BASILIO VADILLO*
Cuando nos acercamos a la figura de un contemporáneo cuya vida cruzó bajo las mismas borrascas que la nuestra, el juicio casi siempre naufraga en la pasión y sufre desilusiones por la cercanía. La proximidad nos induce a considerar como principal y necesario en la obra sometida a temprano examen, lo que quizá no fue sino accesorio y contingente. Sólo al correr de los años se apaga la ofuscación del sentimiento y se aclara la perspectiva.
El deshielo del tiempo va enfriando rescoldos y enjugando el perfil del hombre de todo cuanto es redundante y borroso; y en el horizonte de la posteridad se yergue, entonces, la figura prócer, inmovilizada en aquel momento de su vida en que mereció el bronce libre ya de lo perecedero y redimida para la inmortalidad.
Nos encontramos ante el caso singular de un coetáneo que supo ajustar su recia vida a líneas esenciales, que purificó su acción con la linfa del pensamiento. Nada hubo de incierto en esa mente lúcida; ni de vacilante en esa adamantina voluntad; ni de turbio en esa ética austera. Por eso podemos aquilatar a Basilio Vadillo, nosotros que hoy ocupamos en El Nacional el sitio que él enalteció con su presencia; por eso le rendimos pleitesía, los de aquella casa de trabajo que fue la suya, en esta hora cenital de una jornada renovadora cuyo amanecer le sorprendió entregado a tareas de justicia y de cultura.
* Oración fúnebre de Froylán C. Manjarrez, entonces director de El Nacional, a Basilio Vadillo
Sólo en ese concepto puede con honestidad intentar un elogio funerario, quien no cree que el hecho natural de la muerte deba llevarnos a proclamar excelencias en los desaparecidos.
Nuestro noble compañero de lides no fue caudillo militar, ni ídolo de multitudes; su imagen no llegó al pueblo aureolada por el fuego de las victorias bélicas, ni sus relieves se nimbaron de heroicidad guerrera. Y sin embargo, se registró inusitado movimiento nacional para recibir sus despojos mortales, y se percibe amplio concierto de voluntades para rendir uno de los primeros homenajes a un héroe civil: tal fue Vadillo.
Es que ha germinado en nuestra nacionalidad la simiente que él dispersó a los vientos, con mano infatigable y robusta, desde la tribuna, la cátedra, el periódico, el libro.
Asistimos a la consagración de un hombre que fue, por antonomasia, un pensador dentro de la revolución.
Ahondemos en los veneros de su espíritu, atalayemos los campos donde desplegó sus actuaciones públicas, y dondequiera hemos de comprobar esa fuerza segura de sí misma, esa ponderada valentía ajena al instinto, que sólo comunica a los hombres el pensamiento, cuando lo ejercen por vocación vital, como disciplina y como apostolado.
Un pensador, y de la más rara y fecunda estirpe. Porque su temperamento —el de un alma vuelta hacia sus propias honduras—, su razón fría, su nutrido saber, no le inmovilizaron en actitudes teóricas, ni le diluyeron en sutilezas, ni le encastillaron en egoísmos. Esteta: dio el brillo de su verbo, en el mitin y en el Parlamento, a la causa de las libertades públicas. Educador: prefirió la escuela rural a la cátedra universitaria. Doctrinario: derramó su luz para esclarecer las cosas que las multitudes sólo intuitivamente perciben. Poseedor de una cultura bien organizada: jamás la capitalizó en su beneficio, pues la aportaba a mano abierta para contribuir con ella al ideario de la revolución.
Basilio Vadillo no suscitó odios, ni alimentó enconos. Hablaba un lenguaje de elevación nada común; sostenía en sus debates el tono que traslada la más encendida de las contiendas al dominio de los principios, en cuyo ámbito chocan las ideas, y los hombres sólo son heridos por fenómeno reflejo inevitable en la liza política.
Su personalidad aparece como trasiego de otras épocas, con ser tan avanzados sus afanes. La convivencia en los escaños del Congreso, el trato diario, la comunidad de convicciones, me permitieron descubrir en él raras semejanzas con los precursores y los paladines de nuestra primera Reforma. Como el doctor Mora, Vadillo aceró sus rebeldías y contrastó sus impulsos libertadores en la asfixiante atmósfera de un seminario, para batir más tarde en todos los frentes al enemigo que le había aprisionado en sus primeros años. Como Melchor Ocampo, fundió la sencillez y la bondad con la entereza. Como Ignacio Manuel Altamirano, escaló las cumbres de la elocuencia y desde ahí defendió a los oprimidos.
Todo ello sin jamás rebajar su ley de pensador.
El parlamentario
Quiero formar mi oración con impresiones de primera mano, con recuerdos personales de un compañero de luchas cívicas que se elevó sobre el nivel medio apenas tuvo oportunidad de dar a conocer sus capacidades.
En la XXVII Legislatura —la legislatura cumbre de la era posterior al Congreso de Querétaro— penetramos juntos a militar en el mismo frente. Habíamos llegado sin relieves y sin nombradía, levantados a la escena nacional por el voto primigenio de las multitudes provincianas, por el sufragio depositado en las urnas con las manos todavía ardidas por la pólvora de los grandes combates.
