LA EXCEPCIÓN

Escribe Antonio Lucas (El Mundo, 3 de enero, 2015) que, en su largo poema La tierra baldía, Thomas Stearns Eliot “alumbró una nueva galaxia en la lírica occidental (…) llegada inminente de una escritura nueva que generó en su día tanta incomodidad como asombro”. El escritor inglés citado por Lucas sacó de su ciudad lo podrido y lo bello para hacer la mezcla poética que trascendió al tiempo.
De la traducción que sobre esa pieza literaria hizo el poeta barcelonés Agusti Bartra, copio las palabras que forman la siguiente figura escrita por T. S. Eliot: “Un ratón se deslizó blandamente entre los hierbajos arrastrando su viscoso vientre por la orilla (…) el río suda aceite y brea”. Parto pues de este testimonio poético para establecer que Puebla, como cualquier ciudad importante tanto por su edad como por su historia y entorno, también cuenta con los espacios sucios que contrastan con las oportunidades de desarrollo urbano, intelectual, social y cultural. Es el caso del río Atoyac, verbigracia, uno de los espacios milenarios por cuyo cauce corren las aguas negras, aceitosas, burbujeantes y teñidas por los químicos derramados en ellas con la aparente complacencia de las autoridades de Puebla y Tlaxcala así como de la Federación. En esa zona proliferaban las ratas de viscoso vientre restregándose en los hierbajos que mutaron adaptándose a la contaminación industrial y urbana que convirtió a las ciudades en muestras de tierra baldía.
En las colindancias de ese río se construyó el CCU. Valga recordar que la construcción minimalista fue una de las cinco mejores obras arquitectónicas presentadas en el Festival Internacional de Arquitectura verificado en Barcelona, España (2011): allá participaron 64 países y más de 700 proyectos realizados[1]. La obra se convirtió en sede de la cultura en Puebla para desventura de, valga la alegoría, los ratones que se deslizaban entre los yerbajos de las tierras ambicionadas por los comerciantes inmobiliarios, los mismos que son parte de una incontrovertible paradoja social: los descendientes de los dueños originales (la mayoría de ellos ejidatarios) terminaron como trabajadores domésticos, albañiles o jardineros de quienes fueron beneficiados por el decreto expropiatorio de mil ochenta y dos hectáreas. En una de las franjas “arrebatadas” al comercio inmobiliario que inició Mariano Piña Olaya y reguló el gobierno de Manuel Bartlett Díaz, se construyeron el campus del Tecnológico de Monterrey (TEC) y el mencionado Complejo Cultural de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En el caso del TEC, el proyecto siguió la directriz empresarial de ciudadanos que han combinado el negocio con la educación superior. Respecto a la universidad pública, la motivación se apoyó en la cultura considerándola axial para el desarrollo humano, intelectual, académico y social. Este criterio se apoyó en la integración de los servicios que hacen de la zona el detonador de lo que hoy es el imán que atrae a los diversos sectores de la sociedad, así como la “concha acústica” que reproduce para difundir todas las expresiones culturales.
Enrique Agüera adelantó poco antes de la inauguración del Complejo: “Este conjunto de edificios y plazas agrupará en sus espacios tanto a poblanos como a los turistas nacionales y extranjeros interesados en disfrutar la oferta cultural de México y de Puebla. Habrá exposiciones, teatro, espectáculos musicales, cine de arte, restaurantes y librería, además de actividades lúdicas para el disfrute y crecimiento intelectual de la familia. Por todo ello no es arriesgado afirmar que gracias a su estratégica ubicación en la zona comercial y residencial más importante de Puebla, el CCU se convirtió en el espacio donde la sociedad encuentra todo tipo de ofertas culturales, incluidos los servicios que hacen amena, divertida, satisfactoria y formativa su visita.”
Quienes acuden al Complejo pueden comprobar lo funcional y exitoso de esta propuesta que fue consensuada y aceptada después de varias deliberaciones. Ganó además el entusiasmo de los académicos de la Universidad Autónoma de Puebla: crearon así su propio tiempo. Y lo hicieron bajo la directriz del, a la sazón, rector Enrique Agüera Ibañez.
[1] El Universal, Secc. Cultura, México, noviembre 17, 2011.