EMPACHO DE PODER

Los actos son las mejores representaciones del pensamiento.
John Locke.
A la gorra ni quien le corra.
Dicho popular.
De acuerdo con algunos de los asistentes a la reunión-comida que se llevó a cabo en Casa Puebla —a la cual, por cierto, asistieron un número de comensales mucho mayor al planeado (incluidos los colados)—, Vicente Fox Quesada resultó testigo de calidad en lo que podría ser la nueva actitud del gobernador Melquiades Morales Flores. Dicen que a éste se le vio enérgico pero conciliador; incluyente a partir del consenso de la sociedad productiva; preocupado y, al mismo tiempo, confiado en la respuesta de los empresarios; comprometido con los pobres y comprometedor para los ricos; amigo de los patrones y, a la vez, el gestor más eficaz con los que menos tienen; e institucional, pero sin anteponer la influencia del grupo foxista a su decisión de combatir la pobreza a partir, precisamente, de sus propias experiencias y convicciones.
Esta actitud no es nueva en el gobernador, aunque sí novedosa para sus detractores, debido a que a la mitad del camino se quitó el ropaje de la a veces estorbosa investidura. Mostró la camiseta que trae adherida al cuerpo y sorprendió a los dueños del dinero, cuya prosapia los había mantenido desdeñosos y hasta dudosos de la capacidad política y administrativa de quien nunca ha negado su origen popular, mismo que al inicio de su gobierno inspiró frases y comparaciones agraviantes. Por ejemplo:
En la comida que hace dos años organizaron los industriales textileros, en una de las mesas cercanas a la principal, se escuchó el siguiente comentario:
—Míralo. Repitió la sopa porque todavía no sabe que existen otros platillos.
Es obvio que en el emisor de esta frase y en sus acompañantes permanecía viva la herida causada por las constantes derrotas y los fracasos políticos de la derecha poblana. Eran los personajes que el 2 de julio del 2000 entraron a un estado de euforia que el tiempo —por cierto, muy corto— convirtió en decepción; la pléyade catalogada por Mariano Piña Olaya como experta en el arte de obtener créditos con pura saliva; el grupo al que Manuel Bartlett prefirió “manzanear” para no tener que pagar sus errores y facturas.
Dicen que la política también tiene principios cíclicos. Esto porque lo ocurrido en el pasado se repite después de unas décadas. Tal vez. Lo cierto es que Alfredo Toxqui vivió momentos difíciles con los empresarios de la época. Al principio lo consideraban indigno de gobernarlos; sin embargo, a la mitad del régimen aquella fea apreciación hacia el mandatario cholulteca empezó a cambiar hasta transformarse en admiración. Los empresarios concluyeron que Toxqui era el mejor gobernador que había tenido Puebla. ¿Y qué diablos fue lo que pasó? Toxqui decidió pintar su raya y mostrar la camiseta que traía adherida al cuerpo. Así, el gobierno nunca dejó de trabajar y los patrones aprovecharon las facilidades, la comprensión y el apoyo gubernamental para ser más productivos.
¿Habrán entendido los empresarios que Puebla es un estado de contrastes en un país con niveles muy altos de pobreza? Los doce que levantaron la mano, ¿acaso estarán decididos a jugársela por los pobres? ¿Cuántos de estos “apóstoles del dinero” negarán a quien con su sola presencia los comprometió?
Son preguntas fáciles de responder si acudimos a experiencias del pasado. Pero, en lugar de adelantarnos, habrá que conceder el beneficio de la duda al sector patronal, hoy en apariencia entusiasmado ante lo que representa el presidente panista.
Nota: la mayoría de los empresarios hicieron de las suyas, dado que nunca cumplieron lo que habían prometido. Se hicieron güeyes, pues.