¡Música, maestro! (Crónicas sin censura 162)

Réplica y Contrarréplica
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¡Música, maestro!

La música puede definirse como la ciencia de los amores entre la armonía y el ritmo.

Platón.

 

Todos quieren tocar la tambora, pero nadie quiere cargarla.

Dicho popular.

 

Después de una llamada telefónica acudí curioso al Centro Cultural Poblano. No había ningún evento anunciado. La invitación de Marco Velázquez Albo fue para que el columnista escuchara uno de los ensayos de la que será la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla.

Allí, en lo que otrora era la capilla de San Javier, se encontraban poco más de setenta músicos, casi todos poblanos, dirigidos por Juan Manuel Arpero Ramírez, trompetista con una amplia trayectoria musical. De repente, en el improvisado recinto, reverberaron las notas de violines, violonchelos, bajos, tubas, trompetas y otros metales. El ruido del tráfico citadino quedó opacado por el ritmo y la armonía musical. Y en ese instante vinieron a mi mente los nombres de Manuel M. Ponce, José Rolón, Silvestre Revueltas, Candelario Huízar, Julián Carrillo y Carlos Chávez; es decir, la tradición y emancipación musical de México. Igual recordé cuando en el siglo XIX los ejércitos francés y austriaco llegaron a nuestro territorio acompañados por la música de sus bandas, con la misión de exaltar el espíritu guerrero de los soldados cuya presencia ensombreció a la patria. Por alguna extraña asociación de ideas, de inmediato pregunté a Marco si el gobernador ya había escuchado a esta nueva orquesta sinfónica que, de sobrevivir a los efectos de la burocracia, podría llegar a ser una de las más importantes de Latinoamérica.

—No— fue la respuesta.

Además de la calidad musical de la orquesta, que hasta hace poco era el Ensamble de Alientos y Percusiones de Puebla, también me sorprendió el entusiasmo del historiador Marco Velázquez, reconocido melómano e historiador poblano. Su entrega y optimismo dieron vida al ensamble y, junto con él, a la posibilidad que habrá de concretarse el próximo 22 de abril, día de la presentación oficial de la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla, misma que prácticamente ya existe.

Si las cosas salen como se espera, Puebla volverá a ser una entidad pionera, pero ahora en materia musical. Esto porque, gracias a la especialidad de Arpero, los acordes de nuestra orquesta serán, si se vale la expresión, liderados por los metales, circunstancia que exige una perfecta coordinación para que la parte de las cuerdas no pierda su brillo. Ojalá que esta innovación motive a los directores de la burocracia para que incluyan en sus ritmos normativos la necesidad de construir una sala de conciertos como las que, por ejemplo, existen en Jalapa, Guadalajara, Monterrey y, desde luego, en el Distrito Federal. ¿Cómo? No si se toma en cuenta el costo-beneficio.

Para poder valorar e incluso parangonar la importancia de este paso musical a cargo del gobierno de Puebla, me metí a hurgar en los comercios discográficos. Y en uno de ellos encontré un CD de la Orquesta Pop de Boston (parte de la Orquesta Sinfónica de Boston), dirigida por Arthur Fiedler, y otro de la misma orquesta, pero bajo la batuta de Keith Lockart. El primero contiene obras de los Beatles y el segundo música latina. En ambos discos los metales “jalan” a las cuerdas, creando sonidos de un brillo capaz de hacer vibrar al público más pasguato. Me dije: “Qué chingón es Arpero. No hay duda: su estilo convencerá y conquistará a quienes escuchen a la orquesta que dirige. Y, por supuesto, entre ellos, al gobernador Melquiades Morales Flores”.

En el programa que lleva la frase “Concierto de Puebla” aparecen funciones, digamos, que clásicas, pero también lo que aparenta ser un reto musical: la Cantata heroica del músico poblano Isaías Noriega, por ejemplo, obra que —según me dicen— requiere de un coro de más de cien voces, obviamente educadas y alfabetizadas (que sepan leer partituras). Y, desde luego, de la participación de las personas que forman parte de los coros poblanos, como el normalista del maestro Jorge Altieri, intervenciones que apuntan dificultades de carácter personal debido, precisamente, a los grandes protagonismos que existen en el medio, donde el canto coral puede —siempre y cuando tenga un buen director— rivalizar con el cenzontle, “el pájaro de las cuatrocientas voces”.

Lo curioso es que en la política también existen muchas voces (tal vez más de cuatrocientas), a las cuales Arpero y Velázquez tienen que convencer valiéndose de su talento musical; opiniones que, en un descuido, pueden aplicar la sordina para convertirse en rumores piano, desafinados, malévolos, envidiosos y perniciosos.

Ojalá que en este caso los corifeos poblanos no desentonen.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica