¿Eres un perro jarioso... o un hombre?

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Y confundir instinto con destino no es biología: es una coartada...

Me adentré al mundo del TikTok como quien entra a una cantina a las diez de la mañana: con curiosidad, algo de miedo y la certeza de que algo no iba a salir bien. Y ahí estaba. Un joven entusiasta, letrado —según él—, iluminado por la sabiduría ancestral del algoritmo, explicando con absoluta seguridad que los hombres somos infieles por naturaleza. ¿La razón? Somos animales prehistóricos. Perros en el parque. Jariosos. Corriendo detrás de cualquier perra… perdón, canina… que ande en celo.

Según este Darwin de bolsillo, el hombre va por la vida oliendo feromonas invisibles, guiado por el instinto, con la lengua de fuera y la moral guardada en la guantera. Un perro más, pero con pantalones y acceso a datos móviles.

Pongamos orden en la perrera.

Un perro busca a una canina cuando está en celo porque ese es su ciclo natural. No reflexiona, no duda, no se pregunta si va a lastimar sentimientos o destruir una vida. Es biología pura. El perro no tiene corteza prefrontal. El hombre sí. Bueno… algunos.

La corteza prefrontal es esa parte del cerebro que regula impulsos, emociones y consecuencias. Esa que te dice piénsalo, detente, esto no está bien. Gracias a ella no mordemos, no marcamos territorio en la sala y no perseguimos mujeres cada vez que ovulan. Porque, sorpresa: una mujer no es un semáforo biológico.

Existe además algo llamado evolución. Sí, somos animales, mamíferos, con huesos y contradicciones, pero animales evolucionados. Decir que el hombre solo anda viendo con quién procrear es una soberana estulticia, una explicación barata para justificar la irresponsabilidad emocional con bata de ciencia mal puesta.

Claro que hay hombres que viven de cama en cama como si coleccionaran estampas. Pero la psicología —esa disciplina que no cabe en videos de treinta segundos— lo ha dicho hasta el cansancio: la promiscuidad compulsiva no nace del placer, sino del vacío. Del rechazo, del abandono, de la humillación que se arrastra en silencio.

Las personas promiscuas no buscan cuerpos: se buscan a sí mismas y no se encuentran. Por eso regresan siempre con más hambre y menos sentido.

¿Para qué necesitamos una pareja? Tal vez no para toda la vida, ahí concedo el punto. Pero sí para algo más que el jadeo momentáneo. Para compartir ideas, metas, crecimiento. Para la fidelidad y la lealtad, palabras hoy tratadas como fósiles.

Una relación con comunicación, respeto, admiración mutua y cariño permite experimentar cosas que el trotacamas profesional jamás conocerá: la confianza, el compañerismo, la certeza de no ir solo.

Eso no existe cuando se vive procreando simbólicamente como perro sin correa.

No, los hombres no somos animales prehistóricos condenados al celo eterno.

Somos animales pensantes… o al menos deberíamos serlo.

El que se comporta como perro no lo hace por naturaleza, lo hace por pereza intelectual.

Y confundir instinto con destino no es biología: es una coartada.

Tobías Cruz

Revista Réplica