En aquella asamblea de limpio origen popular, donde cuajaron los valores radicales que habían hecho sus primeras armas en el Constituyente, los grupos más avanzados pugnaron por esclarecer el contenido social del movimiento triunfante, en la legislación orgánica de la nueva Carta Fundamental. Y en esa tarea, al través de jornadas inolvidables, la palabra de Basilio Vadillo dejó escritos inmarcesibles capítulos.
El incipiente tribuno se destacó, entonces, como el organizador y el ideólogo que fue desde siempre.
Con Vadillo formamos un pequeño grupo de estudio y de combate doctrinario. Por primera vez en el Congreso de México, el marbete socialista fue ostentado por un bloque parlamentario. Allí estuvo el brote de la dialéctica en que habían de concretarse con el tiempo los postulados clasistas de la revolución; allí comenzó a sonar el léxico que habría de expresarlas con propiedad. Hasta entonces, las aspiraciones del pueblo eran proclamadas en lenguaje tomado del liberalismo en disolución; se las defendía con razones casuistas que no correspondían a un concepto integral ni a una elaboración sistemada; se las encerraba en fórmulas empíricas, como fatalmente había de acontecer en un país donde el movimiento renovador no obedeció a planes teóricos preconcebidos.
Y es hora de hacer honor al mérito de Vadillo, declarando que él fue el primer representante popular que en nuestro país proclamó como valedera la tesis del socialismo de Estado.
Ya con estatura de gran parlamentario, como líder del Partido Liberal Constitucionalista —a menudo en pugna con sus propios compañeros de partido— el socialista dominaba con su ánimo al político militante.
Adviene la XXVIII Legislatura. Caso inusitado hasta entonces en la era revolucionaria, el secretario de Gobernación interviene directamente e indebidamente para integrarla. Vadillo se presenta al amparo de irreprochable credencial, y es desde luego, por derecho propio, el jefe de la diezmada minoría radical de la oposición. Con esta autoridad moral, emprende sin demora brava defensa de sus correligionarios, excluidos al introducirse el cinismo en la política.
Esa minoría comenzó a formar en el Parlamento la corriente que en pocos meses habría de despeñar sus aguas broncas, arrasando el dique de un gobierno moderado. En la cresta de su oleaje, se hallaba un caudillo de nombradía sin paralelo, en quien se cifraban las mejores esperanzas de renovación social: el general Álvaro Obregón.
En aquella etapa, obregonismo era bandera para quienes exigían que la revolución se mantuviera fiel a su destino histórico. El presidente Carranza —ante cuya patricia estampa me inclino, sobre todo cuando recuerdo al ilustre primer jefe del Ejército Constitucionalista— no podía agregar ese mérito a los suyos propios, porque no lograba entender cosas que no eran de su tiempo.
Vadillo oposicionista, llegó entonces a ser, como orador en la tribuna del pueblo, como periodista en las columnas de El Monitor Republicano —confiado a su talento dirigente— acaso el más conceptuoso ordenador del pensamiento revolucionario renovado.
El estilista
Vadillo fue un estadista. En el fragor parlamentario de la XXVII, el país presenció el final esplendoroso de una escuela de elocuencia y el advenimiento de la oratoria moderna.
Jesús Urueta, el consagrado príncipe de la palabra, era a la par el último y el más fulgurante ejemplar de la oratoria supercastellana. Su elocuencia dionisíaca, tropel de imágenes transportadas de la Hélade en vuelo milenario; su verbo, esmaltado por una cultura humanista y envuelto en el ademán grandilocuente y magnético que había arrastrado a las multitudes en la alborada de 1910, aún nos conmovía, pero dejaba ya de convencernos.
Empalmándose con Urueta en el tiempo, Vadillo y García Vigil irrumpían en el paisaje de nuestros modos de acción parlamentaria, con dialéctica apretada de razonamiento, con lógica férrea, con sobria elegancia en la expresión, que convencían antes de conmovernos, que imantaban antes que deleitarnos.
Recuerdo a Vadillo en la tribuna. Rostro impenetrable, adusto. Ademán ni de montañés, ni de girondino. Arquetipo de líder nacional, que adunaba el recatado orgullo de la provincia y el anhelo de auténtica vindicación popular, a las elaboraciones universales del razonamiento científico. Cáustico y pulcro, crítico y afirmativo, era síntesis admirable de antinómicos atributos.
Jamás dejó de ser un provinciano. Hombre de selección que nos demuestra cómo es la provincia donde late el más profundo sentido de nacionalidad.
Y su estilo se difunde como nueva voluntad de forma por múltiples canales; la prensa, el ensayo, la novela de costumbres, la poesía.
El hombre
Integridad como la de Vadillo no admite reproche. En su espíritu no había lugar para los afanes desmandados de poder, ni para la tentación de las riquezas. La codicia le era de tal modo extranjera que no osaba acercarse a los caminos de su vida. Incapaz de una claudicación por conservar poder, ni de una flaqueza para lograr favores, incluso ante la fama guardó su indiferencia.
En una época en que el movimiento revolucionario —no en lo que tiene de afán generoso de transformación, sino en lo que arrastra como fenómeno perturbador— hizo que los hombres rompieran atropelladamente las vedas de su deber; —entonces— Vadillo ilustró en rango delantero el cuadro de las personalidades limpias de concupiscencias.
El revolucionario
Revolucionario, Vadillo se desprende de la generalidad por la rara característica que apunté en el principio: era, ante todo y sobre todo, un pensador.
En los años tempestuosos de la lucha armada, caudillos militares —producto del genio popular— jugaron las primeras partes. Acaso la más importante tarea confiada a los civiles, fuera el periodismo de propaganda y de combate.
Es interesante constatar, además, que a pesar de la más extensa y trepidante perturbación de cuentas haya podido registrar nuestra historia, el pueblo alzado en armas se preocupara por organizar la educación rural dondequiera que la insurgencia se asentaba en triunfo. Vadillo, entonces, militó como periodista y ejerció como maestro.
Hecho singular: en los primeros pasos por la senda de su dual vocación, había fundado en su pueblo natal una escuela rural y un periódico que la complementara. Apuntaba así el maestro como líder social.
La vida de los campesinos, privada de dignidad humana, página anacrónica de un feudalismo viejo de cuatro siglos, suscitó las primeras rebeldías del que a la sazón era un maestro joven.
Desde aquel germinar ignorado en el agro del periodismo, Vadillo vio a nuestra profesión como una cruzada para rescatar al hombre del dominio de sus explotadores. Corresponsal del Diario del Hogar —valiente hoja precursora—, denunciaba injusticias y sufría persecuciones.
Años después, ya en la reciedumbre de la brega, se incorpora al cuerpo del Ejército del Noroeste, y lo vemos reaparecer en Colima, como director de Educación, fundando a las veces un bisemanario de combate y estableciendo la Casa del Obrero Mundial.
Pero donde cuaja en madurez fecunda al par que en acerado temple, es en El Monitor Republicano, en la nueva borrasca de 1920. El periódico que se encomienda a Vadillo es el portavoz del radicalismo que se encrespa, hasta conquistar el poder. Cuando llega como fundador a la dirección de El Nacional Revolucionario, al cabo de una década, su pensamiento se ha serenado, su estilo se muestra terso y compacto. A la voz tronante del parlamentario, a los arrestos del periodista radical de oposición, ha sucedido el tono mesurado, la exposición doctrinal. Un aliento de hondura, de prestancia a su prosa. Afanes constructores, encuadrados en el concepto orgánico de nuestras instituciones, guían al pensador hacia los objetivos generosos por cuyo alcance ardió toda su existencia. Con vigor sostenido, con vibración profunda, con certera visión, dilucidó día a día, en la columna editorial de nuestro periódico, durante dos largos años, los temas cardinales de la revolución dueña del poder público.
Tengo la certidumbre de no incurrir en la menor exageración, al afirmar que ninguno de los escritores revolucionarios de nuestro tiempo ha rendido a nuestra causa una aportación tan llena de enjundia, tan copiosa y tan congruente, tan sazonada y lúcida, como su obra editorial que ilustró las páginas del órgano de expresión con que cuenta nuestro régimen de gobierno.
El político
Entregado a las concepciones superiores del pensamiento, Vadillo no logró señorear las tácticas de la política militante.
Electo al gobierno de Jalisco, en comicios sin tacha, pronto sucumbió abatido por la galerna que arrasó en 1922 al viejo Partido Liberal Constitucionalista.
Paréntesis en su agitada vida de luchador, fueron sus andanzas por el mundo de la diplomacia, que acaso le hayan servido de remanso para rebrunirse, dando mayor tersura a su espíritu. Descanso, estudio, compulsa de nuestras realidades con las realidades del orbe; retorno a sí mismo y satisfacción del íntimo anhelo de recogimiento que caracterizó su modo de ser. Todo eso representaron para él, sin duda, sus incidentes ingerencias diplomáticas.
Pero cuando se convocó a los revolucionarios para formar el primer instituto orgánico de acción política y social, Vadillo volvió nuevamente a ocupar posiciones de responsabilidad entre los suyos. Ora como director de El Nacional, bien como principal redactor de la plataforma de principios llevada a la convención constitutiva del Partido Nacional Revolucionario; más tarde en la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, en toda ocasión entregó sin regateos a la causa del pueblo, los frutos mejor logrados de su intelecto.
El seno nutricio de la patria se abre para recibir los despojo mortales de un hijo que busca reposo final, concluida su carrera, después de una existencia ejemplar, fecunda, de noble pensamiento, generosa en la acción y honesta en el carácter.
Faro avanzado de la Revolución Mexicana, destellaba en el extremo mediodía de la América nuestra, cuando el paso inexorable de la muerte apagó su fulgor. Sobre su yerta figura humana se alza la espira de su enseñanza, el cúmulo de sus hechos, la torre de sus cívicas virtudes; y todo ello se nos da en una herencia a cuya valoración nada puede añadir el personal afecto.
El Nacional, 6 de septiembre de 1935
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (Basilio Vadillo)
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