Y aun así, con una terquedad asombrosa, seguimos llamándole "accidente"...

La escena volvió a repetirse en la Vía Atlixcáyotl, casi como un eco macabro que se niega a desaparecer de nuestra memoria urbana. Otra sirena rasgando el silencio de la madrugada, otro cuerpo inerte sobre el frío pavimento y una motocicleta reducida a un amasijo de metal que jamás volverá a rugir por las calles de Puebla.
Esta vez, la tragedia alcanzó a un joven motociclista, embestido por un vehículo donde viajaban otros jóvenes que, según los primeros reportes, conducían bajo los efectos del alcohol. En ese instante, justo cuando el metal golpea la carne, comienza una tragedia doble que rara vez alcanzamos a dimensionar en su totalidad.
Porque cuando ocurre un impacto así, las víctimas se multiplican exponencialmente. Está, por supuesto, el muchacho que ya no volverá a cruzar el umbral de su casa; la madre que aguardará en vano el sonido familiar del motor acercándose por la calle, y el padre que, de ahora en adelante, tendrá que aprender a digerir el vacío de una silla ocupada solo por el silencio.
Pero hay otra cara de la moneda que pocas veces nos atrevemos a mirar: las familias de quienes iban en el automóvil. Esas familias que despertaron con una noticia que torció el rumbo de sus vidas para siempre, porque una decisión tomada en un minuto de euforia etílica se convierte en una condena de décadas. El alcohol al volante, eso que casi nunca se dice, destruye el futuro de ambos lados del parabrisas.
Como sociedad, solemos reaccionar con una indignación que se evapora rápido. Nos limitamos a un par de días de comentarios punzantes en redes sociales, mensajes de pésame y fotos del accidente que circulan como una advertencia fúnebre que pronto cae en el olvido... hasta que la historia se repite en la siguiente avenida.
Y se repite porque el problema no es solo la botella, sino la cultura que la rodea. Una cultura que ha normalizado el exceso como el ingrediente obligatorio de la diversión juvenil, interpretando el beber hasta perder el control como un rito de paso y el conducir después de hacerlo como una apuesta absurda contra la vida ajena.
En muchos hogares, estas conversaciones son el gran elefante en la sala. Los padres prefieren la comodidad de confiar en que "sus muchachos saben cuidarse", mientras la realidad les grita en la cara que la imprudencia sigue siendo el verdugo principal de nuestra juventud. Tampoco las escuelas pueden seguir mirando hacia otro lado; formar ciudadanos implica hablar de responsabilidad y de las consecuencias irreversibles que una sola mala decisión tiene sobre el prójimo.
Y luego, está el papel del gobierno. Ese mismo aparato que destina millones a espectaculares con rostros sonrientes y propaganda vacía, bien podría utilizar esos espacios para campañas de concientización que no sean simples decorativos de una semana. Necesitamos recordatorios constantes de que manejar ebrio no es una travesura, es jugar a la ruleta rusa en medio de la ciudad. Pero claro, prevenir no genera los aplausos inmediatos que sí otorga la promoción del poder.
Mientras tanto, la ciudad sigue creciendo, el tránsito se vuelve más agresivo y las noches se llenan de estímulos que empujan al límite. Por eso estas historias regresan una y otra vez. Ayer fue en una avenida, hoy fue en la Vía Atlixcáyotl y mañana podría ser en cualquier esquina, siempre con la misma escena: luces rojas, un casco en el suelo y alguien preguntándose entre lágrimas cómo pudo pasar.
La respuesta es tan incómoda como sencilla: un joven queda tendido en el pavimento mientras el otro pierde su libertad o queda encadenado a una culpa que lo perseguirá hasta la tumba. Dos familias rotas por una sola decisión.
Y aun así, con una terquedad asombrosa, seguimos llamándole "accidente".