La Pluma y las Palabras (El imperialismo soviético en el extremo oriente)

Réplica y Contrarréplica
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EL IMPERIALISMO SOVIÉTICO EN EL EXTREMO ORIENTE

Entre las huestes comunistas de nuestro país, ingenuas, candorosas e inocuas, es general la creencia de que el régimen soviético libra a las naciones de todas las miserias propias de los sistemas políticos adoptados por los Estados burgueses y las expurga de la infamante tarea del imperialismo. Quien se enfrenta con éste, lógicamente se veda a sí mismo de caer en los vicios que afanosamente combate. No se explicaría que un país que se defiende de las acechanzas de una grande potencia, se volviera contra su vecino —más pequeño y débil aún— para domeñarlo. Y sin embargo este es el caso de la Rusia soviética.

La URSS desarrolla un programa de expansión imperialista, que no difiere en sus propósitos ni en sus métodos, de los métodos y los propósitos que presidieron la política del zarismo.

Para probar este aserto será bastante con retroceder al lector al creciente conflicto chino-soviético —no solucionado aún en definitiva— que por momentos hizo pensar en la inminencia de una nueva contienda internacional —discrimen o prolegómeno de una futura conflagración general.

En la pugna de China con el Soviet, que involucró a Norteamérica como tercero en discordia, se destacan: el interés de la nacionalidad china, cuyo pueblo al despertar a la conciencia de sus deberes y responsabilidades, va destruyendo el estatuto plagado de servidumbres y humillaciones que le fue impuesto paulatinamente por las potencias, y el interés de dos imperialismos que chocan entre sí: el ruso —éste representado por los soviets, por la monarquía o por la democracia burguesa— y el norteamericano; con la circunstancia de que el imperialismo norteamericano implica para los chinos un mal menor, y lo utilizan, por tanto, como instrumento en su ruda tarea de liberación.

La medida drástica —brutal si se quiere— adoptada por los nacionalistas chinos al incautarse del ferrocarril ruso que atraviesa por la Manchuria, expulsando al personal designado por Moscú, no fue sino un acto de fuerza por medio del cual pretendieron los chinos —inútilmente hasta hoy— destruir una de tantas concesiones arrebatadas asimismo por la fuerza a la nación china, cuando se hallaba indefensa y atemorizada, bajo la férula de su indolente monarquía.

Ciertamente, los nacionalistas de hoy, buscando la realización de sus propósitos, vincularon su causa con el interés norteamericano de penetrar al mercado manchú. Pero tales procedimientos a nadie deben causar extrañeza, ya que es esa, justamente, la táctica defensiva de China; y el Estado que aprovecha las antinomias que advierte en los intereses de las diversas potencias, para obtener la abolición de un régimen intolerable, de concesiones y de privilegios, que todas ellas impusieron de consumo, no debe merecer más que la admiración de los hombres dotados de un espíritu recto.

El nacionalista chino supo aprovechar la propaganda que el interés ruso llevó a su territorio, no sólo para vencer a los “tuehu-nes” (caudillos militares que dominaban en China a la manera medieval y que se sometían en todo a los mandatos de las potencias), despertando en la colectividad el sentimiento de la unidad nacional, sino también para cercenar el poderío de las potencias occidentales y del Japón, hasta obligar a aquéllas y a éste a modificar sensiblemente los antiguos tratados unilaterales por otros en que la injusticia es menos palmaria aunque aún subsisten muchos privilegios para los extranjeros; ahora, el mismo nacionalista apoya, haciéndolo suyo, el interés de Norteamérica, que juzga menos nocivo, frente al interés ruso; y mañana se aliará con otras potencias para arruinar a su rival, hasta que por fin logre la redención de su patria, recuperando todos los atributos inherentes a la soberanía nacional.

¿Qué de extraño tiene esa política, cuando es la que secularmente —y no con finalidades de tal modo levantadas— han seguido las potencias? ¿Qué de inmoral, cuando va enderezada en contra de aquellos poderes que no experimentaron el menor escrúpulo en hacer de la China indefensa y abatida y somnolienta, terreno propicio para todas las concupiscencias internacionales?

No es menester averiguar la veracidad de la afirmación soviética —ni siquiera desmentida por la cancillería norteamericana— de que el secretario Stimson propuso la neutralización del ferrocarril ruso que corre por la Manchuria, para tomar el hecho por cierto.

Ese es un viejo anhelo de nuestros vecinos del septentrión. Ya en 1910, a la hora en que Rusia y el Japón negociaban los intereses de ambas potencias en la Manchuria, pasando de la enemistad a la alianza en el lapso de un lustro contado después de la guerra ruso-japonesa, el secretario Knox formulaba la proposición que hace pocas semanas atribuyó el Soviet al coronel Stimson.

Lo interesante es observar que el imperialismo zarista se opuso a los designios de Knox con igual decisión aunque no con la misma vehemencia —con que hoy se oponen los “Comisarios del Pueblo” a los designios de Stimson esto es: el imperialismo ruso, en 1910 o en 1929, siempre se opuso a la organización imperialista norteamericana en Manchuria, que hoy apoyan los nacionalistas chinos.

A guisa de ilustración, y aunque no sea necesario para demostrar la fuerza de la proposición que sustenta este artículo, recordará al lector que la Manchuria ha sido el punto de partida de los grandes conflictos de Oriente. Por la hegemonía sobre ella se produjo la guerra ruso-japonesa, hasta lograr el Mikado la cesión en su favor de las concesiones “de alquiler” arrebatadas por Rusia a China el 27 de marzo de 1898: Puerto Arturo, Talienwan y las aguas adyacentes. La guerra manchuriana culminó en la alianza anglo-japonesa, destruida diez y siete años más tarde por exigencias rotundas de Hughes. Y la Manchuria, en fin, constituye el obstáculo mayor para forjar la unidad china, hasta que ocurrió la formidable derrota de los “tsines” norteños y la trágica muerte del mariscal-bandolero Chang Tso Liu.

La conquista del mercado manchú puede ser causa de una de las grandes crisis que perturben la paz del mundo, y de fijo que a estas horas aumenta las preocupaciones de los estadistas reunidos en las conferencias llamadas del desarme naval que se registran en Londres. Sólo que en esta ocasión las potencias no podrán decretar la suerte de la Manchuria a espaldas de China, porque China ha dejado de ser “un gran cuerpo social sin músculos y sin cabeza” —como lo calificaron los comisionados de investigación rusos en 1908— para convertirse en una nacionalidad que resurge a la vida, que tiene voluntad, que adquiere pujanza y que, sobre todo, cuenta con estadistas capaces de conducirla por el sendero de su redención.

Pero volviendo al tema central de estos comentarios, insistiremos en la posición internacional que ha tomado el Soviet.

En el duelo político que la Rusia soviética de los primeros años venía sosteniendo con las grandes potencias del mundo, contó siempre con una fuerza que la hacía temible y grandiosa: la de erigirse en metrópoli espiritual de las nacionalidades sometidas.

Entonces Rusia predicaba a la conciencia de los pueblos, despertándoles el afán por organizar sus propias nacionalidades; la URSS parecía desdeñar los empeños de Europa por mantenerla al margen del continente blanco, como si se sintiera orgullosa del papel histórico que le cabía como cerebro y alma de los pueblos irredentos del lejano “Levante”. No se cuidaba de las murallas que se le oponían, porque estaba cierta —como expresó Wilson— de que las ideas penetran por todas partes, como el viento y la luz. Nació de la miseria y del dolor de la guerra, y pensaba que el dolor y la miseria de las grandes potencias la ayudarían a vencer en el mundo.

Pero llegó la hora en que los intereses genuinamente imperialistas de Rusia (¿pues qué otra denotación pueden tener las concesiones ferrocarrileras o los territorios arrebatados por el zarismo por medio de la fuerza o con la amenaza del empleo de la fuerza, a una nación indefensa?) se ven en peligro, y entonces el Soviet no recuerda más su misión libertaria, para convertirse, simplemente, llanamente —hasta en sus procedimientos de arrogancia y de crueldad, de “ultimata” frecuentes y de invasiones armadas— en una de tantas puissances de proie, del tipo de aquéllas otras que avasallan a los pueblos en nombre de la civilización o que desembarcan infantes de marina en cualquier playa indefensa.

El Nacional, 2 de febrero de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica