La ilusión brillante de las pantallas

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Quizá la verdadera pantalla que habría que apagar es esa que nos impide ver la consecuencia real de lo que compramos y luego desechamos...

Hay objetos que entran a nuestra casa como si fueran promesas. Las pantallas planas, por ejemplo, llegan envueltas en un resplandor casi místico: luces perfectas, mundos paralelos, personajes que respiran a centímetros del sofá. Uno se convence de que ahí, en esa superficie brillante, cabe una vida más emocionante, más intensa, más nuestra. Una vida que —en teoría— podemos pausar, adelantar, retroceder. Una vida que nos distrae de la nuestra.

Pero pasa el tiempo.

Y la magia se agrieta.

Un día, sin aviso, esa pantalla que nos costó tanto —dinero, emoción, ilusión— se apaga para siempre. Ya no entra en garantía. Ya no es nueva. Ya no le interesa a nadie. Ni siquiera al amigo que siempre decía “si un día no la quieres, me la regalas”. Mentira piadosa. Ya no la quiere ni regalada.

Entonces descubrimos la otra cara del brillo: una montaña silenciosa de pantallas abandonadas, escondidas en bodegas, azoteas, patios traseros. Pantallas que fueron ventanas al mundo y hoy son solo un pedazo de plástico, vidrio y transistores esperando indefinidamente a que alguien las levante. O las entierre. O las olvide.

Ese olvido es peligroso.

Porque esas pantallas no mueren como los objetos antiguos, que se despedían con dignidad y madera. Las pantallas modernas se quedan aquí. Enteras. Eternas. Sus componentes, sus metales, sus químicos… todo permanece. Contaminan el suelo, el aire, el agua. Contaminan más de lo que nos gusta admitir. Son residuos electrónicos: una herida silenciosa que late en los basureros del mundo y enferma la tierra que les toca debajo.

Y pienso: qué ironía que aquello que compramos para ver historias, hoy sea una historia que nadie quiere ver.

Quizá algún día —cuando la urgencia nos alcance— esas toneladas de aparatos rotos sirvan para construir algo nuevo: casas hechas con paneles reciclados, carreteras con fibras electrónicas, automóviles con circuitos recuperados. Quizá algún día. Pero hoy, la mayoría duermen en cementerios invisibles, cargando la nostalgia de lo que alguna vez encendieron.

El problema no es la pantalla.

El problema es la ilusión.

Esa ilusión de creer que, porque vemos vidas más grandes, la nuestra también se expande. De creer que la felicidad queda a un control remoto de distancia. Y mientras tanto, el mundo real —el que sí toca nuestra piel, el que sí respira, el que sí nos necesita— se llena de los restos de esa ilusión luminosa.

Quizá la verdadera pantalla que habría que apagar es esa que nos impide ver la consecuencia real de lo que compramos y luego desechamos.

Quizá la denuncia comienza ahí: en mirarnos a nosotros mismos cuando la tele está por fin en silencio.

Paty Coen

Revista Réplica