La Pluma y las Palabras (Problemas de América)

Réplica y Contrarréplica
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PROBLEMAS DE AMÉRICA

El reconocimiento como función internacional y el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos.

Perdida en el cúmulo de noticias de menor interés que a diario sirven las agencias cablegráficas, encuentro una información de capital importancia, que debe movernos a estudio y reflexión; es el anuncio de un cambio fundamental que habrá de operarse en la gestión de gobierno del nuevo prócer de la Casa Blanca, en el criterio que informe la política norteamericana para otorgar o negar el reconocimiento oficial de los Estados Unidos a los gobiernos de nuestro hemisferio —y particularmente a los de Centroamérica— donde la transmisión del poder no se efectúe por modo pacífico y constitucional.

Este cambio sustancial de política —según pregonan escritores de positiva autoridad que de cerca observan los lineamientos que va trazando Herbert Hoover en el plan general de su gestión— consiste en el abandono de la doctrina que se ha aplicado —irregularmente y tan sólo de una manera parcial— en nuestro hemisferio, de no entablar relaciones con los gobiernos que emanan de un golpe de fuerza, para volver con toda libertad a la política tradicional del reconocimiento de las autoridades que se establezcan de jure o de facto.

Debemos entender por esto —y me apresuro a indicarlo para evitar una inflexión de equívoco— que los Estados Unidos van a renunciar espontáneamente a la situación preeminente que les resulta de la fuerza que representa la facultad de negar su reconocimiento a los gobiernos de facto o a los que emanen de una revolución o de un golpe de Estado, sino que pretende, o va derechamente, a romper los compromisos que han contraído en determinados sectores del continente, de no reconocer a tales autoridades. Esto influirá especialmente en la vida centroamericana por existir ya fórmulas contractuales que norman las relaciones oficiales.

Condicionalismo y paternalismo

Observemos cuáles han sido las razones determinantes de la política norteamericana, y su dualidad de aplicación según que se tratara del reconocimiento de gobiernos correspondientes a países que se asientan en la zona adyacente al Canal de Panamá, o en el resto del mundo, para comprender el verdadero valor del fenómeno que se opera en la conciencia yanqui, el cual ha producido el descrédito y, consecuentemente, la crisis de los sistemas ensayados cerca de las Repúblicas de la América Central, y en ocasiones, por extensión, en algunos otros Estados colombinos.

Precisamente porque los Estados Unidos conocen mejor que ninguno la fuerza que supone la negativa o el otorgamiento del reconocimiento de gobiernos, han establecido distingos esenciales en su política. Washington aconsejó el reconocimiento de todo poder que ejerciera autoridad de facto sobre cualquier Estado del planeta; pero ese sabio consejo no encontraron sus compatriotas que fuera aplicable respecto a aquellos países que se desearan someter a la órbita de la influencia de la Unión.

Es que el libertador deseaba para su pueblo una patria libre y honesta, pero no alcanzó a comprender el afinanciamiento de este desbordante imperio que contemplamos. Y el reconocimiento, o por mejor decir, el desconocimiento ha sido el arma más poderosa que se ha esgrimido para apoyar la dominación. (En nuestra época —acaso me equivoque— sólo dos gobiernos han resistido la vida sin el oxígeno del reconocimiento norteamericano: el del presidente Obregón, en México, durante cerca de tres años, y el del presidente Ayora, en el Ecuador, más o menos por un lapso igual).

A mayor abundamiento, habrá que observar cómo el ejercicio del condicionalismo de sedicente legitimidad para otorgar el reconocimiento se ha limitado no sólo a la América, sino que, dentro de la América nada más a determinados países, y dentro de esos países, no de una manera general y absoluta. Y este condicionalismo es contemporáneo, precisamente, de la aparición del paternalismo proclamado por Roosevelt en su célebre mensaje del 6 de diciembre de 1904 con el cual modificó en su esencia y radicalmente la doctrina simplista enunciada por Monroe en 1823.

Razones de ética y pecados mortales

La aplicación de una política del género de la que me ocupa reclamaba una razón moral que oponer a la crítica y el establecimiento de cláusulas precisas que normaran la condicionalidad del reconocimiento de los poderes de los Estados. Así, tomando por causa el deseo de dar estabilidad a los regímenes legítimos contra las frecuentes revoluciones que asolaban a Centroamérica, se convino, como antes apunté, en forma contractual y solemne, que no se otorgaría el reconocimiento a ningún poder que se estableciera en cualquiera de las cinco repúblicas centroamericanas, cuando no hubiere emanado por las vías legítimas. (Tratados de 20 de diciembre de 1907 y 7 de febrero de 1923, del primero de los cuales México fue signatario, como los Estados Unidos, pero como éstos, sin ser sujeto de la condicionalidad).

Hallaron de este modo los Estados Unidos la manera de abrirse el camino para el logro de sus grandes propósitos (y sobre todo para el afianzamiento de su poderío interoceánico que tiene por pivotes la defensa del Canal de Panamá y la construcción y defensa del proyectado canal a través de los lagos de Nicaragua), porque con el toma y daca de los reconocimientos y los desconocimientos, no quedó al cabo de unos cuantos lustros ningún partido de gobierno que se oponga a los designios del severo Tío Sam. La tragedia de Nicaragua es el más doloroso exponente de los resultados de esta política.

