No era nadie

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Cerrar una puerta también puede ser un acto de cuidado...

No sé cómo se llaman.

Ni falta que hace.

Los veo en el gimnasio desde hace años. Son parte del paisaje: el ruido de las pesas, el sudor ajeno, la música mala. Coincidimos sin tocarnos la vida. Nunca pensé en ellos… hasta que un día aparecieron en mi teléfono.

Personas que quizá conozcas.

Quizá.

Esa palabra siempre llega con mala intención.

Uno de ellos me mandó solicitud. Un perfil vacío, como una casa sin muebles. La acepté por inercia y la quité casi de inmediato. No había nada ahí. Diez solicitudes después entendí que no estaba pidiendo amistad, estaba pidiendo permiso. Permiso para existir en el espacio del otro.

Ahora me mira raro. No con enojo, sino con esa incomodidad infantil de quien no sabe dónde poner el orgullo cuando alguien no responde como esperaba. Yo sigo entrenando. Él también. No pasa nada. Y aun así, pasa algo.

Las redes nos enseñaron a confundir cercanía con derecho. A creer que coincidir es sinónimo de entrar. Que si alguien aparece en nuestra pantalla, nos debe algo. Una respuesta. Una explicación. Un gesto.

Pero no.

No todo el que se cruza merece quedarse.

No todo silencio es una agresión.

No todo límite es personal.

A veces no es rechazo. Es simplemente no interés, que debería ser una emoción legítima y tranquila, pero la hemos vuelto ofensiva.

No me vigilan. No me buscan. No me piensan. Y si lo hicieran, tampoco sería tan importante. Lo importante es otra cosa: aprender a no cargar historias que no son nuestras. A no leer intención donde solo hay coincidencia.

Sigo yendo al gimnasio.

Sigo usando el cuerpo para callar la cabeza.

Y sigo creyendo que hay una forma sana de desaparecer sin hacer ruido.

Cerrar una puerta también puede ser un acto de cuidado.

Tobías Cruz

Revista Réplica