Puebla, el legado (Nueve años de rectoría)

Réplica y Contrarréplica
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Nueve años de rectoría

Nunca encontrarás tiempo para nada.

Debes crearlo.

Charles Buxton

 

Como ocurrió en la mente del compositor José Pablo Moncayo, valga la metáfora, supongo que el ex rector Enrique Agüera Ibáñez escuchó diversos criterios, mismos que le fueron expresados en distintos ritmos académicos, científicos y culturales. De ahí que haya mezclado las vivencias veracruzanas (su lugar de nacimiento) con las experiencias que obtuvo en el escenario académico de Puebla y del mundo. Baso mi decir en las declaraciones públicas que le leí o escuché y, desde luego, en las labores universitarias ocurridas durante su gestión. Las declaraciones de este académico —más las vertidas por sus antecesores— confirman que tanto para él como para su equipo de trabajo, la cultura fue el punto de partida de su periodo que (retomo con las coincidencias mágico-numéricas) duró nueve años.

En ese lapso nono Agüera dejó evidencia abundante sobre la cultura. De cómo ésta se convirtió en el eje o esencia de las acciones de su administración, e incluso en estrategia contra la violencia que suele sembrar su semilla en los jóvenes de bajos recursos. Si en Medellín, Colombia, funcionó la oferta cultural como alternativa para alejar a la juventud de la delincuencia, ¿por qué no en Puebla?

En la ciudad colombiana de Medellín, la cultura fue uno de los pilares de la modernización que incluyó captar las inversiones extranjeras importantes. Podemos decir que se rompieron las barreras sociales que impedían el desarrollo y la innovación. En la revista Forbes[1] apareció un artículo (Medellín: la ciudad que domó a la violencia) donde se lee que así fue como se identificó el potencial social a través del programa Horizontes, el cual, subraya, buscó “posicionar a la ciencia, la tecnología y la innovación como una oportunidad de vida entre la población joven”.

Las diversas manifestaciones artísticas y otros quehaceres relacionados con la cultura, produjeron un proceso innovador de interacción lúdica. La oferta del CCU convocó así a miles de universitarios de la BUAP y de otros planteles de educación superior. Esto propició además el interés de los padres, hermanos, primos y parientes cercanos o lejanos. Ahora bien, si lo mencionado no fuera suficiente para ponderar la iniciativa del grupo Agüera, debo agregar aunque sea reiterativo, que la edificación del Complejo, logró concluirse en un plazo récord de trece meses. Y recordar que aquella venturosa iniciativa dio forma a lo que durante años habían buscado los jóvenes soñadores. Me refiero a los hombres y mujeres que en su tiempo decidieron desafiar el estlablishment cultural de Puebla. Este impulso se debe al grupo de universitarios que estaba cierto de que el estatus educativo “se había convertido en un obstáculo para la superación de las letras y de otras expresiones artísticas de la entidad”. Rememoro pues lo que escribió Humberto Sotelo, referencia citada en párrafos anteriores:

Aquellos fueron años en que se llegó a sentir[2] que algo podrido flotaba en la vida cultural y social de Puebla… ‘enfermedad moral’ que asolaba al estado en ese tiempo, expresión inequívoca de la devastación social provocada por el cacicazgo avilacamachista (cuyo) despotismo e intolerancia había convertido a la entidad en algo semejante a una ‘tierra baldía’.

Y sí, como lo dijo Dostoievski y lo replica Sotelo, “sólo el arte y la cultura podían salvar al mundo”.

Ignoro si Agüera o sus antecesores inmediatos estaban conscientes de aquella sentencia. Es probable que sí. No quise preguntárselos debido a la obviedad de la respuesta. Salen sobrando este tipo de cuestionamientos porque aquella convicción conceptualizada por Dostoievski es algo que subyace en el pensamiento de cualquier persona inteligente. De ahí que, sin temor a exagerar o que mi dicho sea considerado perogrullada, señalo enfático que la cultura hace las veces de detonador del raciocinio. Lo saben desde los gobernantes hasta los directivos de cualquier empresa o institución educativa, empero, a pesar de ello pues, la mayoría —incluidos los CEO*— no suele valorarla. Por esta y otras razones que el lector conoce o intuye, la cultura ha sido vista como si fuese el betún del gran pastel presupuestal. Es la constante.

*Siglas de Chief Executive Officer (director ejecutivo de empresas y corporaciones).

[1] https://www.forbes.com.mx/medellin-la-ciudad-que-domo-a-la-violencia/

[2] Op. Cit.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica