La Pluma y las Palabras (La Constitución de Weimar y el resurgimiento de Alemania)

Réplica y Contrarréplica
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

LA CONSTITUCIÓN DE WEIMAR Y EL RESURGIMIENTO DE ALEMANIA

Hace once años, en la histórica ciudad de Weimar fue promulgada la Constitución que norma la vida política del pueblo alemán. La imponente armadura imperial forjada por el Canciller de Hierro se había derrumbado al golpe de la gran guerra, y las instituciones del antiguo régimen habían sido barridas por el ciclón revolucionario de noviembre de 1918, que iniciaron los comunistas, consumaron los social-demócratas y, meses después coronaron todos los sectores de opinión, al concurrir a la elaboración de la nueva Carta Política nacional.

Como su hermana gemela —la democracia francesa que erigió la gloriosa Tercera República— la alemana surgió a la vida entre la desesperación y la angustia, la miseria y el dolor que engendra una guerra sin fortuna. Pero, como aquélla, hoy se ostenta sólida y ejemplar ante la admiración del mundo.

Una década de vida republicana

Una década de vida es tiempo bastante para juzgar de la fuerza de arraigo que han adquirido las nuevas instituciones alemanas. Se las creía inestables y pasajeras, más producto de la coacción exterior que del sentir nacional; y sin embargo, su estabilidad es tan firme como la de las más viejas y enraizadas democracias. Como que la República Alemana —contra lo que supone el vulgo carente de información— no es la resultante sólo de circunstancias desgraciadas, sino más bien el producto del genio germano que tuvo una manifestación asaz elocuente en el campo del derecho político en la hora trágica de la derrota; no es tampoco la opacidad mediocre que sustituye al esplendor y a la grandeza de los tiempos pasados, sino la constancia colectiva que se despierta aguijoneada por la magnitud del desastre, y recoge con valor el legado del abatimiento, de miseria y de descrédito universal que deja el imperio, para emprender con firmeza y serenidad la obra —que se antoja ciclópea— de la reconstrucción interior y de la liberación de los grillos que le fueron impuestos por los vencedores.

La República vino, y once años más tarde, aquella nación vencida, humillada y proscrita del concurso internacional, ha vuelto a él en los primeros rangos, y vincula sus obligaciones hacia las potencias victoriosas con su propio desarrollo económico; y no es tomada ya en el mundo sino como ejemplo de nación sabia y equilibrada.

El concurso de la nación en la obra constitucional

Era demasiado fuerte el espectáculo que ofrecía el mundo al final de la guerra, para que se contemplara detenidamente el ímprobo esfuerzo del pueblo alemán —y particularmente de sus estadistas— que sincrónicamente habían de atender a la horrenda miseria del pueblo, a la concertación de la paz y a la estructura de sus nuevas instituciones. De ahí que en la mente de la generalidad haya tomado cuerpo la idea de que la nueva forma de gobierno fue impuesta por la coacción exterior.

Nada más erróneo e injusto. La abdicación del monarca, de su heredero y de todos los jefecillos de Estado —príncipes, duques, grandes duques, etcétera— del Imperio, así como la proclamación de la República por el pueblo insurreccionado, fueron hechos que se consumaron en la jornada gloriosa del 9 de noviembre, dos días antes de que se firmara el armisticio de la gran guerra. Y después, la elaboración de la Carta constitucional no fue obra que se reservaran los partidos triunfantes —comunistas y socialistas— sino para la que fue convocada toda la nación.

Para la mejor ilustración del lector sobre este interesante hecho histórico, seguiré un momento al ilustre catedrático francés M. René Brunet, en una parte de su estudio sobre la Constitución alemana:

La Asamblea Constituyente —dice el docto maestro de derecho constitucional— fue electa por sufragio universal, posiblemente el más democrático que se haya registrado jamás. Todos los alemanes fueron electores, hombres y mujeres, oficiales y soldados, internados o lisiados con sólo que hubiesen cumplido veinte años de edad. Todos los electores eran elegibles, con sólo que fuesen alemanes por lo menos un año antes. El voto tuvo lugar por escrutinio secreto de lista, sin mezclas posibles, pero con la facultad que se otorgó a los partidos de presentar listas comunes. La repartición de curules tuvo lugar según el sistema de la representación proporcional conocido con el nombre de sistema Hondt.

Estas elecciones llevaron a la Asamblea Nacional 423 diputados, de los cuales fueron 39 damas. Y en esta representación quedaron comprendidos los seis grandes partidos que actúan en la democracia alemana, desde la extrema derecha, monárquica y conservadora, hasta la extrema izquierda comunista.

De no haber nacido la democracia alemana como consecuencia del sentimiento y de la voluntad general del país, la elocuencia de sus éxitos en la posguerra habría sido suficiente para haberla acreditado en la propia colectividad germana. Pero el hecho histórico, tal como queda antes apuntado, es que ella surgió a la vida sin vicio alguno de origen y como un producto de toda la nación.

La República y la unidad nacional alemana

Pero hay más: la unidad alemana se fortifica hasta convertirse en un bloque granítico por obra de la República democrática.

El puño de acero del príncipe Bismarck, creador del Imperio Alemán bajo la hegemonía prusiana, jamás pudo destruir la resistencia de los viejos Estados germanos, federados, algunos de grado y otros por fuerza. Y la resistencia fue mayor, y perenne, por parte de la Baviera, que opuso siempre a la arrogancia de los Hohenzollern la simplicidad rústica de los Wittelsbach.

Abrigaban la ilusión los “nacionalistas” franceses de que la guerra sirviera para motivar la disección de Alemania, suponiendo que la Baviera, unida a Austria una vez mutilada y desintegrado ya el Imperio de los Habsburgo, constituyeran el punto de apoyo para la erección de una Alemania del Sur.

Pero la resultante fue justamente la inversa; la guerra unió en un mismo sentimiento y en un mismo dolor a todos los pueblos germanos, en cuya alma surgió la noción de una patria común; y después, la revolución vino a allanar el camino, arrasando en un solo día con todas las dignidades y privilegios que hasta un día antes se habían reservado tantos reinos, principados y ducados como eran los que constituían el Imperio, los cuales han pasado, por mandato imperioso de la Constitución, a ser simples países dentro de la gran República apenas descentralizada.

Y lejos de que Baviera siguiera soñando en su autonomía, es ahora Austria la que suspira por el Anschluss para incorporarse a la patria común.

Un cielo del más puro azul democrático

En la imposibilidad de condensar en los límites de un artículo los lineamientos de esta sabia Constitución, me conformaré con reproducir a continuación un juicio emitido (no ahora que se camina de la détente à Pentente franco-alemana, sino en 1921, cuando aún estaba sangrante la herida de la guerra), por M. Joseph Barthélemy, quien acaso, es el más autorizado constitucionalista francés:

La Constitución alemana —habla M. Barthélemy de la Constitución Imperial— era un organismo de agresión, el instrumento político por excelencia para el ataque impulsivo; ella pesaba permanentemente como una nube negra sobre la paz del mundo. El viento de la guerra y el huracán de la Revolución dispersaron completamente estos nubarrones. En lo sucesivo, el cielo político alemán será de un azul democrático de lo más puro y diáfano, en cuyo horizonte se dibujará una ancha franja roja.

Alemania ha pasado, casi sin transición, de un extremo al otro, y para lo porvenir ese país que era ayer la ciudadela del conservatismo monárquico, ofrece con ostentación al mundo el modelo, sabiamente edificado, de la democracia más completa: sufragio universal llevado hasta los últimos límites, rebajado hasta los veinte años de edad de los ciudadanos, tanto para las mujeres como para los hombres; república obligatoria; democracia directa que permita a los electores no solamente escoger sus representantes, sino pronunciarse, por vía de consulta positiva (legislación directa), sobre los grandes problemas de la vida nacional; libertades individuales y políticas que realicen, sin dejar nada en la sombra, el más difícil y estricto de los programas liberales.

Y esa franja roja que cree advertir M. Barthélemy en el ciclo democrático y diáfano del nuevo régimen alemán, es la constitución económica, que reposa sobre los consejos de obreros y los consejos económicos, organismos de carácter público amparados por la Constitución que no solamente coordinarán los intereses opuestos del trabajo y el capital dentro de los postulados del derecho industrial, sino que, además, proveerán lo necesario para la regulación y el desarrollo de la economía nacional de conformidad con los principios de la economía colectiva a la socialización industrial.

El Nacional, 13 de agosto de 1930.

Revista Réplica