Las Marías del gobierno (Crónicas sin censura 162)

Réplica y Contrarréplica
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LAS MARÍAS DEL GOBIERNO

Diole la selva su belleza ardiente,

diole la paloma su gallardo talle,

en su pasión hay algo de torrente

que despeña desbordando el talle.

Miguel M. Flores

 

¡Ay María, qué puntería!

Dicho popular

 

La política mexicana se ha desarrollado entre una sorda duda protagonizada por los “géneros”: los hombres promoviendo la igualdad de los sexos siempre y cuando se exprese en su colchón, y las damas defendiéndose del acoso que inspira su cuerpo cuando en éste se plasma la armonía de la naturaleza, poéticamente distribuida y enfatizada.

Es, pues, una lucha que lleva siglos y que —según dicen los estudiosos del ramo— tuvo su momento “injusto” cuando la ginecocracia hizo sudar frío a los “machos”, entonces dominados por las mujeres cuyo empeño e interés era acabar con la promiscuidad primitiva.

Aquel matriarcado desapareció de repente. No se sabe si fue la procreación ordenada lo que dio forma a los parentescos (antes de aquel régimen era difícil establecer a cuáles de los “sementales” había que asignar la paternidad de los chilpallates). Tampoco se ha podido dilucidar en qué momento el hombre volvió a retomar el poder, digamos que pacíficamente, o si su fuerza física y mayor destreza en el manejo de las armas resultaron determinantes para rescatar lo que perdieron en los días en que las relaciones sexuales se desarrollaban en medio de la confusión o la depravación.

Después de varios siglos, México se puso a la vanguardia en lo que a igualdades se refiere. En 1955, el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortines entendió (o se impuso doña María Izaguirre, su mujer) la necesidad de acabar con las diferencias sociales y políticas entre los sexos. Y por ello propuso que el Congreso de la Unión legislara para que las féminas pudieran votar y ser votadas.

Con esta acción dio inicio lo que podríamos llamar el camino hacia la dignidad de las mujeres. Pero también propició la guerra sorda apuntada en el primer párrafo, lucha de la cual salió perdedor el llamado sexo débil. O dicho de otra forma: después de medio siglo y a nivel nacional, las cosas siguen tan igual como antes.

Obviamente hay excepciones que confirman la regla. Por ejemplo: tres gobernadoras, una jefa de gobierno en el Distrito Federal, media docena de secretarias de Estado (contra más de 180 secretarios varones) y muchas diputadas que juntas apenas alcanzarían a figurar en la gráfica de este siglo (menos del 10 por ciento del total). Otro dato: de 7 mil 655 puestos que integran la estructura de las secretarías de Estado, incluyendo desde luego el Distrito Federal, sólo 466 fueron ocupados por mujeres; o sea que la participación femenina en la toma de decisiones en puestos designados por el Ejecutivo Federal asciende al 6 por ciento del total.

Vienen a cuento las cifras para rescatar la importancia de la participación de las mujeres en la administración pública estatal (algo es algo, dijo el diablo), que en este gobierno ha tenido un incremento sustancial. Por citar algunas, aquí le van por nombre: María Teresa Noemí Téllez y Nieto, titular de la Sedecap; María Luisa Sánchez Pontón, procuradora del Ciudadano; María Alma Orduña Luna, subprocuradora jurídica y de Participación Social de la PGJ; María Teresa Justo Janeiro, directora de Atención a la Salud de la SS; María Elena Reyes Xicoténcatl, directora de Ingresos de la SF y DS; María Ester Torreblanca Cortés, directora de Asuntos Jurídicos de la SF y DS; y Luz María Vargas Hernández, directora de Control de Inversión de la Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social.

Como el lector sabe, ayer se incorporó a una de las subsecretarías de la SCT la abogada Patricia Leal Islas de Pliego, una dama cuya trayectoria en el sector público abarca casi dos décadas. Y aunque no se llame María, sin duda su designación fortalece la presencia de las mujeres en el gobierno de Melquiades Morales Flores. Y aún más: le da solidez a la campaña que ha emprendido el mandatario para moralizar la administración pública, donde —como usted sabe— se padece la inercia de varios sexenios que produjeron ejemplares expertos en sacar provecho personal del puesto.

Lo alentador del movimiento es que Paty (así le dicen sus amigos) tiene fama de honesta. En los puestos que ha ocupado (subdirectora de lo Contencioso Administrativo, directora de Administración de Bienes Muebles e Inmuebles y coordinadora del Fondo Estatal de Desastres Naturales, por ejemplo) dejó un buen sabor de boca. Debo subrayar que antes de estos cargos tuvo que abrirse camino y lidiar con el acoso natural en los ambientes más hostiles para el género que representa.

¿Podrá esta dama poner orden entre los mañosos permisionarios, coyotes, líderes y comerciantes acostumbrados a medrar en el ambiente del transporte poblano?

Yo creo que siempre y cuando Marco Antonio Rojas Flores la oriente, la guíe y la proteja de las alimañas que pululan en la SCT. Supongo que la una y el otro están más allá de las luchas sórdidas que hacen difícil el éxito en lo que se ha dado en llamar “equidad de género”.

Puebla y el gobernador se los agradecerán.

Nota de la redacción: La sección Crónicas sin censura reúne una selección de las columnas más representativas publicadas por Alejandro C. Manjarrez a lo largo de cuatro décadas de oficio periodístico. Textos escritos en distintos momentos de la vida pública del país que, por la vigencia de sus temas y la contundencia de su mirada, pueden parecer actuales sin serlo. Son crónicas que resisten el paso del tiempo porque retratan inercias, vicios y dilemas que México no ha terminado de resolver.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica