Puebla, el legado (¡Música maestro!)

Réplica y Contrarréplica
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¡Música maestro!

Aunque sin tintes religiosos, Carl Orff hizo su obra siguiendo los pasos de los jesuitas precisamente. El compositor alemán encontró en el pueblo la inspiración para su música. Como es bien sabido escribió Cármina Burana basándose en la colección de veinticinco canciones populares sobre el amor y la alegría de vivir. Dicen los musicólogos que a ello se debe que cada presentación de esta obra esté garantizada por el éxito, esto porque el contenido musical forma parte de la inspiración del pueblo, protagonista incontrovertible de la obra de Orff basada en los cantos goliardos (siglos XII y XIII) descubiertos en el siglo XIX. (Carl Orff murió a la edad de 86 años, el 29 de marzo de 1982. Los guarismos suman nueve).

En el mismo tono o inspiración se ubica José Pablo Moncayo cuyo Huapango incluye la recopilación de varios sones jarochos, corazón o embrión de la música veracruzana; por ejemplo: El Gavilancito, El Siquisirí y El Balajú. La compuso cuando tenía 29 años y murió el 16 de junio de 1958 (el nueve reaparece).

La Commedia de Dante Alighieri contiene los símbolos del conocimiento y pensamiento medievales; es decir, la cultura del pueblo basada en la religión, astronomía, filosofía y sabiduría, conocimientos compilados y difundidos por los investigadores de la época interesados en el legado moral, científico y religioso de los siglos. La Divina Comedia, que por cierto determinó el idioma italiano, también inspiró a Franz Liszt —el pianista del pueblo— de cuyas manos e inteligencia surgieron muchas piezas extraordinarias, entre ellas la Sinfonía Dante, (Liszt murió el día 31 del séptimo mes de 1886, a la edad de 74 años: el nueve se repite en la suma de los dígitos). Sandro Botticelli, autor del Mappa dell inferno y el retrato de Dante —por citar dos obras relacionadas con el tema—, fue otro de los artistas impactados por Alighieri. Sus lienzos muestran la colorida inspiración del escritor renacentista cuya cultura fue, sin duda, enriquecida con las creencias populares sustentadas en el pensamiento mágico. Valga agregar que Botticelli nació el 1 de marzo de 1445, fecha cuyos números sumados dan nueve.

Los jesuitas, Orff, Dante, Liszt, Botticelli y Moncayo —por sólo citar a seis llamémosle detonadores culturales de distintas épocas— muestran y confirman que aquello que surge del pueblo está destinado a prevalecer. Por ello, redundo, la religión, el arte, los liderazgos, la música y la política se desarrollan y fortalecen cuando el pueblo forma parte de estas expresiones. De ahí la trascendencia del Complejo Cultural Universitario, iniciativa, abundo, de Enrique Agüera Ibáñez, decisión que convirtió a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en la caja de resonancia de la cultura, tanto del estado de Puebla como de las entidades vecinas.

Cuentan que el presidente Benito Juárez García se preocupó al escuchar de uno de sus colaboradores cómo el ejército invasor era motivado con la música que le acompañaba en las batallas. De inmediato ordenó que las bandas de viento formaran parte de la tropa. El entonces presidente itinerante supuso que con los acordes vernáculos podría incentivarse el espíritu guerrero de los soldados del pueblo. Y así ocurrió.

A mediados de los 1800 aparecieron este tipo de grupos musicales. Su nacimiento ocurrió en el seno de las comunidades de México. Una de las razones fue, precisamente, la respuesta táctica a la estrategia marcial de los militares de origen francés y austriaco.

Benito Juárez y Porfirio Díaz son sin duda los autores de aquella iniciativa que dio vida a las bandas de viento. El venturoso suceso aconteció en Oaxaca, la tierra que atestiguó cómo la unidad y el sentimiento patrio de sus músicos dio a México una de las expresiones en cuyos acordes se percibe la cultura que expresa amor, tristeza, leyendas, tradiciones, sufrimiento, historia, entusiasmo y unidad popular. La voz del pueblo pues.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica