Puebla, el legado (Complejo Cultural Universitario)

Réplica y Contrarréplica
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Complejo Cultural Universitario

El peor enemigo de un gobierno

corrupto es un pueblo culto

 

Lo descrito, las acciones y algunos hechos más que sería prolijo enumerar, fueron obras inspiradas en la cultura del pueblo. Igual que de manera casual, preconcebida o por vocación —como quedó escrito— ocurrió con la proyección cultural de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Retomo pues lo dicho por Enrique Agüera Ibáñez cuando le pregunté cuál había sido su motivación para omitir la recomendación de sus asesores que le sugirieron construir facultades y laboratorios en el espacio que finalmente sirvió de sede al Complejo Cultural Universitario. Su respuesta fue en el mismo sentido de los argumentos vertidos por su sucesor Alfonso Esparza, pero con el siguiente agregado:

Consideré que era la oportunidad para insertar a la Universidad en el corazón comercial y urbano de Puebla. Para ello hubo que crear una ciudad cultural cuya vida intensa y permanente atrajera el interés de los poblanos de todas las edades y niveles sociales. Ello sin abandonar el desarrollo académico y científico de nuestra Universidad.

Los argumentos de Agüera coinciden con las historias comentadas, hechos, legados y conceptos que he editado arbitrariamente. Empero, lo más interesante del testimonio está en su convicción sobre el futuro de ese polo de la Universidad. El ex rector señaló que el tiempo transformaría al espacio en una especie de concha acústica que habría de organizar, atraer y difundir las distintas expresiones culturales del pueblo. Lo que hizo Orff (esto lo digo yo) cuya obra —como ya lo pergeñé— está formada con la música y creatividad artística de los alemanes del Medievo. O con lo que en Puebla sembraron los jesuitas, energía que forma parte de la historia de la Universidad que hoy prepara a sus alumnos para que mañana adquiera validez lo transcrito en el epígrafe de este segmento, reflexión que ya es del dominio público.

No quedé satisfecho con aquellas respuestas. Por ello, en otra ocasión, le pedí retroceder al día en que tomó posesión del máximo cargo en la BUAP.

Fui más preciso al preguntar sobre las razones que estimularon su ánimo cultural para incluir en el proyecto personal el impulso a la cultura; si se había impuesto la tarea de lograr que la Universidad rompiera las barreras que cultural y socialmente la separaban de la digamos levítica sociedad poblana; si el suyo fue un acto preconcebido o resultado de la casualidad. “Piensa en lo que pasó por tu cabeza la primera vez que quedaste solo en tu despacho de rector”, insistí. Lo meditó un minuto antes de contestarme. De su respuesta seleccioné las siguientes palabras que, creo, conforman la génesis de la construcción emergida en el espacio comercial y residencial más moderno de Puebla:

Pedí a mis colaboradores que me dejaran solo en el despacho de rectoría. Era el momento para meditar sobre las circunstancias que me permitieron llegar a ese honroso cargo. Acudieron a mi mente las experiencias como estudiante primero y después como académico. Cavilé sobre lo que había tenido qué hacer para llegar hasta donde en ese momento me encontraba. Recordé el día en que inicié mis estudios universitarios en la preparatoria Alfonso Calderón. Tenía 16 años de edad. Como si fuese una película, hice el recorrido mental de mi vida universitaria: cuando estudiante escuchando a mis maestros, alguno de ellos impartiéndonos lo que parecía un catecismo comunista; como profesor, ante el reto que significa establecer una sinergia inteligente con los alumnos; como director de la Facultad de Administración, en lucha constante para mejorar las cátedras; en la Vicerrectoría y Secretaría General, inmerso en la búsqueda de soluciones favorables para los estudiantes. Reflexioné sobre el futuro inmediato. Confirmé que mi aspiración era convertirme en un buen rector y no dejar pasar ninguna oportunidad. Me impuse la tarea de beneficiar e impulsar la vida universitaria, así como innovar y obtener galardones y reconocimientos para la Institución, pues a pesar del excelente trabajo de mis antecesores, no los tenía la Universidad.

Me propuse trabajar con pasión, emoción y entrega a la causa universitaria. La vida me había ubicado ante el mayor reto que puede tener un académico. Este solo hecho convocó en mi el agradecimiento a Dios por haberme permitido prepararme para cumplir mi propósito académico. Supe que estaba obligado a responder con creces al honor que significa contar con la confianza de mis compañeros y los alumnos que decidieron que yo fuera cabeza y conductor de la Universidad. Agregué la responsabilidad de suceder a los rectores que se aplicaron para construir la gran historia de la Universidad Autónoma de Puebla. Encontré varios muy buenos ejemplos. Supe que estaba ante la gran oportunidad de hacer grandes cosas apoyándome en el talento de nuestra comunidad. La soledad concertada me permitió poner en blanco y negro los temas a tratar con mis colaboradores, propuestas que durante mucho tiempo medité y valoré. El primer punto que escribí fue ordenar un diagnóstico sobre la situación real: había que identificar dónde estábamos y cuáles eran las prioridades institucionales. Así fue como en aquel momento de reflexión empecé lo que horas después se convirtió en la dinámica laboral que nos llevó por varios caminos, todos diversos pero coincidentes hacia el buen destino, mismo que logramos apoyándonos en la calidad y transparencia. Es el caso del Premio ANUIS a la calidad, mismo que se nos otorgó por tener más del 65% de la matrícula evaluada y reconocida, actividad que mejoramos hasta llegar a ser la primera macro universidad en alcanzar el 100 por ciento de la matrícula reconocida y por tanto obtener el diez perfecto así como el reconocimiento de ANUIS y de todas las instituciones de educación superior del país. Conservamos esta posición hasta el final de mi mandato.

Al término de mi gestión de nueve años al frente de la rectoría, me sentí satisfecho con el resultado de mi primer encuentro con la responsabilidad de rector. Y sí, aquellas reflexiones fueron convirtiéndose en logros. De ello dieron cuenta estudiantes, académicos y colaboradores. Uno de esos logros, reitero, desde luego el más visible por su tamaño y ubicación, fue el Complejo Cultural Universitario, sede, detonador e integrador de la cultura en Puebla.

Cuando planteé el proyecto del Complejo Cultural, hubo desde incredulidad hasta reticencia de parte de las autoridades externas; sin embargo, trece meses después, una vez concluido, la obra provocó la admiración de propios y extraños: habíamos conseguido erigir el gran espacio cultural que faltaba en Puebla, el polo de atracción donde acuden todas las manifestaciones culturales y se fomentan los conocimientos e ideas del ser humano. Es lo que creo.

El Complejo Cultural Universitario está ubicado en la zona de Angelópolis, sobre una superficie construida de 65 mil metros cuadrados. Lo conforman dos espacios físicos bien definidos: el Centro Cultural integrado por un auditorio para tres mil personas, el teatro con 700 butacas, el Centro de Convenciones, seminarios y conferencias, la librería y varias salas de arte. La arquitectura incluye la denominada Plaza Universidad, varios restaurantes, tiendas y cafeterías, espacios comerciales que representan una fuente de ingresos para la Universidad.

Antes de concretarse lo que, según dicho de Agüera, fue un proyecto pensado para integrar a la Universidad en el corazón comercial y urbano de la Puebla moderna, la entidad había tenido dos impulsos culturales, ambos a cargo del gobierno estatal que entonces encabezaba Melquiades Morales Flores (1999-2005): el Auditorio Siglo XXI y la Orquesta Sinfónica de Puebla (OSEP). Esta etapa cultural estuvo bajo el impulso, entusiasmo y capacidad de Pedro Ángel Palou García, miembro del movimiento intelectual denominado Crack en cuyo manifiesto él, Palou, estableció que “a la ligereza de lo desechable y de lo efímero, las novelas… oponen la multiplicidad de las voces y la creación de mundos autónomos, empresa nada pacata”. Trascurrían los últimos días del siglo XX. Su dinámica cultural correspondía a la inercia y el ejemplo de los intelectuales mexicanos del siglo pasado. Es el caso, por mencionar algunos personajes de nuestras letras, de Juan Rulfo, Juan José Arreola, Elena Garro, Rosario Castellanos, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis…

La inversión del gobierno en el ámbito de la cultura ascendió a más de quinientos millones de pesos, cantidad en su mayor parte aplicada a la construcción del Auditorio referido y en menor medida a la creación de la OSEP, ambas iniciativas de Palou, entonces titular de la hoy extinta Secretaria de Cultura creada por el gobierno de Guillermo Jiménez Morales, dependencia que el gobernador Rafael Moreno Valle Rosas desapareció canjeándola por su Consejo Estatal Para la Cultura y las Artes, por cierto un organismo con más pena que gloria ya que fue una burda copia burocrática del Consejo Nacional que en 2016 dejara su espacio y presupuesto a la Secretaria de Cultura creada durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.

La OSEP sobrevivió al cambio de régimen. La inversión aplicada al Auditorio Siglo XXI se convirtió en algo parecido en moneda de cambio para concretar una transacción más del llamado capitalismo salvaje: el inmueble fue entregado en comodato a Televisión Azteca, canje que auspició Mario Marín Torres, gobernador de Puebla (2005-2011). Curiosamente, la empresa beneficiada correspondió a este llamémosle favor al mandatario, y la operación tuvo visos de un convenio que, como ocurrió, tamizaría las referencias mediáticas del affaire provocado por la disputa legal entre el industrial Kamel Nacif y la periodista Lydia Cacho. En otros medios tal controversia se manejó hasta el hartazgo propiciando el daño irreparable que sufrió la imagen del mandatario políticamente bautizado con el mote de “El Precioso”. Valga apostillar que la concesión a tv Azteca fue refrendada por Rafael Moreno Valle con un beneficio adicional: la remodelación del inmueble, inversión que corrió a cargo del gobierno poblano, reformas que concitaron la protesta de grupos vigilantes de la obra de arquitectos vanguardistas, en este caso la de Pedro Ramírez Vázquez, diseñador y constructor del Auditorio poblano. Además de ello tv Azteca recibió del gobierno poblano el edificio ya remodelado de La Constancia, como se llamó la primera industria textil de la entidad concebida, erigida y puesta a funcionar por el ya referido Esteban de Antuñano.

Perduró el impacto social de las iniciativas culturales concretadas durante la administración de Melquiades Morales Flores (ideas impulsadas por Pedro Ángel Palou, secretario de Cultura de aquel gobierno). Su efecto sensibilizó a la comunidad cultural, impulso que debe haber inspirado a Enrique Agüera Ibáñez porque desde el inicio de su rectorado éste promovió la creación de la Orquesta Sinfónica de la Universidad. Intuyo que el ejemplo más próximo por su éxito, calidad y prevalencia fue la Orquesta Sinfónica de Xalapa (Universidad Autónoma de Veracruz) creada el 21 de agosto de 1929. A la iniciativa de Agüera se adicionó un plus: el espacio cultural ya citado, desarrollo que dio abrigo a la orquesta sinfónica universitaria y a otras expresiones culturales comentadas por él, como la danza contemporánea, el ballet folclórico, el teatro y el coro sinfónico, además de la intensa actividad literaria que ofrecen sus espacios, tal y como se detalla en el recuadro inserto después de las respuestas del ex rector Enrique Agüera Ibáñez.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica