IGNACIO RAMÍREZ
Diputado por la Logia que se ilustra con el nombre del eminente ciudadano en cuyo homenaje estamos reunidos, así como por la masonería mexicana y, más generalmente, atribuyéndome la representación de los revolucionarios de mi época, vengo a pronunciar las últimas palabras que han de decirse en esta ocasión para exaltar la memoria de uno de los más egregios paladines de nuestra nacionalidad.
La esencia de lo clásico radica en la virtud de prolongar en el tiempo el sentido de la actualidad. El tiempo pasa, las ideas y los pueblos evolucionan, la sensibilidad se modifica y todo cuanto hay de contingente y transitorio en una etapa, pierde su significado y su valer. Sólo aquellos valores de humanidad o de pensamiento puro, de belleza o de verdad, que son capaces de trasponer las lindes de su hora y nos hablan siglos después con nuestro propio acento, son valores de excepción que hemos convenido en denominar clásicos.
La obra de los hombres pasados, frente a los hondos problemas de la naturaleza o de la sociedad, casi siempre nos parece en etapas posteriores como el sillar en que se fundan las estructuras de hoy. Esa obra pierde actualidad al asimilarse a las conquistas humanas y al descontarse como sabida en las nuevas empresas del pensamiento.
Si pocas son las concepciones de especulación abstracta que resisten la prueba de los años, más escasas aún son las personalidades que perviven con sentido íntegro y con afirmación perenne.
Esos seres de selección marcan las etapas del devenir colectivo: son los hombres que hacen la historia.
Ignacio Ramírez, El Nigromante, cuyas cenizas han sido levantadas en manos de nuestra veneración y de nuestro respeto, es uno de los arquetipos que señalaron rutas en su tiempo cuyas prolongaciones aún están abiertas para nosotros. El eco de su palabra, su rebeldía ingénita, su visión profunda de las cuestiones sociales, su insobornable convicción positivista, son atributos que todavía hoy nos brindan una fuente de inspiración para acometer el planteo y para intentar la solución de los problemas que conmueven la conciencia de México.
Ignacio Ramírez no sólo pertenece a su época. Su obra no fue una tarea sellada y conclusa. Su vida ejemplar, su inquietud perpetua, su visión proyectada hacia el porvenir, nos penetran, nos impulsan y nos estremecen, cuando pensamos en que se tienden como un puente que va desde la generación precursora y realizadora de la Reforma, hasta la generación que construye la vida del México revolucionario.
El propósito de mis palabras está lejos de intentar un esquema biográfico del patricio. Hombres capacitados, que sintieron arder de cerca las fecundas pasiones del Nigromante, lo han hecho con magistral hondura y palabra certera. Mi intento no aspira tampoco a encerrar en el breve marco de un discurso la obra multiforme de ese gran espíritu. Que me baste hacer un esfuerzo para situarlo en su ambiente, armado de sus arreos de combate; entresacar de su obra los aspectos de más lejano alcance, y referirlos a nuestro momento y a nuestras atenciones de hoy, para revivir aquello que de clásico hubo en las calidades de su ánima; que me baste —digo— proponer como una inspiración y como norma todavía valedera, uno de sus empeños más caros, uno de los propósitos que alentó con sostenido afán: proveer a la integración orgánica de nuestra nacionalidad, mediante la exaltación del nivel de las razas indígenas a los estadios propios de la dignidad humana y por la destrucción del anacrónico poder temporal de la Iglesia católica.
Para abarcar el vasto escenario en que se movieron los hombres de nuestra segunda independencia, precisa bosquejar a grandes trazos antecedentes históricos.
Las colonias hispanas esmaltan la corona imperial de Carlos V en pleno Renacimiento europeo. La Reforma de Lutero hace brecha en la conciencia del Viejo Continente, y al cabo de la Guerra de Treinta Años segrega de la autoridad del Pontificado, primero la mayoría de los Estados germánicos, y luego los países habitados por anglosajones. El imperio de la Iglesia católica, así batido, se reconcentra en España, y por esa vía viene a refugiarse en los dominios trasatlánticos, que se ensanchan al paso cruel de los conquistadores.
El sino histórico que presidió estos antecedentes es causa de que, mientras en las centurias que siguen, la Reforma y sus derivaciones preparan el advenimiento de un nuevo ciclo en cuyo fondo se proyectan las ideas de los enciclopedistas, las expresiones revolucionarias, destructoras de Voltaire, y la transitoria fórmula del Contrato Social —ciclo que se cierra con la Declaración de los Derechos del Hombre—; mientras todo esto acontece en Europa, las colonias de España —singularmente las de mayor entidad, como la nuestra— se hunden en su Edad Media.
Esto no ocurre en las colonias inglesas del norte, cuyos fundadores no eran, como en la América nuestra, ni aventureros ignaros e inhumanos ni clérigos fanáticos, sino simplemente hombres que buscaban una igual oportunidad para perseguir la felicidad.
Tres siglos más tarde, merced a las convulsiones europeas que determinaron la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico, se incuba en las colonias españolas el afán de independencia, nacido del malestar profundo por el régimen de servidumbre social, de explotación económica y de cerrada intolerancia religiosa que singularizó al Virreinato.
El impulso por crear una patria orgánicamente constituida partió del instinto de los principales caudillos de la Independencia. Ellos intuyeron la necesidad de atacar a fondo el problema de la redistribución de la propiedad, con vistas a la elevación del nivel de vida de las masas indígenas. Principalmente Hidalgo aboliendo la esclavitud —con lo que se adelantó mucho a su época—, y Morelos proclamando la guerra por igual a la opulencia y a la miseria, ilustran a la revolución de independencia, imprimiéndole un sentido trascendente de reforma social.
Convertida la revolución en un fenómeno ya maduro, los criollos, los detentadores de la riqueza, los herederos del encomendero —todos bajo la tutela de un clero siempre alerta para aprovechar en beneficio propio aun sus mismas derrotas—, torcieron el recto sentido que los primeros caudillos supieron imprimir a la insurgencia. Y esas clases privilegiadas, al cabo de la consumación de 1821, probaron a organizar el país, rotos sus lazos con la metrópoli, en un sistema de explotación del trabajo y de los recursos naturales, como una mera suplantación del rol que jugaron los agentes de S.M. Católica.
Ya vivía México en un régimen de independencia y aún pesaba sobre él la Edad Media hispanoamericana. La intolerancia de un clero ultramontano —renuente a toda transigencia con los intereses y con el pensamiento humanos—, aliada a la avidez rapaz de los capitanes del ejército permanente que se formó en las luchas de Independencia, y unida también a la codicia de los detentadores, estratificaron la sociedad, superponiendo a indígenas y asalariados, la casta militar, la de los ricos y la eclesiástica, para salvaguardar sus propios intereses y defender el latifundio de la Iglesia, el cual, al decir de Abad y Queipo, abarcaba más de las tres cuartas partes de la propiedad rural de México.
Las luces de la razón científica arrojaba sobre el mundo, apenas traspasaban el tupido cendal tejido en torno del nuevo país independiente, por la no liquidada herencia de la dominación de España.
Eran contados y escogidos los espíritus que lograban captar los efluvios de los pensadores europeos. Luminares de su hora fueron: Fray Servando y el licenciado Verdad, en los agitados días de la guerra de Independencia; Ramos Arizpe —rara calidad de armonía y ponderación—, en la Primera Asamblea Constituyente; Fernández de Lizardi, derramándose en el alma popular; el doctor Mora, en la altura de sus concepciones políticas, y don Valentín Gómez Farías, como el estadista que acaudilló el intento inicial de la Reforma.
En contraste con estos beneméritos esfuerzos, y gravitando sobre el ambiente, sobre la política y sobre la economía, las clases privilegiadas se empeñaban en ahincar sus raigambres en el nuevo cuerpo social de la nación. Esa es la época sombría en que se suceden los golpes de cuartel, los motines y pronunciamientos, el caos y la opresión; época que se personifica y encarna en dos entes siniestros: Santa Anna y el clero.
Mientras Europa se maquiniza, mientras sazonan del otro lado del Atlántico las teorías que darán a poco andar vida y congruencia científicas a las soluciones modernas del problema económico, la historia de México se dilata como una serie continua de desgarramientos, que ahondan la separación de dos campos antagónicos: de una parte —como antes apunté—, criollos, ricos detentadores de la riqueza rural y minera, a veces azuzados por ambiciones extranjeras, todos acogidos a la tétrica égida del clero; por otra parte, rebeldes, idealistas nutridos en las nuevas concepciones del orden social, teóricos que soñaban con una democracia liberal o a la francesa o a la yanqui, y una chusma hambrienta a la que la Independencia no trajo sustento ni igualdad.
Denomínese centralistas a los de un bando y federalistas a los del opuesto; llámense conservadores los primeros y liberales los segundos; divídanse en imperialistas y republicanos —mochos y chinacos—; militen aquellos bajo el pendón de “religión y fueros” y enarbolen éstos el oriflama de la Reforma; a través de media centuria se perpetúan y se distinguen con claridad las dos grandes facciones que viven en continua lucha y en irreconciliable oposición.
Quienes no tomaban parte decisiva en la contienda —y eran los más—, gazmoños intelectuales nutridos de escolástica, literatos, hombres de estudio servidores de la fe, comulgaban por igual con las preocupaciones de su época y adoraban los fetiches de la tradición.
Como un remanso en la agitación de aquella etapa, preñada de inquietud política y de incertidumbre social, abrían sus puertas algunas academias y contadas casas de estudio, donde varones cultos en las ciencias y en las humanidades se reunían para discutir desinteresadamente sobre los elevados problemas del pensamiento. A despecho de sus lastres y de sus prejuicios, doctas inteligencias fulgían con luz tranquila en tales cenáculos, que acogieron en su refugio el saber y las letras, como los claustros medievales conservaron siempre avivado el fuego de la cultura clásica en medio de la barbarie feudal.
Aun los más levantados entendimientos participaban del respeto a lo estatuído, creían en Dios, se inclinaban más a la metafísica heredada que a la experiencia incipiente y no siempre consoladora. En su vida social, eran hombres apacibles, creyentes en el dogma, respetuosos de los bandos de policía y dóciles ovejas en los rebaños de una Iglesia que dominaba todas las conciencias para mejor imponerse a todos los regímenes.
La sociedad de la época, amedrentada, convulsa, interesadamente ignorante de las necesidades proletarias vivía sostenida por los principios heredados, respetando el dinero y adorando a Dios en la teatral figura del pontífice de Roma.
En este cuadro de desintegración, de desorden, donde lo normal era la guerra intestina y lo excepcional la paz transitoria —como acertó a juzgar Altamirano—, surge la figura de uno de los hombres que hicieron la historia: Ignacio Ramírez.
Es interesante observar cómo, al hacer su primera salida por los campos de Montiel de las ideas —nuncio de su propio destino—, Ignacio Ramírez arroja al rostro de venerables académicos, la tesis iconoclasta que había de ser su tizona en su apasionante vida de combate.
Estudiante pobre, de mocedad tan patente que destiempla con las encanecidas cabezas de sus doctos oyentes, sin prosapia y sin más autoridad que la de su dialéctica incipiente, afirma: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.
La audacia de la tesis es difícil de comprender en esta época, en que apenas se concibe que cualquier hombre de mediana ilustración necesite de la ficción de Dios para explicarse los fenómenos del universo.
Para imaginar lo detonante de la afirmación de Ramírez, para ponderar el impacto que sus bien trabajados razonamientos marcaron en la conciencia de aquellos hombres de estudio y de fe, es preciso situarse en su época y considerar que la dialéctica católica campeaba en el común de los intelectos. Iluminado y réprobo, Ignacio Ramírez había rasgado el velo del templo.
