LA RAZÓN CONTRA LA TRADICIÓN

Al gobernar aprendí a pasar de la ética de los principios a la de las responsabilidades.
Felipe González.
El que tiene más saliva, traga más pinole.
Dicho popular
La reelección es un acto que lleva implícito la capacidad intelectual y moral de quien busca permanecer en cargos donde un sector social, o incluso la misma sociedad, es la que legitima los procesos electorales.
El vocablo o la costumbre no debería ser tema tabú dado que forma parte de la vida democrática de las naciones, digamos que cultas y con un alto índice de desarrollo científico, intelectual y tecnológico. De ahí que, en esta época de intensa comunicación e información, estén destinados al fracaso los deshonestos e incompetentes que pretendan ocupar un cargo de elección popular o reelegirse para permanecer en una posición validada y/o refrendada por el sufragio, ya sea éste universal y secreto o bien que forme parte del estatuto de las corporaciones e instituciones reguladas por una ley orgánica. Y digo que resulta absurdo porque, en cualquier proceso de reelección, son los electores quienes aceptan o repudian al aspirante a partir, precisamente, de la fama pública.
En las naciones democráticas es común la reelección en virtud de que convalida los principios políticos e ideológicos de, por ejemplo, los grupos parlamentarios que luchan por el poder. E igual ocurre en los “holdings” y en aquellas empresas cuya productividad depende de la capacidad y eficiencia de sus directivos. En ambas muestras, quienes permanecen en el cargo son las personas que demostraron merecer la confirmación de la confianza de los votantes, sean éstos el pueblo o consejeros o miembros del Consejo de Administración.
Como el lector sabe, en México la no reelección fue bandera política de las generaciones que sufrieron la hegemonía del porfiriato. Durante tres décadas, el político que tuvo más saliva (don Porfirio) fue el que tragó más pinole. Después vino la Revolución y el poder se repartió equitativamente entre un grupo de cuates, todos ellos revolucionarios de pura cepa. Entonces el pueblo, es decir, el grueso de la sociedad mexicana, no tenía la cultura política como para elegir a sus gobernantes: aún padecía los efectos de la inercia colonial, época en la cual el Clero católico político administró la religión como si se tratase de una droga embrutecedora.
Según creo, durante 70 años, esa herencia genética fue la que de alguna manera determinó la permanencia del PRI en el poder. El sufragante común (el 35 por ciento del padrón electoral que practicaba el ejercicio democrático de votar) pensaba que más vale malo por conocido que bueno por conocer, hasta que los efectos de la mercadotecnia política, sustentada en la propaganda mediática, le hicieron suponer que había llegado el nuevo mesías, pero ahora calzando botas en lugar de sandalias. Y si usted quiere, manipulado se fue con la “finta” y votó por un cambio que al parecer está resultando tan utópico como las ideas de Tomás Moro.
A grandes rasgos, éste es el origen del México electoral arbitrariamente bosquejado por el columnista. Y dentro de ese “mare magnum” de mediocridades políticas, por cierto atemperadas por la “no reelección”, nació lo que el literato Octavio Paz denomina “la intelligentsia” mexicana, representada por Justo Sierra y José Vasconcelos, el segundo intérprete del pensamiento del primero y, por ende, fundador de la educación moderna en México.
Pero, no obstante que la llamada “intelligentsia mexicana” pudo haberse contaminado del “feeling” de la clase política que ejerció y ejerce el poder (en algunos casos, gobernantes escogieron rectores y autoridades educativas), por ventura se inventó la autonomía universitaria. Y gracias a esa barrera conceptual, en las redes del pensamiento universal —o sea, en las aulas de las instituciones de educación superior del país— las capacidades intelectuales atemperaron el tabú de la reelección, concepto muy socorrido cuando se trata de impedir la permanencia en el cargo de quienes han demostrado su honradez y eficiencia. Acción que equivale a tratar de asustar a los médicos forenses con el petate del muerto, o menospreciar la capacidad de quienes anteponen la razón a la costumbre impuesta por una decimonónica necesidad social.
Habría que estar de acuerdo con la posición de los antirreleccionistas siempre y cuando se tratara de la reelección del presidente de México, cuyo poder —como al lector le consta— le permite inducir a los medios masivos de comunicación para lograr simpatía y votos mediante intensas descargas de propaganda al estilo Joseph Goebbels. Empero, sería un error de apreciación y de lugar oponernos a ella cuando la decisión depende de quienes trabajan con la inteligencia y, por ello, —se supone— son los mejor calificados para construir su destino académico y laboral. Es el caso de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, institución que, como el Ave Fénix (así lo insinuaba la propaganda del rectorado anterior), renació de sus propias cenizas. Y en ello se apoya la pretensión académica de Enrique Doger Guerrero, el protagonista de un cambio de estilo cuyo impacto habrá que analizar.