El negocio detrás del Estado algorítmico: universidades, consultoras y el espejismo de participar

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Este texto no busca responsables ni sugiere conspiraciones...

El Estado algorítmico no es un hongo que brotó por humedad tras una lluvia. No es el delirio de un gobernante paranoico ni el capricho de una élite con aires de ciencia ficción. Es algo mucho más terrenal y, por eso, más peligroso: es el resultado de un pacto de caballeros entre tres mundos que rara vez se miran al espejo al mismo tiempo: el poder político, la academia y el mercado.

Aquí no hay olor a azufre ni conspiraciones de sótano. Lo que hay son contratos firmados, convenios de colaboración y facturas con IVA. Es un modelo de negocio que, simplemente, funciona.

Tu vida como botín

Hoy, nuestros datos ya no solo sirven para que nos bombardeen con publicidad de tenis o seguros de auto. En la arena política, el dato es la moneda de cambio. Al poder no le interesa saber quién eres tú, Juan o María; le interesa algo mucho más rentable: comprar la capacidad de predecir qué vamos a hacer todos.

Consultoras y laboratorios de IA no venden ideología ni proyectos de nación. Venden algo que para un político es droga pura: certeza. No prometen convencer a nadie; prometen que ya saben qué va a pasar. Y esa tranquilidad, en el despacho de un gobernante, vale oro.

Las consultoras: el lenguaje que lava culpas

Estas empresas son los nuevos traductores. No te hablan de justicia social ni de libertad; te hablan de "segmentación de audiencias", "optimización de mensajes" y "gestión de riesgos".

Es un lenguaje técnico que funciona como un detergente: limpia las manos. Permite que el político diga, sin ponerse rojo, que no está manipulando a la gente, sino que solo está "tomando decisiones informadas". La política se subcontrata y la responsabilidad se pierde en el camino. Si el algoritmo lo dijo, parece que nadie apretó el gatillo.

La universidad: el sello de aprobación

Aquí llegamos a la parte que más escuece. Las universidades —esas que deberían ser templos del pensamiento crítico— aportan algo que el dinero no puede comprar: legitimidad.

Cuando un proyecto de vigilancia o control se etiqueta como "innovación académica" o "modelo basado en evidencia", deja de oler a política y empieza a oler a ciencia. Se vuelve "inevitable". La universidad, a veces por ingenuidad y otras por presupuesto, termina prestando su prestigio para que nos traten como ratones de laboratorio. Ya no se estudia a la sociedad para entenderla, sino para ver cómo se le administra mejor.

El engranaje de seda

El circuito es perfecto y no hace ruido:

  1. La universidad pone el saber y el prestigio (el "currículum").
  2. La consultora convierte ese saber en un arma operativa (el "software").
  3. El político gobierna sin despeinarse, minimizando cualquier riesgo de sorpresa

Nadie rompe la ley. Todos hablan de eficiencia. El resultado no es una dictadura de botas, sino una democracia dirigida por probabilidades.

Participar... pero sin decidir

Nunca hemos "participado" tanto como ahora. Encuestas en redes, botones de like, buzones digitales que parecen agujeros negros. Pero esta abundancia es una trampa de espejos.

Estamos participando mucho, pero decidiendo casi nada.

Tu opinión ya no se busca para cambiar el rumbo del gobierno. Se busca para checar que el modelo sigue bien calibrado. El sistema no te pregunta para escucharte; te pregunta para medir hasta dónde puede estirar la liga sin que se le rompa en la cara.

Del diálogo al teatro de sombras

Escuchar de verdad es peligroso porque implica la posibilidad de cambiar de opinión. El Estado algorítmico odia ese riesgo. Si la máquina ya sabe quién va a aplaudir, quién va a gritar y quién se va a quedar callado, el "diálogo ciudadano" se vuelve pura escenografía. Un guion donde los actores creen que improvisan, pero las marcas ya están pintadas en el suelo.

¿Quién gana y quién pierde?

Ganan las empresas que facturan certezas. Ganan los gobiernos que odian las sorpresas.

Pero perdemos nosotros algo que no tiene factura: la espontaneidad, el conflicto que construye y la posibilidad de que la gente, un día, decida salirse del guion y cambiar la historia. La democracia no se cancela; se gestiona como si fuera una bodega de Amazon.

La pregunta que no nos deja dormir

Este ecosistema ya está operando, y a menudo con las mejores intenciones técnicas. Pero la duda sigue ahí, flotando:

¿Para qué sirve participar si el sistema ya calculó, con precisión matemática, cómo vas a reaccionar?

Cuando la política se vuelve un problema de "optimización", el ciudadano deja de ser el protagonista de su historia para convertirse en una variable más que hay que mantener bajo control.

La quinta entrega llega el próximo martes.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica