La Pluma y las Palabras (Espíritu de paz y tendencias de guerra)

Réplica y Contrarréplica
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ESPÍRITU DE PAZ Y TENDENCIAS DE GUERRA

El mundo ha vivido pendiente en los últimos días del resultado de la conferencia de las siete potencias, cuyos representantes se reunieron en Londres para conjurar la grave crisis financiera por que atraviesa Alemania. Una vez más la interdependencia de los Estados impone el sacrificio de egoísmos nacionales como condición de la estabilidad común. Ante la amenaza inminente del derrumbe de la economía de la potencia deudora de las indemnizaciones de guerra, derrumbe que aparecería como prolegómeno de un desastre del régimen capitalista internacional, los acreedores se avienen a hacer concesiones y Alemania, se apoya nuevamente en su propia penuria para salvarse.

Cada nuevo plan que adoptan las grandes potencias se anuncia solamente como la fórmula única de su grupo incluso de la cual se ha llegado a la liquidación económica de la guerra; pero cada plan no ha hecho más que agregar nuevas complicaciones en el problema, de suyo confuso. Los arreglos de hoy significan la iniciación de una política de rectificaciones que las realidades de la vida imponen a los antiguos aliados y asociados. Pero esta política de rectificaciones, ni es lo bastante radical que ponga a salvo al mundo de otros momentos de inquietud como los que se han tenido que afrontar en las semanas que acaban de correr, ni menos aún puede evitar los efectos de la pasada aplicación integral del plan Young.

Más aún: la abolición de las deudas de guerra —salvo en lo que concierne estrictamente a la verdadera restauración de los campos devastados—, que aparecía en los primeros años siguientes al fin de la contienda como la fórmula simplista a la par que sensata para el retorno a la normalidad, hoy no podría adoptarse con facilidad, porque la estructura económica de la posguerra viene adoleciendo de elementos que son viciosos por origen, como el pago en especie de una parte de las entregas que debe hacer la nación deudora, el cual ha dado una fisonomía sui-generis, así a la industria de Alemania como a las de los países acreedores.

La vuelta a la normalidad, en consecuencia, si es que los estadistas del mundo capitalista se deciden a destruir los errores acumulados en la posguerra, tendrá que hacerse por etapas sucesivas, hasta que se encuentre un nuevo equilibrio económico internacional y se imprima un ritmo nuevo a la producción. Sólo que acaso la armadura del régimen capitalista no resista la culminación de esas etapas de reacomodamiento ante la presión creciente y hasta desbordada de los pueblos, cuya miseria repercute en la forma de graves problemas políticos.

Nadie ignora, en efecto, que el comunismo, más que ser una consecuencia del fenómeno económico previsto por Marx es la resultante de la desesperación de un gran pueblo en derrota como lo fue el pueblo ruso en 1917; y nadie ignora, tampoco, que así como aumentan las legiones de trabajadores carentes de ocupación en los países industriales, se acrecientan las influencias bolcheviques.

La democracia social alemana, cuya existencia es fundamental para la civilización de Occidente, se encuentra cada vez más en peligro. La vieja coalición de Weimar, constituida por los partidos que se hicieron responsables del advenimiento y consolidación de la República, decrece en consistencia y en autoridad política, estrangulada por los grupos extremistas —comunistas y fascistas—. Y el incremento de estas tendencias que minan en su base a la democracia alemana, no es sino la precipitación de estados de conciencia en aquellos sectores de la colectividad donde se siente con rigor cada vez más acentuado la miseria general.

Como el problema alemán, se presentan otros muchos que son análogos. La rehabilitación europea, en consecuencia, involucra y aún exhibe como fundamental la solución de problemas eminentemente políticos. Pero es al plantearse en estos términos la cuestión cuando vuelve a aparecer la incapacidad de los estadistas occidentales, que están acelerando la ruina de sus propios países por no querer hermanar los intereses de sus respectivos pueblos dentro de un espíritu de paz.

El francés mira con mayor zozobra cada día el volumen desorientado de las corrientes hitleristas y comunistas que agitan en Alemania, y no alcanza a comprender que son tan sólo reacciones naturales contra los términos excesivos de los tratados de paz.

Ciertamente, la dialéctica francesa es en extremo sutil, y en apariencia están justificados los razonamientos de los nacionalistas que hablan de las tres invasiones sufridas por Francia en el curso de un siglo; en tanto que el lirismo del nacionalista alemán reviste fisonomías de revancha de casco prusiano; pero en el fondo uno y otro fenómenos no constituyen sino una incomprensión internacional explotada por la plutocracia industrial y financiera. De poco sirven las denuncias que de vez en cuando se hacen acerca de la coalición de intereses económicos que, trasponiendo las fronteras, comprenden a las burguesías de varios países; todavía es posible, quizá, el caso de que las industrias del acero provean, por conducto de países neutrales, a naciones posiblemente beligerantes, como se ha demostrado que sucedió durante la gran guerra.

Cuando la opinión francesa reclama urgentemente que se atienda a la seguridad de las fronteras, haciendo radicar ésta en el mantenimiento de un ejército poderoso, en la construcción de fortalezas y en el pacto de alianzas del tipo de las que precedieron a la guerra del 14; y cuando, además, aun para el caso de una urgencia, Francia condiciona su ayuda financiera a Alemania mediante la imposición de una política de restricción, lesiva a la soberanía de este último país, en realidad se está preparando otra guerra.

Con todo ello no hace la República gala, más que seguir la trayectoria del antiguo imperio alemán a partir de la caída de Bismarck hasta la tragedia de Sarajevo. La seguridad de Francia no radica en sus ejércitos ni en sus fortalezas, sino en la ductilidad de su política internacional, siempre que realmente se inspire en propósitos de paz y de confraternidad entre los pueblos —lo cual no es tan difícil como se ha hecho creer, desde el momento en que las colectividades en sí polarizan su odio solamente en contra de la guerra misma—, Francia debe entender que el hitlerismo perderá en influencia en razón de la mayor liberación política de Alemania; y que el comunismo volverá a la condición de un fenómeno latente, pero dejando de ser una posibilidad inminente, en cuanto disminuya la miseria del pueblo germano.

Y los Estados Unidos, responsables en buena parte de las complicaciones que el mundo padece en el momento actual, a causa de su negativa al plan primitivo de abolición de las deudas de guerra, ahora, cuando mal de su grado, se ven nuevamente implicados en la política del Viejo Mundo, no salvarán sus responsabilidades históricas si no aplican su influencia al apaciguamiento de Europa.

El Nacional, 5 de agosto de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica