LA EMBAJADA DE ESPAÑA Y EL NUEVO CONCEPTO DE LA DIPLOMACIA
La elevación al rango de embajadas, de las misiones diplomáticas de México y España, es el coronamiento de una gestión diplomática hábil y oportuna. Por más que habría sido digno de mayor aplauso que el anuncio del propósito del gobierno de México de elevar a embajada su representación en Madrid, se hubiera hecho simultáneamente al reconocimiento de la República Española, no debemos escatimar el elogio que merecen el tino y la diligencia con que procedió nuestra cancillería, primero para lograr que fuera México el primer país del orbe que reconociera a la novísima República, y después para conseguir —con beneplácito de mexicanos y españoles— la elevación a la más alta categoría, de las antiguas legaciones mexicana y española.
La decisión del gobierno de México es doblemente interesante, por el momento en que se tomó y por ser España la primera nación europea ante la cual México acreditará un plenipotenciario permanente con el rango de embajador.
Y como coronamiento de este suceso feliz se anuncia por parte del gobierno español, que el primer embajador de la Segunda República lo será el ilustre periodista don Julio Álvarez del Vayo.
La política internacional de México, de algunos años atrás, se viene caracterizando por la marcada tendencia a señalar preferencias por los pueblos de nuestra propia raza. Ayer —todos los sabemos— la única embajada acreditada por nuestro país, lo era ante la Casa Blanca, como si con ello hubiera pretendido el gobierno atribuir una importancia preeminente a las relaciones de México con los Estados Unidos. Esta fue la característica de la diplomacia de la dictadura del general Díaz.
La revolución, en cambio —como consecuencia del sentimiento de solidaridad racial, que es uno de los fenómenos que exhibe nuestro gran movimiento social y político—, se preocupó por hacer extensivo a la mayor parte de los gobiernos del continente, lo que antes era una distinción reservada a nuestros vecinos del norte.
No se fijó México en las grandes potencias mundiales —Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Japón o Italia— para que fuera ante ellas ante quienes se acreditaran embajadas, de la misma suerte que se venía haciendo con Washington, sino que escogió a los pueblos de nuestra propia raza, lengua y cultura, por pequeños que sean y con ello pudo demostrar nuestro país, que el ritmo de la vida de relación en materia internacional no se determina en México por la influencia polarizadora que ejercen las grandes potencias, sino por la interpretación fiel del sentimiento de la colectividad nacional.
¿Cómo era, entonces, que siendo España el tronco racial de donde se han desprendido, como nuevos brotes de vida, las repúblicas hispanoamericanas, no se procuraba establecer cerca de la monarquía borbónica una política paralela a la seguida con los Estados hispánicos de nuestro continente?
La razón es obvia. Las relaciones internacionales en nuestro hemisferio, no se rigen por conveniencias tales como las que imponen la necesidad de proveer alianzas ofensivas o defensivas, del tipo de las que aún tiene que sufrir Europa; por lo contrario, es atendiendo solamente al sentimiento público como se intensifican y se expresan esas relaciones, por medio de los actos externos propios de la diplomacia. Era lógico, en consecuencia, que un país como México, fuertemente peculiarizado por las corrientes de renovación social y política que vienen gobernando nuestra vida interna en las dos últimas décadas, no se inclinara a exhibir extremos de cordialidad y de afecto por una monarquía de tendencias absolutistas, y que cada vez iba apartándose más del sentimiento del pueblo español, que sería, en última instancia, a quien nos interesara complacer con cualquier acto de nuestra diplomacia.
Por más que sea un principio de la más sana y honesta política internacional la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro, no cabe duda que se va abriendo paso de día en día una nueva tendencia que pretende significar —aun cuando no sea por medio de declaraciones oficiales—, la solidaridad de los pueblos y, consecuentemente, de los hombres de Estado, según las tendencias políticas predominantes en los regímenes de gobierno de los distintos países. Más claramente: el advenimiento de una democracia despierta entusiasmos en todos los regímenes democráticos de otros pueblos, como el advenimiento de las dictaduras provoca a su vez entusiasmos en otros regímenes afines. Era natural que Gerardo Machado se afanara primero, y se ufanara después, por la elevación a embajadas las legaciones cubana y española, cuando Primo de Rivera había usurpado el poder implantando su dictadura; como era natural, asimismo, que el propio Primo de Rivera estableciera una embajada en Chile tan pronto como el militarismo de la citada república había emulado al Marqués de Estella derrocando al gobierno constitucional.
En aquella época habría sido deseable, inclusive, que al simple advenimiento de Primo como dictador de España el gobierno de México, sin vana arrogancia, pero obrando con irreprochable firmeza, hubiera retirado a su ministro plenipotenciario de Madrid, dejando a un simple encargado de negocios para la tramitación de los asuntos corrientes que pudieran interesar de verdad a nuestros residentes o “paseantes” por la vieja España.
Obrando con la misma lógica, los gobiernos de México y España expresan hoy con el mismo calor con que ayer lo hicieran los dictadores, las simpatías y las afinidades de tendencias y de emociones renovadoras, que caracterizan o deben caracterizar a dos regímenes de honda raigambre popular y de incontenible afán renovador.
Más aún: la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, va forjando y robusteciendo de día en día, agrupaciones de hombres cuya acción se solidariza pasando sobre las fronteras de cada país.
De igual manera que el obrero crea la Segunda y la Tercera Internacional como organismos de coordinación de los esfuerzos del proletariado; organismos cuya influencia se refleja a menudo en la gestión política de los partidos obreros u obreristas en cada nación; y así como el capitalismo, a su vez, procede de igual suerte para la defensa de sus intereses o privilegios, así también, aun cuando no se haya formalizado hasta hoy, existe la tendencia, (enunciada ya con propósitos de realización por hombres del valer y de la autoridad de Edouard Hèrriot), de formar la Gran Internacional de la Democracia, llamada a fortalecer a los regímenes democráticos y a combatir a las dictaduras, ya sea por medio de expresiones y actos de simpatía y de solidaridad entre los hombres del poder, como los que ahora llevan a cabo las cancillerías de México y España, o por medio de la influencia que ejercen en lo personal, en la prensa y en la tribuna, los estadistas, los escritores y, en suma, cuantos se empeñan porque se afiancen en el mundo regímenes propios de nuestro tiempo y de nuestra civilización.
Este nuevo concepto sobre la política internacional, determina una revolución que debe operarse —y de hecho se opera— en la gestión diplomática. La diplomacia moderna debe expurgarse de los formulismos inocuos que la habían distinguido, para traducirse en una gestión de compenetración, que comprenda por una parte, y exhiba por la otra, el sentimiento de los pueblos.
Necesariamente, si cambia el contenido de la diplomacia, es preciso que cambien también los actores de ella. El diplomático cortado a la antigua, ampulosa figura que vive una vida de representaciones irreales, que está desconectado de las corrientes de opinión que orientan la vida de su país y que se aísla, a la vez, de los centros vitales del país en donde ejerce su misión, debe ceder el paso al diplomático moderno que es el hombre identificado con su pueblo y con el régimen de gobierno al que sirve, y que va como mensajero de un pueblo, a penetrar en el alma de otro pueblo.
Podría ser representante de la monarquía borbónica cualquier duque, señor marqués o señor conde, de prestancia anacrónica, cuya presencia pasara inadvertida para nuestra actividad. Pero para representar a una democracia como la que tan brillantemente se ha instaurado en España, era preciso que fuera designado, como lo ha sido, uno de aquellos hombres que pertenecen a la élite que ha sabido transformar al régimen español.
De igual manera, no podrá nuestra cancillería acreditar ante el gobierno de España a un funcionario como tantos hay, sino a un hombre cuya autoridad lo capacite para transmitir al pueblo español en esta hora trascendente en su historia, el mensaje del pueblo revolucionario de México.
Por esta razón juzgamos que la importancia del hecho de elevar la categoría de las viejas legaciones de México y de España, se corona con la designación como titulares de cada misión diplomática, de hombres de la talla intelectual de don Julio Álvarez del Vayo.
Se completa el cuadro de comentarios que sugieren los hechos que vengo analizando, con la circunstancia de ser un periodista de profesión quien, al incorporarse a la cosa pública de su país, escala la más elevada posición dentro de la diplomacia. Esto significa la importancia que se concede en la democracia española a los valores que representan los periodistas.
Dentro del concepto que de la vida política se han formado los estadistas occidentales, el hecho no es nuevo. En Europa el periodista no es un simple glosador de los sucesos diarios, cuyas opiniones, por trascendentales que sean apenas son leídas por los hombres públicos. Allá cada periodista es realmente un representativo de determinado sector de opinión y un hombre habituado a contemplar los problemas nacionales o internacionales atañederos a su patria. Por esta razón del periodismo surgen generalmente los políticos y los hombres de Estado.
Y del periodismo español, o por mejor decir, de los más destacados rangos del periodismo internacional, es de donde ha salido el señor Álvarez del Vayo, para representar a su patria —hoy más amada que nunca— en nuestro país.
El Nacional, 11 de mayo de 1931.
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (La embajada de España y el nuevo concepto de la diplomacia)
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