La Pluma y las Palabras (Una época de fecunda y equilibrada juventud)

Réplica y Contrarréplica
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UNA ÉPOCA DE FECUNDA Y EQUILIBRADA JUVENTUD

Son excepcionales los hechos históricos que no requieren la formación de una perspectiva para ser estimados en su importancia cabal. La cercanía resta claridad a la visión y certidumbre al juicio, y empareja los relieves hasta confundir lo principal con lo accesorio; de modo que toda valoración resulta aventurada cuando no injusta. Sólo el fluir del tiempo enjuga los perfiles de los actos que van formando la historia, para mostrarlos con nitidez y serenidad, acalmadas todas las pasiones y decantadas todas las turbulencias.

Los acontecimientos que se alinean en el primer año del periodo presidencial del general Lázaro Cárdenas se apartan de lo ordinario, por cuanto puede valorárseles en inmediata proximidad. Constituyen un ápice de nuestro acontecer histórico; señalan el inicio de un nuevo modo de gobierno, con el cual la democracia mexicana sale de su época informe y contradictoria para entrar en una edad de fecunda y equilibrada juventud, y liquidan un pasado que ya era incapaz de sobrevivirse porque llevaba en sus errores el germen que había de esterilizarlo como posibilidad de acción en la vida pública del futuro.

Gobierno de acción y de servicio, se ha llamado con justeza el que con entera responsabilidad preside el mandatario proletarista. Si se buscara discernir las características de este régimen, habría que comenzar por advertir su origen: una real vinculación con las grandes mayorías del electorado —que son trabajadoras—, en cuyo nombre y en cuyo beneficio se gobierna; y por exponer su doctrina política, apuntalada en la responsabilidad de las investiduras, la honestidad de los procederes y la indeclinable subordinación de todos los intereses privados al interés superior de la colectividad, no importa la cuantía o el arraigo de aquéllos.

El genio creador de una revolución en marcha no se ha detenido ante el valladar de los prejuicios, ni ha titubeado ante los precedentes —voces del pasado—, cuando éstos han obstruido la persecución de la felicidad de pueblo.

El cardenismo fue desde sus orígenes un movimiento de ortodoxia revolucionaria, que propendía a expurgar de adulteraciones el programa de la revolución, a rectificar los métodos políticos y a cancelar los trámites dilatorios y las simulaciones, para restituir los valores prístinos postulados a lo largo de la insurgencia popular, y arrancar de cuajo adherencias y lacras y vicios, nacidos de complacencias, debilidades y componendas, que hacían decadente un impulso vindicador y constructivo antes de que éste llegara a su madurez.

La táctica cardenista impuso actuar de dentro hacia fuera, en el seno del Partido Nacional Revolucionario, para lograr la postulación del candidato por obra de la fuerza de opinión que le dio su respaldo, y para implantar, con el imperio de la mayoría, reformas sustanciales de contenido avanzado al proyecto de Plan Sexenal propuesto a debate en la Segunda Convención Ordinaria del Partido.

Como lógica consecuencia, el candidato acudió personalmente, en toda la extensión de la República, a refrendar sus lazos con el pueblo trabajador, a palpar sus necesidades y a recibir de él solo toda la autoridad para regir los destinos de la patria.

Por eso cuando llegó el momento de prueba, el presidente, que ha sabido vivir a la altura de sus deberes, encontró el apoyo angular del proletariado, la lealtad del ejército, el respaldo de los demás poderes y justificación moral unánime en el consenso de la opinión nacional y extranjera.

En el enérgico plan político puesto en marcha para restablecer el régimen de derecho dondequiera que éste se hallara vulnerado, mientras mayor era la decisión y la valentía de las motivaciones presidenciales, más calurosa acogida tenían éstas en la conciencia nacional. Y así fue extendiéndose por el haz del territorio el espíritu legalista, revolucionario, de responsabilidad íntegra, ausente de ficciones y de tácitos renunciamientos, que se había impuesto en la órbita federal apenas vencido el primer semestre del año político que hoy concluye.

No es éste el sitio para intentar balance pormenorizado de la primera anualidad del gobierno cardenista. Si acaso podrá ejemplificarse, con alusiones generales, la tesis renovadora que vivifica, en este momento esperanzado la vida pública de México.

Una de las grandes tendencias del Partido Revolucionario histórico —integrar nuestra nacionalidad, articulándola en lo geográfico, tornándola homogénea en lo étnico, dándole unidad de pensamiento y de conciencia y organizando su economía más allá de todo coloniaje— ha sido llevada adelante en sólo doce meses de gobierno por el presidente Cárdenas, en mayor extensión que en decenios de administraciones pasadas.

Por primera vez en la historia de la revolución —desgarrada por choques entre revolucionarios— se autoriza a todos los que vincularon su vida a la causa del pueblo para que, olvidada toda rencilla y disipado todo rencor, puedan volver al seno de la patria. Ni el retorno de los exiliados políticos, ni la más amplia libertad de organización sindical, ni el nacimiento mismo de oposición coordinada, ni la más irrestricta tolerancia para la expresión del pensamiento, son vistos como amenaza por este régimen seguro de sí mismo, que nada debe y a nadie teme.

Los gobiernos que abandonan el cauce de la ley y los que se divorcian de su pueblo para proteger privilegios de minoría y emplear la autoridad como medio de opresión, no de servicio, temen la organización de los proletarios y la estorban, bien directamente o por modos indirectos que no excluyen el reconocimiento de un solo organismo sindical dócil a las indicaciones del poder público.

La tarea de unificar a los campesinos, confiada al Partido Nacional Revolucionario y la sostenida exhortación a los obreros para que lleguen al frente único, muestran a las claras que el régimen es sabedor de que las masas nada tienen que reprocharle; antes bien, le darán su fuerza y su apoyo, acrecentados por la organización, para que continúe su acción proletarista.

Por cuanto atañe a la parte material, se busca dar articulación a la base geográfica de la nacionalidad mexicana, y para ello se han iniciado obras diversas, de tal importancia que una sola de ellas, por sí misma, podría justificar en el ramo la gestión de todo un periodo. La construcción de los ferrocarriles del Sureste y de Zihuatanejo y el que unirá la zona carbonífera poblana con la costa de Oaxaca; la conclusión de la carretera Laredo-Acapulco y el comienzo de los trabajos en el camino que unirá por occidente la frontera del norte con el Soconusco, bastan para dar idea del esfuerzo sin precedente que se realiza con el fin de ligar entre sí nuestra dispersa geografía.

No es ya el concesionario extranjero quien hace de empresa en esta clase de trabajos; ni es el móvil de la subvención o del lucro inmediato lo que determinan los trazos. Estos se delinean con vistas a satisfacer un imperativo de unión entre partes de nuestro territorio desmembradas por indómita orografía, a distribuir nuestra población de modo adecuado y a fomentar el dominio útil de la naturaleza por el hombre, dondequiera que haya recursos naturales inexplotados.

No puede integrarse una nacionalidad si existen cuatro siglos de distancia entre dos porciones de su población: la una potente por su número y por su aptitud para crear valor económico; la otra, minoritaria, dueña de la técnica, de los medios de producción, del conocimiento científico y sólo pospuesta en el señorío de la vida económica por la potencia de los intereses extranjeros todavía arraigados en nuestro suelo.

En un país donde tres cuartas partes de la población activa trabajan la tierra, hay que comenzar por borrar las distancias, reparando injusticias seculares y entregando el disfrute de la propiedad agrícola a sus dueños de origen, quienes, al perderla, fueron sometidos a la feudal servidumbre del peonaje.

Así, la acción agraria ha rebasado las previsiones del Plan Sexenal. Para realizarla, se han reforzado las disponibilidades pecuniarias y se ha duplicado el personal de campo; expedientes que tenían el polvo de diez años, se han resuelto en posesiones efectivas; los agraristas tienen una casa en la capital, donde encuentran albergue, consejo, instrucción y atenciones médicas e higiénicas; este tipo de instituciones va multiplicándose en la República, y la autoridad agraria coordina las labores propias de su índole: con las educativas, construyendo escuelas y sufragando desayunos escolares en los ejidos; con las viales, abriendo caminos; con las sanitarias, impartiendo servicios facultativos.

No se ve ya al ejido como complemento de un jornal miserable, sino como base única y suficiente de sustentación para el campesino liberado. Es una institución sobre la cual recaerá la responsabilidad de nuestra economía agrícola futura.

Esta rehabilitación del campesinado, así como el estímulo a los obreros que se libertan del salario, ha impuesto una política de crédito como servicio social —impartido por el poder público—, a diferencia del crédito de interés privado con móviles de lucro. Ha nacido de este impulso el Banco de Crédito Popular; está próximo a abrir sus puertas el Banco Nacional de Crédito Ejidal, a más de una institución que se destinará al fomento de la pequeña propiedad agrícola en explotación. Debe recordarse que al incremento de 20 millones de pesos otorgado al capital que refacciona los ejidos en este año, habrá que agregar las aportaciones que el primer mandatario anunció para los años venideros de su periodo.

Vueltos del espejismo que había hecho ver a los mexicanos un México de fabulosas riquezas, que tapizó tres veces de plata la extensión del continente, los que formamos esta generación nos hemos encarado a los campos yermos, a los pozos de petróleo que bombean oro negro hecho dividendos hacia el extranjero, a las fábricas que extorsionan nuestra fuerza de trabajo en beneficio de empresarios venidos de ultramar, a las minas, en fin, que dejan por igual socavones vacíos en la entraña de nuestro suelo y cavernas letales en el pulmón deshecho de los mineros silicosos; y hemos sentido la urgencia de una política que fertilice el suelo en beneficio de nuestro propio pueblo, y que integre la economía de México en un sistema propio, en lo posible autosuficiente y autárquico.

Por eso la atención nacional ha visto con júbilo la eficacia del presidente Cárdenas para concluir las grandes obras de irrigación y multiplicar las pequeñas; para retener por todos los medios legales la mayor suma de las riquezas que emigran; para lograr inversión de reservas de compañías extranjeras que operan en el país, en actividades que reanimen la prosperidad doméstica; para cancelar privilegios lesivos de los intereses del erario y regular la explotación del subsuelo. Como medidas concretas deben recordarse la nueva legislación en materia de seguros, la anulación de franquicias fiscales a una compañía petrolera, la cancelación del contrato de la Compañía Terminal de Veracruz y muchas otras medidas que prolijo sería enumerar.

Antes de aspirar a una nacionalidad de rasgos homogéneos, debe eliminarse la formación de las conciencias bajo una doble potestad: la de la Iglesia, y la del Estado, por eso se ha hecho la función educativa bajo el presidente Cárdenas, un servicio privativo del Estado, en sus dos primeros grados, con la orientación socialista y el contenido científico que el nuevo texto constitucional marca. Y para grados superiores, el planeamiento de la Politécnica y el Consejo Nacional de la Educación Superior y de la Investigación Científica, permitirán en breve a la generación surgente prescindir de los institutos que, so capa de libertad docente, preparan mentalidades para vivir fuera de su tiempo y contra las cosas de su tiempo.

La plétora de alumnos en las escuelas públicas es la mejor prueba de que la educación socialista ha sido parejamente aceptada en el país.

Otra barrera de la cultura —el monopolio de papel— ha caído por tierra en este primer año henchido de realizaciones. Una empresa de economía mixta sustituye a la compañía que durante 40 años se ha enriquecido a costa de la difusión del pensamiento, y gracias a aquella nueva modalidad distribuidora podrán contar el año entrante los niños mexicanos con millones de libros escolares al mínimo precio de siete centavos.

Todo esfuerzo de síntesis fracasa ante la vastedad de lo hecho. Una preocupación constante por llevar a los que nada han tenido las cosas que dignifican la vida y la hacen sana y fácil, domina todos los actos de la administración pública. La introducción de agua potable a pequeños poblados; los estudios de higiene de la alimentación campesina; el servicio médico ejidal —iniciado en concordancia por dos dependencias del Ejecutivo y por el Partido Nacional Revolucionario—; la preferencia a los barrios obreros en las obras materiales del Distrito Federal, y tantas otras medidas que escapan al vuelapluma periodístico, ayudarían a ejemplificar esta característica de la política administrativa actual.

No quedaría completo un plan de integración nacional si no se contara con el ejército, en actitud de congruencia respecto de sus orígenes, despojado de toda idea opresora y traído al servicio de la comunidad por su convicción, que lo coloca del lado de los trabajadores y por su procedencia, que es la ciudadanía armada que supo develar al pretorianismo porfiriano. Ni tampoco puede excluirse la influencia del magisterio, que el presidente Cárdenas ha exaltado sacándolo de una relegación injusta y estéril. En el mecanismo del régimen, los maestros al servicio del Estado no sólo educan a la niñez, sino que son propulsores de las nuevas ideas, centros pensantes de las comunidades trabajadoras, y mártires de una convicción que ha despertado las iras del emboscado retroceso, al límite de instigar el vandalismo, el asesinato y la barbarie.

Si la tesis social del presidente Cárdenas en materia agraria da al régimen ejidal la función de crear un campesinado próspero y libre, en el aspecto obrero sustenta una verdad revolucionaria que fue piedra de toque para muchos y marcó el fin de una época y el principio de otra: la huelga es un fenómeno espontáneo en los sucesivos reajustes de intereses que acontecen como episodios de la lucha de clases; sólo cuando la autoridad política está dominada por el capitalismo, puede reprimir los movimientos de resistencia, que tienen su estatuto regulador, y sus tribunales y cuyas consecuencias son en último término benéficas para la economía, no importa qué perjudiciales resulten de momento.

