabajando para ser gobernador. Tiene muchos amigos y una muy buena imagen”. No me lo creyó. Después ocurrió lo que el lector sabe. Y sus corifeos sufrieron una derrota de la cual todavía no se recuperan, entre otras cosas, porque dedicaron su esfuerzo y tiempo electoral a lanzar toda clase de infundios y epítetos en contra del entonces precandidato Melquiades Morales, para ellos el enemigo a vencer (en otra ocasión le daré nombres, pelos y señas).

Lo que le faltó a José Luis Flores Hernández fue presencia pública, es decir, haber compartido con sus paisanos las buenas y las malas. Por ello inició su carrera política a contrapelo y se hizo notable su desarraigo: cuando llegó a la entidad tenía varios años de haber estado ausente obligado, desde luego, por sus estudios profesionales en el Distrito Federal y los posteriores en Estados Unidos. También por su trabajo en el gobierno federal y más tarde en el vecino país. De ahí que su arribo fuera algo casual ya que prácticamente sin conocerlo ni haberlo planeado Manuel Bartlett lo invitó a colaborar: José Ángel Gurría (amigo de ambos) le dio la sorpresa diciéndole que lo había recomendado con quien gobernaría el estado de Puebla.

Así fue como José Luis Flores apareció en la entidad. Lo precedía un interesante esfuerzo académico y todo tipo de reconocimientos profesionales. Sin embargo, quizás por su trayectoria en el ámbito financiero, nunca pudo quitarse de encima el toque de superioridad que reciben quienes adquieren su preparación en el “primer mundo”. Esto propició que desde su llegada a Puebla (supongo que sin quererlo) dejara ver una actitud de menosprecio hacia los poblanos que no habían tenido la oportunidad de estudiar en la nación del Tío Sam o que no pensaban en inglés o que no pertenecían a su círculo académico-social. Y como en sus nuevos colaboradores existía esa apreciación, al siguiente mes de su nombramiento, empezó a escucharse (en voz baja, claro) los comentarios en su contra. Por ejemplo: se dijo que era déspota, de mal carácter, grosero con el personal, inestable emocionalmente, exigente al grado de paroxismo, petulante, selectivo en la relación con los demás secretarios, aislado, a la sociedad angelopolitana, explosivo y poco afecto a relacionarse con su personal. Y lo peor es que durante los primeros años de su gestión la sociedad nunca lo vio o si lo hizo fue como si tratase de una persona emocionalmente lejana.

Imagino que a estas alturas ha de estar pensando “qué gano con visitar la ciudad de Puebla”.

Tal vez empero, cada día se ve más difícil que José Luis recupere lo andado y nos demuestre que es un cuento aquello de que tiene un carácter reservado y huraño. Esto porque por una parte quedó emocionalmente herido (candidatura, amigos, subordinados y colaboradores de campaña). Y por la otra debido a que los poblanos difícilmente aceptan o perdonan a quienes en el primer fracaso o incluso antes se alejan de ellos.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

Apareció el ausente

Esperando el mundo se deshace y la fruta madura

Federico García Lorca.

 

Hace unos días en este espacio pregunté: ¿Qué pasó con el economista José Luis Flores Hernández? ¿Dónde diablos se ha metido?

¿Por qué ya no se deja ver?

Mi respuesta fue que este tipo de ausencia revela que pudieron haberle fallado sus amigos y puede ser que hasta quienes fueron sus subordinados. Los primeros porque se alejaron de él para prácticamente dejarlo morir solo, y los segundos porque le hacen el fuchi.

También transcribí lo que opiné respecto a su aspiración a la candidatura que finalmente ganó el hoy gobernador Melquiades Morales Flores: “Si participas en el proceso interno, le dije en aquella ocasión, perderás debido a que tu principal rival (Melquiades Morales Flores) es un político que lleva toda la vida trabajando para ser gobernador. Tiene muchos amigos y una muy buena imagen”. Concluí, pues, que al exsecretario de Finanzas le había faltado presencia política, es decir, haber dedicado más tiempo a compartir con sus paisanos las buenas y las malas. O dicho en otras palabras: le falló (a él o a su padrino) la estrategia que los “clásicos” llaman baños de pueblo.

Después de algunas consideraciones sobre su personalidad académica y las dificultades que tendría para recuperar lo andado, así como para demostrar a los poblanos que es un cuento lo de su carácter reservado, huraño e iracible.

Días después recibí un correo electrónico enviado por él, mismo que me permitió transmitir íntegro en virtud de que —como lo acostumbran los políticos con oficio— responde las preguntas apuntadas sin entrar en las honduras de las aclaraciones subjetivas:

“Estimado Alejandro:

Te agradezco los amables comentarios que me dedicaste hace unos días en tu columna con el título “El ausente”. No me extraña, como bien dices, que algunas personas ahora me recuerden más por mis muchos defectos que por mis pocas virtudes. Esa es la naturaleza humana y el trato normal a un político que no está en una posición política destacada. Sin embargo, más que explicaciones sobre mi carácter deseo contarte que después de 29 años de trabajo honesto en el servicio público, actualmente estoy dedicado a la actividad privada.

Dedico mucho tiempo a la familia y al rancho en Cuetzalan que fue de mi bisabuelo, de mi padre y que ahora es mío.

Por otro lado, estoy asociado en un despacho con amigos y tengo algunos contratos en varias partes del país asesorando a gobiernos estatales y municipales, así como a algunas empresas privadas.

En la política continúo participando en Puebla como Consejero Político y en México participando en la organización de la próxima Asamblea Nacional en la Comisión para reformar los Estatutos para la elección de dirigentes del (PRI).

Como puedes ver me mantengo ocupado y optimista de que lo mejor de México y de Puebla aún está por venir.

Recibe un afectuoso saludo”

Usted, respetado lector, tiene la última palabra. Sin embargo, me permito recomendarle que no borre de su lista de personalidades a la gubernatura a José Luis Flores Hernández, un hombre cuya formación y oportunidades políticas deben de haberle dejado una espina clavada, misma que estoy seguro tratará de sacársela haciendo uso de su talento, relaciones, coraje, antecedentes y experiencia. Apúntelo pues, al lado de Rafael Moreno Valle Rosas, Germán Sierra Sánchez, Ana Teresa Aranda de Orea y Francisco Fraile García. Al tiempo.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

SU SANTIDAD EN EL MUNDO

De entre los acontecimientos que se pergeñan en el orden internacional, ninguno, en los últimos tiempos, iguala en trascendencia al Tratado de Conciliación, Concordato y Convención Financiera, por medio de cuyos instrumentos el reino de Italia y el Papado liquidan el viejo litigio surgido al consumarse la unidad italiana, cuando Víctor Manuel II —el ilustre abuelo del inocuo monarca actual— urgido por el clamor nacional y por su conciencia de patriota, incorporó Roma a sus Estados, destruyendo por ello todo poder temporal del Papa.

No es solamente la importancia que en sí tiene el suceso como solución que cierra una de las páginas más interesantes de la historia y del Papado en el último siglo, sino sobre todo por la influencia que va a proyectar en el cuadro de la vida internacional la vuelta del Pontífice romano al gobierno temporal, bien que vaya a ejercer los atributos inherentes a la soberanía política sobre un territorio minúsculo, como es el que comprende el área asignada a la novísima Ciudad del Vaticano.

Las angustias de un rey y la altivez de un jerarca

Si el caso se examinara como una mera cuestión local, volviendo a los términos en que se planteó la cuestión en los años 1870 y 1871, habría que reducir la magnitud del suceso hasta registrar una aparente victoria del Quirinal sobre el Vaticano. Con efecto: en los documentos que acaban de concluir el duce y el cardenal Gasparri —según las informaciones de prensa, hasta ahora incompletas— no se hacen efectivas, siquiera, las proposiciones que en forma rendida hacía Víctor Manuel II a Pío IX en carta del 8 de septiembre del año 70, que traducía, en las palabras que voy a reproducir, la lucha angustiosa en que se debatía el rey italiano al hallar en pugna sus deberes de patriota con su condición de siervo de la grey católica: “Santísimo Padre: Con el amor de un hijo, con la lealtad de un rey y con el sentimiento de un italiano, me dirijo otra vez al corazón de Vuestra Santidad…”

Entonces, a los libérrimos ofrecimientos de arreglo que partían del monarca, respondía el soberbio Pontífice con esta cortante negativa: “Non possumus…” Ni el reconocimiento de la soberanía espiritual más absoluta, ni la asignación de una renta perpetua, exorbitante dadas las condiciones económicas de la época, fueron bastante para hacer transigir al orgulloso jerarca creador del dogma de su propia infalibilidad…

Y el rey, de esta suerte, no pudo más que apoyarse en el admirable apotegma de Cavour: “La iglesia libre dentro del Estado libre”.

Un acto de resignación

Pero no puede juzgarse el suceso de que me ocupo con vista de las circunstancias que prevalecían al plantearse el conflicto que parecía ser eterno, sino más bien con relación a las condiciones políticas del mundo actual, para que pueda comprenderse su influencia sobre las relaciones interestatales del momento presente.

Que la renta que el signore Mussolini convino en pagar al Papado sea menor a aquella ofrecida en 1870, y que se consagre el catolicismo como religión de Estado en Italia, son aspectos puramente locales que no despiertan más que una simple curiosidad. Lo interesante está, repito, en que el Papa readquiere el ejercicio de un gobierno temporal, en cambio de lo cual, Pío XI renuncia definitivamente a toda reivindicación sobre Roma y sobre el antiguo Estado clerical, arrebatados de la mano autoritaria de Pío IX, y termina también el mito de la prisión del Sumo Pontífice.

En el año 70 podía el Papa rechazar, en la forma airada que lo hizo, las ofertas generosas y amplias del rey. Su cólera era demasiado temible. El golpe formidable de las máquinas de hoy, no liberaba aún las conciencias de la generalidad del pueblo europeo. “Sois como los sepulcros blanqueados de cal” —decía Pío IX al conde Pouza di San Martino, emisario de Víctor Manuel— como toda contestación a sus protestas de fidelidad filial; y tal respuesta llenaba de consternación a la Corte. Se necesitó la oleada formidable del pueblo que anhelaba la unidad nacional, para seguir adelante…

Pero el tiempo convirtió en una mueca inocente las santas iras del Papa. Formada la conciencia nacional italiana y fortificado el Estado en el crisol de la gran guerra de la que salió victorioso, habría sido ilusorio o insensato pretender mantener íntegramente las reivindicaciones históricas del poder temporal. Así, pues, el hecho de hoy podría interpretarse en cierto modo como un acto de resignación.

El Papado en el concierto internacional

Esto, sin embargo, no implica una nueva derrota para el Papado, sino al contrario: el aprovechamiento del último palmo de terreno que le deja la autoridad civil, como punto de apoyo para reanudar sus seculares empresas mundanas, amoldándose a las condiciones de la vida moderna.

En el siglo pasado el ejercicio de la soberanía sobre Roma parecía condición indispensable para fincar el poder temporal del Papa. Hoy, que la interdependencia de los Estados rige la existencia política del mundo, el interés del Pontífice no podía consistir en la extensión y valía del territorio que se sometiera a su jurisdicción, sino en la posibilidad de recuperar su perdida personalidad civil para terciar en los negocios del mundo, no sólo con fundamento en una influencia espiritual cada día más discutida, sino que también con los atributos inherentes a todo jefe de Estado.

Es verdad que el Papado no ha desaparecido jamás de la vida internacional. Ante el fastuoso soberano espiritual de los católicos, siempre se ha acreditado un cuerpo diplomático, y el Papa ha pretendido intervenir como mediador en los grandes conflictos humanos, particularmente en el curso de la gran guerra. Pero se ha constreñido esta acción diplomática a los límites que corresponden a una entidad moral, incapacitada para hacer acto de presencia en las reuniones en que los plenipotenciarios de los poderes civiles han debatido los problemas pequeños y grandes que se proyectan en el decurso de la existencia.

Mas ahora cabría preguntar: ¿Cómo se negaría el acceso del Papa —no en su calidad de jefe de la Iglesia católica, sino como soberano de un Estado, por pequeño que sea—, a una entidad como la Sociedad de Naciones, que va modelando las normas del incipiente derecho internacional, que suele avocarse el conocimiento de las diferencias o conflictos que surgen entre las naciones y que tiende a estructurar la armadura de un superestado?

El móvil del dictador

Observemos ahora cuál puede haber sido el móvil esencial del duce italiano al plantearse a sí mismo y plantear al mundo un problema que el tiempo se había encargado de resolver.

Se comprenden las angustias de Víctor Manuel II en 1870, para apaciguar al altivo Pío IX. La acción del Papa podía poner en peligro la unidad italiana y atormentaba al monarca creyente del peso del anatema lanzado por el jefe de la Iglesia.

Pero ahora, cuando la responsabilidad espiritual de los hechos consumados sesenta años atrás no podía caer ya sobre los gobernantes actuales, y cuando la unidad italiana se ha hecho monolítica, sin el Papa o a pesar del Papa, ¿qué pudo incitar al dictador fascista a remover de sus cenizas este viejo litigio por cuya resolución grava considerablemente la finanza de su Estado y aherroja la conciencia de su colectividad?

Dos razones surgen espontáneamente a la consideración del observador: una, es el afán inmoderado de todo caudillo que gobierna, de realizar actos de una teatralidad deslumbrante, que salgan forzosamente de la órbita normal de la vida. La otra —aunque hija igualmente de la megalomanía—, demuestra por lo menos un propósito superior: el de competir ventajosamente con Francia en las empresas colonizadoras.

En efecto: es cerca de las misiones católicas que se destacan hacia los países ya sometidos o en punto de serlo, en donde mejor se cotiza la influencia del Papa. Por eso en Francia el laicismo ortodoxo de Herriot fue vencido por el oportunismo realista de Briand cuando aquél eminente estadista pretendió suprimir la embajada francesa en el Vaticano. Y aun cuando en la hora presente no son ya católicos los imperios coloniales más vastos, entra en los propósitos más caros al césar italiano, desplazar por doquiera la influencia francesa.

Hasta ahora había sido Francia —laica, pero dúctil— la que administraba la influencia del Papado para el éxito de sus misiones. ¿Podrá obrar de la misma guisa y con igual amplitud el Estado francés cuando se ratifique la alianza que acaban de concertar el signore Mussolini y el cardenal Gasparri? Sin género de duda puede responderse negativamente, aunque pueda decirse de fijo, también, que va a ser demasiado costosa al Estado italiano la amistad del Papado.

Cerca del mundo y lejos de Jesús

Volviendo, para terminar, al punto toral de mi tema, sería aventurado predecir hasta qué grado las potencias vayan a admitir la inmisión del soberano de la Ciudad del Vaticano en la vida política del mundo; pero el hecho consumado es que adviene el Papa como un nuevo e importante factor en la vida internacional.

Cuando la humanidad se mundaniza a pasos de gigante, todos los días y a cada hora, el Sumo Pontífice puede ufanarse de haber realizado el ensueño de abrirse paso en las sendas terrenales. Sólo que su triunfo se mide en la misma proporción en que se señala el divorcio entre la Iglesia católica y el espíritu del inigualable iluminado Rabí de Galilea. Jesús, por lo visto, no estuvo en lo justo, ni en lo cierto, ni en lo verdadero —según el Papado—, al asentar como fundamento de su doctrina, esta máxima de renunciación que ahora cae en bancarrota: “Mi reino no es de este mundo…”

Diario de Yucatán, núm. 1361, 19 de febrero de 1929.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

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