Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente...
He estado pensando —más de lo que recomienda la higiene mental— en el futuro. No en ese futuro de neón y naves espaciales que nos vendió el cine, sino en este que ya se nos metió en la cocina, en el café de la mañana y en la forma en que movemos el dedo sobre una pantalla de cristal.
La conclusión, si me permiten la franqueza, es bastante incómoda.
Estamos asistiendo al nacimiento de dos mundos que no se hablan.
Uno es el nuestro. El de los que todavía guardamos libros en la maleta y entendemos que el conocimiento no es un café instantáneo; es un proceso lento, a veces doloroso, que requiere el esfuerzo de subrayar, dudar y, sobre todo, detenerse. Somos los sobrevivientes de la era de la pausa. Pero aceptémoslo: empezamos a parecer náufragos en una isla que se hace cada vez más pequeña.
Del otro lado está la marea. Una generación que no fue educada para pensar, sino para reaccionar. Son los hijos del “scroll” infinito, del estímulo que dura quince segundos y de la risa fácil que tapa el silencio. Para ellos no hay profundidad, solo flujo. Si no brilla o no hace ruido, no existe.
Y aquí es donde la percepción se convierte en una bofetada estadística.
Los medios de comunicación —especialmente en Europa, que suele ir un par de pasos adelante en nuestras desgracias— están perdiendo audiencias a un ritmo suicida. Y no es falta de calidad; es que el entorno simplemente dejó de valorar el periodismo. El algoritmo no es un ente perverso con un plan maestro para destruir la civilización; es algo mucho más cínico: es un espejo.
Durante años nos quejamos de que el algoritmo se había vuelto estúpido. Pero la realidad es más brutal. El algoritmo simplemente aprendió a conocernos.
Entendió que preferimos lo masticado. Que elegimos lo inmediato sobre lo importante. Que nos quedamos hipnotizados donde no hay que hacer el más mínimo esfuerzo intelectual.
El sistema no es malo, es rentable. Por cada video vacío hay un mercader monetizando y un millón de personas entregando lo único que realmente poseen: su tiempo y su criterio. Es un intercambio de oro por espejitos de colores, pero en versión digital.
El problema es que el pensamiento no es un don divino, es un músculo. Y un músculo que no se usa termina por atrofiarse hasta convertirse en un colgajo inútil.
A los que ya pasamos de los treinta nos queda el recuerdo, esa memoria muscular de lo que significa analizar una idea. Pero los que vienen detrás están siendo criados por una inteligencia artificial que no quiere ciudadanos, sino consumidores de atención.
Y aquí es donde el panorama se pone realmente extraño.
Nos prometen un futuro de ingreso universal, donde la IA hará el trabajo sucio y nosotros seremos libres. Suena a paraíso, ¿verdad? Pero la pregunta que nadie quiere responder es: ¿Qué vamos a hacer con una sociedad que ya no necesita trabajar y que, además, olvidó cómo pensar?
El riesgo no es el aburrimiento. Es el vacío.
Un vacío que se llena con lo más básico, lo más adictivo y lo más manipulable.
Una sociedad perfectamente entretenida es una sociedad perfectamente dócil. Cuando la gente deja de pensar, el poder deja de pertenecer al que tiene la razón o la verdad. El poder pasa a manos de quien mejor sabe agitar el cascabel.
Aunque no diga nada. Aunque no sepa nada.
Por eso, que el periodismo esté en crisis no es una tragedia gremial. Es el síntoma de que una parte del mundo ya no sabe para qué sirve la verdad. No es que no la quieran; es que ya no tienen las herramientas para procesarla.
Quizá el futuro no sea una guerra nuclear ni una catástrofe climática de película. Quizá sea algo mucho más aterrador.
Un mundo impecable. Cómodo. Eficiente.
Y profundamente estúpido.
El planeta de los idiotas
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