El transcurso del tiempo ha dado la razón al presidente Cárdenas. No sólo está remoto un desquiciamiento del orden económico, sino que se perciben signos seguros de renaciente prosperidad. Los movimientos de huelga planteados en los primeros meses del nuevo gobierno, fueron como las aguas represadas que necesitan libertad para desbordarse y tomar su nivel. Logrando un equilibrio que artificialmente se había demorado, las cosas han seguido con normalidad su propio curso.

Digno de mencionarse es el cambio ocurrido en el concepto del empleado público como sujeto de obligaciones y derechos. Servir al Estado ya no significa medrar al amparo de una sinecura. Cada nombramiento lleva implícita una cláusula de efectivo servicio a las masas populares, un cívico deber que el salario no paga y cuyo cumplimiento importa desinterés de ciudadano y convicción de revolucionario.

En cambio, una próxima ley del servicio civil garantizará en sus derechos de clase a los servidores del Estado.

Si se avizora el panorama de reforma legislativa que el Ejecutivo ha emprendido, se distingue un perfil saliente, un principio que inspira todas las iniciativas de un régimen que ha querido gobernar con el mínimo posible de facultades extraordinarias: las leyes, cualquiera que sea su naturaleza, deben amoldarse a las necesidades de los gobernados; jamás han de ignorarse o mal representarse éstas, para que puedan caber en la estrechez de un código inadecuado. En este mismo sitio se ha dicho hace pocos días: “La necesidad del pueblo es el fin, la ley el medio de satisfacerlo”.

Para la transformación de nuestro derecho positivo —consonante con la nueva etapa— el jefe de gobierno ha contado con la afinidad de convicción de los legisladores. Un fenómeno de dinámica interna, ajeno a todo mezquino divisionismo, desplazó el centro de gravedad de los bloques parlamentarios hacia definiciones ideológicas de izquierda que no eran sino consecuencia, en la órbita del poder legislativo, de la validez que la administración dio a las tesis de responsabilidad y servicio al proletariado.

El movimiento interior que estableció la hegemonía de los bloques de izquierda tiene la importancia de un indispensable complemento a la renovación de nuestra vida pública operada en junio.

En la vida de relación internacional, México registra también acontecimientos que son el reflejo externo de sus transformaciones domésticas. El fracaso de la intriga internacional urdida por los sempiternos buscadores de protección ajena para privilegios definitivamente anulados, representa una justificación ante la conciencia internacional de la legalidad de procedimientos del gobierno mexicano y expone con nitidez el respeto a la soberanía de los países que el presidente de los Estados Unidos de América profesa. La cortante contestación que mister Roosevelt dio a los Caballeros de Colón, aliados del clero mexicano en su afán por reconquistar potestad política, poderío económico y dominio de las conciencias, liquidó definitivamente la oprobiosa gestión de los clericales.

Ante un conflicto de dos lejanos países, miembros, como México, de la Sociedad de las Naciones, el gobierno del presidente Cárdenas asumió una actitud consecuente con las tradiciones de la diplomacia mexicana, acorde con el sentir popular, honesta con lo pactado y al mismo tiempo exenta de animosidades. La invitación al delegado de nuestro país para cooperar con el Comité de Sanciones, equivale a una apreciación de la irreprochable actitud mexicana.

Además, cabe a México el orgullo de haber presenciado en este año que países de más evolucionada organización han llegado a conclusiones que dan validez universal a salientes aspectos de nuestra doctrina revolucionaria. Desde el impulso que alienta en Estados Unidos, buscando la reforma de una de las más intocables constituciones del mundo, hasta la atención universitaria dada por el Teacher’s College de Columbia a nuestros métodos de educación campesina, son síntomas de que el pensamiento internacional ha justipreciado el ideario de nuestro movimiento reivindicador y va colocando a México en un lugar destacado por cuanto a su genio creador y a la valentía con que acomete la solución de problemas que hoy tienen envergadura universal.

Esta rápida ojeada sobre el panorama de un año, justifica nuestra aseveración primera de que la gestión del presidente Cárdenas ha señalado el inicio de un nuevo modo de gobierno, con el cual la democracia mundial sale de su época informe y contradictoria para entrar en una edad de fecunda y equilibrada juventud.

El Nacional, 1 de diciembre de 1935.

Froylán C Manjarrez

Revista Réplica