Perfiles

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser
lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.
Jean Paul Sartre
Cuando ingresé a la revista Impacto, Mario Sojo Acosta, su director, me pidió que entrevistara a Raúl Velazco, el conductor de televisión que por aquellos días se encontraba en la cumbre de los reality show con su programa Siempre en Domingo. Como mi género era la política tuve que esforzarme para irrumpir en el espacio de la farándula. Confieso que me costó trabajo; sin embargo, venturosamente, encontré la forma de relacionar una cosa con la otra. En las primeras de cambio mi “insolencia” produjo la controversia mediática entre Raúl Velazco y el periodista y comunicador Jorge Saldaña: los adjetivos utilizados por ambos formaron parte de las notas rosas y amarillas. Sin embargo, a pesar de ello pues, la sangre no llegó al río gracias a que ya habían pasado de moda los duelos mortales en campo abierto.
La interviú mencionada me metió de lleno a la sección de entrevistas. En ese periplo periodístico me encontré con Hebraicaz Vázquez, a la sazón líder de la disidencia sindical petrolera: el tipo reveló a la revista cómo funcionaba la corrupción en Pemex, actividad que incluía la ordeña de los ductos de gasolina, el robo de tubería y alambre cobre y los contratos que, en representación del Sindicato, Joaquín Hernández Galicia había firmado con la Texas Oil Company para, con la complacencia de la dirección de la paraestatal y obvio del gobierno, vender petróleo de contrabando etiquetándolo como desperdicio (slop oil). Además, la información permitió en parte que el recién nombrado presidente Carlos Salinas se metiera a fondo en el problema. Los resultados son harto conocidos, entre ellos el encarcelamiento de “La Quina” a quien le sembraron un cadáver y armas de alto calibre. Y también la tardía y agresiva respuesta del líder al ser entrevistado después de purgar con cárcel los delitos que el gobierno le plantó, palabras y conceptos vertidos para denunciar los actos del ex presidente Salinas.
Me disculpo por la remembranza personal. Con ella busco mostrar al lector cómo ese ejercicio me indujo a investigar en los llamémosle intríngulis de la personalidad del entrevistado. Quería encontrar en sus frases y en su idioma corporal alguna circunstancia o hecho que quitara la frivolidad al género periodístico comúnmente aderezado con altas dosis de fruslería. Y además hacerlo con el estilo terso que suele generar confianza en los entrevistados.
Basándome en la tersura, preciso, entrevisté a los últimos seis rectores de la Universidad Autónoma de Puebla (Alfonso Vélez Pliego, Samuel Malpica Uribe, José Doger Corte, Enrique Doger Guerrero, Enrique Agüera Ibáñez y Alfonso Esparza Ortiz —de este último ya cité algunas de su respuestas—). Gracias a esas conversaciones obtuve lo que considero el retrato hablado de cada cual, imágenes personales que pasado el tiempo me ayudaron a encontrar las razones que produjeron lo que a mi juicio fue el impulso cultural concretado el día que dio inicio la construcción del Complejo Cultural Universitario.
Así, pues, como lo apunta Rosa Montero en su prólogo del libro Las grandes entrevistas de la historia[1], me esforcé en atisbar sus interiores, en deducir cuál era la fórmula íntima del interlocutor “explorando los extremos del ser e intentado desentrañar el secreto del mundo”. Quizá no lo haya logrado del todo, empero, creo haber obtenido las imágenes que pasado el tiempo me ayudaron a construir el perfil público de varios de los académicos involucrados en la conducción de la vida universitaria poblana. Helos aquí arbitrariamente resumidos:
Al entonces rector Alfonso Vélez Pliego lo percibí como un académico líder de su generación. Su cuidadoso discurso dejaba ver su pensamiento de avanzada, ideología tamizada con los retruécanos del abogado culto y cuidadoso con sus palabras. Su retórica parecía articulada con el propósito de evitar las falsas interpretaciones. No obstante haber sido líder comunista, Alfonso fue alejándose del dogma para dar a su pensamiento la apertura ideológica que requieren los líderes sociales. No era un tipo cerrado pues; por el contrario, obsequiaba a sus interlocutores con expresiones cultas e inteligentes. Tenía la sensibilidad que se adquiere en la vida familiar primero y que, más tarde, como fue su caso, se vigoriza con la lucha social universitaria. Su retórica solía estar enriquecida con la cátedra del maestro preocupado y además dispuesto a convencer tanto a sus alumnos como a los adversarios en ideas. Fue discípulo y protegido de Luis Rivera Terrazas, el rector que hizo de la Universidad la sede del conocimiento científico y, al mismo tiempo, cabeza de playa del comunismo. Por su trayectoria académica, actividades políticas y culturales, Alfonso Vélez Pliego se transformó en maestro y guía de las generaciones que habrían de dirigir la vida académica universitaria.
A Óscar Samuel Malpica Uribe lo conocí cuando él acababa de llegar a la rectoría. Le interesó mi amistad porque, dijo, había algún parentesco lejano surgido de la relación entre su bisabuelo y doña Perfecta Manjarrez, ésta una mujer de gran influencia en el entonces pujante Tochimilco, cuna del aguacate-padre que sirvió para crear los injertos que dieron vida al hoy importante producto internacional. La primera vez que conversamos fue en su despacho de la rectoría. Quedé sorprendido ante su emotiva e inesperada petición: “Ayúdame… Dime qué hacer para lograr la aceptación del gobierno”. Es obvio que, además de estar económicamente bloqueado y por ende en lamentables condiciones financieras, Óscar Samuel fue presa de la desesperación y el sospechosismo que lo empujó hacia la paranoia. Desconfiaba de todos. La “coincidencia familiar” y mi actividad periodística indujeron en él —lo admitió con cierta congoja— la necesidad de pedirme consejo, circunstancia que me convirtió en testigo de aquel momento político universitario. De periodista pasé a ser algo parecido al confidente-asesor que veía azorado cómo se movían los intereses políticos y académicos. Al final del día —como lo expliqué en páginas anteriores— esos intereses derrocaron y encarcelaron al rector, acciones que en una apurada prospectiva las había anticipado basándome en mis observaciones sobre el trabajo y la actividad extra universitaria de personajes como los mencionados en el contexto de este libro. El encarcelamiento y juicio de Samuel me acercó aún más —como periodista, claro— a los quehaceres de la clase política universitaria. Comprobé que el funcionario ético nunca dejó de serlo y que el mañoso perfeccionó sus maniobras adoptando el estilo truculento de los operadores que recibieron sendos diplomas firmados por el tesorero en funciones. Todo ello condujo a la Universidad hacia la absurda paradoja judicial: el honesto Malpica fue consignado por un inexistente delito de peculado y mantenido en la cárcel por cierta juez que, gracias a sus argucias y chicanas jurídicas, recibió como premio una magistratura.
A José Marún Doger Corte lo conocí como activista universitario. Había abrevado la habilidad política de sus maestros. Platicamos varias veces, él —supongo— con la intención de obtener información del periodista inmerso en algún reportaje, y yo interesado en conocer los secretos de la vida universitaria. Siempre se comportó con la cautela de quienes temen a la infidencia o, en el peor de los casos, a la traición. Lo comentado en esos encuentros giró en torno a la información común. Esas breves coincidencias, llamémosle cafeteras, me lo mostraron como un alumno fiel al estilo de su maestro y guía Alfonso Vélez Pliego, a quien sirvió como su cercano colaborador. Años después se hizo por primera vez candidato a la rectoría, contienda que por cierto perdió frente a Óscar Samuel Malpíca Uribe. Continué observándolo en su labor y como parte del grupo que buscaba desestabilizar al rectorado de Malpica a quien consideraron incompetente para el cargo de rector. No les importó que el investigador hubiera logrado convencer al estudiantado que le había brindado su respaldo. Entre estas disputas aparecía Luis Ortega Morales, guía político de Malpíca y adversario histórico del grupo encabezado por Alfonso Vélez Pliego, éste y aquél, no sobra repetirlo, recipiendarios de la confianza y apoyo de Luis Rivera Terrazas. Una vez en funciones de rector, cargo al cual llegó en su segundo intento, Doger Corte tuvo la suerte de contar con el visto bueno del gobierno estatal, incluido el impulso oficial que mediante el Proyecto Fénix se le dio a la vida académica universitaria: Manuel Bartlett Díaz era gobernador. Fue en este periodo cuando la formación política de José Marún se consolidó. Supongo que el mandatario le dijo: hay que sacar adelante a la Universidad aunque para ello tengamos que incentivar la economía personal de los liderazgos. Esto lo menciono porque fue el propio Bartlett quien me lo manifestó con las siguientes palabras que repito de memoria. “Quiero hacer de la BUAP la mejor universidad de México aunque para ello la autoridad tenga que pervertir a los jefes de línea”.
A Enrique Doger Guerrero lo traté hasta que se ubicó en la rectoría. Antes me habían hecho llegar algunos testimonios sobre su vida universitaria. Uno de ellos lo escuché precisamente en voz de José, su primo e impulsor: Pepe se quejaba porque su pariente se había ido por la libre haciendo tratos ajenos al compromiso pactado, obvio, bajo las presiones de la sucesión. Uno de ellos: la suspensión de pagos a proveedores cuyos contratos estaban sin concluir. Desde la primera vez que lo entrevisté, Enrique Doger mostró su habilidad para combinar la espontaneidad con la inteligencia académica y la cultura. Comprobé que el tipo tenía un buen bagaje universitario y cultural. De ahí que no le costara trabajo desligarse del primo. Borró sus huellas pues. Hubo desencuentros claro, sin embargo, Doger Guerrero supo aprovechar la inercia natural. Cambió el estilo apoyándose en el equipo de trabajo, profesionistas que habrían de acompañarlo durante su doble rectorado. Nunca imaginó que su actividad académica lo proyectaría al mundo de la política electoral. En ese nuevo giro se perdió su pasado comunista —como ocurrió con casi todos los universitarios de su generación— vuelco ideológico que le ayudó a convertirse en un priista distinguido. Dejó trunco el segundo periodo en la rectoría porque renunció al cargo para lanzarse como candidato a presidente municipal de Puebla capital, contando, obvio, con la ayuda y simpatía del gobernador Melquiades Morales Flores. Eran días en que el mandatario tenía que compensar la creciente presencia de Rafael Moreno Valle, su influyente secretario cuyo proyecto personal lo convirtió en el peor enemigo de los priistas tradicionales, militantes cuya fuerza y actividad se basaba en las viejas prácticas, muchas de ellas sustentadas en la corrupción política-electoral. Es obvio que Enrique Doger se dio cuenta de la oportunidad para insertarse en algo que apuntaba a ser el nuevo PRI. De ahí que pusiera en acción sus habilidades para la seducción política y que no tardara en transformarse en una recurrente referencia mediática, circunstancia que metió de lleno a la Universidad en el ámbito de la política estatal.
Estaba listo el ambiente para recibir a un rector ideológica y políticamente nutrido por las experiencias de sus compañeros, unos líderes, como Alfonso Vélez Pliego, y otros dueños del pragmatismo que les permitió treparse —valga la alegoría melquiadista— al camión de las calabazas que se acomodaron en cada brinco y movimiento brusco. El terreno había sido arado para sembrar cualquier semilla. Y en esos surcos Enrique Agüera Ibáñez sembró la simiente que produjo los frutos de una cultura digamos que expansiva.
La primera imagen de Agüera grabada en mi hipotálamo, es la del aspirante a la rectoría que caminaba enyesado por el campus debido al percance que sufrió cuando su caballo lo mando al suelo. Así, con esas férulas que le restaban movilidad, llegaba a cumplir con su compromiso laboral universitario. Antes de ese accidente equino lo encontré en algunos de los comercios que expenden música grabada. Atisbé los discos que había colocado frente al encargado de la caja y llamó mi atención la variedad de estilos musicales. Yo andaba en las mismas porque entonces conducía el programa de radio La hora de la cita en cuyo formato incluía la música para incentivar la curiosidad política de la audiencia. Sin olvidar esas dos imágenes presencié su toma de protesta como rector interino primero y meses después, vía votación, ratificado por la comunidad universitaria. Ya estaba recuperado del contratiempo ecuestre, empero, yo seguía recordándolo con parte del cuerpo atrapado entre las férulas y moviéndose al ritmo del jazz que recordaba la cadencia musical de John Coltrane o Miles Davis. No trascurrió mucho tiempo para que Agüera decidiera cambiar la dinámica de la Benemérita al construir la infraestructura que le permitió a Puebla ingresar a una nueva etapa formativa. Destaca el multicitado Complejo Cultural Universitario, organismo que —valga la metáfora— rompió las férulas que habían impedido a la Universidad deshacer las trabazones fabricadas por la clase empresarial ultra conservadora, ataduras que le obstaculizaban la relación cercana con los distintos ámbitos sociales. Fue este rector el que construyó la oportunidad para que la Universidad pudiera integrarse con la diversidad social, primero mejorando la oferta universitaria al dotarla de mejores planes académicos, y después con la edificación y equipamiento de modernas instalaciones. Se lo pregunté a toro pasado y esto fue lo que me respondió:
Todo ser humano interesado en mejorar su cultura para enriquecer sus actividades profesionales o académicas, acude a lecturas, asesorías y consejos de hombres doctos; se rodea de personas con conocimientos profundos en las áreas que no domina o desconoce; cumple con la máxima aquella que popularizó John F. Kennedy. La cito tal cual: “Un hombre inteligente es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar gente más inteligente que él”. Es obvio que aquel político, que por cierto fue un ser de gran inteligencia, se refería a las mujeres y hombres cuyo talento, por diverso, suele estar disperso en perjuicio del desarrollo integral.
La frase rescatada por Agüera tiene varias paternidades, una de ellas la de Andrew Carnegie, el estadounidense conocido como el rey del acero. Este millonario se negaba a conceder entrevistas hasta que un día quedó atrapado entre el enjambre de reporteros que lo perseguía. Tal chacaleo obligó al industrial a defenderse diciéndoles que sólo respondería una pregunta. En ese momento, el más rápido de los periodistas soltó desde el fondo de su ronco pecho el siguiente cuestionamiento: “¿¡Cuál es el motivo de su éxito!?” Carnegie respondió a bote pronto y sin pausas antes de poner pies en polvorosa, obviamente ayudado por sus guardaespaldas: “¡Me he sabido rodear de gente más hábil que yo!”. Y don Andrew lo hizo librándose de los adjetivos que le endilgan a quienes se sienten paridos por los dioses y dignos consumidores de la ambrosía mitológica griega.
Como lo hice con los rectores referidos, a Enrique Agüera lo entrevisté en varias ocasiones. Esto me permitió escuchar sus proyectos que pasado el tiempo vi realizados. También comprobé lo que dijo y he citado en párrafos anteriores. Constaté cómo fue aplicando lo que seguramente abrevó, permítaseme la expresión, en las norias intelectuales donde la cultura pudo haber sido el leitmotiv, lo axial.
Algo más de lo dicho por Agüera:
Lo que propuse primero lo visualice para después convertirlo en proyecto. No pedí ningún apoyo sin tener el programa en mano, incluido el de la obra arquitectónica. Todo lo sometí a evaluación con el deseo de alcanzar el cien por ciento en calidad. Así convencí a los colaboradores y a las autoridades. Lo hice con el Complejo Cultural y con el Transporte Universitario y con el Hospital y con las áreas deportivas y con la Biblioteca Central y con el Estadio y con muchas cosas más. Trabaje duro y con intensidad poniéndole a mis acciones el respeto, ritmo y cariño a la Institución. Lo recalco: todo con proyecto en mano y presupuestos cuyo costo, por realista y sin letras pequeñas o entrelíneas mañosas, sorprendió a propios y extraños. Lo expliqué en cada uno de los informes que se presentaron ante el Consejo Universitario. Nada fue ocurrencia. Hice lo que era necesario hacer para estar en sintonía con los avances del mundo académico, cultural, social y científico. Esto permitió que la Universidad tuviera el reconocimiento y el respeto de la sociedad y de las autoridades educativas locales y federales. Rompimos las barreras para ampliar el horizonte e ir más allá de las tradiciones auto impuestas. Había recorrido parte del mundo y en esos viajes de estudio imaginé a nuestra Institución ubicada entre las mejores. Para innovar, me dije, hay que pensar en grande, creer en que es posible hacer cosas grandes, únicas. No sólo se trataba de crecer sino también de obtener los mejores indicadores de calidad. Así fue como nació, por ejemplo, la gran Biblioteca ubicada en el Campus universitario, un gran Estadio, un Complejo Cultural único en mundo. Recuperamos la dignidad cultural oculta por el polvo del tiempo. Sacudimos a la Universidad. Modernizamos el Hospital. Mejoramos todos los espacios académicos. Creamos el bachillerato internacional. No teníamos Orquesta Sinfónica ni Compañía de Teatro y menos aun de Danza… y se crearon. Todo esto salió de mi cabeza, lo digo con humildad, y claro apoyándome en el talento de universitarios, hombres y mujeres que entendieron el compromiso y el reto generacional. Fue posible gracias a que, lo subrayo, estuve acompañado y apoyado por los mejores. Se lograron otros objetivos que hoy parecen simples, como el Museo Universitario por referir uno de ellos. Tenía años de estar cerrada la Casa de los Muñecos y convertimos el inmueble en un gran sitio cultural. Mi querido Alfonso Vélez me pidió que recuperáramos la Aduana Vieja y se lo cumplí. Ahí está el reportaje de History Channel. Me da gusto decir que cumplí estas y otras de las ideas que rondaban en mi cabeza. Para lograrlo conté, insisto, con el gran equipo que me acompañó desde la concepción de los proyectos, pasando por las primeras piedras, hasta su edificación e inauguración. Es el caso del Complejo Cultural Universitario, construcción que concluimos en 13 meses; lo inauguramos en el marco del concierto de Pablo Milanés, con la presencia testimonial de miles de estudiantes, maestros, autoridades y sociedad civil.
[1] Silvester Christopher. Las grandes entrevistas de la historia. Ed. El País/Aguilar, España, 2001