La Doña (Crónicas sin censura 172)

Réplica y Contrarréplica
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LA DOÑA

Lo bello es aquello que es inteligible sin reflexión.

André Maurois

Unos nacen con estrellas y otros estrellados.

Dicho popular.

 

Hay varias formas de “abrir los ojos”. La primera ocurre cuando descubrimos a nuestra madre coronada de estrellas o de cielo azul. La segunda sucede en el momento en que nos encontramos en el suelo, frío testigo de nuestros primeros pasos en esta vida. La tercera se presenta al ingresar a la escuela de párvulos, donde nos muestran cómo socializar y trabajar en equipo. La cuarta coincide con el proceso hormonal que despierta en nosotros la líbido y, por ende, el deseo que marca el resto de nuestra vida: es cuando observamos al sexo opuesto e idealizamos al ser más popular del momento, depende de nuestro género. En el caso de las mujeres, es obvio que sea un personaje cuya popularidad lo ha proyectado a los medios impresos, electrónicos e incluso al llamado séptimo arte. Y, respecto a los hombres, lo común es que fijemos la mirada en los símbolos sexuales también popularizados por la televisión y el cine.

De ahí, pues, el éxito de los y las artistas que llenan ese espacio en la existencia de los seres humanos. María Félix, por ejemplo, ocupó la mente de millones de mexicanos, primero sorprendidos y embelesados con su belleza, y después fascinados con su carácter bronco pero femenino, audaz y, al mismo tiempo, respetuoso, directo y con frecuencia puntilloso. El orgullo llevó y mantuvo a esta dama en el estrato en el cual solo se sostienen las personas congruentes y bellas en lo físico o en lo intelectual.

María Félix así lo confirma. Ella fue la única mujer que inspiró al músico y poeta Agustín Lara, un hombre que vio a las mujeres como un objeto sexual. Él mismo lo confesó a sus amigos y, como muestra, escribió varias canciones inspirado, precisamente, en la belleza y el modo de ser de quien fue su esposa. Jorge Negrete le entregó su amor y hasta el capital que nunca tuvo (le regaló el famoso collar de esmeraldas que compró fiado). Diego Rivera la idealizó y debe haber muerto con la frustración que provoca un amor mal correspondido. José Alfredo Jiménez sufrió el desamor y hasta el menosprecio de la famosa “Doña Bárbara”, desilusión que puede leerse y escucharse en el “Último brindis”. Juan Gabriel estuvo a punto de convertirse en un macho de charrasca y bigotazo por su culpa… en santo, si recordamos alguna de las canciones que le dedicó. En fin, la lista de enamorados es tan interesante como los años dorados del cine mexicano (Pedro Armendáriz, el Indio Fernández, Cantinflas, etcétera).

Alguna vez la escuché decir a Jacobo Zabludovsky que la mujer llevaba la belleza en los pies, o sea, en la forma de caminar. Sin porte —decía la Doña— no se lucen las linduras, por espectaculares que éstas sean. Y criticaba a las féminas que caminaban como “gallinas cluecas”.

Transcribo unas de las líneas de Vicente Leñero, mismas que dibujan parte de la forma de ser de la mujer de origen sonorense.

Según cuenta Paco Ignacio Taibo, Ricardo Garibay tuvo que “sortear los prejuicios de las estrellas… contra las palabras altisonantes. Cuando Garibay escribía ‘tetas’, María Félix repelaba:

‘Diga usted senos. No me gustan las palabras feas’.

Cuando Garibay escribía ‘Vaya y trague mierda’, María Félix gritaba que ella nunca iba a decir mierda…”

Y ya que hablo de Garibay, debo comentar al lector que él fue quien empezó a usar literatura en los argumentos del cine mexicano. Nos lo cuenta de la siguiente manera:

“Llegué a tener detrás de mí, asomados por arriba de mis hombros, a María Félix, a Pedro Armendáriz y al Indio Fernández. Iban aprobando y desaprobando parlamento por parlamento, según me salían de la pluma. Ismael me había dicho, blandiendo el guion:

—Desde aquí hasta acá no les gusta. Toda la secuencia entre el coronel Zeta y Valentín Razo, que no, que parecen putos. Y María que no filma la secuencia de la entrega, que es pura pornografía. Escúpase ahorita los cambios mientras iluminan el set.

“…¡Leñe, son más de quince páginas de diálogo!”

—Para usted es pan comido. No sea güevón.

Y les avisaba a las estrellas: ya está haciendo los cambios Garibay”.

María Félix fue, pues, una de las estrellas que formó parte del segundo firmamento que miramos embelesados aquellos a los que nos gusta el cine. Allí quedó, en el celuloide, para la posteridad, mostrándose como ella quiso que la miraran: bella, directa, cabrona e inteligente.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica