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LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA Y LAS RESPONSABILIDADES DEL REY

En las últimas semanas la situación política de España ha venido emplazándose en el primer plano de la vida internacional. Una revolución pacífica, honda y trascendente, se viene operando, sin que la opinión pública de Hispanoamérica acierte a comprender ni las causas profundas que la generan ni las condiciones políticas y sociales en que se encuentra el cuerpo social de España.

En realidad, en México, como en todos los países de la América española, se ha mantenido al público, y particularmente a la colonia ibera, en la más completa ignorancia sobre las realidades de la vida española; ignorancia acrecentada por la difusión de mentiras convencionales que se han venido consagrando como artículos de la fe hispanista.

En plena dictadura se alcanzaban a leer en la prensa española las más acerbas censuras al régimen y al rey mismo, mientras allende el Atlántico no se ha escrito más que la verdad oficial del gobierno español, exaltada por comentaristas generalmente interesados. La fiscalización ejercida por los rudos censores militares en España, era menos rigurosa y estricta que la censura impuesta por la mayoría de los directores de las empresas periódicas hispanoamericanas, bajo la simple presión de los intereses económicos de las colonias iberas.

Es que el español de América, influenciado por el espejismo de la patria lejana, no ha querido saber, ni ha permitido que se contemplen las realidades españolas expurgadas de toda mixtificación. Así, el hombre que amara a España orientando su espíritu hacia una España renovadora y libérrima, quedaba excluido del hispanismo ambiente, porque ante el criterio del español de América —hábil, naturalmente, del tipo común de los españoles que han plantado su tienda en nuestro hogar patrio— para ser hispanista es menester que se proclame la sencillez admirable del rey demócrata, y la obra reconstructora y sapiente de Primo de Rivera, y qué sé yo qué tantos despropósitos más que mueven a hilaridad…

De ahí que, cuando la realidad española se traduce en acontecimientos que no es posible ocultar, cunda una incertidumbre del género de ésta, que trastorna la mente del español ingenuo de América, y aun desorienta el juicio de la colectividad nacional.

Es necesario, entonces, que habituemos al español de América a contemplar la verdad de la vida que va viviendo su patria, con todas sus inflexiones y en toda la trascendencia que envuelve el actual momento histórico de España.

Esta es la única actitud honorable.

La crisis política de España no es una crisis de gabinete, ni de sistemas de gobierno; es la crisis del régimen monárquico, y, más claramente, la crisis vital de la dinastía borbónica, cuya liquidación desastrosa ha de provocar el desquiciamiento de la estructura misma del Estado español.

El episodio de Primo de Rivera, desde el golpe de Estado del 13 de septiembre del 23 hasta su reciente caída, no es un paréntesis que pueda fácilmente cerrarse con el retorno al orden constitucional, porque no es tampoco un acontecimiento o sucesión de acontecimientos esporádicos en la historia contemporánea de España. El fenómeno de desintegración del régimen monárquico se inicia con antelación a la dictadura, y el advenimiento de ésta no representa más que el esfuerzo torpe por salvar las responsabilidades del rey. El monarca echó su suerte en esta aventura, y ahora no le queda otro destino que seguir la suerte del dictador. Podrá, acaso, don Alfonso, prolongar sus días de mando ensayando otro directorio; pero, fatalmente, la vuelta a la legalidad señalará el fin de su reinado.

No bien se pisa tierra española cuando se advierte el grave conflicto que existe entre el espíritu de la nación —o conjunto de nacionalidades, para ser más justo— y el Estado. No es éste —el Estado— la estructura jurídica de la federación de nacionalidades hispánicas que acá conocemos con el nombre de España. El Estado español es tan sólo una armadura tosca y pesada que mantiene en postración al cuerpo social constituido por el conjunto de colectividades diversas (Cataluña, Vasconia, Galicia, Asturias, Andalucía, Aragón, Castilla y además pueblos que forman, positivamente, cada uno, una entidad social), a las que se niega su personalidad para dar vida a una entelequia ayuna de razón, de sentido y de valor: la España centralista que nosotros conocemos. Para sustentar semejante organismo sin alma y sin arraigo popular, el Estado se apoya en el clásico predominio del clero, del ejército reforzado por la guardia civil —milicia pretoriana e insolente que se disemina por todo el territorio, hasta los más pequeños poblados—, y de las clases acaudaladas —conservadoras por antonomasia.

España, sin embargo, en su forma exterior, se regía por las normas que presiden el funcionamiento de una democracia parlamentaria. En tal virtud, el juramento de la Constitución por parte del rey, implicaba su completa renunciación al ejercicio del poder, tal como conviene a las monarquías constitucionales, en las que “el rey reina, pero no gobierna…”

Y fue perjuro don Alfonso XIII.

El desastre del Annual, en la desdichada guerra de Marruecos, había herido en lo vivo al sentimiento español. Para calmar la excitación que produjo la pérdida del general Silvestre y de 40 mil hombres que cayeron muertos o prisioneros en poder del admirable caudillo del Rif, Abd-el-Krim, se abrió el célebre proceso de responsabilidades. Primero era a jefes secundarios como el general Navarro, a los que se llevaba a juicio. Cuando esto no fue suficiente, se atacó más a lo alto, hasta incoar el proceso del teniente general don Dámaso Berenguer, alto comisario, a la sazón, en Marruecos.

En vano se buscó la víctima propicia sobre la que recayera el anatema público. La noble y atrayente figura del general Berenguer resistía victoriosamente el severo juicio analítico de sus actos. No había sido él quien hubiera ordenado el avance insensato del general Silvestre. Por el contrario, se hallaba muy lejos del lugar del desastre, en la zona de Tetuán y Xauen, ocupado en el desarrollo de un vasto plan de pacificación, cuando súbitamente se desarrollaron los graves acontecimientos que culminaron en el desastre de Annual. Había que enfocar, entonces, la investigación, más, mucho más hacia arriba.

En el discurso de este proceso extraordinario —que es el proceso de la monarquía española— se afirmó el sentido de la responsabilidad de políticos y estadistas, hasta que el Parlamento convino en designar una comisión investigadora en la que habría de tener participación, representantes de todos los sectores organizados de la opinión, inclusive los enemigos del régimen.

El rey se vio en peligro inminente de ser descubierto. Ni el alto comisario, ni el ministro de la Guerra, ni el presidente del Consejo habían dispuesto la marcha de Silvestre sobre Alhucemas. Había sido el rey don Alfonso XIII, quien provocara el celo de Silvestre recordándole que fue él el primer jefe español que puso la planta en tierra de África, y que era, por tanto él, y no el general Berenguer, a quien debería anotarse “la gloria” de conquistar Alhucemas. El desventurado Silvestre firmaba acusación tan tremenda, pues un día antes de su marcha fatal ratificaba al monarca la promesa de llegar a Alhucemas en fecha determinada. Y esto se hacía a espaldas del general en jefe y con desprecio del gobierno responsable.

El rey había violado la Constitución que juró y el rey había precipitado el desastre.

Para ocultar su perjurio, don Alfonso pensó entonces en la dictadura y Primo de Rivera surgió con el entusiasta apoyo del rey. De ahí que ahora los hombres que permanecen al lado del monarca pongan en el olvido de la investigación de responsabilidades —de las responsabilidades de Annual y de las responsabilidades por el advenimiento de la dictadura—, como precio del retorno a la constitucionalidad.

Las realidades concretas, por otra parte, acusan una creciente debilidad de la monarquía. Desde que Primo de Rivera, con la solidaridad del rey fueteó el rostro de los antiguos políticos, sostenedores de la monarquía, el monarca perdió, inclusive a los monarquistas. Unos —los jóvenes— han ido a reforzar las filas republicanas. Otros —los que no pueden avanzar en su credo— continúan monárquicos, pero contrarios a la dinastía. Así, en una futura elección —necesaria para el retorno a la legalidad—, por mucha que fuera la presión gubernamental, las fuerzas unidas de socialistas y republicanos, de demócratas y de liberales (monarquistas antidnásticos) habrán de abatir a los pocos ultramontanos que permanecen tibiamente fieles al rey.

España ha consumado una de las revoluciones más interesantes que se registran en la historia. Un pueblo inerme no puede lanzarse a aventuras bélicas contra un régimen y un Estado que hace llegar la fuerza pública hasta los más pequeños villorrios. Pero el pueblo español supo encontrar otro elemento de fuerza: su más completo aislamiento frente a la dictadura. En los seis años y medio que rigió el artículo 0 de la Constitución, la colectividad española en todos sus sectores de opinión, realizó una revolución pacífica con sólo oponer el espíritu público contra la arbitrariedad. Los intentos esporádicos para derribar al dictador con el estruendo de las armas fracasaron lamentablemente; pero la resistencia pasiva de las masas, la posición anticolaboracionista de las élites intelectuales y la rebeldía espiritual de los hombres habituados al ejercicio del poder, realizaron el milagro de la expulsión del dictador. Primo de Rivera se mantuvo en el vacío y fue el vacío el que terminó por ahogarlo.

Don Alfonso XIII echó su suerte tomando partido por la dictadura, y ahora lógicamente la dictadura habrá de arrastrarlo en su suerte.

El esfuerzo del general Berenguer, presidente del Consejo, por salvar a la monarquía y devolver la legalidad —la víctima de ayer que se yergue ahora como salvador de un náufrago—, será el último episodio de la monarquía, a menos que se prolongue una vida artificial, cayendo nuevamente y sin tapujos en otra dictadura, merced a la posición inerme del pueblo español. De otra suerte, no hay posibilidad de retornar a la legalidad y de que dentro de la legalidad subsista la monarquía, porque la monarquía es la que atada a la legalidad. Y en el sendero que pretende forzar el general Berenguer siempre hallará los procesos históricos que señalen las responsabilidades del rey.

El Nacional, 15 de marzo de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

BASILIO VADILLO*

Cuando nos acercamos a la figura de un contemporáneo cuya vida cruzó bajo las mismas borrascas que la nuestra, el juicio casi siempre naufraga en la pasión y sufre desilusiones por la cercanía. La proximidad nos induce a considerar como principal y necesario en la obra sometida a temprano examen, lo que quizá no fue sino accesorio y contingente. Sólo al correr de los años se apaga la ofuscación del sentimiento y se aclara la perspectiva.

El deshielo del tiempo va enfriando rescoldos y enjugando el perfil del hombre de todo cuanto es redundante y borroso; y en el horizonte de la posteridad se yergue, entonces, la figura prócer, inmovilizada en aquel momento de su vida en que mereció el bronce libre ya de lo perecedero y redimida para la inmortalidad.

Nos encontramos ante el caso singular de un coetáneo que supo ajustar su recia vida a líneas esenciales, que purificó su acción con la linfa del pensamiento. Nada hubo de incierto en esa mente lúcida; ni de vacilante en esa adamantina voluntad; ni de turbio en esa ética austera. Por eso podemos aquilatar a Basilio Vadillo, nosotros que hoy ocupamos en El Nacional el sitio que él enalteció con su presencia; por eso le rendimos pleitesía, los de aquella casa de trabajo que fue la suya, en esta hora cenital de una jornada renovadora cuyo amanecer le sorprendió entregado a tareas de justicia y de cultura.

* Oración fúnebre de Froylán C. Manjarrez, entonces director de El Nacional, a Basilio Vadillo

Sólo en ese concepto puede con honestidad intentar un elogio funerario, quien no cree que el hecho natural de la muerte deba llevarnos a proclamar excelencias en los desaparecidos.

Nuestro noble compañero de lides no fue caudillo militar, ni ídolo de multitudes; su imagen no llegó al pueblo aureolada por el fuego de las victorias bélicas, ni sus relieves se nimbaron de heroicidad guerrera. Y sin embargo, se registró inusitado movimiento nacional para recibir sus despojos mortales, y se percibe amplio concierto de voluntades para rendir uno de los primeros homenajes a un héroe civil: tal fue Vadillo.

Es que ha germinado en nuestra nacionalidad la simiente que él dispersó a los vientos, con mano infatigable y robusta, desde la tribuna, la cátedra, el periódico, el libro.

Asistimos a la consagración de un hombre que fue, por antonomasia, un pensador dentro de la revolución.

Ahondemos en los veneros de su espíritu, atalayemos los campos donde desplegó sus actuaciones públicas, y dondequiera hemos de comprobar esa fuerza segura de sí misma, esa ponderada valentía ajena al instinto, que sólo comunica a los hombres el pensamiento, cuando lo ejercen por vocación vital, como disciplina y como apostolado.

Un pensador, y de la más rara y fecunda estirpe. Porque su temperamento —el de un alma vuelta hacia sus propias honduras—, su razón fría, su nutrido saber, no le inmovilizaron en actitudes teóricas, ni le diluyeron en sutilezas, ni le encastillaron en egoísmos. Esteta: dio el brillo de su verbo, en el mitin y en el Parlamento, a la causa de las libertades públicas. Educador: prefirió la escuela rural a la cátedra universitaria. Doctrinario: derramó su luz para esclarecer las cosas que las multitudes sólo intuitivamente perciben. Poseedor de una cultura bien organizada: jamás la capitalizó en su beneficio, pues la aportaba a mano abierta para contribuir con ella al ideario de la revolución.

Basilio Vadillo no suscitó odios, ni alimentó enconos. Hablaba un lenguaje de elevación nada común; sostenía en sus debates el tono que traslada la más encendida de las contiendas al dominio de los principios, en cuyo ámbito chocan las ideas, y los hombres sólo son heridos por fenómeno reflejo inevitable en la liza política.

Su personalidad aparece como trasiego de otras épocas, con ser tan avanzados sus afanes. La convivencia en los escaños del Congreso, el trato diario, la comunidad de convicciones, me permitieron descubrir en él raras semejanzas con los precursores y los paladines de nuestra primera Reforma. Como el doctor Mora, Vadillo aceró sus rebeldías y contrastó sus impulsos libertadores en la asfixiante atmósfera de un seminario, para batir más tarde en todos los frentes al enemigo que le había aprisionado en sus primeros años. Como Melchor Ocampo, fundió la sencillez y la bondad con la entereza. Como Ignacio Manuel Altamirano, escaló las cumbres de la elocuencia y desde ahí defendió a los oprimidos.

Todo ello sin jamás rebajar su ley de pensador.

El parlamentario

Quiero formar mi oración con impresiones de primera mano, con recuerdos personales de un compañero de luchas cívicas que se elevó sobre el nivel medio apenas tuvo oportunidad de dar a conocer sus capacidades.

En la XXVII Legislatura —la legislatura cumbre de la era posterior al Congreso de Querétaro— penetramos juntos a militar en el mismo frente. Habíamos llegado sin relieves y sin nombradía, levantados a la escena nacional por el voto primigenio de las multitudes provincianas, por el sufragio depositado en las urnas con las manos todavía ardidas por la pólvora de los grandes combates.

En aquella asamblea de limpio origen popular, donde cuajaron los valores radicales que habían hecho sus primeras armas en el Constituyente, los grupos más avanzados pugnaron por esclarecer el contenido social del movimiento triunfante, en la legislación orgánica de la nueva Carta Fundamental. Y en esa tarea, al través de jornadas inolvidables, la palabra de Basilio Vadillo dejó escritos inmarcesibles capítulos.

El incipiente tribuno se destacó, entonces, como el organizador y el ideólogo que fue desde siempre.

Con Vadillo formamos un pequeño grupo de estudio y de combate doctrinario. Por primera vez en el Congreso de México, el marbete socialista fue ostentado por un bloque parlamentario. Allí estuvo el brote de la dialéctica en que habían de concretarse con el tiempo los postulados clasistas de la revolución; allí comenzó a sonar el léxico que habría de expresarlas con propiedad. Hasta entonces, las aspiraciones del pueblo eran proclamadas en lenguaje tomado del liberalismo en disolución; se las defendía con razones casuistas que no correspondían a un concepto integral ni a una elaboración sistemada; se las encerraba en fórmulas empíricas, como fatalmente había de acontecer en un país donde el movimiento renovador no obedeció a planes teóricos preconcebidos.

Y es hora de hacer honor al mérito de Vadillo, declarando que él fue el primer representante popular que en nuestro país proclamó como valedera la tesis del socialismo de Estado.

Ya con estatura de gran parlamentario, como líder del Partido Liberal Constitucionalista —a menudo en pugna con sus propios compañeros de partido— el socialista dominaba con su ánimo al político militante.

Adviene la XXVIII Legislatura. Caso inusitado hasta entonces en la era revolucionaria, el secretario de Gobernación interviene directamente e indebidamente para integrarla. Vadillo se presenta al amparo de irreprochable credencial, y es desde luego, por derecho propio, el jefe de la diezmada minoría radical de la oposición. Con esta autoridad moral, emprende sin demora brava defensa de sus correligionarios, excluidos al introducirse el cinismo en la política.

Esa minoría comenzó a formar en el Parlamento la corriente que en pocos meses habría de despeñar sus aguas broncas, arrasando el dique de un gobierno moderado. En la cresta de su oleaje, se hallaba un caudillo de nombradía sin paralelo, en quien se cifraban las mejores esperanzas de renovación social: el general Álvaro Obregón.

En aquella etapa, obregonismo era bandera para quienes exigían que la revolución se mantuviera fiel a su destino histórico. El presidente Carranza —ante cuya patricia estampa me inclino, sobre todo cuando recuerdo al ilustre primer jefe del Ejército Constitucionalista— no podía agregar ese mérito a los suyos propios, porque no lograba entender cosas que no eran de su tiempo.

Vadillo oposicionista, llegó entonces a ser, como orador en la tribuna del pueblo, como periodista en las columnas de El Monitor Republicano —confiado a su talento dirigente— acaso el más conceptuoso ordenador del pensamiento revolucionario renovado.

El estilista

Vadillo fue un estadista. En el fragor parlamentario de la XXVII, el país presenció el final esplendoroso de una escuela de elocuencia y el advenimiento de la oratoria moderna.

Jesús Urueta, el consagrado príncipe de la palabra, era a la par el último y el más fulgurante ejemplar de la oratoria supercastellana. Su elocuencia dionisíaca, tropel de imágenes transportadas de la Hélade en vuelo milenario; su verbo, esmaltado por una cultura humanista y envuelto en el ademán grandilocuente y magnético que había arrastrado a las multitudes en la alborada de 1910, aún nos conmovía, pero dejaba ya de convencernos.

Empalmándose con Urueta en el tiempo, Vadillo y García Vigil irrumpían en el paisaje de nuestros modos de acción parlamentaria, con dialéctica apretada de razonamiento, con lógica férrea, con sobria elegancia en la expresión, que convencían antes de conmovernos, que imantaban antes que deleitarnos.

Recuerdo a Vadillo en la tribuna. Rostro impenetrable, adusto. Ademán ni de montañés, ni de girondino. Arquetipo de líder nacional, que adunaba el recatado orgullo de la provincia y el anhelo de auténtica vindicación popular, a las elaboraciones universales del razonamiento científico. Cáustico y pulcro, crítico y afirmativo, era síntesis admirable de antinómicos atributos.

Jamás dejó de ser un provinciano. Hombre de selección que nos demuestra cómo es la provincia donde late el más profundo sentido de nacionalidad.

Y su estilo se difunde como nueva voluntad de forma por múltiples canales; la prensa, el ensayo, la novela de costumbres, la poesía.

El hombre

Integridad como la de Vadillo no admite reproche. En su espíritu no había lugar para los afanes desmandados de poder, ni para la tentación de las riquezas. La codicia le era de tal modo extranjera que no osaba acercarse a los caminos de su vida. Incapaz de una claudicación por conservar poder, ni de una flaqueza para lograr favores, incluso ante la fama guardó su indiferencia.

En una época en que el movimiento revolucionario —no en lo que tiene de afán generoso de transformación, sino en lo que arrastra como fenómeno perturbador— hizo que los hombres rompieran atropelladamente las vedas de su deber; —entonces— Vadillo ilustró en rango delantero el cuadro de las personalidades limpias de concupiscencias.

El revolucionario

Revolucionario, Vadillo se desprende de la generalidad por la rara característica que apunté en el principio: era, ante todo y sobre todo, un pensador.

En los años tempestuosos de la lucha armada, caudillos militares —producto del genio popular— jugaron las primeras partes. Acaso la más importante tarea confiada a los civiles, fuera el periodismo de propaganda y de combate.

Es interesante constatar, además, que a pesar de la más extensa y trepidante perturbación de cuentas haya podido registrar nuestra historia, el pueblo alzado en armas se preocupara por organizar la educación rural dondequiera que la insurgencia se asentaba en triunfo. Vadillo, entonces, militó como periodista y ejerció como maestro.

Hecho singular: en los primeros pasos por la senda de su dual vocación, había fundado en su pueblo natal una escuela rural y un periódico que la complementara. Apuntaba así el maestro como líder social.

La vida de los campesinos, privada de dignidad humana, página anacrónica de un feudalismo viejo de cuatro siglos, suscitó las primeras rebeldías del que a la sazón era un maestro joven.

Desde aquel germinar ignorado en el agro del periodismo, Vadillo vio a nuestra profesión como una cruzada para rescatar al hombre del dominio de sus explotadores. Corresponsal del Diario del Hogar —valiente hoja precursora—, denunciaba injusticias y sufría persecuciones.

Años después, ya en la reciedumbre de la brega, se incorpora al cuerpo del Ejército del Noroeste, y lo vemos reaparecer en Colima, como director de Educación, fundando a las veces un bisemanario de combate y estableciendo la Casa del Obrero Mundial.

Pero donde cuaja en madurez fecunda al par que en acerado temple, es en El Monitor Republicano, en la nueva borrasca de 1920. El periódico que se encomienda a Vadillo es el portavoz del radicalismo que se encrespa, hasta conquistar el poder. Cuando llega como fundador a la dirección de El Nacional Revolucionario, al cabo de una década, su pensamiento se ha serenado, su estilo se muestra terso y compacto. A la voz tronante del parlamentario, a los arrestos del periodista radical de oposición, ha sucedido el tono mesurado, la exposición doctrinal. Un aliento de hondura, de prestancia a su prosa. Afanes constructores, encuadrados en el concepto orgánico de nuestras instituciones, guían al pensador hacia los objetivos generosos por cuyo alcance ardió toda su existencia. Con vigor sostenido, con vibración profunda, con certera visión, dilucidó día a día, en la columna editorial de nuestro periódico, durante dos largos años, los temas cardinales de la revolución dueña del poder público.

Tengo la certidumbre de no incurrir en la menor exageración, al afirmar que ninguno de los escritores revolucionarios de nuestro tiempo ha rendido a nuestra causa una aportación tan llena de enjundia, tan copiosa y tan congruente, tan sazonada y lúcida, como su obra editorial que ilustró las páginas del órgano de expresión con que cuenta nuestro régimen de gobierno.

El político

Entregado a las concepciones superiores del pensamiento, Vadillo no logró señorear las tácticas de la política militante.

Electo al gobierno de Jalisco, en comicios sin tacha, pronto sucumbió abatido por la galerna que arrasó en 1922 al viejo Partido Liberal Constitucionalista.

Paréntesis en su agitada vida de luchador, fueron sus andanzas por el mundo de la diplomacia, que acaso le hayan servido de remanso para rebrunirse, dando mayor tersura a su espíritu. Descanso, estudio, compulsa de nuestras realidades con las realidades del orbe; retorno a sí mismo y satisfacción del íntimo anhelo de recogimiento que caracterizó su modo de ser. Todo eso representaron para él, sin duda, sus incidentes ingerencias diplomáticas.

Pero cuando se convocó a los revolucionarios para formar el primer instituto orgánico de acción política y social, Vadillo volvió nuevamente a ocupar posiciones de responsabilidad entre los suyos. Ora como director de El Nacional, bien como principal redactor de la plataforma de principios llevada a la convención constitutiva del Partido Nacional Revolucionario; más tarde en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, en toda ocasión entregó sin regateos a la causa del pueblo, los frutos mejor logrados de su intelecto.

El seno nutricio de la patria se abre para recibir los despojo mortales de un hijo que busca reposo final, concluida su carrera, después de una existencia ejemplar, fecunda, de noble pensamiento, generosa en la acción y honesta en el carácter.

Faro avanzado de la Revolución Mexicana, destellaba en el extremo mediodía de la América nuestra, cuando el paso inexorable de la muerte apagó su fulgor. Sobre su yerta figura humana se alza la espira de su enseñanza, el cúmulo de sus hechos, la torre de sus cívicas virtudes; y todo ello se nos da en una herencia a cuya valoración nada puede añadir el personal afecto.

El Nacional, 6 de septiembre de 1935

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todo hombre tiene su precio

lo que hace falta es saber cuál es.

Joseph Fouché

Del culto al poder, al poder de la cultura

El espacio se puede recuperar, el tiempo, jamás.

Napoleón.

 

No a todos les queda el puro, nomás a los trompudos.

Dicho popular.

 

Si el lector no simpatiza con el PRI, pero quisiera otorgarle el beneficio de la duda, tendría que releer a Octavio Paz para encontrar los argumentos que indujeron al Premio Nobel de Literatura a creer en ese partido, mismos que le ganaron algunas críticas mordaces: sus detractores le decían a Paz que había claudicado porque el poder lo llenó de halagos y pleitesías como método para sobornarlo. Sin embargo, hubo otros, como Vargas Llosa, que dizque trataron de entenderlo.

Según el novelista y periodista peruano (lo escribió en Berlín en 1998 —“El lenguaje de la pasión”— y fue publicado en el periódico “El País”), Octavio, su colega y amigo, “obedecía a una convicción que, aunque yo creo errada —a ello se debió el diferendo que levantó una sombra fugaz en nuestra amistad de muchos años—, defendió con argumentos coherentes. Desde 1970, en su espléndido análisis de la realidad política de México, ‘Posdata’, sostuvo que la forma ideal de la imprescindible democratización de un país era la evolución, no la revolución, una reforma gradual emprendida al interior del propio sistema mexicano, algo que, según él, empezó a tener lugar con el gobierno de Miguel de la Madrid y se aceleró luego, de manera irreversible, con el sucesor, Salinas de Gortari.

Ni siquiera los grandes escándalos de corrupción y crímenes de esta administración lo llevaron a revisar su tesis de que sería el propio PRI —esta vez simbolizada por Zedillo— quien pondría fin al monopolio político del partido gobernante y traería democracia a México”.

Ni hablar, pues, que aunque Vargas Llosa falló en su apreciación, su criterio todavía es digno de tomarse en cuenta, pero sin perder de vista que este escritor era enemigo jurado de los regímenes priistas, a los cuales no les concedió el beneficio de la duda que Paz les había otorgado. Incluso, al propio Vargas Llosa le debemos la frase “en México se vive una dictadura perfecta” (creo que le copió al poeta ruso Evtushenko, quien antes había dicho lo mismo, adicionando el siguiente final: “mitigada por la corrupción”).

¿Qué pasaría —pregunta el columnista— si los priistas que están disputándose el poder releyeran “El laberinto de la soledad” y su agregado “Posdata”?

Sin duda, podrían encauzar su democratización interna por la vía de la inteligencia, evitándose con ello la vergüenza de ser señalados como los que acabaron con lo que queda del prestigio político del PRI. Y el mismo sentimiento pesaría sobre los miembros del PAN que se sienten elegidos de los dioses, o sea, los que ignoran que esos “dioses” no son otros que los terrenales: De la Madrid, Salinas y Zedillo, por sólo citar a los últimos representantes de la teocracia mexicana (el nuevo, que por cierto debate entre lo humano y lo infalible del presidencialismo absolutista, ya debe estar sufriendo las tentaciones del poder).

¿Y qué pasaría —vuelvo a preguntar— si el nunca bien ponderado Luis Paredes Moctezuma también releyera la obra social de Octavio Paz y, además, para librarse de la soberbia que lo acosa y poner los pies en la tierra, revisara el pensamiento de Juan de Palafox y Mendoza?

Le aseguro al lector que el municipio de Puebla ingresaría al camino que, entre otros, le fue obstruido por Gabriel Hinojosa Rivero y Mario Marín Torres, ambos personajes más interesados en la próxima elección que en el futuro de las generaciones que habrán de sucedernos. De ahí que la combinación de Paz y Palafox resulte de interés para rediseñar la política del gobierno municipal, es decir, para hacerlo plural, incluyente, social e inteligente.

Respecto a la obra del literato, debo decir que es de sobra conocida. Empero, en relación con la del obispo, lamentablemente hay que reconocer que parte de ella duerme en los archivos de la historia. Le transcribo al lector unos párrafos que bien podrían estar dedicados a quienes, por ahora, ejercen el poder, líneas que forman una de las cartas que el entonces obispo de Puebla le envió a don Andrés de Roda, provincial de la Compañía de Jesús en la Nueva España:

“No es poder… al que no le contiene la razón; no es poder el que, rompiendo los términos del derecho, asalta las leyes, impugna a los cánones sagrados, combate los apostólicos decretos. ¡Ay del poder que no se contiene en lo razonable y justo!…

¡Ay del poder que, a fuerza del poder y no de jurisdicción, quiere también ejercitarlo dentro de los sacramentos! ¡Ay del poder que no basta el poder del Rey ni del Pontífice para humillar este poder! Este que parece ser poder (…) es ruina de sí mismo, porque cuando parece que todo lo pisa y atropella, es pisado y atropellado de su misma miseria y poder…”

¡Qué bueno sería que nuestras autoridades se acercaran a la cultura, a la historia! Seguramente no cometerían las burradas que, además de lesionar al pueblo, nos dan oportunidad de criticarlas y, en consecuencia, de alertar a la sociedad.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA Y LAS RESPONSABILIDADES DEL REY

En las últimas semanas la situación política de España ha venido emplazándose en el primer plano de la vida internacional. Una revolución pacífica, honda y trascendente, se viene operando, sin que la opinión pública de Hispanoamérica acierte a comprender ni las causas profundas que la generan ni las condiciones políticas y sociales en que se encuentra el cuerpo social de España.

En realidad, en México, como en todos los países de la América española, se ha mantenido al público, y particularmente a la colonia ibera, en la más completa ignorancia sobre las realidades de la vida española; ignorancia acrecentada por la difusión de mentiras convencionales que se han venido consagrando como artículos de la fe hispanista.

En plena dictadura se alcanzaban a leer en la prensa española las más acerbas censuras al régimen y al rey mismo, mientras allende el Atlántico no se ha escrito más que la verdad oficial del gobierno español, exaltada por comentaristas generalmente interesados. La fiscalización ejercida por los rudos censores militares en España, era menos rigurosa y estricta que la censura impuesta por la mayoría de los directores de las empresas periódicas hispanoamericanas, bajo la simple presión de los intereses económicos de las colonias iberas.

Es que el español de América, influenciado por el espejismo de la patria lejana, no ha querido saber, ni ha permitido que se contemplen las realidades españolas expurgadas de toda mixtificación. Así, el hombre que amara a España orientando su espíritu hacia una España renovadora y libérrima, quedaba excluido del hispanismo ambiente, porque ante el criterio del español de América —hábil, naturalmente, del tipo común de los españoles que han plantado su tienda en nuestro hogar patrio— para ser hispanista es menester que se proclame la sencillez admirable del rey demócrata, y la obra reconstructora y sapiente de Primo de Rivera, y qué sé yo qué tantos despropósitos más que mueven a hilaridad…

De ahí que, cuando la realidad española se traduce en acontecimientos que no es posible ocultar, cunda una incertidumbre del género de ésta, que trastorna la mente del español ingenuo de América, y aun desorienta el juicio de la colectividad nacional.

Es necesario, entonces, que habituemos al español de América a contemplar la verdad de la vida que va viviendo su patria, con todas sus inflexiones y en toda la trascendencia que envuelve el actual momento histórico de España.

Esta es la única actitud honorable.

La crisis política de España no es una crisis de gabinete, ni de sistemas de gobierno; es la crisis del régimen monárquico, y, más claramente, la crisis vital de la dinastía borbónica, cuya liquidación desastrosa ha de provocar el desquiciamiento de la estructura misma del Estado español.

El episodio de Primo de Rivera, desde el golpe de Estado del 13 de septiembre del 23 hasta su reciente caída, no es un paréntesis que pueda fácilmente cerrarse con el retorno al orden constitucional, porque no es tampoco un acontecimiento o sucesión de acontecimientos esporádicos en la historia contemporánea de España. El fenómeno de desintegración del régimen monárquico se inicia con antelación a la dictadura, y el advenimiento de ésta no representa más que el esfuerzo torpe por salvar las responsabilidades del rey. El monarca echó su suerte en esta aventura, y ahora no le queda otro destino que seguir la suerte del dictador. Podrá, acaso, don Alfonso, prolongar sus días de mando ensayando otro directorio; pero, fatalmente, la vuelta a la legalidad señalará el fin de su reinado.

No bien se pisa tierra española cuando se advierte el grave conflicto que existe entre el espíritu de la nación —o conjunto de nacionalidades, para ser más justo— y el Estado. No es éste —el Estado— la estructura jurídica de la federación de nacionalidades hispánicas que acá conocemos con el nombre de España. El Estado español es tan sólo una armadura tosca y pesada que mantiene en postración al cuerpo social constituido por el conjunto de colectividades diversas (Cataluña, Vasconia, Galicia, Asturias, Andalucía, Aragón, Castilla y además pueblos que forman, positivamente, cada uno, una entidad social), a las que se niega su personalidad para dar vida a una entelequia ayuna de razón, de sentido y de valor: la España centralista que nosotros conocemos. Para sustentar semejante organismo sin alma y sin arraigo popular, el Estado se apoya en el clásico predominio del clero, del ejército reforzado por la guardia civil —milicia pretoriana e insolente que se disemina por todo el territorio, hasta los más pequeños poblados—, y de las clases acaudaladas —conservadoras por antonomasia.

España, sin embargo, en su forma exterior, se regía por las normas que presiden el funcionamiento de una democracia parlamentaria. En tal virtud, el juramento de la Constitución por parte del rey, implicaba su completa renunciación al ejercicio del poder, tal como conviene a las monarquías constitucionales, en las que “el rey reina, pero no gobierna…”

Y fue perjuro don Alfonso XIII.

El desastre del Annual, en la desdichada guerra de Marruecos, había herido en lo vivo al sentimiento español. Para calmar la excitación que produjo la pérdida del general Silvestre y de 40 mil hombres que cayeron muertos o prisioneros en poder del admirable caudillo del Rif, Abd-el-Krim, se abrió el célebre proceso de responsabilidades. Primero era a jefes secundarios como el general Navarro, a los que se llevaba a juicio. Cuando esto no fue suficiente, se atacó más a lo alto, hasta incoar el proceso del teniente general don Dámaso Berenguer, alto comisario, a la sazón, en Marruecos.

En vano se buscó la víctima propicia sobre la que recayera el anatema público. La noble y atrayente figura del general Berenguer resistía victoriosamente el severo juicio analítico de sus actos. No había sido él quien hubiera ordenado el avance insensato del general Silvestre. Por el contrario, se hallaba muy lejos del lugar del desastre, en la zona de Tetuán y Xauen, ocupado en el desarrollo de un vasto plan de pacificación, cuando súbitamente se desarrollaron los graves acontecimientos que culminaron en el desastre de Annual. Había que enfocar, entonces, la investigación, más, mucho más hacia arriba.

En el discurso de este proceso extraordinario —que es el proceso de la monarquía española— se afirmó el sentido de la responsabilidad de políticos y estadistas, hasta que el Parlamento convino en designar una comisión investigadora en la que habría de tener participación, representantes de todos los sectores organizados de la opinión, inclusive los enemigos del régimen.

El rey se vio en peligro inminente de ser descubierto. Ni el alto comisario, ni el ministro de la Guerra, ni el presidente del Consejo habían dispuesto la marcha de Silvestre sobre Alhucemas. Había sido el rey don Alfonso XIII, quien provocara el celo de Silvestre recordándole que fue él el primer jefe español que puso la planta en tierra de África, y que era, por tanto él, y no el general Berenguer, a quien debería anotarse “la gloria” de conquistar Alhucemas. El desventurado Silvestre firmaba acusación tan tremenda, pues un día antes de su marcha fatal ratificaba al monarca la promesa de llegar a Alhucemas en fecha determinada. Y esto se hacía a espaldas del general en jefe y con desprecio del gobierno responsable.

El rey había violado la Constitución que juró y el rey había precipitado el desastre.

Para ocultar su perjurio, don Alfonso pensó entonces en la dictadura y Primo de Rivera surgió con el entusiasta apoyo del rey. De ahí que ahora los hombres que permanecen al lado del monarca pongan en el olvido de la investigación de responsabilidades —de las responsabilidades de Annual y de las responsabilidades por el advenimiento de la dictadura—, como precio del retorno a la constitucionalidad.

Las realidades concretas, por otra parte, acusan una creciente debilidad de la monarquía. Desde que Primo de Rivera, con la solidaridad del rey fueteó el rostro de los antiguos políticos, sostenedores de la monarquía, el monarca perdió, inclusive a los monarquistas. Unos —los jóvenes— han ido a reforzar las filas republicanas. Otros —los que no pueden avanzar en su credo— continúan monárquicos, pero contrarios a la dinastía. Así, en una futura elección —necesaria para el retorno a la legalidad—, por mucha que fuera la presión gubernamental, las fuerzas unidas de socialistas y republicanos, de demócratas y de liberales (monarquistas antidnásticos) habrán de abatir a los pocos ultramontanos que permanecen tibiamente fieles al rey.

España ha consumado una de las revoluciones más interesantes que se registran en la historia. Un pueblo inerme no puede lanzarse a aventuras bélicas contra un régimen y un Estado que hace llegar la fuerza pública hasta los más pequeños villorrios. Pero el pueblo español supo encontrar otro elemento de fuerza: su más completo aislamiento frente a la dictadura. En los seis años y medio que rigió el artículo 0 de la Constitución, la colectividad española en todos sus sectores de opinión, realizó una revolución pacífica con sólo oponer el espíritu público contra la arbitrariedad. Los intentos esporádicos para derribar al dictador con el estruendo de las armas fracasaron lamentablemente; pero la resistencia pasiva de las masas, la posición anticolaboracionista de las élites intelectuales y la rebeldía espiritual de los hombres habituados al ejercicio del poder, realizaron el milagro de la expulsión del dictador. Primo de Rivera se mantuvo en el vacío y fue el vacío el que terminó por ahogarlo.

Don Alfonso XIII echó su suerte tomando partido por la dictadura, y ahora lógicamente la dictadura habrá de arrastrarlo en su suerte.

El esfuerzo del general Berenguer, presidente del Consejo, por salvar a la monarquía y devolver la legalidad —la víctima de ayer que se yergue ahora como salvador de un náufrago—, será el último episodio de la monarquía, a menos que se prolongue una vida artificial, cayendo nuevamente y sin tapujos en otra dictadura, merced a la posición inerme del pueblo español. De otra suerte, no hay posibilidad de retornar a la legalidad y de que dentro de la legalidad subsista la monarquía, porque la monarquía es la que atada a la legalidad. Y en el sendero que pretende forzar el general Berenguer siempre hallará los procesos históricos que señalen las responsabilidades del rey.

El Nacional, 15 de marzo de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El poder desgasta sólo a aquel que no lo tiene.

Giulio Andreotti

¿DE PRESIDENTE A MAYORDOMO?

Vicente Fox, en compañía de su vocera, recorre las habitaciones de Los Pinos. Ve, pregunta y palpa el inventario que forma parte del aposento presidencial.

—Oye, chaparrita —le dice cariñoso a doña Martha—, coméntale a los muchachos que me cambien el colchón de la cama donde voy a dormir. Se me van a salir las patas y además está salado. Fúchila: aquí durmió Zedillo y puede ser que hasta su consorte, la señora que camina como perico en alfombra.

—No te preocupes, presidente —contestó riéndose la señora—, me encargaré de que tus noches sean agradables. Por ahí tengo una amiguita que vende blancos muy nice. Ahorita mismo la llamo para que mañana esté lista la muda de la cama y duermas calientito.

—Pero lo que me urge es el colchón. ¡Ya te dije que no quepo!

—Ya lo sé, mi cielo. Mientras lo consigo o lo mando hacer, te ponemos un banquito de emergencia —bromeó—. Ni modo que te traigas el de San Cristóbal con todo y las chinches, las garrapatas y hasta las tepopoxtas que no te dejaban dormir.

—Ah, qué mujer… Si no fuera por estos ratos. Acuérdate de decirle al chef que, después de que cante el gallo, me haga mi cafecito de olla.

—Hecho, señor. Así será. De paso le pido una tetera, porque ya sabes que a mí me gusta tomar té.

—Ay sí, muy inglesa, ¿no?

TRES DE DICIEMBRE DEL 2000

El caos en la residencia oficial. Entran y salen llamadas, telefonazos, recados, mensajeros y proveedores. La misión: encontrar la ropa de cama adecuada para el colchón súper king-size ortopédico; adquirir las sábanas para la futura reina presidencial; comprar toallas bordadas con estilo, almohadas blanditas y frescas, y una colcha con tacto de pétalo de rosa; el juego de té y las cortinas con cierre de emergencia y control remoto —por aquello de las dudas—, y varios sillones y algunos muebles destinados a la cabaña donde la vocera presidencial dormirá el sueño de los justos…

—Háblale a doña Pituca Chevalier… Mi compadre Limantur es el gerente del Palacio… Pedrito Corcuera tiene una importadora… En Santa Fe vi los colchones especiales… Cuidado con los edredones que les meten pluma de guajolote tierno por ganso… No vayan a ir de compras a la Lagunilla y menos a la fayuca… El juego de té debe ser plateado, porque aguanta más y no se pone prieto… Cumplan la normatividad y pidan facturas con registro… Sean discretos…

… que, como éstas, fueron algunas de las órdenes que pusieron en acción al personal de confianza del nuevo mandatario. Y que los encargados de las compras actuaron con la lealtad y la eficiencia que exigía tamaña responsabilidad.

Sin embargo, por las prisas, o la inexperiencia, o el provincianismo, o el pánico escénico, o las urgencias, o la ambición —vaya usted a saber—, se propició que parte de lo comprado se amparara con facturas apócrifas; es decir, emitidas por una empresa cuya dirección y teléfono no existen o, concediéndole el beneficio de la duda, nunca encontraron por fallas en la impresión esos datos.

Todo ello invita a ver como chunga foxista los hechos que, en el contexto nacional y republicano, no deberían tener ninguna importancia. Imagínese el lector que el equilibrio del país dependiera de esas sábanas importadas con un costo de 38 mil pesotes, o de las toallas bordadas, o del juego de té plateado, o de los colchones de 20 mil morlacos.

La verdad, son asuntos de interés doméstico que, estoy seguro, ya pasaron por las manos de los anteriores presidentes, quienes, además de vivir como reyes, se gastaron la lana del pueblo sin más límite que su cochina conciencia.

Lo delicado del asunto está en la chambonería del grupo que gobierna al país, actitud que, una vez más, pone en entredicho su capacidad para responder a los temas nacionales e internacionales que, bien o para mal, afectan el desarrollo y la estabilidad social de los gobernados. Es absurdo, pues, que las tribunas y los foros se utilicen para aclarar lo que con un escueto boletín podría explicarse. Y debería avergonzarnos que a nuestro presidente se le dé trato de mayordomo de la residencia oficial.

CUALQUIER DÍA DEL AÑO 2001

—¿Qué crees, “Chente”? —dijo preocupada la vocera—. Me pasaron un tip: dicen que la prensa nos va a golpear por haber comprado los blancos, las toallas, los colchones y…

—No te aflijas, mujer —respondió el comprensivo jefe—. Estos gastos forman parte de las prerrogativas del presidente y son una bicoca que apenas modifica las últimas cifras de la partida secreta. Pero, para que no exista duda ni haya malos entendidos, dile a Barrio que legitime la compra, que la meta en internet y que oriente a su gente para que lo contabilice con los gastos de Los Pinos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

BASILIO VADILLO*

Cuando nos acercamos a la figura de un contemporáneo cuya vida cruzó bajo las mismas borrascas que la nuestra, el juicio casi siempre naufraga en la pasión y sufre desilusiones por la cercanía. La proximidad nos induce a considerar como principal y necesario en la obra sometida a temprano examen, lo que quizá no fue sino accesorio y contingente. Sólo al correr de los años se apaga la ofuscación del sentimiento y se aclara la perspectiva.

El deshielo del tiempo va enfriando rescoldos y enjugando el perfil del hombre de todo cuanto es redundante y borroso; y en el horizonte de la posteridad se yergue, entonces, la figura prócer, inmovilizada en aquel momento de su vida en que mereció el bronce libre ya de lo perecedero y redimida para la inmortalidad.

Nos encontramos ante el caso singular de un coetáneo que supo ajustar su recia vida a líneas esenciales, que purificó su acción con la linfa del pensamiento. Nada hubo de incierto en esa mente lúcida; ni de vacilante en esa adamantina voluntad; ni de turbio en esa ética austera. Por eso podemos aquilatar a Basilio Vadillo, nosotros que hoy ocupamos en El Nacional el sitio que él enalteció con su presencia; por eso le rendimos pleitesía, los de aquella casa de trabajo que fue la suya, en esta hora cenital de una jornada renovadora cuyo amanecer le sorprendió entregado a tareas de justicia y de cultura.

* Oración fúnebre de Froylán C. Manjarrez, entonces director de El Nacional, a Basilio Vadillo

Sólo en ese concepto puede con honestidad intentar un elogio funerario, quien no cree que el hecho natural de la muerte deba llevarnos a proclamar excelencias en los desaparecidos.

Nuestro noble compañero de lides no fue caudillo militar, ni ídolo de multitudes; su imagen no llegó al pueblo aureolada por el fuego de las victorias bélicas, ni sus relieves se nimbaron de heroicidad guerrera. Y sin embargo, se registró inusitado movimiento nacional para recibir sus despojos mortales, y se percibe amplio concierto de voluntades para rendir uno de los primeros homenajes a un héroe civil: tal fue Vadillo.

Es que ha germinado en nuestra nacionalidad la simiente que él dispersó a los vientos, con mano infatigable y robusta, desde la tribuna, la cátedra, el periódico, el libro.

Asistimos a la consagración de un hombre que fue, por antonomasia, un pensador dentro de la revolución.

Ahondemos en los veneros de su espíritu, atalayemos los campos donde desplegó sus actuaciones públicas, y dondequiera hemos de comprobar esa fuerza segura de sí misma, esa ponderada valentía ajena al instinto, que sólo comunica a los hombres el pensamiento, cuando lo ejercen por vocación vital, como disciplina y como apostolado.

Un pensador, y de la más rara y fecunda estirpe. Porque su temperamento —el de un alma vuelta hacia sus propias honduras—, su razón fría, su nutrido saber, no le inmovilizaron en actitudes teóricas, ni le diluyeron en sutilezas, ni le encastillaron en egoísmos. Esteta: dio el brillo de su verbo, en el mitin y en el Parlamento, a la causa de las libertades públicas. Educador: prefirió la escuela rural a la cátedra universitaria. Doctrinario: derramó su luz para esclarecer las cosas que las multitudes sólo intuitivamente perciben. Poseedor de una cultura bien organizada: jamás la capitalizó en su beneficio, pues la aportaba a mano abierta para contribuir con ella al ideario de la revolución.

Basilio Vadillo no suscitó odios, ni alimentó enconos. Hablaba un lenguaje de elevación nada común; sostenía en sus debates el tono que traslada la más encendida de las contiendas al dominio de los principios, en cuyo ámbito chocan las ideas, y los hombres sólo son heridos por fenómeno reflejo inevitable en la liza política.

Su personalidad aparece como trasiego de otras épocas, con ser tan avanzados sus afanes. La convivencia en los escaños del Congreso, el trato diario, la comunidad de convicciones, me permitieron descubrir en él raras semejanzas con los precursores y los paladines de nuestra primera Reforma. Como el doctor Mora, Vadillo aceró sus rebeldías y contrastó sus impulsos libertadores en la asfixiante atmósfera de un seminario, para batir más tarde en todos los frentes al enemigo que le había aprisionado en sus primeros años. Como Melchor Ocampo, fundió la sencillez y la bondad con la entereza. Como Ignacio Manuel Altamirano, escaló las cumbres de la elocuencia y desde ahí defendió a los oprimidos.

Todo ello sin jamás rebajar su ley de pensador.

El parlamentario

Quiero formar mi oración con impresiones de primera mano, con recuerdos personales de un compañero de luchas cívicas que se elevó sobre el nivel medio apenas tuvo oportunidad de dar a conocer sus capacidades.

En la XXVII Legislatura —la legislatura cumbre de la era posterior al Congreso de Querétaro— penetramos juntos a militar en el mismo frente. Habíamos llegado sin relieves y sin nombradía, levantados a la escena nacional por el voto primigenio de las multitudes provincianas, por el sufragio depositado en las urnas con las manos todavía ardidas por la pólvora de los grandes combates.

En aquella asamblea de limpio origen popular, donde cuajaron los valores radicales que habían hecho sus primeras armas en el Constituyente, los grupos más avanzados pugnaron por esclarecer el contenido social del movimiento triunfante, en la legislación orgánica de la nueva Carta Fundamental. Y en esa tarea, al través de jornadas inolvidables, la palabra de Basilio Vadillo dejó escritos inmarcesibles capítulos.

El incipiente tribuno se destacó, entonces, como el organizador y el ideólogo que fue desde siempre.

Con Vadillo formamos un pequeño grupo de estudio y de combate doctrinario. Por primera vez en el Congreso de México, el marbete socialista fue ostentado por un bloque parlamentario. Allí estuvo el brote de la dialéctica en que habían de concretarse con el tiempo los postulados clasistas de la revolución; allí comenzó a sonar el léxico que habría de expresarlas con propiedad. Hasta entonces, las aspiraciones del pueblo eran proclamadas en lenguaje tomado del liberalismo en disolución; se las defendía con razones casuistas que no correspondían a un concepto integral ni a una elaboración sistemada; se las encerraba en fórmulas empíricas, como fatalmente había de acontecer en un país donde el movimiento renovador no obedeció a planes teóricos preconcebidos.

Y es hora de hacer honor al mérito de Vadillo, declarando que él fue el primer representante popular que en nuestro país proclamó como valedera la tesis del socialismo de Estado.

Ya con estatura de gran parlamentario, como líder del Partido Liberal Constitucionalista —a menudo en pugna con sus propios compañeros de partido— el socialista dominaba con su ánimo al político militante.

Adviene la XXVIII Legislatura. Caso inusitado hasta entonces en la era revolucionaria, el secretario de Gobernación interviene directamente e indebidamente para integrarla. Vadillo se presenta al amparo de irreprochable credencial, y es desde luego, por derecho propio, el jefe de la diezmada minoría radical de la oposición. Con esta autoridad moral, emprende sin demora brava defensa de sus correligionarios, excluidos al introducirse el cinismo en la política.

Esa minoría comenzó a formar en el Parlamento la corriente que en pocos meses habría de despeñar sus aguas broncas, arrasando el dique de un gobierno moderado. En la cresta de su oleaje, se hallaba un caudillo de nombradía sin paralelo, en quien se cifraban las mejores esperanzas de renovación social: el general Álvaro Obregón.

En aquella etapa, obregonismo era bandera para quienes exigían que la revolución se mantuviera fiel a su destino histórico. El presidente Carranza —ante cuya patricia estampa me inclino, sobre todo cuando recuerdo al ilustre primer jefe del Ejército Constitucionalista— no podía agregar ese mérito a los suyos propios, porque no lograba entender cosas que no eran de su tiempo.

Vadillo oposicionista, llegó entonces a ser, como orador en la tribuna del pueblo, como periodista en las columnas de El Monitor Republicano —confiado a su talento dirigente— acaso el más conceptuoso ordenador del pensamiento revolucionario renovado.

El estilista

Vadillo fue un estadista. En el fragor parlamentario de la XXVII, el país presenció el final esplendoroso de una escuela de elocuencia y el advenimiento de la oratoria moderna.

Jesús Urueta, el consagrado príncipe de la palabra, era a la par el último y el más fulgurante ejemplar de la oratoria supercastellana. Su elocuencia dionisíaca, tropel de imágenes transportadas de la Hélade en vuelo milenario; su verbo, esmaltado por una cultura humanista y envuelto en el ademán grandilocuente y magnético que había arrastrado a las multitudes en la alborada de 1910, aún nos conmovía, pero dejaba ya de convencernos.

Empalmándose con Urueta en el tiempo, Vadillo y García Vigil irrumpían en el paisaje de nuestros modos de acción parlamentaria, con dialéctica apretada de razonamiento, con lógica férrea, con sobria elegancia en la expresión, que convencían antes de conmovernos, que imantaban antes que deleitarnos.

Recuerdo a Vadillo en la tribuna. Rostro impenetrable, adusto. Ademán ni de montañés, ni de girondino. Arquetipo de líder nacional, que adunaba el recatado orgullo de la provincia y el anhelo de auténtica vindicación popular, a las elaboraciones universales del razonamiento científico. Cáustico y pulcro, crítico y afirmativo, era síntesis admirable de antinómicos atributos.

Jamás dejó de ser un provinciano. Hombre de selección que nos demuestra cómo es la provincia donde late el más profundo sentido de nacionalidad.

Y su estilo se difunde como nueva voluntad de forma por múltiples canales; la prensa, el ensayo, la novela de costumbres, la poesía.

El hombre

Integridad como la de Vadillo no admite reproche. En su espíritu no había lugar para los afanes desmandados de poder, ni para la tentación de las riquezas. La codicia le era de tal modo extranjera que no osaba acercarse a los caminos de su vida. Incapaz de una claudicación por conservar poder, ni de una flaqueza para lograr favores, incluso ante la fama guardó su indiferencia.

En una época en que el movimiento revolucionario —no en lo que tiene de afán generoso de transformación, sino en lo que arrastra como fenómeno perturbador— hizo que los hombres rompieran atropelladamente las vedas de su deber; —entonces— Vadillo ilustró en rango delantero el cuadro de las personalidades limpias de concupiscencias.

El revolucionario

Revolucionario, Vadillo se desprende de la generalidad por la rara característica que apunté en el principio: era, ante todo y sobre todo, un pensador.

En los años tempestuosos de la lucha armada, caudillos militares —producto del genio popular— jugaron las primeras partes. Acaso la más importante tarea confiada a los civiles, fuera el periodismo de propaganda y de combate.

Es interesante constatar, además, que a pesar de la más extensa y trepidante perturbación de cuentas haya podido registrar nuestra historia, el pueblo alzado en armas se preocupara por organizar la educación rural dondequiera que la insurgencia se asentaba en triunfo. Vadillo, entonces, militó como periodista y ejerció como maestro.

Hecho singular: en los primeros pasos por la senda de su dual vocación, había fundado en su pueblo natal una escuela rural y un periódico que la complementara. Apuntaba así el maestro como líder social.

La vida de los campesinos, privada de dignidad humana, página anacrónica de un feudalismo viejo de cuatro siglos, suscitó las primeras rebeldías del que a la sazón era un maestro joven.

Desde aquel germinar ignorado en el agro del periodismo, Vadillo vio a nuestra profesión como una cruzada para rescatar al hombre del dominio de sus explotadores. Corresponsal del Diario del Hogar —valiente hoja precursora—, denunciaba injusticias y sufría persecuciones.

Años después, ya en la reciedumbre de la brega, se incorpora al cuerpo del Ejército del Noroeste, y lo vemos reaparecer en Colima, como director de Educación, fundando a las veces un bisemanario de combate y estableciendo la Casa del Obrero Mundial.

Pero donde cuaja en madurez fecunda al par que en acerado temple, es en El Monitor Republicano, en la nueva borrasca de 1920. El periódico que se encomienda a Vadillo es el portavoz del radicalismo que se encrespa, hasta conquistar el poder. Cuando llega como fundador a la dirección de El Nacional Revolucionario, al cabo de una década, su pensamiento se ha serenado, su estilo se muestra terso y compacto. A la voz tronante del parlamentario, a los arrestos del periodista radical de oposición, ha sucedido el tono mesurado, la exposición doctrinal. Un aliento de hondura, de prestancia a su prosa. Afanes constructores, encuadrados en el concepto orgánico de nuestras instituciones, guían al pensador hacia los objetivos generosos por cuyo alcance ardió toda su existencia. Con vigor sostenido, con vibración profunda, con certera visión, dilucidó día a día, en la columna editorial de nuestro periódico, durante dos largos años, los temas cardinales de la revolución dueña del poder público.

Tengo la certidumbre de no incurrir en la menor exageración, al afirmar que ninguno de los escritores revolucionarios de nuestro tiempo ha rendido a nuestra causa una aportación tan llena de enjundia, tan copiosa y tan congruente, tan sazonada y lúcida, como su obra editorial que ilustró las páginas del órgano de expresión con que cuenta nuestro régimen de gobierno.

El político

Entregado a las concepciones superiores del pensamiento, Vadillo no logró señorear las tácticas de la política militante.

Electo al gobierno de Jalisco, en comicios sin tacha, pronto sucumbió abatido por la galerna que arrasó en 1922 al viejo Partido Liberal Constitucionalista.

Paréntesis en su agitada vida de luchador, fueron sus andanzas por el mundo de la diplomacia, que acaso le hayan servido de remanso para rebrunirse, dando mayor tersura a su espíritu. Descanso, estudio, compulsa de nuestras realidades con las realidades del orbe; retorno a sí mismo y satisfacción del íntimo anhelo de recogimiento que caracterizó su modo de ser. Todo eso representaron para él, sin duda, sus incidentes ingerencias diplomáticas.

Pero cuando se convocó a los revolucionarios para formar el primer instituto orgánico de acción política y social, Vadillo volvió nuevamente a ocupar posiciones de responsabilidad entre los suyos. Ora como director de El Nacional, bien como principal redactor de la plataforma de principios llevada a la convención constitutiva del Partido Nacional Revolucionario; más tarde en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, en toda ocasión entregó sin regateos a la causa del pueblo, los frutos mejor logrados de su intelecto.

El seno nutricio de la patria se abre para recibir los despojo mortales de un hijo que busca reposo final, concluida su carrera, después de una existencia ejemplar, fecunda, de noble pensamiento, generosa en la acción y honesta en el carácter.

Faro avanzado de la Revolución Mexicana, destellaba en el extremo mediodía de la América nuestra, cuando el paso inexorable de la muerte apagó su fulgor. Sobre su yerta figura humana se alza la espira de su enseñanza, el cúmulo de sus hechos, la torre de sus cívicas virtudes; y todo ello se nos da en una herencia a cuya valoración nada puede añadir el personal afecto.

El Nacional, 6 de septiembre de 1935

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Todo hombre tiene su precio

lo que hace falta es saber cuál es.

Joseph Fouché

Del culto al poder, al poder de la cultura

El espacio se puede recuperar, el tiempo, jamás.

Napoleón.

 

No a todos les queda el puro, nomás a los trompudos.

Dicho popular.

 

Si el lector no simpatiza con el PRI, pero quisiera otorgarle el beneficio de la duda, tendría que releer a Octavio Paz para encontrar los argumentos que indujeron al Premio Nobel de Literatura a creer en ese partido, mismos que le ganaron algunas críticas mordaces: sus detractores le decían a Paz que había claudicado porque el poder lo llenó de halagos y pleitesías como método para sobornarlo. Sin embargo, hubo otros, como Vargas Llosa, que dizque trataron de entenderlo.

Según el novelista y periodista peruano (lo escribió en Berlín en 1998 —“El lenguaje de la pasión”— y fue publicado en el periódico “El País”), Octavio, su colega y amigo, “obedecía a una convicción que, aunque yo creo errada —a ello se debió el diferendo que levantó una sombra fugaz en nuestra amistad de muchos años—, defendió con argumentos coherentes. Desde 1970, en su espléndido análisis de la realidad política de México, ‘Posdata’, sostuvo que la forma ideal de la imprescindible democratización de un país era la evolución, no la revolución, una reforma gradual emprendida al interior del propio sistema mexicano, algo que, según él, empezó a tener lugar con el gobierno de Miguel de la Madrid y se aceleró luego, de manera irreversible, con el sucesor, Salinas de Gortari.

Ni siquiera los grandes escándalos de corrupción y crímenes de esta administración lo llevaron a revisar su tesis de que sería el propio PRI —esta vez simbolizada por Zedillo— quien pondría fin al monopolio político del partido gobernante y traería democracia a México”.

Ni hablar, pues, que aunque Vargas Llosa falló en su apreciación, su criterio todavía es digno de tomarse en cuenta, pero sin perder de vista que este escritor era enemigo jurado de los regímenes priistas, a los cuales no les concedió el beneficio de la duda que Paz les había otorgado. Incluso, al propio Vargas Llosa le debemos la frase “en México se vive una dictadura perfecta” (creo que le copió al poeta ruso Evtushenko, quien antes había dicho lo mismo, adicionando el siguiente final: “mitigada por la corrupción”).

¿Qué pasaría —pregunta el columnista— si los priistas que están disputándose el poder releyeran “El laberinto de la soledad” y su agregado “Posdata”?

Sin duda, podrían encauzar su democratización interna por la vía de la inteligencia, evitándose con ello la vergüenza de ser señalados como los que acabaron con lo que queda del prestigio político del PRI. Y el mismo sentimiento pesaría sobre los miembros del PAN que se sienten elegidos de los dioses, o sea, los que ignoran que esos “dioses” no son otros que los terrenales: De la Madrid, Salinas y Zedillo, por sólo citar a los últimos representantes de la teocracia mexicana (el nuevo, que por cierto debate entre lo humano y lo infalible del presidencialismo absolutista, ya debe estar sufriendo las tentaciones del poder).

¿Y qué pasaría —vuelvo a preguntar— si el nunca bien ponderado Luis Paredes Moctezuma también releyera la obra social de Octavio Paz y, además, para librarse de la soberbia que lo acosa y poner los pies en la tierra, revisara el pensamiento de Juan de Palafox y Mendoza?

Le aseguro al lector que el municipio de Puebla ingresaría al camino que, entre otros, le fue obstruido por Gabriel Hinojosa Rivero y Mario Marín Torres, ambos personajes más interesados en la próxima elección que en el futuro de las generaciones que habrán de sucedernos. De ahí que la combinación de Paz y Palafox resulte de interés para rediseñar la política del gobierno municipal, es decir, para hacerlo plural, incluyente, social e inteligente.

Respecto a la obra del literato, debo decir que es de sobra conocida. Empero, en relación con la del obispo, lamentablemente hay que reconocer que parte de ella duerme en los archivos de la historia. Le transcribo al lector unos párrafos que bien podrían estar dedicados a quienes, por ahora, ejercen el poder, líneas que forman una de las cartas que el entonces obispo de Puebla le envió a don Andrés de Roda, provincial de la Compañía de Jesús en la Nueva España:

“No es poder… al que no le contiene la razón; no es poder el que, rompiendo los términos del derecho, asalta las leyes, impugna a los cánones sagrados, combate los apostólicos decretos. ¡Ay del poder que no se contiene en lo razonable y justo!…

¡Ay del poder que, a fuerza del poder y no de jurisdicción, quiere también ejercitarlo dentro de los sacramentos! ¡Ay del poder que no basta el poder del Rey ni del Pontífice para humillar este poder! Este que parece ser poder (…) es ruina de sí mismo, porque cuando parece que todo lo pisa y atropella, es pisado y atropellado de su misma miseria y poder…”

¡Qué bueno sería que nuestras autoridades se acercaran a la cultura, a la historia! Seguramente no cometerían las burradas que, además de lesionar al pueblo, nos dan oportunidad de criticarlas y, en consecuencia, de alertar a la sociedad.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

Implicaciones políticas que apenas comienzan a dimensionarse...

En una acción que marca un punto de ruptura sin precedentes en la relación bilateral con Washington, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos desclasificó este miércoles una acusación formal en contra del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios y ex colaboradores de su administración. Se les señala por su presunta participación en una red de protección institucional vinculada a operaciones de narcotráfico a gran escala.

El expediente de Nueva York

La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York presentó cargos que incluyen conspiración para la importación de fentanilo, cocaína y metanfetaminas, además de delitos relacionados con el uso de armas de fuego. Según el pliego acusatorio desclasificado hoy, las autoridades estadounidenses sostienen la hipótesis de que los señalados habrían recibido beneficios económicos a cambio de facilitar las operaciones logísticas de grupos criminales en la región.

Derivado de este expediente, el gobierno estadounidense ha emitido ya una solicitud formal de detención provisional con fines de extradición, colocando al Estado mexicano ante un complejo desafío jurídico.

Rocha Moya: "Es una infamia sin pruebas"

Desde la capital sinaloense, el gobernador Rubén Rocha Moya rechazó categóricamente los señalamientos, calificándolos de "ataque político" y un intento de injerencia en la soberanía nacional. El mandatario subrayó que no existe evidencia material que sustente las afirmaciones de la fiscalía neoyorquina.

"Se trata de una campaña basada en dichos de testigos protegidos que buscan beneficios procesales. Mi administración se mantiene firme y demostraremos que estas acusaciones carecen de todo fundamento", sentenció el Ejecutivo estatal.

Postura oficial y blindaje legal

La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) informó que, tras una revisión preliminar de la documentación enviada por la Embajada de EE. UU., se detectó que las solicitudes de extradición no incluyen elementos de prueba suficientes que acrediten la responsabilidad de los imputados bajo los estándares del tratado bilateral. Por su parte, la Fiscalía General de la República (FGR) anunció la apertura de una carpeta de investigación propia, aunque recordó que, debido a la investidura del gobernador, cualquier acción procesal requeriría de un juicio de procedencia ante el Congreso para el retiro de su inmunidad (desafuero).

Reacciones en el espectro político

Mientras diversos actores de Morena y el Comité Ejecutivo Nacional del partido han cerrado filas con el mandatario —denunciando irregularidades en el proceso y una violación a la confidencialidad diplomática—, bloques de la oposición han comenzado a gestionar ante el Senado la posible desaparición de poderes en Sinaloa, argumentando una crisis de gobernabilidad que ha rebasado a las autoridades locales.  

A medida que la información continúa en desarrollo, el caso se perfila como el litigio más relevante en la historia reciente de la cooperación en seguridad entre México y Estados Unidos, con implicaciones políticas que apenas comienzan a dimensionarse.

Redacción Réplica

“Miren, hago lo que quiero y me importa un carajo”

Te presentamos un resumen de las noticias más importantes de la semana

Noticias de la semana

Del 20 AL 26 de abril de 2026

 

Sangre y caos en la zona arqueológica de Teotihuacán

Lo que debía ser una jornada de asombro ante la historia se tornó en tragedia el pasado lunes 20 de abril. Un hombre armado irrumpió en la Plaza de la Luna y abrió fuego de manera indiscriminada contra un grupo de visitantes. El saldo es desgarrador: una turista de nacionalidad canadiense perdió la vida en el sitio, mientras que otras siete personas resultaron heridas por proyectiles. En el tumulto y la desesperación por huir, seis personas más sufrieron lesiones por caídas. El agresor, al verse acorralado por elementos de la Guardia Nacional, decidió terminar con su propia vida. La Fiscalía General de la República ha tomado las riendas de la investigación para esclarecer el motivo de este ataque que ha conmocionado al sector turístico internacional.

Violencia en el Mercado Morelos: Puebla bajo el fuego de la extorsión

La ciudad de Puebla vivió momentos de alta tensión este lunes 20 de abril, tras registrarse una balacera en las inmediaciones del Mercado Morelos. Según confirmó el secretario de Seguridad Pública estatal, Francisco Sánchez González, el ataque no fue un hecho aislado, sino una violenta represalia de grupos delictivos tras la captura de 25 presuntos extorsionadores. El enfrentamiento dejó tres civiles heridos y obligó a las autoridades a desplegar un operativo permanente encabezado por la Marina y la Policía Estatal, en un intento por arrebatarle el control de los centros de abasto a las mafias del "cobro de piso".

Sacudida en el Gabinete: Estela Damián deja la Consejería Jurídica

En un movimiento que tomó por sorpresa a los círculos políticos de la capital, se formalizó esta semana la salida de Estela Damián Peralta de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal. Tras meses de ser el brazo legal de la Presidencia, Damián deja el cargo en un momento donde la administración busca refrescar su estrategia jurídica ante las reformas constitucionales pendientes. Este relevo sugiere un ajuste de tuercas en el círculo más cercano de la mandataria, priorizando un perfil que pueda navegar con mayor agresividad en los mares legislativos que se avecinan.

Eruviel Ávila, denunciado penalmente por violencia de género

El diputado federal y exgobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, se encuentra en el centro de un escándalo personal y legal. El pasado 21 de abril, su esposa, María Irene Dipp, rompió el silencio a través de un video en redes sociales donde denunció ser víctima de amenazas e intimidación psicológica por parte del legislador. La denuncia no solo ha escalado al terreno penal, sino que ha generado un fuerte eco en el Congreso, donde se cuestiona si el fuero parlamentario seguirá siendo un escudo ante acusaciones de violencia de género en el entorno familiar.

Confirman identidad de los fallecidos en Chihuahua: Eran agentes de la CIA

Lo que inicialmente se manejó con hermetismo en la Sierra Tarahumara ha estallado en una crisis de seguridad nacional. El Gabinete de Seguridad confirmó que los dos estadounidenses asesinados el fin de semana pasado eran agentes activos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El hecho ha puesto en evidencia una preocupante realidad: los agentes realizaban operaciones de inteligencia en territorio mexicano sin haber cumplido con los protocolos de registro y notificación ante la Cancillería, lo que abre un debate sobre la presencia no autorizada de fuerzas extranjeras en el país.

Presión diplomática desde Washington: La Casa Blanca pide "empatía"

A raíz del asesinato de los agentes de la CIA, la relación entre México y Estados Unidos ha entrado en una fase de tensa diplomacia. La Casa Blanca emitió un comunicado solicitando al gobierno de Claudia Sheinbaum "empatía" para con las familias de las víctimas y una colaboración total en las investigaciones. Sin embargo, la respuesta desde Palacio Nacional ha sido cauta pero firme, señalando que, si bien se busca justicia, la soberanía nacional es innegociable, especialmente cuando se trata de actividades de inteligencia extranjera no declaradas.

Luisa María Alcalde regresa a la primera línea del Gobierno

El tablero político de Morena sufrió un cambio estratégico este 23 de abril. Luisa María Alcalde anunció su renuncia a la dirigencia nacional del partido para reincorporarse al gabinete presidencial. Alcalde asumirá la titularidad de la Consejería Jurídica, ocupando el vacío dejado por Estela Damián. Con este movimiento, la presidenta Sheinbaum apuesta por una figura de absoluta lealtad y trayectoria probada para blindar legalmente los proyectos finales de su administración.

Resistencia ciudadana en Puebla: Nace el frente contra el Cablebús

La construcción del Cablebús en la capital poblana ha encontrado un obstáculo que no estaba en los planos: la organización civil. El pasado 21 de abril se anunció la creación de un frente cívico que agrupa a vecinos y activistas opuestos al proyecto. Los inconformes denuncian que la obra carece de estudios de impacto ambiental transparentes y que afectará la fisonomía histórica de la ciudad. Bajo la consigna de exigir una consulta ciudadana real, el grupo ha iniciado una serie de movilizaciones que amenazan con frenar los trabajos de construcción.

Cae en Argentina el "Zar" del huachicol fiscal

En un operativo de alcance internacional, fue detenido en Argentina el contralmirante Fernando Farías Laguna. Las autoridades mexicanas lo identifican como el presunto cerebro detrás de una vasta red de "huachicol fiscal", dedicada a la importación ilegal de combustibles. Se estima que esta organización defraudó al Estado por sumas multimillonarias mediante la manipulación de pedimentos y el contrabando de hidrocarburos. El gobierno mexicano ya ha iniciado los trámites legales para su extradición, en lo que promete ser uno de los juicios por corrupción más sonados del año.

Maru Campos, bajo el escrutinio público por la crisis en la Sierra

La gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, enfrenta una de las crisis políticas más agudas de su mandato. Tras el violento episodio donde murieron agentes de la CIA y mandos de la policía estatal, las críticas hacia su estrategia de seguridad no se han hecho esperar. El pasado 24 de abril, la mandataria fue cuestionada duramente por la aparente falta de control territorial en la Sierra Tarahumara y por el desconocimiento de las actividades de inteligencia extranjera en su estado. La presión desde el Gobierno Federal y la opinión pública nacional la mantienen hoy en el "ojo del huracán".

Redacción Réplica

Revista Réplica

Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente...

He estado pensando —más de lo que recomienda la higiene mental— en el futuro. No en ese futuro de neón y naves espaciales que nos vendió el cine, sino en este que ya se nos metió en la cocina, en el café de la mañana y en la forma en que movemos el dedo sobre una pantalla de cristal.

La conclusión, si me permiten la franqueza, es bastante incómoda.

Estamos asistiendo al nacimiento de dos mundos que no se hablan.

Uno es el nuestro. El de los que todavía guardamos libros en la maleta y entendemos que el conocimiento no es un café instantáneo; es un proceso lento, a veces doloroso, que requiere el esfuerzo de subrayar, dudar y, sobre todo, detenerse. Somos los sobrevivientes de la era de la pausa. Pero aceptémoslo: empezamos a parecer náufragos en una isla que se hace cada vez más pequeña.

Del otro lado está la marea. Una generación que no fue educada para pensar, sino para reaccionar. Son los hijos del “scroll” infinito, del estímulo que dura quince segundos y de la risa fácil que tapa el silencio. Para ellos no hay profundidad, solo flujo. Si no brilla o no hace ruido, no existe.

Y aquí es donde la percepción se convierte en una bofetada estadística.

Los medios de comunicación —especialmente en Europa, que suele ir un par de pasos adelante en nuestras desgracias— están perdiendo audiencias a un ritmo suicida. Y no es falta de calidad; es que el entorno simplemente dejó de valorar el periodismo. El algoritmo no es un ente perverso con un plan maestro para destruir la civilización; es algo mucho más cínico: es un espejo.

Durante años nos quejamos de que el algoritmo se había vuelto estúpido. Pero la realidad es más brutal. El algoritmo simplemente aprendió a conocernos.

Entendió que preferimos lo masticado. Que elegimos lo inmediato sobre lo importante. Que nos quedamos hipnotizados donde no hay que hacer el más mínimo esfuerzo intelectual.

El sistema no es malo, es rentable. Por cada video vacío hay un mercader monetizando y un millón de personas entregando lo único que realmente poseen: su tiempo y su criterio. Es un intercambio de oro por espejitos de colores, pero en versión digital.

El problema es que el pensamiento no es un don divino, es un músculo. Y un músculo que no se usa termina por atrofiarse hasta convertirse en un colgajo inútil.

A los que ya pasamos de los treinta nos queda el recuerdo, esa memoria muscular de lo que significa analizar una idea. Pero los que vienen detrás están siendo criados por una inteligencia artificial que no quiere ciudadanos, sino consumidores de atención.

Y aquí es donde el panorama se pone realmente extraño.

Nos prometen un futuro de ingreso universal, donde la IA hará el trabajo sucio y nosotros seremos libres. Suena a paraíso, ¿verdad? Pero la pregunta que nadie quiere responder es: ¿Qué vamos a hacer con una sociedad que ya no necesita trabajar y que, además, olvidó cómo pensar?

El riesgo no es el aburrimiento. Es el vacío.

Un vacío que se llena con lo más básico, lo más adictivo y lo más manipulable.

Una sociedad perfectamente entretenida es una sociedad perfectamente dócil. Cuando la gente deja de pensar, el poder deja de pertenecer al que tiene la razón o la verdad. El poder pasa a manos de quien mejor sabe agitar el cascabel.

Aunque no diga nada. Aunque no sepa nada.

Por eso, que el periodismo esté en crisis no es una tragedia gremial. Es el síntoma de que una parte del mundo ya no sabe para qué sirve la verdad. No es que no la quieran; es que ya no tienen las herramientas para procesarla.

Quizá el futuro no sea una guerra nuclear ni una catástrofe climática de película. Quizá sea algo mucho más aterrador.

Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente.

Y profundamente estúpido.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica

“Recuerda que eres mortal”, debería ser la frase tatuada en sus almas...

Y para entonces, quizá, ya no quede mucho por salvar...

Una vieja historia que renuevan los modernos virreyes...

Dice una de las leyes de Murphy: “Los helicópteros no pueden volar. Son tan feos que la tierra los rechaza ”.

Juan Sandoval Íñiguez no despegó la vista del vino que él personalmente servía ponderándolo como uno de los mejores de su cava...

Al oír un “güey” pronunciado con énfasis estentóreo por algún muchacho veinteañero, de inmediato pienso en Cervantes, el de El Quijote.

—No nos hagamos pendejos —ripostó Bartlett a uno de los enviados presidenciales—. Ése sería un pinche destierro...

Por las calles de Puebla corrió un comentario alentador: “La cita es a la hora en que se oculte el sol, allá en el viejo jardín de San José”...

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Superar una adicción no es simplemente dejar atrás un hábito; es renacer, es descubrir una nueva versión de ti mismo que quizás nunca pensaste que existía...

Porque al final, la pregunta no es si esto es real...

Hay personas que hoy hablan de “salir de la Matrix” como si fuera un acto heroico, casi místico: soltar, permitir, fluir, elegir otro camino, “jugar” la vida. Suena bonito. Suena liberador. Pero también suena peligrosamente superficial si no se entiende lo que realmente está en juego.

Porque la Matrix —más allá de la película The Matrix— no es un sistema de cables, ni una inteligencia artificial que nos cultiva como baterías. Es algo más incómodo: es la narrativa que aceptamos sin cuestionar.

  1. La cárcel invisible

La pregunta no es nueva. Desde Platón hasta la modernidad tecnológica, el ser humano ha sospechado que lo que ve no es exactamente lo que es. La filosofía lo dijo antes que el cine: lo real podría ser solo interpretación.

Hoy la ciencia incluso coquetea con la idea: la hipótesis de simulación propone que podríamos estar dentro de una realidad generada, indistinguible de lo “real”. 

Pero hay algo más inquietante aún: aunque no vivamos en una simulación digital, sí vivimos dentro de interpretaciones.

El cerebro no capta el mundo tal cual es; lo construye. Filtra, predice, acomoda.

Es decir: no vemos la realidad, vemos lo que podemos tolerar de ella.

Ahí empieza la verdadera Matrix.

  1. La versión cotidiana de la Matrix

No necesitas conspiraciones globales para estar atrapado.

Basta con esto:

  • Creer que solo vales por lo que produces
  • Repetir discursos heredados sin revisarlos
  • Vivir en automático, esperando el viernes
  • Temer tanto al cambio que prefieres la incomodidad conocida

Eso es Matrix.

No la de ciencia ficción, sino la doméstica, la silenciosa, la que no hace ruido porque está normalizada.

La Matrix no te encierra… te convence de que no hay otra vida posible.

III. El “despertar” mal entendido

Aquí es donde entra el discurso moderno:

“suelta”, “fluye”, “elige otro camino”, “juega la vida”.

Suena profundo, pero muchas veces es un placebo emocional.

Porque soltar no es ignorar.

Permitir no es resignarse.

Elegir distinto no es huir.

El verdadero problema es que se ha romantizado el despertar como si fuera ligero, casi cómodo.

Y no lo es.

Despertar implica:

  • Ver lo que evitabas
  • Reconocer tus propias mentiras
  • Aceptar que muchas decisiones no fueron libres
  • Y asumir que nadie vendrá a rescatarte

No hay música épica.

No hay Morfeo.

Solo hay conciencia… y responsabilidad.

  1. Entonces, ¿qué significa “salir de la Matrix”?

No significa irte a vivir a la montaña.

Ni dejar todo y “fluir con el universo”.

Significa algo mucho más brutal: dejar de reaccionar automáticamente.

Significa elegir, incluso cuando duele.

Elegir:

  • pensar en lugar de repetir
  • cuestionar en lugar de obedecer
  • actuar en lugar de posponer

Salir de la Matrix no es escapar del sistema… es dejar de ser un producto pasivo dentro de él.

  1. El juego de la vida (sin clichés)

Aquí entra una idea poderosa que sí vale la pena rescatar: la vida como juego.

Pero no como entretenimiento vacío, sino como conciencia activa.

Jugar la vida es entender que:

  • no controlas todo, pero sí tu postura
  • no eliges las cartas, pero sí cómo jugarlas
  • no evitas el dolor, pero decides qué haces con él

Y entonces aparece algo extraño:

Cuando dejas de querer controlar todo… empiezas a vivir con más claridad.

No porque “el universo conspira”, sino porque ya no estás peleando contra todo.

  1. La verdad incómoda

Tal vez no vivimos en una simulación.

Tal vez no hay máquinas detrás.

Tal vez no hay nadie controlando nada.

Y eso es aún más aterrador.

Porque entonces: la Matrix no está afuera.

Está en cómo decides vivir tu propia vida.

Epílogo

Hay gente esperando despertar.

Otros esperando señales.

Otros esperando el momento perfecto.

Y mientras tanto, la vida pasa.

No como simulación… sino como oportunidad desperdiciada.

Porque al final, la pregunta no es si esto es real.

La pregunta es más incómoda: ¿estás viviendo… o solo estás reproduciendo lo que te enseñaron a vivir?

Tobías Cruz

Revista Réplica

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