Los vientos nuevos

Las crisis políticas eran otro más de los recuerdos, algunos de ellos formativos. Lo vimos cuando la Benemérita cumplió con éxito el proceso de reinvención diseñado por el gobernador Manuel Bartlett Díaz. El rector beneficiario fue José Doger Corte, responsable, dijeron, de la caída de su adversario Samuel Malpica. Eran pues los días de formación profesional y entrenamiento político, experiencias basadas en la praxis y la observación. "No opinar y acatar sin rechistar", podría haber sido el grito opaco de supervivencia académica y administrativa, conseja aderezada con otra disposición producto del pragmatismo del poder gubernamental entonces empeñado en mermar la fuerza política de la Universidad: "Corrompan a los jefes de línea". Lo que en política cuesta, sale barato, diría el clásico.
Pasó el tiempo y tanto Alfonso Esparza Ortiz como el resto de los académicos observaron y participaron en el proceso del cambio, dinámica que incluyó la política cultural impulsada por Enrique Agüera Ibáñez. Los miembros de la clase política universitaria dejaron de ser testigos de piedra para participar y convertirse en activos promotores del desarrollo cultural de la BUAP.
Agüera acordaba con Esparza aquello que requería la experimentada observación del auditor, contralor y tesorero, características, experiencia y formación que coincidían en Esparza. Así fue como los años del rectorado del primero construyeron en ambos el compromiso de la herencia del cargo, paso que requería nombrar al segundo como Secretario General de la Benemérita.
Se hizo el relevo y Alfonso llegó al interinato de la rectoría para organizar la elección que lo convertiría en rector por cuatro años (periodo que amplió después de haber sido reelecto —2017). Cauto como es, en ese periodo y durante el primer año decidió nadar de muertito hasta conocer o aclarar aquello que había dejado pasar obligado por su ortodoxia. En ese año y fracción vigorizó sus amistades e hizo nuevos amigos con los cuales, intuyo, creó compromisos de a bigote. La intención: llegar sin tropiezos a lo que pudo haber sido su sueño profesional. Así fue como el 4 de octubre de 2015 el ya rector Esparza mostró a la comunidad universitaria los frutos de lo sembrado por sus antecesores, en especial Agüera Ibáñez:
La BUAP la hacen ustedes estudiantes —dijo Alfonso—; sigan estudiando, sigan leyendo, sean rebeldes, llévennos a donde ninguna generación nos ha llevado nunca, llévennos a romper límites, llévennos hoy al mañana; cuestionen, exploren, rompan, construyan, investiguen, arriesguen, hágannos soñar y sueñen sin límites.
Con esa arenga Esparza Ortiz rompió el candado del portón que abriría el espacio donde estuvo encerrada la democracia universitaria, cerrojo impuesto por el poder, los tiempos ideológicos y las circunstancias políticas. Digamos que aprovechó el supuesto desgaste natural del gobierno morenovallista con el cual lo vincularon sus críticos y también sus enemigos naturales. De ahí lo acertado de su llamado a la única red capaz de alterar para bien o para mal el proyecto académico (el personal y el institucional) basado en la cultura, ni más ni menos.
Aquel 4 de octubre, insisto, Esparza mostró que contaba con el bagaje proveído por lo enunciado en el contexto de este libro. Sabía que estaba obligado a vigorizar la presencia académica y social universitaria así como el legado de Enrique Agüera. Lo hizo y dejó expuesta su capacidad y experiencia en el manejo de la institución.
Como ya lo escribí, habían pasado más de tres décadas de la última crisis universitaria protagonizada por el gobierno de Mariano Piña Olaya y el entonces rector Óscar Samuel Malpica Uribe. En ese trayecto hubo asesinatos propiciados por la ambición de poder y la estupidez criminal de sicarios disfrazados de universitarios. El lapso también incluye la persecución de estudiantes por parte de gobiernos intolerantes.
En la administración de Esparza no sólo prevaleció la influencia pública de la Universidad sino que se hizo patente gracias a la arenga que pronunció aquel 4 de octubre del 2015. El discurso dejó entrever que la autonomía universitaria difícilmente será vulnerada por los gobiernos; que hacerlo equivaldría a detonar la bomba social que ha estado inactiva gracias a la interrelación entre las autoridades académicas y los estudiantes, sinergia basada en el interés profesional, el deseo de crecimiento, el compromiso histórico y la disposición cultural de las partes.