Armado sólo con la razón científica, sin cañones, sin influencia, sin nombradía, sin posición política, había de conquistar los más destacados sitiales ciudadanos y de hacer replegar a las fuerzas retrógradas del siglo.
Su prócer inteligencia estaba nutrida de cuantos conocimientos podían adquirirse por el estudio pertinaz de las ciencias y de las artes. Le eran familiares lo mismo las disciplinas que inventarían al hombre como un ser dotado de libertad, que aquéllas que lo clasificaban como una parte del mecanismo ineluctable de la naturaleza.
En un tiempo en que la especialización era desconocida —cuando menos en el sentido en que nosotros la entendemos—, Ignacio Ramírez fue un singular tipo de especialista: fue una paradoja viviente, fue un especialista enciclopédico. Lo mismo hacía fulgir sus conocimientos matemáticos, que su sabiduría jurídica; con igual prestanza contestaba los discursos de ingreso a las sociedades científicas, que sentaba cátedra de derecho en la Suprema Corte de Justicia. Vallarta, el maestro, dijo de él: “Es lástima que Ramírez no quiera escribir sobre el derecho constitucional; si lo hiciera, sería el Kant mexicano”.
Las delectaciones artísticas no le eran ajenas. Poeta, hizo temblar a los fanáticos con sus estrofas desposeídas de todo aliento trascendente, con su verso frío y cortante en que negaba el más allá y decía a la “Madre Naturaleza”: “Vine de ti sin esperanza ni temores, y a ti vuelvo sin temores ni esperanza”. Escritor, en todas las alternativas de su agitada existencia de luchador, utilizaba la prensa periódica para dar a sus contemporáneos pensamientos que refulgían en el ambiente oscuro de la época, como el rescoldo en la sombra. Libelista, flagelaba todas las tiranías y llegaba a los más acres tonos de la sátira, a los más corrosivos tintes de la ironía, en cuyo manejo era magistral. Jurisconsulto, sentó las bases de jurisprudencia en la aplicación de una Carta Constitucional que durante largos lustros no había tenido aplicación práctica. Reformador, proclamó e inspiró los aspectos más avanzados de las Leyes de Reforma y alentó las concepciones más audaces en derecho civil y penal. Gobernante, convirtió iglesias en bibliotecas, exclaustró monjas, reunió en la Biblioteca Nacional de México las colecciones del clero, clausuró la apolillada Universidad y el Colegio de Abogados, renovó la educación primaria y alentó la construcción de ferrocarriles.
Uno de sus aspectos más admirables fue su vocación innata de maestro. Su oratoria arrebatadora detenía el curso del tiempo. Una constelación de luchadores se desprendió del semillero de sus aulas; los hombres forjados en su fragua no sólo fueron espíritus fieles en la cátedra y le guardaron fe en la conciencia, sino que llegaron al sacrificio mismo de la vida. Leonardo Márquez, El Tigre de Tacubaya, tiñó sus garras en la sangre de dos de sus discípulos. Ignacio Ramírez fue sembrador y árbol señero plantado en la linde de dos campos: el pensamiento prócer y la acción fecunda.
Pero la fase de su personalidad que más me apasiona y que mejor refleja los problemas de ambas épocas —la suya y la nuestra—, es donde aparece como rebelde, como luchador, como periodista de combate, como “atleta jamás vencido ni desalentado”. Ministro de Juárez por imposición pública, coronando su carrera cívica, no es tan grande como planteando el problema de la nacionalidad mexicana y señalándole soluciones que, si no fueran bastantes, si no acertaron a resolverlo —por las limitaciones de su tiempo—, sí fueron videntes y son aún inspiradoras nuestras.
En un siglo que soportó a centenares de héroes militares, Ignacio Ramírez se destaca como un encumbrado héroe civil, en el cerco de los hombres de convicción y de capacidad y de limpieza que en la perspectiva de la historia convergen en la personalidad de Juárez.
Hablar de la Reforma sin aludir a Juárez equivale a narrar la batalla de Waterloo sin mencionar a Wellington. Por eso me detendré un momento para rendir pleitesía al egregio paladín.
A diferencia de los caudillos que en la historia han sido, en circunstancias de abrumadora responsabilidad y de correspondiente autoridad, Juárez no se rodea de inteligencias mediocres, de caracteres desteñidos; antes bien, por encima de ocasionales distanciamientos, el Benemérito mantiene a su vera a los hombres de vanguardia del Partido Liberal que se destacan por su reciedumbre. Él mismo reconoce la superioridad de inteligencia de Ocampo, de Ramírez o de Lerdo, sobre sus personales aptitudes. Sin embargo, ellos y otros señalados valores humanos formaron su centro de gobierno. Él era la legalidad, la integridad, la ponderación y la firmeza: el carácter y la ley; ellos eran la iniciativa audaz, la especulación fecunda y la dialéctica. Quienes han visto la figura individual de Juárez menor que la de sus colaboradores, no han advertido que si así lo parece es porque la talla de éstos era gigantesca. Juárez atalaya su siglo desde la peana que le forman esas brillantes inteligencias y esos acerados caracteres que se unifican y resumen en la figura inmortal del gran republico.
De Ignacio Ramírez la sabiduría, la contextura de su espíritu —dúctil sólo para flagelar—, la energía de la salud robusta y el estoicismo de la sangre, estaban al servicio de un pensamiento fundamental, persistente, más duradero que su vida humana: integrar nuestra nacionalidad. Con ese evangelio precursó la Reforma; por esa convicción llevó grillos en la cárcel y sufrió miserias con los suyos.
Las más crueles vejaciones que los tiranos aplican a quienes dicen siempre su verdad en voz alta, armados sólo de valor civil, no fueron bastantes para torcer la senda de este hombre que había cifrado la máxima aspiración de su vida pública en el destronamiento de los señores tradicionales: el cura y el caudillo.
La nombradía de este hombre singular, para quien, como para el gran Leonardo, nada de lo que es humano le era ajeno, traspuso la dilatada extensión del Atlántico. Polemizó con Castelar y de esa noble justa surgió triunfante su tesis de independencia iberoamericana. Pero lo capital de su obra, lo trascendente, no radica en sus aventuras intelectuales, ni en los azares de su vida militante: reside en su visión límpida de los problemas nacionales, que proyectó, tal que una flecha disparada hacia el porvenir, desde las columnas de los periódicos, desde la tribuna, desde la cátedra.
Honrémonos al recordar aquí algunos de los aspectos de su pensamiento que son aún de actualidad lozana y nuestra.
Hoy se cuestiona la utilidad de derecho romano como materia fundamental de la educación jurídica, cuando ya en 1868 Ramírez decidía la disputa desestimando la importancia que se ha atribuido a este aspecto de la disciplina escolar, para subrayar la necesidad de formar abogados que estuvieran más cerca de las realidades del pueblo a que debían servir.
Respecto de su solución al problema de la cultura de las masas indígenas, su acción y su palabra son elocuentes. Había sido el principal inspirador de un sistema de becas municipales en favor de estudiantes aborígenes. Si esta medida, por insuficiente, no hubiera tenido mayores alcances, quedaría justificada por el hecho aislado de haber servido para que Ignacio M. Altamirano fuera quien fue.
Claro está que Ramírez no podía enfocar, desde su tiempo, una interpretación económica del devenir histórico, y, por ende, no alcanzó a ver que la asimilación del indio a planos superiores de…IGNACIO RAMÍREZ bienestar no se logra por la mera influencia taumaturgica de la enseñanza. Tal empresa ha de llevarse a término por la transformación del régimen de propiedad y del usufructo de las fuentes de riqueza, principalmente de la tierra y de los instrumentos de producción; y la cultura, en el conjunto de la obra, representa el coronamiento de ella. En suma: la cultura hace lo suyo, pero no es la sola palanca para lograr la incorporación de los estratos retrasados al cuerpo vivo de la nacionalidad.
Ramírez, sin embargo, trazaba en su programa capítulos tan certeramente dirigidos como éste: A la pregunta que se formulaba: “¿Qué debemos enseñar a los indios?”, después de rechazar el catecismo, la poesía, la historia en su sentido inactual y la metafísica, respondía: “Fuera de los conocimientos elementales, como lectura, escritura, aritmética, álgebra, geometría, dibujo, canto y gimnasia, los indígenas deben conocerse a sí mismos y tener nociones exactas sobre lo que los rodea, no como sabios, sino como hombres bien educados, responsables de sus acciones y miembros de una sociedad deliberante y soberana”. Y adelante añadía: “… Y esta educación debe ser común para hombres y mujeres”.
En otro aspecto de su programa sobre educación, se lee: “A cada paso hablamos de colonias extranjeras y de colonias militares; en vez de estos ensueños, ¿no convendría plantear una docena de colonias agrícolas en los centros más notables por la aglomeración de los indígenas? El gasto sería menor y los provechos seguros. La base de la colonia sería una escuela; y el gasto se cubriría con los fondos que puede designar el presupuesto para otras empresas”.
Si no fuera porque somos testigos de que nos olvidamos de esta enseñanza del pasado cuando articulamos el programa de acción y de gestión de los revolucionarios de ahora, podría creerse que los conceptos que acabo de citar, fueron inspiradores de un capítulo importante de nuestro Plan Sexenal.
Ramírez decía: “La mitad de nuestro plan de estudios debe suprimirse para todos, aún para los indígenas; los laboratorios de química, los gabinetes de física, deben tomar posesión de las capillas en nuestras aldeas: así veremos a éstas como esos cometas que la ciencia ha sorprendido, convirtiéndose en anillos refulgentes y en una lluvia de estrellas. Entonces podrán imprimirse numerosas obras en los idiomas nacionales, porque habrá quien las lea”.
Estos conceptos, setenta años viejos, parecen dirigirse como verbo actual de admonición a quienes han olvidado que los bienes nacionales deben destinarse al servicio real de la nación.
Y no es que yo crea posible aplicar remedios del pasado a males del presente. Ya he dicho con sinceridad mi sentir sobre el rol de la educación en la labor integradora de nuestra entidad nacional. Es tiempo de que declare cómo, si me asombra y me entusiasma la visión positivista y humana de las cuestiones educativas que tuvo don Ignacio Ramírez, no aceptó sus concepciones más que como equivalentes a las de nuestro tiempo. En la época de él, se disputaban la conciencia en formación los oscurantistas, —respaldados por el pasado y azuzados por el clero—, y los liberales de ideas positivistas que enfrentaban la razón al dogma. En la época nuestra, son los residuos de un liberalismo cuya capa han tomado el clero y la reacción para mejor engañarnos, los que disputan la educación de la juventud al Estado revolucionario, el cual debe concebirla en forma de preparación franca para la lucha de clases.
Con la misma decisión que Ramírez, el reformista, disputó al partido clerical la educación de la juventud, con idéntica resolución y con igual firmeza, debemos nosotros plantear la cuestión en sus verdaderos términos.
La educación que se haya de impartir, siempre bajo el control y la más estrecha responsabilidad del Estado, debe preparar a las nuevas generaciones para formar en los rangos de la clase proletaria, en lucha con la clase capitalista; debe forjar trabajadores de lúcida visión, y ha de allanar el camino para llegar, por otros medios más directos y eficaces, a socializar los instrumentos de la producción económica. Que sepan los miembros de la clase detentadora de la riqueza, que al mandar a sus hijos a la escuela los descastan, para filiarlos en las falanges del proletariado. Si no aceptan esta educación clasista, con que el gobierno de la revolución ha de responder a los trabajadores de la sangre por ellos vertida en los años de la lucha armada, que se atengan a sus recursos o que dejan a sus hijos en la ignorancia. La máxima capacidad económica del Estado para fundar y sostener planteles de enseñanza, debe ser íntegramente aprovechada por quienes, al ingresar a la escuela, ingresan ipso facto al dominio del proletariado.
La idea capital que inspiró el constante batallar de don Ignacio Ramírez —idea que he querido subrayar en el decurso de esta disertación—, es la de integrar nuestra nacionalidad. He significado, en las propias palabras del Nigromante, la preferente estimación que concedió al aspecto educativo en esa tarea de siglos; me he esforzado por indicar el tesón de su singular combate con el clero católico. Ahora, para que se forme un juicio menos incompleto de la manera cabal como envolvía sus soluciones al problema, que me sea permitido citarlo nuevamente.
Discutiendo la división política de nuestro territorio, en el Congreso Constituyente del 57, al impugnar el proyecto a debate, decía:
Me opongo desde luego a esa absurda división territorial, que no estima necesidades geográficas, sociales, raciales. Encerrado en su choza y en su idioma, el indígena no se comunica con las otras tribus ni con la raza mixta, sino por medio de la lengua castellana. Y en ésta, ¿a qué se reducen sus conocimientos? A las fórmulas estériles para el pensamiento, de un mezquino trato mercantil, y las odiosas expresiones que se cruzan entre los magnates y la servidumbre.
Tenía razón el Nigromante: error de la Colonia, que heredó México independiente, fue mala organización política y económica, a causa de la cual quedó incapacitado el país para controlar todas sus extensiones territoriales. La corona española no intentó articular las provincias dependientes del Virreinato, y sin esa articulación, sin nexos comerciales, sin comunicaciones con sentido económico y con una diversidad étnica como la nuestra, no puede constituirse una nación orgánica.
Y en lo social, don Ignacio Ramírez comprendía con nitidez la naturaleza del salario, cuando afirmaba con sentido irónico, en el mismo Congreso: “… y el alimento no es para el jornalero, hombre máquina, un derecho, sino una obligación de conservarse para el servicio de los propietarios”.
Hidalgo y Morelos —dije hace un rato— intuyeron la necesidad de proveer a una reforma de fondo en nuestra estructura social, para fundar una patria. Los hombres de la Reforma —entre los cuales Ignacio Ramírez, al decir de Justo Sierra, “personificaba el pensamiento más alto de la revolución”— plantearon con más experiencia problema de tamaña entidad. Pero no es sino a la generación de nuestra época, o más concretamente: a los que heredamos las tradiciones y las responsabilidades del partido revolucionario histórico, a quienes toca cumplir con el deber que nos fue legítimamente legado, de hacer de México una organización coordinada en un sistema político y económico propio.
Cuando, en torno del homenaje que rendimos al patricio, han cruzado en nuestra mente las sombras augustas de los fundadores de la nacionalidad, de los forjadores que batieron el hierro informe de nuestro acervo humano, para modelar en él la unidad de raza que aún busca su expresión auténtica, y la integridad orgánica que apenas se pergeña, he sentido en toda su verdad la concepción que presenta el desarrollo histórico, no como un retorno a las formas superadas de la existencia colectiva, sino como un impulso que asciende en espiral y coloca a cada generación en un estadio más alto, pero siempre situado en perpendicular sobre los ciclos consumados.
Así se instituyen las estirpes que se superponen en la dimensión del tiempo. Desde el vértice en que nos hallamos no es fácil distinguir en línea recta a nuestros mayores: Hidalgo y Morelos, Guerrero, Ramos Arizpe, Gómez Farías, Juárez con Ramírez y Ocampo, con Lerdo y Santos Degollado.
De esa estirpe histórica, de que a justo título nos sentimos orgullosos, desprendemos hoy al Nigromante para tributar un homenaje a su memoria.
El Nacional, 8 de octubre de 1934.
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (Ignacio Ramírez, el Nigromante)
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