LA REPÚBLICA EN LA IZQUIERDA*
Al cumplir la Segunda República Española su quinto aniversario, quiero dar voz a mi emoción personal —reavivada por el recuerdo de días convividos al lado de algunos de sus iniciadores, en épocas de persecución y de lucha— y decir con cuanta afinidad el pensamiento revolucionario de México se suma y se confunde con el de los constructores de la nueva patria hispana.
No basta la comunidad de sangre para ligar a dos pueblos. Más que eso, ligan entre sí a dos nacionalidades la unidad de miras para avizorar los mismos problemas humanos, el paralelismo de aspiraciones y la convergencia hacia idénticas expectativas.
Por eso, mientras señorearon el poder las facciones derechistas, de intento y por irreductible imperativo de mi convicción, cesé de interesarme en las diarias incidencias de la política española. La República no podía ni puede estar representada por rezagos del sistema que fue desplazado por anacrónico, por caduco, por hallarse corroído de toda carcoma moral, cual era el régimen monárquico.
Porque la acción derechista en el cuerpo del nuevo engranaje político no se sustentaba siquiera en lo tradicional español visto como rodrigón del presente e inspiración del porvenir o entendido como marca de legitimidad que a ningún pueblo le es permitido perder, sino que pretendía —en un esfuerzo no bien disimulado de neutralización— adulterar las nuevas formas y los impulsos revolucionarios, para esconder bajo la capa de instituciones republicanas el pacto y la condescendencia con las fuerzas enemigas de la nacionalidad, traicionando así en sus principios cardinales a la República.
De España se ha dicho que ha conocido todas las formas de la gloria, y hace un lustro conoció una nueva; hacer honor a su pasado del único modo como es glorioso hacerlo: liquidándolo para que no pese sobre el porvenir.
Reducida por sino histórico a su aislamiento peninsular; exhausta bajo la mano de la monarquía, el peso del clero y la garra de una dictadura militar, España había vivido años de ignominia que las virtudes innatas de su pueblo no merecían tolerar.
Incapacitada para buscar su recuperación material en empresas anexionistas, mancillaba su tradición al jugar papeles de comparsa en el tablado de África, simulando “cumplir el testamento de Isabel la Católica”, pero en realidad manteniendo una guerra tan insensata como extenuadora de las mejores energías humanas y de las mermadas riquezas que reclamaban otro más justo empleo.
El pueblo español, bajo una opresión que parecía sin esperanza, era fiel a la doctrina de Séneca, que Ganivet considera como esencia de su ser nacional: no se dejaba vencer por nada extraño a su espíritu; pensaba, en medio de los accidentes de la política monárquica, que tenía dentro de sí una fuerza fecundante, algo firme e indestructible, como un eje adamantino que le permitiría resurgir, íntegro y lozano, para cumplir mejores destinos.
Mientras España no pudo reconcentrar sus energías dentro de su propio territorio y labrar prosperidad y justicia de bancarrota y privilegio, en tanto no acertó a reconstruir la esencia de su espíritu, que tan abundantemente había dejado escapar por todas sus puertas y hacia todos los vientos, era para nosotros, la España de la monarquía, una entidad ajena, antitética, pudiera decirse hostil.
Por eso los revolucionarios de México acogimos con el calor con que se acoge lo que es nuestro el movimiento que creó la Segunda República.
El vaivén de acontecimientos políticos de México me llevó hasta España cuando sobre ella caía todo el peso de la dictadura de Primo de Rivera, y entonces aprendí a conjugar el sentimiento y la rebeldía de lo mexicano revolucionario con el ansia de renovación que latía allá, sofocada donde quiera por la violencia. La cárcel era el punto de remate para los conspiradores republicanos; y allí y en la lucha por organizar las fuerzas populares contra la monarquía, fue donde renové conocimiento y amistad con Marcelino Domingo y otros de los hombres que incubaron con su espíritu la Segunda República.
Puedo afirmar que desde entonces —siete años antes del triunfo republicano en las elecciones generales del año 31— el sentimiento de quienes preparaban el nuevo orden de cosas era un sentimiento de izquierdas que pugnaba por la reforma agraria, por la evolución del derecho obrero, por el desafuero total de las influencias clericales en la vida pública y en la escuela, por una educación exenta de prejuicios, por el reconocimiento efectivo de la autodeterminación de las regiones, como unidades históricas y políticas, y porque los mandamientos institucionales que se forjaran como base de la República, tuvieran una estricta aplicación y una cabal vigencia.
La época en que los partidos derechistas ejercieron el poder es período que considero totalmente perdido para la obra de transformación que iba implícita en la mutación del régimen. Y juzgo que la revolución de octubre, y el posterior triunfo del Frente Popular, que fue, andando el tiempo, su feliz consecuencia, vinieron a salvar la nacionalidad española de un relapso que habría convertido sus instituciones en simples entelequias ayunas de sentido trascendente para la vida hispánica.
Pero la arrolladora victoria de las izquierdas, tan cercana en el tiempo, a este aniversario, hace que la ocasión presente tenga un énfasis más. La República izquierdista es dos veces la República, porque es ella misma en toda su puridad y puesta en el carril de su destino verdadero.
Ha sido eliminado hasta el estorbo representado por un jefe Ejecutivo cuyos antecedentes, cuyo matiz político y cuyas convicciones personales no se acordaban, ni era posible que se acordaran, con el pensamiento avanzado del Frente Popular.
Esta libertad para opinar en materias que atañen a la República Española, es fuero que los revolucionarios de México reclamamos para nosotros, porque sentimos que las distancias entre ambas naciones se salvan por el puente de los altos intereses sociales, que hoy por igual preocupan a los hombres de todas las latitudes.
Creo que, como la nuestra, es la Revolución Española un movimiento en marcha. No puede decirse de ella lo que Lepuy afirmó de la francesa del 1789, cuando quería enaltecerla poniéndole punto final. No es el fin último llegar al poder, sino emplearlo continuamente en el desarrollo de un programa de radicales reformas, que haga posible el imperio de la justicia social y la equitativa distribución de las riquezas entre quienes las producen. No basta haber conquistado el gobierno; hay que educar a los reemplazos nacionales, de tal manera que sepan mejorar la obra de hoy; hay que comunicar las regiones del territorio; hay que dar la tierra a quienes con su esfuerzo la hacen producir; hay que irrigar las comarcas calcinadas por la sequía; hay que hacer de cada hombre y de cada mujer un trabajador capacitado para exigir respeto a sus derechos clasistas y a sus derechos cívicos; hay que constituir, en fin, una nacionalidad con los restos de una descomposición social de siglos. Y ello es obra de sostenido aliento, que exige continuidad, tesón, desinterés.
Por eso la Revolución Española y la Revolución Mexicana son fuerzas en marcha, que se acercan a plena realización a través de superaciones sucesivas.
Sólo así podrá realizarse el pensamiento optimista, la vidente fe de Joaquín Costa, que se preguntaba si España habría de perderse para la humanidad, y luego contestaba a su duda con el más caluroso de los entusiasmos; “creamos nosotros aún en la eternidad de la raza española; pero creámoslo con fe viva, cimentada en obras.”
El Nacional, 15 de abril de 1936.
* Discurso pronunciado por el señor Froylán C. Manjarrez, ante el micrófono XEFO, en la velada que organizó el Partido Nacional Revolucionario con motivo del V Aniversario de la Segunda República Española.
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (La República en la izquierda)
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