La crisis de los sistemas experimentados

¿Cómo es posible, entonces, que el “condicionalismo”, agente eficaz del “paternalismo” haya caído en descrédito ante la opinión de los mismos ciudadanos americanos y especialmente, como es la verdad, ante la de los más interesados en la política de expansión imperial? Es que el condicionalismo legitimista, a los ojos norteamericanos, ha cumplido ya su misión y sólo quedan de él sus graves inconvenientes.

El condicionalismo engendró, necesariamente, la intervención pacífica y armada, porque aquel poder que se comprometió a no reconocer sino a la autoridad investigada por la legalidad de hecho se convirtió en árbitro de la vida política interior de los países que son sujetos de la condicionalidad, adentrándose hasta en la vida íntima de éstos, para saber cuándo y a quién podía otorgar “la merced” de su reconocimiento.

Luego, cuando los partidos y los candidatos fuertemente castigados por sus luchas internas o por la decepción de llegar a la victoria y hallarse con el veto del desconocimiento decidieron consultar previamente a la Casa Blanca su capacidad de elegibilidad, el gobierno de Washington fue adquiriendo la potestad de juez y hasta la de supervisor directo de la elección…

Mientras Tío Sam necesitó vencer resistencias, no le importó que la crítica acerba minara su prestigio exterior y aún soportó con paciencia los clamores de casa. El hombrecillo sin escrúpulos que con tan mala fortuna dirigió la cancillería del Potomac en el segundo periodo de Coolidge desarrolló impasible su política de intrusión en los negocios grandes y chicos de los países situados dentro de la “zona de influencia” yanqui, hasta que fue menester apelar nuevamente a la dialéctica jurídica de Hughes para apaciguar los espíritus en la VI Conferencia Internacional Americana.

Pero ahora los Estados Unidos tiene expedita la senda para la penetración pacífica. Lo que les resta es, al contrario, apagar los rescoldos que aún quedan de la hoguera encendida por las medidas de fuerza y recobrar su libertad de acción para negar y otorgar su reconocimiento a los gobiernos hispanoamericanos sin sujeción a la sedicente doctrina legitimista.

“Ham and eggs or big stick”

Wilson, como Hughes, como Kellogg, o como cualquiera otro estadista norteamericano, tendieron a la misma finalidad: el afianzamiento de la hegemonía económica y política de la Unión sobre todo el continente. Los procedimientos son los que cambian. Y en el momento actual hacen crisis todos los sistemas ensayados por los políticos y juristas para triunfar los que son inherentes a estos businessmen que escalan el poder. Mejor que una prédica apostólico-democrática al estilo de Nilson, desmentida por algún desembarco de infantes de marina en playas indocolombinas; y mejor que una convención o tratado articulado por la sapiencia de Hughes, resulta para el éxito de los designios norteamericanos una plática de sobremesa entre un embajador y un presidente.

De ahí que se imponga en esta hora la política del Ham and eggs cuyo más alto representativo es el embajador Morrow, respaldada por la del Big Stick que ensayó en Nicaragua el hoy flamante secretario de Estado Henry L. Stimson.

Por lo demás, los Estados Unidos pueden ya desentenderse de nuestras riñas caseras para seguir el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos, desnaturalizado por la barbarie cristiana:

—¿Quién tiene la razón: Jesús o Barrabás?

—Allá ellos… si en el conflicto no van los intereses de Roma..!

El reconocimiento, función internacional

La política norteamericana que he esbozado en las líneas anteriores, demuestra que en el orden internacional el problema del reconocimiento de los gobiernos ocupa de día en día mayor significación. Cada tiempo, en el decurso de la vida, va proyectando nuevas complejidades que ponen a prueba la sensibilidad de los pueblos y la capacidad de sus estadistas. No bien se halla una fórmula que resuelva o encauce por sendas tranquilas las viejas diferencias que separan a los pueblos, cuando aparecen otros motivos de inquietud que fuerzan a contemplar nuevas normas que rijan la vida común, a manera de llevar la paz a los espíritus. Cuando la guerra, con todos los caracteres que la distinguen, desapareció de hecho —y está en vías de serlo de derecho— de entre los peligros inminentes de flagelo para nuestro hemisferio, la agresión de los Estados fuertes tomó la forma de las intervenciones —pacíficas o armadas, permanentes o temporales— y cuando la reacción de los pueblos, encarándose valientemente contra tamaños excesos, va obligando a que se repudie la política intervencionista (por lo menos oficialmente, pero aún de parte del interventor, como lo hizo en La Habana el presidente de la delegación norteamericana Charles Evans Hughes), se perfilan en el horizonte nuevas causas de inquietud, que emanan de procedimientos ayunos de franqueza y de lealtad las célebres interposiciones amistosas y la arbitraria política del reconocimiento.

Por eso, una vez que se comprueba que la interdependencia de los Estados Unidos es la que condiciona la vida moderna, se convierte en un problema de carácter internacional, que obliga a considerarlo detenidamente como tal, lo que antes no era más que una fórmula de cortesía. Y es un deber, en consecuencia, de las cancillerías y de los órganos de la opinión de Hispanoamérica, propugnar que el reconocimiento de los poderes públicos no se considere por más tiempo como un atributo inherente a la soberanía de cada Estado, sino que se rija por normas precisas en las que muy bien pueden caber razones superiores de ética, pero que obliguen por igual al conjunto de las naciones.

Diario de Yucatán, número 1418, 17 de abril de 1929.

Froylán C Manjarrez

Revista Réplica