Los acosadores con sotana (Crónicas sin censura 167)

Réplica y Contrarréplica
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LOS ACOSADORES CON SOTANA

La castidad para el

hombre está en no mostrar su corazón desnudo.

Hebbel.

 

Entre santa y santo, pared de cal y canto.

 

Mil millones de dólares le ha costado a la Iglesia católica las perversiones de sus curas apasionados, cantidad que tuvo que pagar el clero a las víctimas del acoso sexual perpetrado por los intermediarios del “Señor”, que violaron a los niños cuyos padres, paradójicamente, los llevaron al templo para que conocieran la doctrina de Dios, la verdad divinamente revelada.

Todas estas desviaciones deben haber hecho sufrir al Vicario de Cristo, es decir, al Santo Padre de Roma. Tanto que el pasado fin de semana, y ante millones de fieles, deploró los “abusos sexuales cometidos por sus hermanos descarriados”. Es obvio que al Papa no le convenció ni fue suficiente la vergüenza y las disculpas manifestadas por el cardenal de Boston, Bernard F. Law, quien el primer domingo de Cuaresma, por enésima ocasión, volvió a manifestar su pesar por el escándalo que propiciaron sus sacerdotes, en especial el hombre bautizado como John J. y apellidado Geoghan: “no siempre tomamos decisiones sagradas —dijo Bernard— y acudimos a Dios en busca del perdón que siempre está dispuesto a otorgarnos” (Newsweek, 6 de marzo de 2002).

Al ver estas acciones, cualquiera que se precie de pensar debe preguntarse: ¿qué no sería mejor que los sacerdotes se olvidaran del celibato y se casaran? Y desde luego, caer en cuenta de que es más sano un matrimonio tortuoso (de vez en cuando tendrían que hacer votos de castidad) que vivir en la hipocresía, dándose golpes de pecho y llamando a sus hijos sobrinos y a sus amantes comadres. O, de perdida, hacer el sacrificio que conlleva la monogamia en lugar de realizar actos sexuales contranatura.

De acuerdo con lo que oficialmente trasciende (por ejemplo, dijo el vocero del Vaticano que solo el 0.3 por ciento de sus sacerdotes ha sido acusado o señalado como pervertido sexual), podríamos pensar que son unas cuantas las ovejas descarriadas. Sin embargo, en todas partes del mundo y del país existen miles de comentarios sobre este tipo de conductas, digamos que inadecuadas: que el párroco fulanito anda de pispireto con las feligresas del pueblo; que tal o cual cura es homosexual y que cambió de amante, actitud que indujo al suicidio o a la depresión a la pareja abandonada; que el pastor de la iglesia acosa a las mujeres atractivas; que el sacerdote fulano no colgó los hábitos, nada más se los arremangó, etcétera.

Son avisos que debemos repudiar y que la ley debe castigar. No importa que el transgresor sea un influyente sacerdote católico o se trate de un importante ministro religioso. En el momento en que es cometido este tipo de delito, el “emisario de Dios” se convierte en escoria de la humanidad. Se trata, pues, de un pecado peor que la simonía que tanto afecta al credo de Nicea, mismo que data del tiempo en que Simón el Mago quiso comprar a san Pedro el don de conferir el Espíritu Santo, actitud popularizada por los curas que durante la Colonia se dedicaron a vender caras las indulgencias (Agustín Rivera, Principios críticos del Virreinato, 1884).

Cuando hace diez años, en 1991, critiqué a un sacerdote con inclinaciones de don Juan, me gané una casi celestial referencia en el púlpito de Catedral. Era un cura cuyo nombre omito para no ulcerar los ojos del lector. Dijo que el columnista era un cabrón (en otras palabras, claro) porque lo había comparado con Mariano Piña Olaya y a este con él. Le indignó que dijera que actuaba como el gobernador y que Mariano lo hacía como el susodicho padre, ya que se había arrogado facultades de abogado del diablo al decir que Martín Josephi debería ser canonizado.

La referencia catedralicia me picó la cresta e investigué a su emisor hasta que descubrí que era un hombre tan común como corriente: tenía una mujer con hijos. Omití este dizque pecado por ser algo natural. Lo que sí escribí y describí fue un percance automovilístico, donde dos sacerdotes (uno de ellos de la jerarquía eclesiástica) se involucraron en un homicidio culposo, dándose ambos a la fuga y ocultándose en su investidura para gozar de impunidad. Años después el susodicho colgó los hábitos y regularizó su situación matrimonial. Lo del accidente, haga de cuenta que nadie supo y que nadie lo sabrá.

En fin, está claro que los pedófilos viven ajenos a la bondad de la madre de Dios; por ejemplo, lejanía que en términos coloquiales me obliga a decir que son individuos que no tienen madre. Diez, o cien, o mil millones de dólares nunca podrán aliviar el daño moral ocasionado por curas depravados. Como tampoco su arrepentimiento hará que los niños lastimados (varios de ellos ya adultos) olviden las ofensas. Como dice Eugene Kennedy, excura y autor de La herida abierta: la iglesia y la realidad humana, el clero católico no puede ni debe ser refugio de homosexuales y menos de pedófilos. Hacerlo lo expone al desprestigio.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica