La Pluma y las Palabras (La reelección de Von Hindenburg)

Réplica y Contrarréplica
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LA REELECCIÓN DE VON HINDENBURG

Hace siete años el mundo se conmovía ante la noticia de la elección del mariscal Paul von Hindenburg como presidente de la República Alemana. Al amparo de la aureola militar del vencedor de Tannenberg, los partidos nacionalistas de tendencias monárquicas, por primera vez en la posguerra vencían a la Gran Coalición que sirve de sustento a las instituciones democráticas elaboradas en Weimar. Y llegó a creerse, inclusive, que Hindenburg no habría de ser más que el puente obligado que hiciera retornar a Alemania de la República a la Restauración.

Hoy, al cabo del primer mandato presidencial del anciano estadista, su reelección es recibida con júbilo en la ancha faz del planeta, como anuncio de tranquilidad y de equilibrio, como garantía de estabilidad de la democracia alemana, como seguridad en la continuación de una política internacional firme y ponderada, gallarda y digna, comprensiva y exenta de altisonancias; política que va librando a Alemania de las sujeciones que le fueron impuestas en los tratados que pusieron fin a la guerra y que la conduce hacia planos de igualdad con las demás grandes potencias del mundo.

Los prestigios de Hindenburg como estadista sirvieron de escudo, en la última justa electoral alemana, para reconstruir la Gran Coalición Republicana, conteniendo así el avance impetuoso del partido de Hitler y limitando a sus justas proporciones el movimiento de la opinión alemana en lo que significa un honorable afán de reivindicación de los valores y de las condiciones mismas en que se desenvuelve la vida del Reich.

Resulta del mayor interés para quienes viven atentos a los acontecimientos que se proyectan en la vida del mundo, seguir la trayectoria que señala la conducta del Viejo Maravilloso —así llaman a Hindenburg sus compatriotas— que ha sido capaz, en la ancianidad, de sobreponerse a los antecedentes históricos de su existencia, al impulso de su convicción íntima y a la presión misma de los que ayer fueron sus correligionarios, a fin de servir mejor a su patria.

Era humano que Hindenburg —mariscal del imperio, símbolo de glorias guerreras, hombre que formó su espíritu dentro del orgullo de la Alemania de Bismarck y de Guillermo II— guardara hondas simpatías por la monarquía. Por eso su exaltación al poder en 1925 abrió una interrogación inquietante, ante la posibilidad de que resignara su investidura cediendo el paso a la Restauración.

Pero Hindenburg, conservador o monárquico, era ante todo un ciudadano alemán. El pueblo lo elegía en 1925 para servir a su patria con sujeción a las leyes de la República. Y en el momento en que el viejo mariscal juraba la Constitución de Weimar, con ese solo hecho cerraba el camino a la monarquía, con la misma fuerza y determinación con que sus soldados contuvieron en Tannenberg y en los Lagos Mazurianos en el invierno de 1914-15, a las olas de asalto del ejército ruso.

Y así fue como se operó el milagro de que el caudillo militar más destacado del Imperio germano, se convirtiera en el caudillo de la democracia republicana.

Dentro de una democracia parlamentaria el jefe de Estado no está investido más que de funciones representativas. Del presidente de Alemania, como del presidente de Francia, y ahora del de España, puede decirse como de los reyes constitucionales que “el rey reina pero no gobierna”. Su misión es de control, su autoridad limitada, y el ejercicio directo del gobierno no pueden confiarlo sino a los hombres que cuenten con la confianza de la representación nacional.

De este modo, el presidente Hindenburg, leal a las instituciones de su país, principió su gestión por encomendar la formación del gabinete federal alemán, justamente a su contrincante, el canciller Marx, que era quien contaba con el apoyo de la mayoría parlamentaria del Reichstag. Y la Gran Coalición Republicana, rota hacía varios meses por incidentes de la política doméstica, se rehízo a partir de la exaltación del mariscal Hindenburg a la presidencia de la República.

No entra dentro de los propósitos que inspiran este comentario trazar un cuadro completo de la obra de Hindenburg en los siete años de su mandato presidencial. Que nos baste decir que en su período han tenido asiento en el gobierno, socialistas como el canciller Mueller, pacifistas como Stresemann, liberales burgueses como Bruening.

El presidente, sin género de duda, no halló jamás la oportunidad de confiar el ejercicio del gobierno a un hombre de espíritu tan conservador o moderado como el suyo. Pero en cambio sirvió con fidelidad a su patria, ajustando sus actos a los mandamientos de las leyes de la República.

Por no haber sido Hindenburg, desde su exaltación a la primera magistratura de Alemania, un hombre de partido, las tendencias reaccionarias y revancheras buscaron otro hombre que, aunque ayuno de historial y de prestigios, las dirigiera con pasión y con vehemencia. Ese hombre es Hitler.

El movimiento nacional-socialista —todos lo sabemos—, expresión, al fin de un estado de inconformidad o de amargura de buena parte del pueblo alemán, cobró fuerza insospechada, como un torrente que se sale de cauce. Cada elección general era una oportunidad para registrar los nuevos avances de los nazis. Hasta que éstos llegaron a representar un peligro para la estabilidad de la democracia alemana y para el mantenimiento del equilibrio internacional que condiciona la paz europea.

Fue así como los partidos republicanos, en larga coalición, que alcanza desde la Volkspartei —partido que apoya los intereses de la burguesía y de las grandes industrias alemanas— hasta la Social Democracia, apelaron a Hindenburg, el contrincante de hace siete años, como medio de ir a la victoria para consolidar la democracia de Weimar.

El Nacional, 12 de abril de 1932.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica