José Álvarez y Álvarez de la Cadena

Hoy que se celebra en forma simbólica la promulgación de la Constitución de 1917, el cinco de febrero de ese año, les comparo lo que mi padre José Álvarez y Álvarez de la Cadena, general revolucionario, diputado constituyente por Uruapan, Michoacán, y Jefe de Estado Mayor Presidencial de Plutarco Elías Calles, manifestó en su libro Justicia Social, Anhelo de México.
Sentía el deber de comunicar a las nuevas generaciones los principios que llevaron a la realización de la Revolución y la Constitución; por ello les compartiré sus reflexiones contenidas en el libro de su autoría Justicia Social, Anhelo de México.
Asimismo, uno de los pensamientos que le escribieron sus compañeros al fin de la Asamblea, en su firma.
Manola Álvarez Sepúlveda.
PALABRAS DE MI PADRE
Con gran cariño para México, mi querida Patria, vengo ahora, sin pretensiones, a escribir este libro con la esperanza de que pueda servir de ayuda para que se haga honor y justicia a nuestro movimiento social; que oriente a las nuevas generaciones que tendrán, quizá, la necesidad de tomar parte en la próxima revolución que vendrá, gústenos o no, ya que, a pesar de los tropiezos, la humanidad marcha con energía hacia la liberación de yugos y opresiones.
No existe en mí la necedad de creerme un elemento valioso en esta, que es una lucha todavía viva. Aporté mis experiencias lleno de entusiasmo, tanto en mi cooperación militar como en el Congreso Constituyente.
Los hechos que viví los transmito clara y sinceramente a mis lectores, quienes tienen derecho a exigir las pruebas de esa sinceridad y ese entusiasmo. Y así lo haré en el transcurso de este trabajo.
Al acercarme ahora al final del camino de la vida, sigo empeñado en continuar la lucha a la que he dedicado mi vida durante muchos años; es decir, todo el tiempo que he tenido libre lo dediqué a estudiar este movimiento de justicia social que tan inexorablemente me atrajo a su servicio.
He visto tanta mistificación en lo que al Congreso Constituyente de 1917 se refiere, tantas imputaciones falsas a sus autores y tanto desconocimiento de la filosofía política de quienes formamos la Ley Suprema de nuestro país, que siento el deber de exponer mis opiniones y publicar documentos que no son míos, sino de las ideas que con orgullo profeso.
Creo que, aun cuando es imposible escribir nuestras impresiones recogidas en el largo y escabroso camino de la vida sin demostrar nuestras tendencias y nuestras relativas simpatías, hemos por fin llegado a una mayoría de edad política en la cual podemos tener la serenidad indispensable para reconocer en nuestros hombres aciertos y grandes méritos, al mismo tiempo que errores y defectos.
Fui un joven provinciano, revolucionario de ideas, hechas patentes en manifestaciones, artículos de prensa, conferencias y polémicas.
Ingresé al movimiento armado y a la política dejando mis actividades económicamente productivas, lo cual produjo el saqueo de mi casa de comercio, así como de mi domicilio particular. El pretexto fue que yo formaba parte de las fuerzas carrancistas.
La noche húmeda y oscura del 21 de marzo de 1906, desfilaron por las calles de Zamora, mi ciudad natal, un grupo de doscientos jinetes enarbolando teas encendidas que celebraban el natalicio de Benito Juárez, símbolo, estandarte y representativo de una lucha terrible y tozuda entre los adeptos al partido conservador, al imperio, al clero, al capital, a la “gente de orden”, a las “personas decentes”, como se han llamado siempre a sí mismos los explotadores del pueblo, y los que fueron llamados de distinta forma: liberales, masones, jacobinos; grupo este cuyo objetivo era liberar a la sociedad de la opresión y explotación clericales.
La diferencia sustancial es que nosotros sentíamos repugnancia y vergüenza por las intervenciones extranjeras, de los imperios y de las altezas del entonces sistema de gobierno. Ello no obstante haber sido educados en un ambiente totalmente reaccionario. Pero nos dimos cuenta de la miseria y del hambre de un pueblo expoliado y explotado materialmente.
Mi presencia en aquella manifestación, organizada en honor del gran Juárez, se basó en mi entusiasmo por su ideario y para desafiar a la sociedad, a la clerecía e incluso a mi propia familia, inmersa en el ambiente inquisitorial de la Zamora de 1906.
Al hacer hoy la síntesis histórica del Congreso Constituyente de 1917, se alborota el polvoso rincón de nuestros viejos recuerdos. Nos parece ser llamados de nuevo a aquella ciudad limpia y risueña que fue tumba de un imperio y cuna de los ideales nuevos convertidos en leyes. En el hoy destruido Teatro de la República, pretendemos reconstruir aquel ambiente de cuarenta y ocho años atrás, con la bulliciosa reunión de los Constituyentes en su constante trabajo de enjambre rumoroso, y nos parece volver a ver al grupo respetable de inteligentes, cultos y ponderados compañeros, a quienes la inquietud picante de la entonces juventud revolucionaria apodó el “Apostolado”, y los que, duchos en las lides parlamentarias, veían con piadosa sonrisa a los entonces inexpertos jacobinos que, con nuestra indisciplina y nuestras divisiones, nos dejábamos ganar las votaciones a pesar de contar con el doble de adeptos.
¡Qué anhelo tan grande de trabajo hubo durante la gestión de nuestra carta política! Jamás se suspendía alguna sesión por falta de quórum; había dos diarias y, ocasionalmente, hasta tres se celebraban en el mismo día: la primera a las nueve, la segunda a las quince horas y la tercera a las veintiuna horas. Casi todos nos encontrábamos reunidos. Había, además, fuera de Cámara, la reunión de las comisiones encargadas de formar los proyectos de las disposiciones que no venían en el texto original y que también fueron de trascendencia, por tratarse de capítulos como la Ley del Trabajo y la Ley Agraria, y otros no menos importantes. Colaboraron en estas reuniones ciudadanos de gran valor, pero ajenos al Congreso, como el señor general Inocente Lugo, el señor licenciado Molina Enríquez y otros más.
¡Qué ausencia total de interés monetario egoísta en aquel ambiente! Felices con nuestras dietas de diez pesos diarios en relucientes monedas de oro nacional, vivimos humilde pero decorosamente, sin pensar en los “riesgos parlamentarios” ni en las gratificaciones de fin de labores, sin que hubiéramos tampoco tenido el bochorno de saber de un compañero que hubiera llevado su entusiasmo a la rama ruidosa de los balazos, tan en boga en aquel periodo constitucional.
¡Qué noble y qué grande vemos ahora la figura del señor Carranza! A pesar de cuantos errores puedan después atribuírsele, respetó con dignidad la libertad de las deliberaciones de los diputados constituyentes; fue como un faro luminoso que se levantó enhiesto para protestar democráticamente el cumplimiento de la Constitución, a pesar de que su proyecto original había sido reformado tan profunda y radicalmente.
En aquel entonces, después de su protesta para respetar la nueva Constitución, dijo a un grupo de diputados socialistas:
“El proyecto que yo les presenté tenía necesariamente que ser moderado, tanto por corresponder a mi personal carácter de Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación, cuanto para evitar que se dijera que ustedes habían venido a firmar y a aplaudir ideas que no eran suyas. Las adiciones al ‘Plan de Guadalupe’, mi discurso de Hermosillo y muchos de mis bien conocidos antecedentes deben recordarles que soy tan radical y tan revolucionario como ustedes; pero así podrá verse que, dentro del marco moderado que yo presenté como Proyecto de Constitución, fue la Revolución misma, representada por todos ustedes, la que convirtió en leyes los anhelos del pueblo mexicano. Las reformas implantadas por ustedes van a afectar grandes intereses creados, tanto en nuestro país como en el extranjero, y en estos momentos en que el problema militar es todavía serio, pueden constituir una bandera para los rebeldes. De todas maneras, yo cumpliré y haré cumplir esta Constitución, aun a costa de mi vida”.
(Y así fue: por defender el artículo 27 de la Constitución fue asesinado por los integrantes de las guardias blancas al servicio de las compañías petroleras. Espionaje y Contraespionaje en México, autora Manola Álvarez Sepúlveda.)
RAMÓN CASTAÑEDA Y CASTAÑEDA
Nació en la Hacienda de Milpillas, Jalisco, el 30 de agosto de 1870.
Estudió en Guadalajara y se recibió de abogado. En el ejercicio de su profesión se destacó por ser un fiel servidor de las clases proletarias.
En 1909 militó en el Partido Antirreeleccionista y apoyó decididamente a Francisco I. Madero.
En 1916 fue electo diputado constituyente por Jalisco.
Terminado el Congreso Constituyente, se dedicó al ejercicio de su profesión.
Falleció el 1 de marzo de 1926.

TEXTO DEL AUTÓGRAFO
Ramón Castañeda y Castañeda (Diputado Propietario)
Tepatitlán, Jalisco, VIII Distrito Electoral
Considero digno de todo encomio el patriótico empeño que desempeñó el señor coronel Álvarez como miembro del Constituyente, y creo que su radicalismo y libertad de criterio serán una grande esperanza para Michoacán.
