Propuestas indecorosas (Crónicas sin censura 173)

Réplica y Contrarréplica
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PROPUESTAS INDECOROSAS

El que vive de esperanza

muere de sentimiento.

Franklin.

 

Con dinero baila el perro

y con un poco más, el dueño.

Dicho popular.

 

Cada vez que escucho a los funcionarios públicos hablar de poner fin a la corrupción, viene a mi memoria don Ignacio Ramos Praslow, uno de los más vigorosos luchadores que en el siglo pasado combatieron ese cáncer social. Y veo al constituyente de 1917, por cierto un hombre entusiasta y gesticulador, expresando los siguientes conceptos:

—Hace un mes vino a visitarme Luis Echeverría, secretario de Gobernación. Comentó que el presidente Díaz Ordaz se había enterado de mi libro sobre la corrupción. Me dijo que el primer mandatario del país me pedía que esperara unos meses más para publicar la obra, ya que las condiciones políticas no eran las más propicias para este tipo de revelaciones. Vaya, hasta me trajo una carta firmada por don Gustavo, en la cual éste ratificaba el mensaje verbal de su colaborador…

—¿Y le hizo caso? —pregunté mañosamente.

—¡Claro que no! —respondió en un tono estridente—. Incluso lo amenacé con usar de prólogo la misiva presidencial. Palabras más, palabras menos, le dije: haga saber al presidente que no sólo se publicará mi libro, que lleva el nombre de ¡Basta!, sino que además su carta me servirá de prólogo…

Pasaron los días y en ese lapso tuve oportunidad de leer el todavía borrador. Era una interesante fuente de información porque contenía pelos y señas de las trapacerías que entonces se cometían. Don Ignacio no dejaba títere con cabeza. Y otra vez, con maña (así somos los periodistas, ¿qué le vamos a hacer?), le pregunté si tenía una solución para acabar con la práctica que fabricó (y sigue practicando) políticos millonarios. Vea usted lo que me contestó:

—Mire, compañero: la solución está en suspender las garantías individuales y, mediante juicio sumarísimo, sentenciar a morir en la horca a los corruptos que le han dado en la madre a México.

—¿Son muchos? —interrumpí con la malévola intención de escuchar nombres.

—Tantos —contestó— que para colgarlos no alcanzarían todos los postes que hay en las capitales del territorio mexicano.

Hago referencia a la conversación con el entonces presidente de la Asociación de Diputados Constituyentes, con la idea de enmarcar con ella la intención del alcalde Luis Paredes Moctezuma sobre su justificado deseo de combatir la corrupción en el municipio de Puebla. Y, en consecuencia, proponerle que mejor escriba (o contrate un amanuense para hacerlo) un libro como el de don Nacho, también, obvio, con pelos y señas de los actos de corrupción que encuentre, descubra, le informen o le filtren. O, de perdis, que envíe a sus asesores a un curso rápido sobre las leyes y reglamentos que regulan la administración municipal. O que proponga al Congreso local “suspender las garantías individuales” (o laborales) para que cuelgue, de salva sea la parte, a los policías preventivos y agentes de seguridad vial que no agarren la onda e insistan en “asociarse” con aquellos que acostumbran sobornar a la autoridad. O que les recomienden a choferes y teporochos que se abstengan de usar su vehículo y “embotellarse”. O que presione a los uniformados corruptos con la amenaza de recomendarlos para que formen parte del programa “Big Brother”. O que le diga a su fuerza pública que la única infracción permitida es para aquellas mujeres que no traigan puesto el cinturón de castidad. O que capacite a los inspectores de la vía pública para que, en lugar de esquilmar a los dueños de antros, se organicen con el ánimo de competir con los “Chippendales” y, dependiendo de sus preferencias sexuales, para montar un “show travestí”.

Yo creo que lo enunciado sería más fácil que acabar con la corrupción en Puebla, actitud que forma parte de una —si me permite el término— cultura que data de la época en que los descendientes, enemigos y súbditos de Moctezuma se mezclaron con los criollos, incluidos, desde luego, los descendientes de apellido Paredes, Hinojosa, Cevallos, Jiménez, Fernández, Rivero, etcétera. La ventaja es que, si por alguna razón fallan los intentos propuestos por este irreverente columnista, en lugar de frustrarse, la sociedad seguramente se divertirá.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica