-
¿Qué ocurre cuando una persona es detenida y la sociedad la condena antes de que exista una sentencia? En este primer capítulo de la tercera temporada de Fragmentos de la Revista RÉPLICA, Miguel C. Manjarrez, Sebastián Chamorro y Miguel Ángel Bello ponen sobre la mesa uno de los temas más incómodos de la justicia: las pruebas sembradas, las investigaciones deficientes, la prisión preventiva prolongada, la tortura, la fabricación de culpables y el precio que puede pagar una persona cuando el Estado se equivoca. Porque una detención no equivale a una sentencia. Una acusación no demuestra una culpabilidad. Y una versión oficial tampoco debería convertirse automáticamente en verdad. Hablamos de casos como Jacinta Francisco Marcial, Florence Cassez, Daniel García y Reyes Alpízar, además del caso de Israel Vallarta, para analizar qué sucede cuando el debido proceso se rompe y una investigación termina convirtiéndose en una verdad institucional difícil de desmontar. También abordamos una pregunta fundamental: ¿Qué pasa cuando el Estado encierra a la persona equivocada y quién repara los años que ya no pueden recuperarse? El debido proceso no significa defender la impunidad. Significa establecer límites al poder y garantizar que una condena se construya sobre pruebas y no sobre presunciones, montajes o confesiones obtenidas mediante violencia. Una conversación sobre justicia, poder, libertad, víctimas, errores judiciales y responsabilidad institucional. Esto es Fragmentos de la Revista RÉPLICA.
-
El poder de la mentira + Entrevista a César Vidal.
Esta nueva entrega es posible gracias a los colaboradores de Youtube, Patreon e iVoox. Ayúdame en:
https://www.youtube.com/channel/UCb2T...
https://www.patreon.com/janogarcia
https://www.ivoox.com/podcast-en-libe...
https://www.paypal.me/janogarcia
Si desean seguirme o adquirir mis libros, aquí tienen toda la información necesaria para ello:
https://www.amazon.es/l/B0755PWSXK?
https://www.instagram.com/ellibrepens...
-
Entrevista a un librepensador: Fernando Savater
-
Bookstores have always driven me crazy. So much to read and so little time! And now with our lives chock full of CONTENT--Netlflix, podcasts, social media, YouTube, and the 24 hour news cycle--when the hell are we supposed to find the time to get through a book? This has haunted me for awhile now. So I decided to make a film about it, hoping to find a way through my bookstore anxiety--a way to re-balance my content diet in order to read more books.
Bookstores have always driven me crazy. So much to read and so little time! And now with our lives chock full of CONTENT--Netlflix, podcasts, social media, YouTube, and the 24 hour news cycle--when the hell are we supposed to find the time to get through a book? This has haunted me for awhile now. So I decided to make a film about it, hoping to find a way through my bookstore anxiety--a way to re-balance my content diet in order to read more books.
This was originally released in chapters on Vero and you can find additional content and other goodies there:
https://itunes.apple.com/us/app/vero-...
Tim Urban’s blog Wait But Why: https://waitbutwhy.com/
Eric Barker’s blog: https://www.bakadesuyo.com/
Howard Berg (sign up for his class!): https://www.berglearning.com
Music: "Read A Book" by Bomani Armah: https://www.youtube.com/watch?v=GlKL_...
Jonathan Zalben: http://www.jonathanzalben.com/
Javelin: http://luakabop.com/javelin/
Vibe Mountain: https://soundcloud.com/jeff-conrad-1
Local Drone/Ronin Outfits: BirdsEye Portugal: https://www.birdseyeportugal.com
Hout Video (Maastricht/Brussels): https://houtvideo.nl
Agustin Actis (Buenos Aires): https://www.agustinactis.com/
Willie Leniek: https (Buenos Aires)://vimeo.com/willieleniek
Brendan Jay Sullivan (Paris): https://www.brendanjaysullivan.com/
Bookstores Featured: Elliot Bay Books (Seattle, WA) Bookhampton (Easthampton, NY) Cook & Book (Brussels, Belgium) Tropismes (Brussels, Belgium) Boekhandel Dominicanen (Maastricht, Netherlands) Ler Devagar (Lisbon, Portugal) Obidos Bookshops (Obidos, Portugal) The Literary Man Hotel (Obidos, Portugal) Lello (Porto, Portugal) Re-Read (Barcelona, Spain) Cultura (Sao Paulo, Brazil) Saraiva (Sao Paulo, Brazil) Livraria Da Vila (Sao Paulo, Brazil) Ateneo Gran Splendid (Buenos Aires, Argentina)
NOTICIAS DESTACADAS
Recuerda: no te vayas con la finta. Cuando sea muy notorio que te quieren sacar dinero, mejor cambia de médico. Y siempre, siempre, pide una segunda oportunidad. No los hospitales más caros son los mejores. Y hay doctores que son pura pantalla...
La disminución de las poblaciones de abejas es un problema multifacético que requiere atención y acción global...
Cuando una mesa directiva de vecinos olvida que administrar no significa mandar
Más Noticias
LEALTAD VS CONSPIRACIÓN

Generalmente se dice, y con razón, que el amigo de todos no es amigo de nadie.
Bourdaloue.
Tamal que es de manteca, en las hojas se conoce.
Dicho popular.
No cabe duda que puede más la amistad que el chisme. Es una regla política que todos los días constatamos. Pero también es un sentimiento que solo cabe en las personas agradecidas, nobles, inteligentes y sin complejos; es decir, en aquellos cuyo éxito se debe a su capacidad para formar grupos y equipos de trabajo. Déjeme comentarle lo que considero uno de los más esplendentes ejemplos de esa característica.
Heladio Ramírez López llegó a ser gobernador precisamente por su espíritu fraternal. Como si tratara de mostrar sus lealtades, contra viento y marea, pues, se llevó a Oaxaca a varios de sus compañeros de legislatura, entonces víctimas del mal de ojo de Carlos Salinas de Gortari, quien en esa época despachaba (y se despachaba con la cuchara grande) en Los Pinos. Uno de ellos, Alfredo Díaz Camarena, el controvertido regidor del Fideicomiso Bahía Banderas y el desarrollo inmobiliario Nuevo Vallarta: lo nombró asesor. Igual invitó al economista Armando Labra C. Manjarrez, quien, entre sus variados méritos profesionales (nada que ver con el perfil de Díaz Camarena), tiene el de ser el único mexicano que, antes de que ocurriera la debacle, elevó su protesta contra el sistema neoliberal que empezaba a permear las estructuras del gobierno lopezportillista: siendo presidente del Colegio de Economistas. Labra tuvo una disputa nada menos que con Carlitos Salinas, representante personal y oficial del Presidente de la República, en el memorable Congreso Nacional de Guadalajara. Años más tarde, Armando llegó a Oaxaca como coordinador de asesores y representante de Heladio en el Distrito Federal. Y creo que lo hizo a pesar del veto del salinismo.
Viene a cuenta la referencia para resaltar el espíritu solidario y la lealtad de Roberto Madrazo Pintado, hoy presidente del partido político de oposición más organizado y numeroso.
Como Heladio, vemos que Madrazo poco a poco ha ido consolidando su área de compromisos fraternales. Y a partir de esa respuesta ha rescatado a priistas que parecían despedir intensos y desagradables tufos debido a sus inclinaciones políticas y a sus manifestaciones antisalinistas o antilabastidistas o en contra del paderismo que penetró en lo más profundo de las estructuras de diversos gobiernos estatales. Hoy algunos de ellos ya aparecen en el directorio del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Es el caso de Adrián Víctor Hugo Islas Hernández, por enésima ocasión insertado como delegado general, pero ahora en Nayarit, la entidad donde Madrazo estrena su cargo en lo que para él será la primera elección: el PRI disputará al PAN varias diputaciones y presidencias municipales.
Así como Víctor Hugo Islas Hernández, seguramente habrá otros “brothers” del tabasqueño que participarán en el reto que mantiene preocupado y sin dormir al titular del Comité Ejecutivo Nacional del tricolor. Y es obvio que no serán ni los arribistas ni los madracistas coyunturales, sino aquellos que estuvieran con Madrazo antes y después de su derrota en la elección interna que favoreció a Francisco Labastida Ochoa. O sea, los probados en la lealtad y fraternidad que ha caracterizado al tabasqueño desde su paso por la dirigencia nacional juvenil, cargo en el cual conoció a Víctor Hugo, también dirigente de ese sector en el estado de Puebla.
¿Qué otros poblanos podrían estar en el corazón de Madrazo?
Ángel Aceves, porque le echó todos los kilos (y vaya que son muchos). Alberto Amador Leal, porque trabajó para la causa maderista sin caretas ni disfraces. José Luis Carrasco Hernández, porque estuvo cerca de él cuando Roberto fue parte del CEN priista (ambos eran subsecretarios y, como hoy, amigos cercanos de Carlos Jiménez Macías). Y párele de contar. Los demás son flor de un día o, como diría un floricultor con sello del Revolucionario, botoncitos sin abrir.
No obstante las lealtades y fraternidades que, intuyo, encabezan las listas que Madrazo lleva consigo, habrá otros que representarán lo que en política se conoce como tiempos de sumar. Y aquí es donde aparecerán los priistas de chile, de dulce y de manteca que también son leales y están comprometidos, pero con grupos distintos al de Madrazo. Empero, no hay que olvidar —como dice Mario Vargas Llosa—, la política está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones y todo tipo de malabarismos.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
LA REBELIÓN DE UN PUEBLO INERME

Cuba se estremece en un impulso vigoroso por sacudir la zafia dictadura de Gerardo Machado. Es la insurrección general de un pueblo inerme en contra de la más inmoral y más despiadada dictadura que se sufre en estos momentos en nuestro continente. Sólo Machado es capaz de haber establecido un paralelo con Juan Vicente Gómez. Y Uriburu se antoja un gobernante libérrimo cuando se le compara con el dictador antillano.
No es posible, a la hora en que se alza el espíritu público de Cuba, y cuando caen, como han caído, los jefes de la revolución armada, que permanezcamos quietos y mudos quienes recibimos de aquella colectividad hermana, hidalga y generosa hospitalidad. Necesitamos erguirnos también y clamar con vehemencia en contra de Machado, como un acto de solidaridad con ese pequeño gran pueblo arrojado bárbaramente por una tiranía sin frenos morales.
