Cuando todo parece una tragedia

Salud y orientación
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“Seguro me va a ir mal.”

“Esto es una señal.”

“Ya empezó el desastre.”

Hay personas que viven así. Una lluvia inesperada no es simplemente un cambio de clima: es el anuncio de que el día será terrible. Un retraso de diez minutos confirma que “todo sale mal”. Una crítica en el trabajo significa que están a punto de perder el empleo. Un mensaje que tarda en llegar se convierte en la prueba de que la otra persona ya no los quiere.

Desde fuera puede parecer exageración, pesimismo o incluso una forma de llamar la atención. Sin embargo, la psicología y la neurociencia muestran que, muchas veces, detrás de esa manera de interpretar la vida existe algo mucho más profundo.

No siempre es dramatismo. Con frecuencia es una forma de sobrevivir.

Un cerebro entrenado para esperar lo peor

El cerebro humano evolucionó para detectar peligros. Nuestros antepasados sobrevivían porque eran capaces de identificar amenazas antes de que ocurrieran. El problema aparece cuando ese sistema de alarma permanece encendido aun cuando ya no existe un peligro real.

Las personas que han vivido experiencias difíciles —abandono, violencia, humillaciones constantes, pérdidas importantes o ambientes familiares impredecibles— pueden desarrollar una vigilancia permanente. Su cerebro aprende que cualquier cambio puede convertirse en una amenaza.

Por eso, donde otros ven una nube gris, ellas ven una tormenta.

Las heridas cambian la manera de interpretar el mundo

La psicología llama a esto sesgos cognitivos: formas automáticas de interpretar la realidad que no siempre corresponden con los hechos.

Entre los más frecuentes están:

Pensar siempre en el peor escenario posible.

Creer que un problema pequeño inevitablemente terminará en una catástrofe.

Interpretar hechos neutros como ataques personales.

Buscar señales de mala suerte o malos augurios en acontecimientos cotidianos.

Generalizar: “Si hoy salió mal una cosa, todo saldrá mal.”

Estas interpretaciones no suelen ser decisiones conscientes. Son caminos mentales que el cerebro ha recorrido tantas veces que terminan convirtiéndose en la ruta automática.

Cuando todo activa una herida

Imaginemos a alguien que fue criticado constantemente durante su infancia.

Años después, un comentario sencillo como “¿podrías corregir este detalle?” puede sentirse como una humillación enorme.

No responde al presente.

Responde a una herida antigua.

La neurociencia explica que la memoria emocional puede activarse antes de que intervenga el razonamiento. La amígdala cerebral, encargada de detectar amenazas, puede reaccionar en milésimas de segundo, mientras la corteza prefrontal —la parte racional— necesita más tiempo para analizar objetivamente la situación.

Por eso algunas personas reaccionan de inmediato con enojo, miedo o tristeza sin comprender exactamente por qué.

¿Son personas demasiado sensibles?

La sensibilidad no es un defecto.

Existen personas con una mayor sensibilidad biológica a los estímulos emocionales y ambientales. Perciben con más intensidad los cambios en el tono de voz, las expresiones faciales, el ambiente social o las emociones ajenas.

Cuando esa sensibilidad se combina con experiencias traumáticas, el resultado puede ser un sistema nervioso que permanece constantemente preparado para defenderse.

No es que “se ofendan por todo”.

Su organismo interpreta que muchas cosas representan un peligro.

El peso del pensamiento negativo

Otro fenómeno ampliamente estudiado es el sesgo de negatividad.

Nuestro cerebro recuerda con mayor facilidad los eventos desagradables que los positivos porque, desde una perspectiva evolutiva, prestar atención al peligro aumentaba las posibilidades de sobrevivir.

Sin embargo, algunas personas desarrollan ese sesgo hasta el extremo.

Ven diez cosas buenas y una mala.

Al final del día solo recuerdan la mala.

Poco a poco construyen la idea de que el mundo es hostil, injusto o amenazante.

¿Y los malos augurios?

Muchas personas interpretan acontecimientos cotidianos como señales del destino.

“Empezó a llover… ya sé que algo malo pasará.”

“Se rompió un vaso… qué mala suerte.”

“Me encontré un gato negro… hoy será un desastre.”

Nuestro cerebro busca patrones incluso donde no existen. Es una capacidad extraordinaria para aprender, pero también puede llevarnos a relacionar hechos completamente independientes.

La lluvia no anuncia desgracias.

Simplemente… está lloviendo.

Vivir siempre a la defensiva es agotador

Cuando una persona interpreta casi todo como amenaza, vive con niveles elevados de estrés.

El organismo produce con mayor frecuencia hormonas como el cortisol y la adrenalina, que son útiles en una emergencia real, pero desgastan cuando permanecen activadas durante semanas, meses o incluso años.

Aparecen entonces irritabilidad, ansiedad, insomnio, tensión muscular, problemas digestivos y dificultad para disfrutar los momentos tranquilos.

Paradójicamente, quien espera una catástrofe termina sufriendo muchas pequeñas catástrofes internas todos los días.

La buena noticia

El cerebro también aprende a sentirse seguro.

La terapia psicológica, especialmente los enfoques basados en evidencia como la terapia cognitivo-conductual, la terapia centrada en el trauma y otras intervenciones especializadas, ayudan a identificar esas interpretaciones automáticas y a construir respuestas más equilibradas.

También ayudan los hábitos que fortalecen la regulación emocional: dormir adecuadamente, hacer ejercicio, practicar respiración consciente, cultivar relaciones seguras y aprender a detenerse antes de sacar conclusiones precipitadas.

No se trata de pensar que todo saldrá bien.

Se trata de aprender a ver la realidad completa.

Una mirada más compasiva

Antes de etiquetar a alguien como “dramático”, conviene preguntarnos qué historia hay detrás de esa reacción.

Quizá esa persona aprendió desde muy pequeña que el peligro aparecía sin avisar.

Quizá crecer significó vivir entre gritos, incertidumbre o pérdidas.

Quizá su cerebro solo está haciendo aquello para lo que fue entrenado: protegerla.

Eso no significa que deba permanecer atrapada en ese estado.

Las heridas emocionales no tienen por qué definir el resto de la vida. Con apoyo, autoconocimiento y tiempo, el cerebro puede construir nuevas formas de interpretar el mundo.

Y un día, cuando comiencen a caer las primeras gotas de lluvia, tal vez ya no vea una tragedia anunciada.

Simplemente verá llover.

Paty Coen

Revista Réplica