Las responsabilidades de Machado son tanto mayores cuanto que Cuba, con anterioridad a su exaltación al poder, había logrado encauzar sus destinos dentro de las normas inherentes al ejercicio de la democracia. No era la de Cuba una democracia impecable, porque, acaso, en ninguna latitud del planeta se ha establecido un régimen que corresponda a la idealidad teórica de la democracia, pero, dentro de las posibilidades de Hispanoamérica, era Cuba uno de los países más francamente adentrados en los cauces propios de la ciudadanía política.
Al amparo de una sabia ley electoral, se había hecho posible el libre juego de los partidos políticos, sin que jamás el partido mayoritario suprimiera a las minorías. La alternabilidad en el poder de los partidos políticos se iba ajustando a un ritmo cívico. Los dos grandes partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— encontraban un equilibrio de fuerza en el pequeño Partido Popular, que se colocaba en el centro actuando como regulador, de la misma manera que maniobra en Inglaterra el partido de Lloyd George entre laboristas y conservadores.
La misma elección de Machado, en 1925, fue una expresión clara del alto grado de civilidad que había alcanzado la democracia cubana. El Partido Liberal, vencido en 1916 por las armas del gobierno conservador de Mario G. Menocal, en el campo de batalla de Caicaje, al cabo de ocho años de lucha tesonera reasumía las responsabilidades del poder como resultado de la función comicial que elevó a Machado a la presidencia de la República en sustitución del doctor Alfredo Zayas.
La revancha del Partido Liberal no aparecía como nuncio de guerra sino como una espléndida oportunidad de emulaciones generosas en el gobierno: Machado, personalidad modesta, figura secundaria dentro de los rangos del partido triunfante, había sido escogido como un elemento de transacción llamado a eliminar las asperezas y los antagonismos que quedaban como sedimento de las viejas luchas entre los caudillos liberales y conservadores. La exaltación de Machado al poder, en consecuencia, fue saludada por un aplauso general, revelador de las esperanzas que se fincaban en la gestión del organismo político de más honda raigambre popular que hasta entonces había existido en el país.
Pero Machado, que había sido sencillo, modesto y demócrata como ciudadano y como candidato, al llegar al poder, súbitamente, sin la menor solución de continuidad, se convirtió en un hombre duro y cruel y dio la impresión, desde el primer momento, de ser un gobernante que sólo se confiaba en la autoridad que da el empleo de la fuerza armada y en el apoyo del capitalismo extranjero.
Machado hizo caso omiso, desde entonces, de la opinión nacional. Su hegemonía política la hizo radicar en una reforma a la ley electoral por medio de la cual no volvieron a renovarse los partidos políticos. El soborno de los líderes, en estas condiciones hizo posible la estratificación de los organismos políticos, que no representaron ya jamás un consenso de opinión. En el orden administrativo, Machado quiso distinguirse por la ejecución de un programa de obras públicas que no correspondía ni a las posibilidades económicas del país, ni menos aún a sus necesidades. Un Capitolio con costo aproximado de dieciséis millones de dólares, construido para residencia oficial del Parlamento, es muestra del rastacuerismo de un régimen de manirrotos. ¡Como si la fastuosidad desproporcionada de un palacio fuera a dar respetabilidad a un poder, como el Legislativo de Cuba, envejecido por el déspota! En el orden económico, Machado propició gustoso y sumiso la transmisión de las industrias y de la tierra cubana a los capitalistas norteamericanos. Y en lo político, la gestión de Machado se distingue por haber dado fin a las libertades ciudadanas de Cuba, al convertir en farsas grotescas las funciones comiciales, y al modificar la Constitución ilegalmente a fin de perpetuarse en la presidencia, ampliando por decreto el periodo de las funciones correspondientes a cargos que implican mandatos populares como son las de senadores y representantes (diputados).
Pero lo más grave consiste en que Machado restituyó su poder a la violencia en las formas más repulsivas: el garrote vil fue restablecido como medio infamante para la ejecución de criminales; la ley fuga fue instituida; y los enemigos políticos fueron eliminados como fieras de presa en cacerías que se llevaban a cabo en la misma ciudad de La Habana, sin respeto, siquiera, para los veteranos de la guerra de Independencia. Para nombres, allí están los de Armando André y Bartolomé Massó.
Cuando se contemplaba el panorama sombrío creado por la tiranía machadista, parecía como si la colectividad cubana hubiera perdido aquellas virtudes de valor y de entereza que dieron fama a la generación de los Maceo, de los Agramonte, de los Gómez.
Pronto, sin embargo, surgieron como representativos de la generación actual los estudiantes universitarios, que fueron los primeros en enfrentarse con el dictador. Luego fueron los veteranos y patriotas, seguidamente los intelectuales, y finalmente la oposición se hizo general, hasta hacer salir a las mujeres de sus hogares para reclamar la caída del usurpador.
La Revolución Cubana que ha estallado en estos últimos días es uno de aquellos acontecimientos que ponen a prueba los valores morales humanos. Frente a la desesperación de un pueblo se encuentra la fuerza pública puesta al servicio de una tiranía sin escrúpulos. Machado ahogará en sangre la rebeldía actual, merced al estado inerme del pueblo, y gracias también al apoyo que le brinda el capitalismo nórdico, del que es obediente servidor; pero ya nunca más podrá decirse que el pueblo cubano se resignó a sufrirlo sin protesta.
Por lo demás, que se entienda que el apoyo que del extranjero se imparta a Machado, representa una complicidad criminal.
El Nacional, 16 de agosto de 1931.
Froylán C Manjarrez
LA "MUÑECA" VESTIDA DE AZUL

Lo más sorprendente del pasado, si se repitiera, sería comprobar que nada es igual a como nos lo cuentan.
León Dandú
Cuiden a sus gallinas que mi gallo anda suelto.
Dicho popular.
Por alguna razón todavía sin determinar según los científicos, el graznido de los patos (cuac–cuac) es el único sonido de la naturaleza que no produce eco. Y aunque no son aves migratorias ni plumíferos acuáticos, los diputados federales parecieran empeñados en emular ánade. Esto porque sus pedimentos, propuestas, promesas, exigencias, reproches, iniciativas personales y quejas tampoco tienen eco.
Estamos de acuerdo en que el ánade sigue un patrón de conducta y usa su instinto para emigrar lanzando al aire sus graznidos que, tal vez, sirven para que la parvada no se disgregue. Sin embargo, es difícil explicar la causa del recurrente fracaso de nuestros conscriptos de la patria.
Esa falta de eco a sus peticiones (que no graznidos, aclaro), comúnmente hechas a destiempo, me recuerdan al grito aquel de ¡aguas!, costumbre que en la Colonia servía para alentar al transeúnte que estaba en el trayecto del contenido de las bacinicas, depósito que era lanzado desde los balcones de las viejas casonas. Los sordos, los distraídos y los lentos resultaban las víctimas de la desagradable y apestosa sorpresa, destino que hoy pende sobre los legisladores del PRI, recipiendiarios, por cierto, de las agresiones verbales de la sociedad.
¿Por qué los diputados federales poblanos no fueron capaces de lograr la ampliación presupuestal que requiere La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)?
Intuyo que por haber trabajado el asunto a destiempo, es decir, después de que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) peleó y se llevó la mayor rebanada del pastel presupuestal gracias precisamente a las gestiones que realizó y a su ubicación en el ámbito universitario de México. Recordemos que hay en el país 64 universidades públicas, de las cuales 34 son autónomas. Y que su fuerza cuantitativa se ubica en la zona metropolitana del Distrito Federal. Estamos pues, ante un centralismo que obliga a las universidades de provincia a trabajar bajo un proyecto preventivo, de gestión y publicitario. Y aquí vuelvo al ejemplo del pato:
Según los publicistas del mundo, cuando la gallina pone un huevo lo cacarea, acción que no acostumbra el pato hembra. ¿Y entonces
—nos preguntamos— quién come huevos de pato?
Nadie.
Ha trascendido que la BUAP (su rector) está preparando un proyecto publicitario que le permitirá sensibilizar a la población radicada en el centro neurálgico de México (DF), donde —como el lector sabe— se toman las decisiones que afectan (para bien o para mal) al gremio universitario. Con ello, los académicos poblanos intentan seducir a las autoridades federales (tener eco, como lo hizo la UNAM), demostrándoles que nuestra alma mater cuenta con una extraordinaria planta de investigadores y con varios proyectos científicos y culturales que podrían servir como detonadores del desarrollo nacional. Así, el mensaje que probablemente dirija a las autoridades de la Federación (secretarios y presidente), dirá que la BUAP ha dejado de ser Enrique Doger Guerrero para convertirse en una institución formada por personal académico, técnico y científico de alta y reconocida calificación curricular y una bien comprobada productividad (incluido su rector, desde luego). Según mis informes, también existe la intención de publicar que el nuevo impulso de la universidad poblana es producto de un largo proceso que la condujo a la excelencia académica. Y de paso resaltar que el punto de partida fue el diagnóstico elaborado por el equipo de Philippe Cooms. Valla, hasta se habla de elaborar y difundir un “quién es quién” en la Universidad pública poblana.
Con estas acciones es obvio que la BUAP busca crearse una identidad universitaria que trascienda e impacte a los altos círculos del poder en México, principalmente. De alguna manera competir con aquellas instituciones que se mueven entre la Super clase nacional, así como dialogar en el “idioma” de los “baby boomers” mexicanos que disfrutan del poder de decisión, la influencia, el derecho de picaporte y la complicidad que existe entre los cofrades de esa súper clase nacional que desde hace un año despide destellos balquiazules.
Se trata pues, de conquistar a una muñeca vestida de azul, con sus zapatitos blancos y vestido de tul. La intención es brincar la tablita con la que se tropezaron los diputados federales, todos ellos miembros del Honorable Congreso de la Unión.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
EL PROBLEMA AGRARIO Y EL FLORECIMIENTO DE UNA CIVILIZACIÓN AMERICANA

Entre las múltiples manifestaciones de simpatía de que ha sido objeto la nación mexicana con motivo de la celebración del CXX aniversario de la proclamación de su independencia, queremos comentar, por trascendente, la declaración que hizo la Conferencia Panamericana de Agricultura reunida actualmente en Washington, por conducto de su presidente el señor A. F. Woods, que trasmite el cable al tenor siguiente:
“…es en extremo grato esta oportunidad de expresar en nombre de la conferencia, profunda admiración por lo que México ha logrado realizar en 120 años de vida independiente. Entre las numerosas razones por las cuales México es digno de respeto ante el mundo, ninguna merece mayor atención para esta conferencia que la labor que México ha llevado a cabo encaminada a restablecer a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen, a fin de que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana, cuya base de inspiración se encuentra en los siglos ya lejanos en que sobresalió como una de las más elevadas.
La declaración que antecede —la cual tomamos de uno de los órganos periodísticos capitalinos de innegable filiación conservadora, como es El Universal—, ofrece dos sugerencias de tal modo importantes, que es preciso llevarlas a la conciencia pública: la primera es, no sólo la aprobación que la política agraria de México recibe en el consenso internacional americano, sino, lo que es más, el elogio franco, explícito, entusiasta, que tributa la institución panamericana a la vasta obra de reivindicación social plasmada por el régimen revolucionario de México, en su aspecto más hondo y trascendental: la reforma agraria; y en segundo término señalaremos cómo la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América, que atraviesa en la hora presente por un estado de convulsiones semejantes a las ya sufridas por nuestro país, convulsiones que, sin género de duda, entrañan un malestar social que habrá de obligar a la mayoría de los países de nuestro continente a enfocar la solución de sus problemas internos con vista a la restauración del patrimonio de cada nación a los nativos, que son los poseedores tradicionales de la tierra, “a fin de que —como dice el señor Woods— nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana”.
No es la Unión Panamericana un organismo que se haya caracterizado jamás por la adopción de una política de orientaciones radicales o de reformas audaces. Es, al contrario, por su propia índole, una institución que recoge y que trata de conservar las manifestaciones vitales de la política de cada país americano, para vincularlas y producir así normas comunes a la vida internacional del continente. Y la Unión Panamericana, por lo demás —con la única excepción, acaso, de la Sociedad de Naciones—, es el organismo internacional de mayor arraigo y autoridad que existe en el mundo.
No parten, pues, los elogios que ha merecido México por su obra de renovación social, de un sector más o menos considerable de opinión —pero siempre partidista—, sino de un organismo interestatal cuya ponderación está fuera de duda, lo cual acrecienta el valor de las expresiones que inspiran nuestro comentario.
Esta forma de contemplar nuestro más hondo problema social, como es el agrario, contrasta notoriamente con el criterio egoísta y de baja estatura intelectual de nuestras minorías conservadoras —diríamos mejor, ultramontanas— que no han podido abrir su espíritu para observar la noble trascendencia de nuestras reformas agrarias.
Se antoja como si estadistas que se colocan en un plano superior, en que la serenidad permite una más clara y más profunda y más justa observación de nuestros problemas, vinieran como vienen, a responder a las imprecaciones ayunas de generosidad y amplitud de tema a las llamadas asociaciones de comerciantes y productores de México. Mientras estas claman en contra de la aplicación de las leyes agrarias, considerándolas como desquiciadoras del orden social y determinantes de nuestra anemia económica, la Unión Panamericana hace patente el respeto y la profunda admiración —textual— que le merece la obra que México ha realizado en sus 120 años de vida independiente, particularmente en lo que ve a la gestión que ha restablecido a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen. Mientras nuestras minorías reactoras denuncian la gestión agrarista del régimen revolucionario como contraria a los intereses vitales de la nación, suponiendo que esta labor va en mengua de la capacidad productora y, por ende, del progreso de nuestro país, la Conferencia Panamericana de Agricultura, en donde se hallan representados, a no dudarlo, hombres de los más capacitados que hay en nuestro continente para juzgar del porvenir agrícola de América, declara que la gestión de México en la materia, es la que encamina a un nuevo florecimiento de una magnífica civilización americana.
Si las argumentaciones de los hombres de la revolución en defensa de las leyes y de los procedimientos implantados por el régimen para afianzar el patrimonio nacional entregando la principal fuente de producción a la mayoría de la colectividad, no se escuchan; y si esas minorías reactoras, que no oyen más que lo que suponen que es la opinión de los inversionistas de fuera, se desentienden de las razones en que se sustenta el derecho superior de la colectividad, que sean estas declaraciones —que por venir de fuera quizás sean las únicas capaces de trasponer la sordera y el egoísmo de nuestras clases conservadoras—, las que les hagan convenir en que lejos de ser demagógica y trastornadora la obra de la revolución, se exhibe como la base de sustentación de una magnífica civilización americana.
La otra sugerencia que ofrecen las declaraciones del presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, decíamos arriba, es la de que la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América hispánica.
Si los Estados Unidos del Norte no han podido sustraerse a la crisis económica mundial —crisis que envuelve al régimen de propiedad y de producción agrícola de nuestros vecinos del Septentrión—, este problema es más vivo y más acentuado en la América española, donde subsisten las mismas condiciones que en México prevalecían antes de que sobreviniera el fenómeno revolucionario.
Este estado de cosas es tan patente, que Keyserling, en una de sus últimas conferencias, ha hecho resaltar la circunstancia ideológica particular de los pueblos iberoamericanos, que consiste en la vinculación existente entre el hombre y la tierra; es decir, en la significación mística que adquiere para el agricultor de estos países de origen latino el trabajo y la fecundación de la tierra.
Es indudable que los fenómenos sociales y políticos que ocurren en los países iberoamericanos se reflejan y se emulan de unas a otras latitudes. El movimiento de independencia de las colonias norteamericanas no tuvo una repercusión inmediata en el resto de la América. Hubieron de pasar 34 años de la declaración de la independencia norteamericana para que incubara en el alma de los pueblos de la América española el afán por su autonomía. En cambio, el acontecimiento de la independencia de las naciones hispanoamericanas se produce con extraordinaria simultaneidad, porque cuaja sincrónicamente en la mente de las colectividades que pueblan nuestras latitudes y en las que habitan las dilatadas llanuras argentinas y las escarpadas cordilleras de los Andes, el ansia de su emancipación política. Así también, en nuestra época, el impulso de renovación social —consecuencia de las miserias que afligen a las grandes colectividades sometidas, tanto durante la dominación española como bajo el imperio de las burguesías criollas, a un sistema de explotación feudal—, surge con una simultaneidad que sólo precedió la revolución de nuestro país.
Quien contemple los movimientos ocurridos en apenas con intervalos de semanas o de días en Bolivia, en Perú y en la Argentina, no debe detenerse simplemente a considerar la forma exterior, transitoria, que exhiben los golpes de fuerza de los grupos militares, sino el fenómeno que oculta un hondo malestar social de las colectividades de esos países. La Argentina, como el Perú y como Bolivia, se encuentran en el periodo crítico del cuartelazo, que ya nosotros hemos padecido; pero ellos como antes nosotros, habrán de confrontar los problemas que emergen del anhelo de las clases proletarias por establecer una más justa o menos inhumana distribución de la riqueza, y sobre todo, por la posesión de su fuente esencial, que constituye la tierra.
Así pues, sin que sea un vano alarde, puede afirmarse que la Revolución de México, ha dado el ejemplo en la era que vivimos, de derrumbar el sistema de explotación que caracteriza a la economía hispanoamericana como una economía de tipo feudal, para estructurar un orden social que, como lo proclama el presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, ha de servir de fundamento para que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana.
El Nacional, 18 de septiembre de 1930.
Froylán C Manjarrez
POLÍTICA REJUVENECIDA

Más mueven los ejemplos que las palabras.
Séneca.
La única enfermedad que se quita con los años es la juventud.
Sabiduría popular.
Los dislates gubernamentales y el cáncer de la corrupción son parte de las consecuencias que se manifiestan cuando los que administran los recursos de la sociedad carecen de preparación. Según el politólogo Rodrigo Borja (Enciclopedia de la Política), el fenómeno se presenta en las entidades donde los más honestos deciden fugarse del escenario de la política porque suponen que se trata de una actividad de aventureros y por ello se alejan dejando sus lugares a los menos capaces. Sobran los ejemplos.
Como el lector seguramente sabe, por su teoría realista y pragmática (La separación de la moral de los individuos y la del Estado), Maquiavelo es considerado el primer científico en materia política. Sin embargo, a Thomas Hobbes le debemos que la política haya adquirido el rango de ciencia y que los enciclopedistas franceses y otros pensadores la convirtieran en una ciencia, de ahí que —vuelvo a citar a Rodrigo Borja— la política debe ser el arte de lo posible, pero también el arte de hacer posible lo deseable.
Tenemos, pues, que durante cinco siglos se han venido acumulando las referencias y las experiencias sobre la praxis política. Abundan estudios, tratados, ensayos e incluso enciclopedias que muestran la ruta del éxito a quienes quieren hacer política sirviendo al pueblo. Y existen muchos ejemplos donde fluye el acervo de la humanidad, no como una manifestación erudita, sino como el “leimotiv” de su actividad pública.
Ayer escuchamos un discurso con un alto contenido político y una extraordinaria carga de lealtad al gobernante. Su autor, Rafael Moreno Valle Rosas, sintetizó en dos cuartillas lo que podríamos llamar la forma de pensar de la nueva generación interesada en observar el ejemplo de los políticos cuya vocación social es el eje de su experiencia. Transcribo algunas líneas: “… en la política es fundamental la experiencia. No hay estudios en el extranjero que valgan si uno no ha salido al campo y se ha empolvado los zapatos.
Así lo entendemos y por ello reconocemos a aquellos de quienes hemos aprendido este oficio de servidor público. A nuestros maestros en la vida. A los experimentados …
Sabemos que la política es escuchar, es conjugar experiencia con innovación. Es acercarte a la gente, comprenderla y apoyarla. Sabemos que hacer política es servir y no solo administrar….”
Respetado lector, gracias a la actividad periodística he tenido oportunidad de escuchar a muchos funcionarios empeñados en ponderar las capacidades de su jefe, el gobernador.
La miel predominó en varios de los discursos, al grado de hacerlos empalagosos. Así, la ausencia de conceptos me provocó lo que se llama pena ajena. Y fui testigo de cómo el exceso de alabanzas enrojecía a su destinatario, es decir, a quien en esos momentos fungía como gobernador.
Ocurrió en varios regímenes, desde Alfredo Toxqui hasta Manuel Bartlett. Un caso curioso para ilustrar lo dicho:
Cuando las legislaciones en el Colegio de Economistas correspondían al gobernador en turno, uno de los ungidos tuvo a bien abusar en sus expresiones de agradecimiento al “Padrino”. Y no contento con ello se atrevió a pedir al Coro Normalista de Puebla que interpretara una especie de Mitin (como los que se le antojaban a Sor Juana para exaltar las figuras del Virrey y su esposa), mismo que parecería compuesto “ex profeso” para la ocasión. El rostro de Alfredo Toxqui, el caballero cuya modestia contrasta con su capacidad y talento político, dejó ver mucha pena y algo de compasión. Y aquel funcionario no tuvo de otra más que cambiar de actividad.
Según este columnista, en las entrelíneas del discurso del secretario de Finanzas y Desarrollo Social se pueden percibir los siguientes mensajes:
Que en esta época, en Puebla, la improvisación es una forma de corrupción. Y que en su ámbito generacional existe la convicción de no fugarse del escenario de la política, aunque los menos capaces protesten, critiquen y promuevan insidias. Al parecer, el empeño de Moreno Valle es continuar por la ruta que se trazó siguiendo las huellas de su paradigma, o sea, el gobernador Melquiades Morales Flores que, dicho sea de paso, ayer hizo un reconocimiento a la capacidad y lealtad de este funcionario y su equipo de colaboradores.
Veremos si en este caso la política se transforma en el arte de lo posible y en el arte de hacer posible lo deseable.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
PROBLEMAS DE AMÉRICA

El reconocimiento como función internacional y el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos.
Perdida en el cúmulo de noticias de menor interés que a diario sirven las agencias cablegráficas, encuentro una información de capital importancia, que debe movernos a estudio y reflexión; es el anuncio de un cambio fundamental que habrá de operarse en la gestión de gobierno del nuevo prócer de la Casa Blanca, en el criterio que informe la política norteamericana para otorgar o negar el reconocimiento oficial de los Estados Unidos a los gobiernos de nuestro hemisferio —y particularmente a los de Centroamérica— donde la transmisión del poder no se efectúe por modo pacífico y constitucional.
Este cambio sustancial de política —según pregonan escritores de positiva autoridad que de cerca observan los lineamientos que va trazando Herbert Hoover en el plan general de su gestión— consiste en el abandono de la doctrina que se ha aplicado —irregularmente y tan sólo de una manera parcial— en nuestro hemisferio, de no entablar relaciones con los gobiernos que emanan de un golpe de fuerza, para volver con toda libertad a la política tradicional del reconocimiento de las autoridades que se establezcan de jure o de facto.
Debemos entender por esto —y me apresuro a indicarlo para evitar una inflexión de equívoco— que los Estados Unidos van a renunciar espontáneamente a la situación preeminente que les resulta de la fuerza que representa la facultad de negar su reconocimiento a los gobiernos de facto o a los que emanen de una revolución o de un golpe de Estado, sino que pretende, o va derechamente, a romper los compromisos que han contraído en determinados sectores del continente, de no reconocer a tales autoridades. Esto influirá especialmente en la vida centroamericana por existir ya fórmulas contractuales que norman las relaciones oficiales.
Condicionalismo y paternalismo
Observemos cuáles han sido las razones determinantes de la política norteamericana, y su dualidad de aplicación según que se tratara del reconocimiento de gobiernos correspondientes a países que se asientan en la zona adyacente al Canal de Panamá, o en el resto del mundo, para comprender el verdadero valor del fenómeno que se opera en la conciencia yanqui, el cual ha producido el descrédito y, consecuentemente, la crisis de los sistemas ensayados cerca de las Repúblicas de la América Central, y en ocasiones, por extensión, en algunos otros Estados colombinos.
Precisamente porque los Estados Unidos conocen mejor que ninguno la fuerza que supone la negativa o el otorgamiento del reconocimiento de gobiernos, han establecido distingos esenciales en su política. Washington aconsejó el reconocimiento de todo poder que ejerciera autoridad de facto sobre cualquier Estado del planeta; pero ese sabio consejo no encontraron sus compatriotas que fuera aplicable respecto a aquellos países que se desearan someter a la órbita de la influencia de la Unión.
Es que el libertador deseaba para su pueblo una patria libre y honesta, pero no alcanzó a comprender el afinanciamiento de este desbordante imperio que contemplamos. Y el reconocimiento, o por mejor decir, el desconocimiento ha sido el arma más poderosa que se ha esgrimido para apoyar la dominación. (En nuestra época —acaso me equivoque— sólo dos gobiernos han resistido la vida sin el oxígeno del reconocimiento norteamericano: el del presidente Obregón, en México, durante cerca de tres años, y el del presidente Ayora, en el Ecuador, más o menos por un lapso igual).
A mayor abundamiento, habrá que observar cómo el ejercicio del condicionalismo de sedicente legitimidad para otorgar el reconocimiento se ha limitado no sólo a la América, sino que, dentro de la América nada más a determinados países, y dentro de esos países, no de una manera general y absoluta. Y este condicionalismo es contemporáneo, precisamente, de la aparición del paternalismo proclamado por Roosevelt en su célebre mensaje del 6 de diciembre de 1904 con el cual modificó en su esencia y radicalmente la doctrina simplista enunciada por Monroe en 1823.
Razones de ética y pecados mortales
La aplicación de una política del género de la que me ocupa reclamaba una razón moral que oponer a la crítica y el establecimiento de cláusulas precisas que normaran la condicionalidad del reconocimiento de los poderes de los Estados. Así, tomando por causa el deseo de dar estabilidad a los regímenes legítimos contra las frecuentes revoluciones que asolaban a Centroamérica, se convino, como antes apunté, en forma contractual y solemne, que no se otorgaría el reconocimiento a ningún poder que se estableciera en cualquiera de las cinco repúblicas centroamericanas, cuando no hubiere emanado por las vías legítimas. (Tratados de 20 de diciembre de 1907 y 7 de febrero de 1923, del primero de los cuales México fue signatario, como los Estados Unidos, pero como éstos, sin ser sujeto de la condicionalidad).
Hallaron de este modo los Estados Unidos la manera de abrirse el camino para el logro de sus grandes propósitos (y sobre todo para el afianzamiento de su poderío interoceánico que tiene por pivotes la defensa del Canal de Panamá y la construcción y defensa del proyectado canal a través de los lagos de Nicaragua), porque con el toma y daca de los reconocimientos y los desconocimientos, no quedó al cabo de unos cuantos lustros ningún partido de gobierno que se oponga a los designios del severo Tío Sam. La tragedia de Nicaragua es el más doloroso exponente de los resultados de esta política.
La crisis de los sistemas experimentados
¿Cómo es posible, entonces, que el “condicionalismo”, agente eficaz del “paternalismo” haya caído en descrédito ante la opinión de los mismos ciudadanos americanos y especialmente, como es la verdad, ante la de los más interesados en la política de expansión imperial? Es que el condicionalismo legitimista, a los ojos norteamericanos, ha cumplido ya su misión y sólo quedan de él sus graves inconvenientes.
El condicionalismo engendró, necesariamente, la intervención pacífica y armada, porque aquel poder que se comprometió a no reconocer sino a la autoridad investigada por la legalidad de hecho se convirtió en árbitro de la vida política interior de los países que son sujetos de la condicionalidad, adentrándose hasta en la vida íntima de éstos, para saber cuándo y a quién podía otorgar “la merced” de su reconocimiento.
Luego, cuando los partidos y los candidatos fuertemente castigados por sus luchas internas o por la decepción de llegar a la victoria y hallarse con el veto del desconocimiento decidieron consultar previamente a la Casa Blanca su capacidad de elegibilidad, el gobierno de Washington fue adquiriendo la potestad de juez y hasta la de supervisor directo de la elección…
Mientras Tío Sam necesitó vencer resistencias, no le importó que la crítica acerba minara su prestigio exterior y aún soportó con paciencia los clamores de casa. El hombrecillo sin escrúpulos que con tan mala fortuna dirigió la cancillería del Potomac en el segundo periodo de Coolidge desarrolló impasible su política de intrusión en los negocios grandes y chicos de los países situados dentro de la “zona de influencia” yanqui, hasta que fue menester apelar nuevamente a la dialéctica jurídica de Hughes para apaciguar los espíritus en la VI Conferencia Internacional Americana.
Pero ahora los Estados Unidos tiene expedita la senda para la penetración pacífica. Lo que les resta es, al contrario, apagar los rescoldos que aún quedan de la hoguera encendida por las medidas de fuerza y recobrar su libertad de acción para negar y otorgar su reconocimiento a los gobiernos hispanoamericanos sin sujeción a la sedicente doctrina legitimista.
“Ham and eggs or big stick”
Wilson, como Hughes, como Kellogg, o como cualquiera otro estadista norteamericano, tendieron a la misma finalidad: el afianzamiento de la hegemonía económica y política de la Unión sobre todo el continente. Los procedimientos son los que cambian. Y en el momento actual hacen crisis todos los sistemas ensayados por los políticos y juristas para triunfar los que son inherentes a estos businessmen que escalan el poder. Mejor que una prédica apostólico-democrática al estilo de Nilson, desmentida por algún desembarco de infantes de marina en playas indocolombinas; y mejor que una convención o tratado articulado por la sapiencia de Hughes, resulta para el éxito de los designios norteamericanos una plática de sobremesa entre un embajador y un presidente.
De ahí que se imponga en esta hora la política del Ham and eggs cuyo más alto representativo es el embajador Morrow, respaldada por la del Big Stick que ensayó en Nicaragua el hoy flamante secretario de Estado Henry L. Stimson.
Por lo demás, los Estados Unidos pueden ya desentenderse de nuestras riñas caseras para seguir el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos, desnaturalizado por la barbarie cristiana:
—¿Quién tiene la razón: Jesús o Barrabás?
—Allá ellos… si en el conflicto no van los intereses de Roma..!
El reconocimiento, función internacional
La política norteamericana que he esbozado en las líneas anteriores, demuestra que en el orden internacional el problema del reconocimiento de los gobiernos ocupa de día en día mayor significación. Cada tiempo, en el decurso de la vida, va proyectando nuevas complejidades que ponen a prueba la sensibilidad de los pueblos y la capacidad de sus estadistas. No bien se halla una fórmula que resuelva o encauce por sendas tranquilas las viejas diferencias que separan a los pueblos, cuando aparecen otros motivos de inquietud que fuerzan a contemplar nuevas normas que rijan la vida común, a manera de llevar la paz a los espíritus. Cuando la guerra, con todos los caracteres que la distinguen, desapareció de hecho —y está en vías de serlo de derecho— de entre los peligros inminentes de flagelo para nuestro hemisferio, la agresión de los Estados fuertes tomó la forma de las intervenciones —pacíficas o armadas, permanentes o temporales— y cuando la reacción de los pueblos, encarándose valientemente contra tamaños excesos, va obligando a que se repudie la política intervencionista (por lo menos oficialmente, pero aún de parte del interventor, como lo hizo en La Habana el presidente de la delegación norteamericana Charles Evans Hughes), se perfilan en el horizonte nuevas causas de inquietud, que emanan de procedimientos ayunos de franqueza y de lealtad las célebres interposiciones amistosas y la arbitraria política del reconocimiento.
Por eso, una vez que se comprueba que la interdependencia de los Estados Unidos es la que condiciona la vida moderna, se convierte en un problema de carácter internacional, que obliga a considerarlo detenidamente como tal, lo que antes no era más que una fórmula de cortesía. Y es un deber, en consecuencia, de las cancillerías y de los órganos de la opinión de Hispanoamérica, propugnar que el reconocimiento de los poderes públicos no se considere por más tiempo como un atributo inherente a la soberanía de cada Estado, sino que se rija por normas precisas en las que muy bien pueden caber razones superiores de ética, pero que obliguen por igual al conjunto de las naciones.
Diario de Yucatán, número 1418, 17 de abril de 1929.
Froylán C Manjarrez
LEALTAD VS CONSPIRACIÓN

Generalmente se dice, y con razón, que el amigo de todos no es amigo de nadie.
Bourdaloue.
Tamal que es de manteca, en las hojas se conoce.
Dicho popular.
No cabe duda que puede más la amistad que el chisme. Es una regla política que todos los días constatamos. Pero también es un sentimiento que solo cabe en las personas agradecidas, nobles, inteligentes y sin complejos; es decir, en aquellos cuyo éxito se debe a su capacidad para formar grupos y equipos de trabajo. Déjeme comentarle lo que considero uno de los más esplendentes ejemplos de esa característica.
Heladio Ramírez López llegó a ser gobernador precisamente por su espíritu fraternal. Como si tratara de mostrar sus lealtades, contra viento y marea, pues, se llevó a Oaxaca a varios de sus compañeros de legislatura, entonces víctimas del mal de ojo de Carlos Salinas de Gortari, quien en esa época despachaba (y se despachaba con la cuchara grande) en Los Pinos. Uno de ellos, Alfredo Díaz Camarena, el controvertido regidor del Fideicomiso Bahía Banderas y el desarrollo inmobiliario Nuevo Vallarta: lo nombró asesor. Igual invitó al economista Armando Labra C. Manjarrez, quien, entre sus variados méritos profesionales (nada que ver con el perfil de Díaz Camarena), tiene el de ser el único mexicano que, antes de que ocurriera la debacle, elevó su protesta contra el sistema neoliberal que empezaba a permear las estructuras del gobierno lopezportillista: siendo presidente del Colegio de Economistas. Labra tuvo una disputa nada menos que con Carlitos Salinas, representante personal y oficial del Presidente de la República, en el memorable Congreso Nacional de Guadalajara. Años más tarde, Armando llegó a Oaxaca como coordinador de asesores y representante de Heladio en el Distrito Federal. Y creo que lo hizo a pesar del veto del salinismo.
Viene a cuenta la referencia para resaltar el espíritu solidario y la lealtad de Roberto Madrazo Pintado, hoy presidente del partido político de oposición más organizado y numeroso.
Como Heladio, vemos que Madrazo poco a poco ha ido consolidando su área de compromisos fraternales. Y a partir de esa respuesta ha rescatado a priistas que parecían despedir intensos y desagradables tufos debido a sus inclinaciones políticas y a sus manifestaciones antisalinistas o antilabastidistas o en contra del paderismo que penetró en lo más profundo de las estructuras de diversos gobiernos estatales. Hoy algunos de ellos ya aparecen en el directorio del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Es el caso de Adrián Víctor Hugo Islas Hernández, por enésima ocasión insertado como delegado general, pero ahora en Nayarit, la entidad donde Madrazo estrena su cargo en lo que para él será la primera elección: el PRI disputará al PAN varias diputaciones y presidencias municipales.
Así como Víctor Hugo Islas Hernández, seguramente habrá otros “brothers” del tabasqueño que participarán en el reto que mantiene preocupado y sin dormir al titular del Comité Ejecutivo Nacional del tricolor. Y es obvio que no serán ni los arribistas ni los madracistas coyunturales, sino aquellos que estuvieran con Madrazo antes y después de su derrota en la elección interna que favoreció a Francisco Labastida Ochoa. O sea, los probados en la lealtad y fraternidad que ha caracterizado al tabasqueño desde su paso por la dirigencia nacional juvenil, cargo en el cual conoció a Víctor Hugo, también dirigente de ese sector en el estado de Puebla.
¿Qué otros poblanos podrían estar en el corazón de Madrazo?
Ángel Aceves, porque le echó todos los kilos (y vaya que son muchos). Alberto Amador Leal, porque trabajó para la causa maderista sin caretas ni disfraces. José Luis Carrasco Hernández, porque estuvo cerca de él cuando Roberto fue parte del CEN priista (ambos eran subsecretarios y, como hoy, amigos cercanos de Carlos Jiménez Macías). Y párele de contar. Los demás son flor de un día o, como diría un floricultor con sello del Revolucionario, botoncitos sin abrir.
No obstante las lealtades y fraternidades que, intuyo, encabezan las listas que Madrazo lleva consigo, habrá otros que representarán lo que en política se conoce como tiempos de sumar. Y aquí es donde aparecerán los priistas de chile, de dulce y de manteca que también son leales y están comprometidos, pero con grupos distintos al de Madrazo. Empero, no hay que olvidar —como dice Mario Vargas Llosa—, la política está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones y todo tipo de malabarismos.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
LA REBELIÓN DE UN PUEBLO INERME

Cuba se estremece en un impulso vigoroso por sacudir la zafia dictadura de Gerardo Machado. Es la insurrección general de un pueblo inerme en contra de la más inmoral y más despiadada dictadura que se sufre en estos momentos en nuestro continente. Sólo Machado es capaz de haber establecido un paralelo con Juan Vicente Gómez. Y Uriburu se antoja un gobernante libérrimo cuando se le compara con el dictador antillano.
No es posible, a la hora en que se alza el espíritu público de Cuba, y cuando caen, como han caído, los jefes de la revolución armada, que permanezcamos quietos y mudos quienes recibimos de aquella colectividad hermana, hidalga y generosa hospitalidad. Necesitamos erguirnos también y clamar con vehemencia en contra de Machado, como un acto de solidaridad con ese pequeño gran pueblo arrojado bárbaramente por una tiranía sin frenos morales.
Las responsabilidades de Machado son tanto mayores cuanto que Cuba, con anterioridad a su exaltación al poder, había logrado encauzar sus destinos dentro de las normas inherentes al ejercicio de la democracia. No era la de Cuba una democracia impecable, porque, acaso, en ninguna latitud del planeta se ha establecido un régimen que corresponda a la idealidad teórica de la democracia, pero, dentro de las posibilidades de Hispanoamérica, era Cuba uno de los países más francamente adentrados en los cauces propios de la ciudadanía política.
Al amparo de una sabia ley electoral, se había hecho posible el libre juego de los partidos políticos, sin que jamás el partido mayoritario suprimiera a las minorías. La alternabilidad en el poder de los partidos políticos se iba ajustando a un ritmo cívico. Los dos grandes partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— encontraban un equilibrio de fuerza en el pequeño Partido Popular, que se colocaba en el centro actuando como regulador, de la misma manera que maniobra en Inglaterra el partido de Lloyd George entre laboristas y conservadores.
La misma elección de Machado, en 1925, fue una expresión clara del alto grado de civilidad que había alcanzado la democracia cubana. El Partido Liberal, vencido en 1916 por las armas del gobierno conservador de Mario G. Menocal, en el campo de batalla de Caicaje, al cabo de ocho años de lucha tesonera reasumía las responsabilidades del poder como resultado de la función comicial que elevó a Machado a la presidencia de la República en sustitución del doctor Alfredo Zayas.
La revancha del Partido Liberal no aparecía como nuncio de guerra sino como una espléndida oportunidad de emulaciones generosas en el gobierno: Machado, personalidad modesta, figura secundaria dentro de los rangos del partido triunfante, había sido escogido como un elemento de transacción llamado a eliminar las asperezas y los antagonismos que quedaban como sedimento de las viejas luchas entre los caudillos liberales y conservadores. La exaltación de Machado al poder, en consecuencia, fue saludada por un aplauso general, revelador de las esperanzas que se fincaban en la gestión del organismo político de más honda raigambre popular que hasta entonces había existido en el país.
Pero Machado, que había sido sencillo, modesto y demócrata como ciudadano y como candidato, al llegar al poder, súbitamente, sin la menor solución de continuidad, se convirtió en un hombre duro y cruel y dio la impresión, desde el primer momento, de ser un gobernante que sólo se confiaba en la autoridad que da el empleo de la fuerza armada y en el apoyo del capitalismo extranjero.
Machado hizo caso omiso, desde entonces, de la opinión nacional. Su hegemonía política la hizo radicar en una reforma a la ley electoral por medio de la cual no volvieron a renovarse los partidos políticos. El soborno de los líderes, en estas condiciones hizo posible la estratificación de los organismos políticos, que no representaron ya jamás un consenso de opinión. En el orden administrativo, Machado quiso distinguirse por la ejecución de un programa de obras públicas que no correspondía ni a las posibilidades económicas del país, ni menos aún a sus necesidades. Un Capitolio con costo aproximado de dieciséis millones de dólares, construido para residencia oficial del Parlamento, es muestra del rastacuerismo de un régimen de manirrotos. ¡Como si la fastuosidad desproporcionada de un palacio fuera a dar respetabilidad a un poder, como el Legislativo de Cuba, envejecido por el déspota! En el orden económico, Machado propició gustoso y sumiso la transmisión de las industrias y de la tierra cubana a los capitalistas norteamericanos. Y en lo político, la gestión de Machado se distingue por haber dado fin a las libertades ciudadanas de Cuba, al convertir en farsas grotescas las funciones comiciales, y al modificar la Constitución ilegalmente a fin de perpetuarse en la presidencia, ampliando por decreto el periodo de las funciones correspondientes a cargos que implican mandatos populares como son las de senadores y representantes (diputados).
Pero lo más grave consiste en que Machado restituyó su poder a la violencia en las formas más repulsivas: el garrote vil fue restablecido como medio infamante para la ejecución de criminales; la ley fuga fue instituida; y los enemigos políticos fueron eliminados como fieras de presa en cacerías que se llevaban a cabo en la misma ciudad de La Habana, sin respeto, siquiera, para los veteranos de la guerra de Independencia. Para nombres, allí están los de Armando André y Bartolomé Massó.
Cuando se contemplaba el panorama sombrío creado por la tiranía machadista, parecía como si la colectividad cubana hubiera perdido aquellas virtudes de valor y de entereza que dieron fama a la generación de los Maceo, de los Agramonte, de los Gómez.
Pronto, sin embargo, surgieron como representativos de la generación actual los estudiantes universitarios, que fueron los primeros en enfrentarse con el dictador. Luego fueron los veteranos y patriotas, seguidamente los intelectuales, y finalmente la oposición se hizo general, hasta hacer salir a las mujeres de sus hogares para reclamar la caída del usurpador.
La Revolución Cubana que ha estallado en estos últimos días es uno de aquellos acontecimientos que ponen a prueba los valores morales humanos. Frente a la desesperación de un pueblo se encuentra la fuerza pública puesta al servicio de una tiranía sin escrúpulos. Machado ahogará en sangre la rebeldía actual, merced al estado inerme del pueblo, y gracias también al apoyo que le brinda el capitalismo nórdico, del que es obediente servidor; pero ya nunca más podrá decirse que el pueblo cubano se resignó a sufrirlo sin protesta.
Por lo demás, que se entienda que el apoyo que del extranjero se imparta a Machado, representa una complicidad criminal.
El Nacional, 16 de agosto de 1931.
Froylán C Manjarrez
LA "MUÑECA" VESTIDA DE AZUL

Lo más sorprendente del pasado, si se repitiera, sería comprobar que nada es igual a como nos lo cuentan.
León Dandú
Cuiden a sus gallinas que mi gallo anda suelto.
Dicho popular.
Por alguna razón todavía sin determinar según los científicos, el graznido de los patos (cuac–cuac) es el único sonido de la naturaleza que no produce eco. Y aunque no son aves migratorias ni plumíferos acuáticos, los diputados federales parecieran empeñados en emular ánade. Esto porque sus pedimentos, propuestas, promesas, exigencias, reproches, iniciativas personales y quejas tampoco tienen eco.
Estamos de acuerdo en que el ánade sigue un patrón de conducta y usa su instinto para emigrar lanzando al aire sus graznidos que, tal vez, sirven para que la parvada no se disgregue. Sin embargo, es difícil explicar la causa del recurrente fracaso de nuestros conscriptos de la patria.
Esa falta de eco a sus peticiones (que no graznidos, aclaro), comúnmente hechas a destiempo, me recuerdan al grito aquel de ¡aguas!, costumbre que en la Colonia servía para alentar al transeúnte que estaba en el trayecto del contenido de las bacinicas, depósito que era lanzado desde los balcones de las viejas casonas. Los sordos, los distraídos y los lentos resultaban las víctimas de la desagradable y apestosa sorpresa, destino que hoy pende sobre los legisladores del PRI, recipiendiarios, por cierto, de las agresiones verbales de la sociedad.
¿Por qué los diputados federales poblanos no fueron capaces de lograr la ampliación presupuestal que requiere La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)?
Intuyo que por haber trabajado el asunto a destiempo, es decir, después de que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) peleó y se llevó la mayor rebanada del pastel presupuestal gracias precisamente a las gestiones que realizó y a su ubicación en el ámbito universitario de México. Recordemos que hay en el país 64 universidades públicas, de las cuales 34 son autónomas. Y que su fuerza cuantitativa se ubica en la zona metropolitana del Distrito Federal. Estamos pues, ante un centralismo que obliga a las universidades de provincia a trabajar bajo un proyecto preventivo, de gestión y publicitario. Y aquí vuelvo al ejemplo del pato:
Según los publicistas del mundo, cuando la gallina pone un huevo lo cacarea, acción que no acostumbra el pato hembra. ¿Y entonces
—nos preguntamos— quién come huevos de pato?
Nadie.
Ha trascendido que la BUAP (su rector) está preparando un proyecto publicitario que le permitirá sensibilizar a la población radicada en el centro neurálgico de México (DF), donde —como el lector sabe— se toman las decisiones que afectan (para bien o para mal) al gremio universitario. Con ello, los académicos poblanos intentan seducir a las autoridades federales (tener eco, como lo hizo la UNAM), demostrándoles que nuestra alma mater cuenta con una extraordinaria planta de investigadores y con varios proyectos científicos y culturales que podrían servir como detonadores del desarrollo nacional. Así, el mensaje que probablemente dirija a las autoridades de la Federación (secretarios y presidente), dirá que la BUAP ha dejado de ser Enrique Doger Guerrero para convertirse en una institución formada por personal académico, técnico y científico de alta y reconocida calificación curricular y una bien comprobada productividad (incluido su rector, desde luego). Según mis informes, también existe la intención de publicar que el nuevo impulso de la universidad poblana es producto de un largo proceso que la condujo a la excelencia académica. Y de paso resaltar que el punto de partida fue el diagnóstico elaborado por el equipo de Philippe Cooms. Valla, hasta se habla de elaborar y difundir un “quién es quién” en la Universidad pública poblana.
Con estas acciones es obvio que la BUAP busca crearse una identidad universitaria que trascienda e impacte a los altos círculos del poder en México, principalmente. De alguna manera competir con aquellas instituciones que se mueven entre la Super clase nacional, así como dialogar en el “idioma” de los “baby boomers” mexicanos que disfrutan del poder de decisión, la influencia, el derecho de picaporte y la complicidad que existe entre los cofrades de esa súper clase nacional que desde hace un año despide destellos balquiazules.
Se trata pues, de conquistar a una muñeca vestida de azul, con sus zapatitos blancos y vestido de tul. La intención es brincar la tablita con la que se tropezaron los diputados federales, todos ellos miembros del Honorable Congreso de la Unión.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
EL PROBLEMA AGRARIO Y EL FLORECIMIENTO DE UNA CIVILIZACIÓN AMERICANA

Entre las múltiples manifestaciones de simpatía de que ha sido objeto la nación mexicana con motivo de la celebración del CXX aniversario de la proclamación de su independencia, queremos comentar, por trascendente, la declaración que hizo la Conferencia Panamericana de Agricultura reunida actualmente en Washington, por conducto de su presidente el señor A. F. Woods, que trasmite el cable al tenor siguiente:
“…es en extremo grato esta oportunidad de expresar en nombre de la conferencia, profunda admiración por lo que México ha logrado realizar en 120 años de vida independiente. Entre las numerosas razones por las cuales México es digno de respeto ante el mundo, ninguna merece mayor atención para esta conferencia que la labor que México ha llevado a cabo encaminada a restablecer a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen, a fin de que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana, cuya base de inspiración se encuentra en los siglos ya lejanos en que sobresalió como una de las más elevadas.
La declaración que antecede —la cual tomamos de uno de los órganos periodísticos capitalinos de innegable filiación conservadora, como es El Universal—, ofrece dos sugerencias de tal modo importantes, que es preciso llevarlas a la conciencia pública: la primera es, no sólo la aprobación que la política agraria de México recibe en el consenso internacional americano, sino, lo que es más, el elogio franco, explícito, entusiasta, que tributa la institución panamericana a la vasta obra de reivindicación social plasmada por el régimen revolucionario de México, en su aspecto más hondo y trascendental: la reforma agraria; y en segundo término señalaremos cómo la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América, que atraviesa en la hora presente por un estado de convulsiones semejantes a las ya sufridas por nuestro país, convulsiones que, sin género de duda, entrañan un malestar social que habrá de obligar a la mayoría de los países de nuestro continente a enfocar la solución de sus problemas internos con vista a la restauración del patrimonio de cada nación a los nativos, que son los poseedores tradicionales de la tierra, “a fin de que —como dice el señor Woods— nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana”.
No es la Unión Panamericana un organismo que se haya caracterizado jamás por la adopción de una política de orientaciones radicales o de reformas audaces. Es, al contrario, por su propia índole, una institución que recoge y que trata de conservar las manifestaciones vitales de la política de cada país americano, para vincularlas y producir así normas comunes a la vida internacional del continente. Y la Unión Panamericana, por lo demás —con la única excepción, acaso, de la Sociedad de Naciones—, es el organismo internacional de mayor arraigo y autoridad que existe en el mundo.
No parten, pues, los elogios que ha merecido México por su obra de renovación social, de un sector más o menos considerable de opinión —pero siempre partidista—, sino de un organismo interestatal cuya ponderación está fuera de duda, lo cual acrecienta el valor de las expresiones que inspiran nuestro comentario.
Esta forma de contemplar nuestro más hondo problema social, como es el agrario, contrasta notoriamente con el criterio egoísta y de baja estatura intelectual de nuestras minorías conservadoras —diríamos mejor, ultramontanas— que no han podido abrir su espíritu para observar la noble trascendencia de nuestras reformas agrarias.
Se antoja como si estadistas que se colocan en un plano superior, en que la serenidad permite una más clara y más profunda y más justa observación de nuestros problemas, vinieran como vienen, a responder a las imprecaciones ayunas de generosidad y amplitud de tema a las llamadas asociaciones de comerciantes y productores de México. Mientras estas claman en contra de la aplicación de las leyes agrarias, considerándolas como desquiciadoras del orden social y determinantes de nuestra anemia económica, la Unión Panamericana hace patente el respeto y la profunda admiración —textual— que le merece la obra que México ha realizado en sus 120 años de vida independiente, particularmente en lo que ve a la gestión que ha restablecido a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen. Mientras nuestras minorías reactoras denuncian la gestión agrarista del régimen revolucionario como contraria a los intereses vitales de la nación, suponiendo que esta labor va en mengua de la capacidad productora y, por ende, del progreso de nuestro país, la Conferencia Panamericana de Agricultura, en donde se hallan representados, a no dudarlo, hombres de los más capacitados que hay en nuestro continente para juzgar del porvenir agrícola de América, declara que la gestión de México en la materia, es la que encamina a un nuevo florecimiento de una magnífica civilización americana.
Si las argumentaciones de los hombres de la revolución en defensa de las leyes y de los procedimientos implantados por el régimen para afianzar el patrimonio nacional entregando la principal fuente de producción a la mayoría de la colectividad, no se escuchan; y si esas minorías reactoras, que no oyen más que lo que suponen que es la opinión de los inversionistas de fuera, se desentienden de las razones en que se sustenta el derecho superior de la colectividad, que sean estas declaraciones —que por venir de fuera quizás sean las únicas capaces de trasponer la sordera y el egoísmo de nuestras clases conservadoras—, las que les hagan convenir en que lejos de ser demagógica y trastornadora la obra de la revolución, se exhibe como la base de sustentación de una magnífica civilización americana.
La otra sugerencia que ofrecen las declaraciones del presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, decíamos arriba, es la de que la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América hispánica.
Si los Estados Unidos del Norte no han podido sustraerse a la crisis económica mundial —crisis que envuelve al régimen de propiedad y de producción agrícola de nuestros vecinos del Septentrión—, este problema es más vivo y más acentuado en la América española, donde subsisten las mismas condiciones que en México prevalecían antes de que sobreviniera el fenómeno revolucionario.
Este estado de cosas es tan patente, que Keyserling, en una de sus últimas conferencias, ha hecho resaltar la circunstancia ideológica particular de los pueblos iberoamericanos, que consiste en la vinculación existente entre el hombre y la tierra; es decir, en la significación mística que adquiere para el agricultor de estos países de origen latino el trabajo y la fecundación de la tierra.
Es indudable que los fenómenos sociales y políticos que ocurren en los países iberoamericanos se reflejan y se emulan de unas a otras latitudes. El movimiento de independencia de las colonias norteamericanas no tuvo una repercusión inmediata en el resto de la América. Hubieron de pasar 34 años de la declaración de la independencia norteamericana para que incubara en el alma de los pueblos de la América española el afán por su autonomía. En cambio, el acontecimiento de la independencia de las naciones hispanoamericanas se produce con extraordinaria simultaneidad, porque cuaja sincrónicamente en la mente de las colectividades que pueblan nuestras latitudes y en las que habitan las dilatadas llanuras argentinas y las escarpadas cordilleras de los Andes, el ansia de su emancipación política. Así también, en nuestra época, el impulso de renovación social —consecuencia de las miserias que afligen a las grandes colectividades sometidas, tanto durante la dominación española como bajo el imperio de las burguesías criollas, a un sistema de explotación feudal—, surge con una simultaneidad que sólo precedió la revolución de nuestro país.
Quien contemple los movimientos ocurridos en apenas con intervalos de semanas o de días en Bolivia, en Perú y en la Argentina, no debe detenerse simplemente a considerar la forma exterior, transitoria, que exhiben los golpes de fuerza de los grupos militares, sino el fenómeno que oculta un hondo malestar social de las colectividades de esos países. La Argentina, como el Perú y como Bolivia, se encuentran en el periodo crítico del cuartelazo, que ya nosotros hemos padecido; pero ellos como antes nosotros, habrán de confrontar los problemas que emergen del anhelo de las clases proletarias por establecer una más justa o menos inhumana distribución de la riqueza, y sobre todo, por la posesión de su fuente esencial, que constituye la tierra.
Así pues, sin que sea un vano alarde, puede afirmarse que la Revolución de México, ha dado el ejemplo en la era que vivimos, de derrumbar el sistema de explotación que caracteriza a la economía hispanoamericana como una economía de tipo feudal, para estructurar un orden social que, como lo proclama el presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, ha de servir de fundamento para que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana.
El Nacional, 18 de septiembre de 1930.
Froylán C Manjarrez
POLÍTICA REJUVENECIDA

Más mueven los ejemplos que las palabras.
Séneca.
La única enfermedad que se quita con los años es la juventud.
Sabiduría popular.
Los dislates gubernamentales y el cáncer de la corrupción son parte de las consecuencias que se manifiestan cuando los que administran los recursos de la sociedad carecen de preparación. Según el politólogo Rodrigo Borja (Enciclopedia de la Política), el fenómeno se presenta en las entidades donde los más honestos deciden fugarse del escenario de la política porque suponen que se trata de una actividad de aventureros y por ello se alejan dejando sus lugares a los menos capaces. Sobran los ejemplos.
Como el lector seguramente sabe, por su teoría realista y pragmática (La separación de la moral de los individuos y la del Estado), Maquiavelo es considerado el primer científico en materia política. Sin embargo, a Thomas Hobbes le debemos que la política haya adquirido el rango de ciencia y que los enciclopedistas franceses y otros pensadores la convirtieran en una ciencia, de ahí que —vuelvo a citar a Rodrigo Borja— la política debe ser el arte de lo posible, pero también el arte de hacer posible lo deseable.
Tenemos, pues, que durante cinco siglos se han venido acumulando las referencias y las experiencias sobre la praxis política. Abundan estudios, tratados, ensayos e incluso enciclopedias que muestran la ruta del éxito a quienes quieren hacer política sirviendo al pueblo. Y existen muchos ejemplos donde fluye el acervo de la humanidad, no como una manifestación erudita, sino como el “leimotiv” de su actividad pública.
Ayer escuchamos un discurso con un alto contenido político y una extraordinaria carga de lealtad al gobernante. Su autor, Rafael Moreno Valle Rosas, sintetizó en dos cuartillas lo que podríamos llamar la forma de pensar de la nueva generación interesada en observar el ejemplo de los políticos cuya vocación social es el eje de su experiencia. Transcribo algunas líneas: “… en la política es fundamental la experiencia. No hay estudios en el extranjero que valgan si uno no ha salido al campo y se ha empolvado los zapatos.
Así lo entendemos y por ello reconocemos a aquellos de quienes hemos aprendido este oficio de servidor público. A nuestros maestros en la vida. A los experimentados …
Sabemos que la política es escuchar, es conjugar experiencia con innovación. Es acercarte a la gente, comprenderla y apoyarla. Sabemos que hacer política es servir y no solo administrar….”
Respetado lector, gracias a la actividad periodística he tenido oportunidad de escuchar a muchos funcionarios empeñados en ponderar las capacidades de su jefe, el gobernador.
La miel predominó en varios de los discursos, al grado de hacerlos empalagosos. Así, la ausencia de conceptos me provocó lo que se llama pena ajena. Y fui testigo de cómo el exceso de alabanzas enrojecía a su destinatario, es decir, a quien en esos momentos fungía como gobernador.
Ocurrió en varios regímenes, desde Alfredo Toxqui hasta Manuel Bartlett. Un caso curioso para ilustrar lo dicho:
Cuando las legislaciones en el Colegio de Economistas correspondían al gobernador en turno, uno de los ungidos tuvo a bien abusar en sus expresiones de agradecimiento al “Padrino”. Y no contento con ello se atrevió a pedir al Coro Normalista de Puebla que interpretara una especie de Mitin (como los que se le antojaban a Sor Juana para exaltar las figuras del Virrey y su esposa), mismo que parecería compuesto “ex profeso” para la ocasión. El rostro de Alfredo Toxqui, el caballero cuya modestia contrasta con su capacidad y talento político, dejó ver mucha pena y algo de compasión. Y aquel funcionario no tuvo de otra más que cambiar de actividad.
Según este columnista, en las entrelíneas del discurso del secretario de Finanzas y Desarrollo Social se pueden percibir los siguientes mensajes:
Que en esta época, en Puebla, la improvisación es una forma de corrupción. Y que en su ámbito generacional existe la convicción de no fugarse del escenario de la política, aunque los menos capaces protesten, critiquen y promuevan insidias. Al parecer, el empeño de Moreno Valle es continuar por la ruta que se trazó siguiendo las huellas de su paradigma, o sea, el gobernador Melquiades Morales Flores que, dicho sea de paso, ayer hizo un reconocimiento a la capacidad y lealtad de este funcionario y su equipo de colaboradores.
Veremos si en este caso la política se transforma en el arte de lo posible y en el arte de hacer posible lo deseable.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
PROBLEMAS DE AMÉRICA

El reconocimiento como función internacional y el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos.
Perdida en el cúmulo de noticias de menor interés que a diario sirven las agencias cablegráficas, encuentro una información de capital importancia, que debe movernos a estudio y reflexión; es el anuncio de un cambio fundamental que habrá de operarse en la gestión de gobierno del nuevo prócer de la Casa Blanca, en el criterio que informe la política norteamericana para otorgar o negar el reconocimiento oficial de los Estados Unidos a los gobiernos de nuestro hemisferio —y particularmente a los de Centroamérica— donde la transmisión del poder no se efectúe por modo pacífico y constitucional.
Este cambio sustancial de política —según pregonan escritores de positiva autoridad que de cerca observan los lineamientos que va trazando Herbert Hoover en el plan general de su gestión— consiste en el abandono de la doctrina que se ha aplicado —irregularmente y tan sólo de una manera parcial— en nuestro hemisferio, de no entablar relaciones con los gobiernos que emanan de un golpe de fuerza, para volver con toda libertad a la política tradicional del reconocimiento de las autoridades que se establezcan de jure o de facto.
Debemos entender por esto —y me apresuro a indicarlo para evitar una inflexión de equívoco— que los Estados Unidos van a renunciar espontáneamente a la situación preeminente que les resulta de la fuerza que representa la facultad de negar su reconocimiento a los gobiernos de facto o a los que emanen de una revolución o de un golpe de Estado, sino que pretende, o va derechamente, a romper los compromisos que han contraído en determinados sectores del continente, de no reconocer a tales autoridades. Esto influirá especialmente en la vida centroamericana por existir ya fórmulas contractuales que norman las relaciones oficiales.
Condicionalismo y paternalismo
Observemos cuáles han sido las razones determinantes de la política norteamericana, y su dualidad de aplicación según que se tratara del reconocimiento de gobiernos correspondientes a países que se asientan en la zona adyacente al Canal de Panamá, o en el resto del mundo, para comprender el verdadero valor del fenómeno que se opera en la conciencia yanqui, el cual ha producido el descrédito y, consecuentemente, la crisis de los sistemas ensayados cerca de las Repúblicas de la América Central, y en ocasiones, por extensión, en algunos otros Estados colombinos.
Precisamente porque los Estados Unidos conocen mejor que ninguno la fuerza que supone la negativa o el otorgamiento del reconocimiento de gobiernos, han establecido distingos esenciales en su política. Washington aconsejó el reconocimiento de todo poder que ejerciera autoridad de facto sobre cualquier Estado del planeta; pero ese sabio consejo no encontraron sus compatriotas que fuera aplicable respecto a aquellos países que se desearan someter a la órbita de la influencia de la Unión.
Es que el libertador deseaba para su pueblo una patria libre y honesta, pero no alcanzó a comprender el afinanciamiento de este desbordante imperio que contemplamos. Y el reconocimiento, o por mejor decir, el desconocimiento ha sido el arma más poderosa que se ha esgrimido para apoyar la dominación. (En nuestra época —acaso me equivoque— sólo dos gobiernos han resistido la vida sin el oxígeno del reconocimiento norteamericano: el del presidente Obregón, en México, durante cerca de tres años, y el del presidente Ayora, en el Ecuador, más o menos por un lapso igual).
A mayor abundamiento, habrá que observar cómo el ejercicio del condicionalismo de sedicente legitimidad para otorgar el reconocimiento se ha limitado no sólo a la América, sino que, dentro de la América nada más a determinados países, y dentro de esos países, no de una manera general y absoluta. Y este condicionalismo es contemporáneo, precisamente, de la aparición del paternalismo proclamado por Roosevelt en su célebre mensaje del 6 de diciembre de 1904 con el cual modificó en su esencia y radicalmente la doctrina simplista enunciada por Monroe en 1823.
Razones de ética y pecados mortales
La aplicación de una política del género de la que me ocupa reclamaba una razón moral que oponer a la crítica y el establecimiento de cláusulas precisas que normaran la condicionalidad del reconocimiento de los poderes de los Estados. Así, tomando por causa el deseo de dar estabilidad a los regímenes legítimos contra las frecuentes revoluciones que asolaban a Centroamérica, se convino, como antes apunté, en forma contractual y solemne, que no se otorgaría el reconocimiento a ningún poder que se estableciera en cualquiera de las cinco repúblicas centroamericanas, cuando no hubiere emanado por las vías legítimas. (Tratados de 20 de diciembre de 1907 y 7 de febrero de 1923, del primero de los cuales México fue signatario, como los Estados Unidos, pero como éstos, sin ser sujeto de la condicionalidad).
Hallaron de este modo los Estados Unidos la manera de abrirse el camino para el logro de sus grandes propósitos (y sobre todo para el afianzamiento de su poderío interoceánico que tiene por pivotes la defensa del Canal de Panamá y la construcción y defensa del proyectado canal a través de los lagos de Nicaragua), porque con el toma y daca de los reconocimientos y los desconocimientos, no quedó al cabo de unos cuantos lustros ningún partido de gobierno que se oponga a los designios del severo Tío Sam. La tragedia de Nicaragua es el más doloroso exponente de los resultados de esta política.
La crisis de los sistemas experimentados
¿Cómo es posible, entonces, que el “condicionalismo”, agente eficaz del “paternalismo” haya caído en descrédito ante la opinión de los mismos ciudadanos americanos y especialmente, como es la verdad, ante la de los más interesados en la política de expansión imperial? Es que el condicionalismo legitimista, a los ojos norteamericanos, ha cumplido ya su misión y sólo quedan de él sus graves inconvenientes.
El condicionalismo engendró, necesariamente, la intervención pacífica y armada, porque aquel poder que se comprometió a no reconocer sino a la autoridad investigada por la legalidad de hecho se convirtió en árbitro de la vida política interior de los países que son sujetos de la condicionalidad, adentrándose hasta en la vida íntima de éstos, para saber cuándo y a quién podía otorgar “la merced” de su reconocimiento.
Luego, cuando los partidos y los candidatos fuertemente castigados por sus luchas internas o por la decepción de llegar a la victoria y hallarse con el veto del desconocimiento decidieron consultar previamente a la Casa Blanca su capacidad de elegibilidad, el gobierno de Washington fue adquiriendo la potestad de juez y hasta la de supervisor directo de la elección…
Mientras Tío Sam necesitó vencer resistencias, no le importó que la crítica acerba minara su prestigio exterior y aún soportó con paciencia los clamores de casa. El hombrecillo sin escrúpulos que con tan mala fortuna dirigió la cancillería del Potomac en el segundo periodo de Coolidge desarrolló impasible su política de intrusión en los negocios grandes y chicos de los países situados dentro de la “zona de influencia” yanqui, hasta que fue menester apelar nuevamente a la dialéctica jurídica de Hughes para apaciguar los espíritus en la VI Conferencia Internacional Americana.
Pero ahora los Estados Unidos tiene expedita la senda para la penetración pacífica. Lo que les resta es, al contrario, apagar los rescoldos que aún quedan de la hoguera encendida por las medidas de fuerza y recobrar su libertad de acción para negar y otorgar su reconocimiento a los gobiernos hispanoamericanos sin sujeción a la sedicente doctrina legitimista.
“Ham and eggs or big stick”
Wilson, como Hughes, como Kellogg, o como cualquiera otro estadista norteamericano, tendieron a la misma finalidad: el afianzamiento de la hegemonía económica y política de la Unión sobre todo el continente. Los procedimientos son los que cambian. Y en el momento actual hacen crisis todos los sistemas ensayados por los políticos y juristas para triunfar los que son inherentes a estos businessmen que escalan el poder. Mejor que una prédica apostólico-democrática al estilo de Nilson, desmentida por algún desembarco de infantes de marina en playas indocolombinas; y mejor que una convención o tratado articulado por la sapiencia de Hughes, resulta para el éxito de los designios norteamericanos una plática de sobremesa entre un embajador y un presidente.
De ahí que se imponga en esta hora la política del Ham and eggs cuyo más alto representativo es el embajador Morrow, respaldada por la del Big Stick que ensayó en Nicaragua el hoy flamante secretario de Estado Henry L. Stimson.
Por lo demás, los Estados Unidos pueden ya desentenderse de nuestras riñas caseras para seguir el ejemplo inmortal de Poncio Pilatos, desnaturalizado por la barbarie cristiana:
—¿Quién tiene la razón: Jesús o Barrabás?
—Allá ellos… si en el conflicto no van los intereses de Roma..!
El reconocimiento, función internacional
La política norteamericana que he esbozado en las líneas anteriores, demuestra que en el orden internacional el problema del reconocimiento de los gobiernos ocupa de día en día mayor significación. Cada tiempo, en el decurso de la vida, va proyectando nuevas complejidades que ponen a prueba la sensibilidad de los pueblos y la capacidad de sus estadistas. No bien se halla una fórmula que resuelva o encauce por sendas tranquilas las viejas diferencias que separan a los pueblos, cuando aparecen otros motivos de inquietud que fuerzan a contemplar nuevas normas que rijan la vida común, a manera de llevar la paz a los espíritus. Cuando la guerra, con todos los caracteres que la distinguen, desapareció de hecho —y está en vías de serlo de derecho— de entre los peligros inminentes de flagelo para nuestro hemisferio, la agresión de los Estados fuertes tomó la forma de las intervenciones —pacíficas o armadas, permanentes o temporales— y cuando la reacción de los pueblos, encarándose valientemente contra tamaños excesos, va obligando a que se repudie la política intervencionista (por lo menos oficialmente, pero aún de parte del interventor, como lo hizo en La Habana el presidente de la delegación norteamericana Charles Evans Hughes), se perfilan en el horizonte nuevas causas de inquietud, que emanan de procedimientos ayunos de franqueza y de lealtad las célebres interposiciones amistosas y la arbitraria política del reconocimiento.
Por eso, una vez que se comprueba que la interdependencia de los Estados Unidos es la que condiciona la vida moderna, se convierte en un problema de carácter internacional, que obliga a considerarlo detenidamente como tal, lo que antes no era más que una fórmula de cortesía. Y es un deber, en consecuencia, de las cancillerías y de los órganos de la opinión de Hispanoamérica, propugnar que el reconocimiento de los poderes públicos no se considere por más tiempo como un atributo inherente a la soberanía de cada Estado, sino que se rija por normas precisas en las que muy bien pueden caber razones superiores de ética, pero que obliguen por igual al conjunto de las naciones.
Diario de Yucatán, número 1418, 17 de abril de 1929.
Froylán C Manjarrez
Y cuando esa montaña exista, quizá al fin podamos vernos desde arriba, limpios del polvo que hoy nos ciega...
And when that mountain exists, perhaps then we can finally see ourselves from above — cleansed of the dust that blinds us today.
Cuando una mesa directiva de vecinos olvida que administrar no significa mandar
