¿Hemos perdido la guerra o más bien la batalla contra las adicciones?

Réplica
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

Y para entonces, quizá, ya no quede mucho por salvar...

Como usted lo sabe, escribí el libro Reparación de vidas catastróficas. Lo publiqué en febrero de 2025. Es una novela que retrata a una mujer adicta a las metanfetaminas y a un codependiente atrapado en esa espiral. No es una historia lejana ni exagerada: está construida desde la angustia real, desde la obsesión por salvar a alguien que, muchas veces, no quiere o no puede ser salvado.

Después publiqué Alien Malévolo. Manual de convivencia con lo inexplicable, donde abordo la dinámica familiar cuando hay un enfermo terminal. Dos libros distintos, pero atravesados por el mismo hilo: el dolor humano cuando la vida se descompone frente a nosotros.

Hace unos días, como dicen los jóvenes, me puse a “scrollear” en TikTok. Me encontré con un video de una persona adicta al cristal. Era, literalmente, la trama viva de Reparación de vidas catastróficas. Decidí escucharlo con atención. No era un discurso. Era un grito. Un testimonio crudo de desesperación, de angustia, de pérdida absoluta de control.

Pero lo verdaderamente devastador no fue el video.

Fueron los comentarios.

Había entre 300 y 400. Los leí todos. Uno por uno. Y le confieso algo: una emoción oscura se apoderó de mi esperanza. De mi fuerza. De esa necedad optimista que uno intenta sostener cuando escribe sobre estos temas.

Eran jóvenes. Mujeres. Hombres. Personas que estaban ahí, en ese mismo infierno. Diciendo que no podían dejarlo. Que llevaban días limpios… y recaían. Que lo intentaban… y volvían a caer. Que llevaban años consumiendo. Años.

Una y otra vez. Una y otra vez.

No eran espectadores. Eran víctimas narrándose en tiempo real.

Ahí entendí algo que quizá no queremos aceptar: no estamos ganando. Y tal vez ni siquiera estamos peleando en serio.

Estamos perdiendo.

O peor aún, estamos fingiendo que no pasa nada.

Decidí entonces hacer lo único que está en mis manos: seguir hablando. Seguir difundiendo la investigación que hice. Seguir empujando mis libros, mis programas, mis reflexiones. Como un grano de arena, sí. Minúsculo. Casi ridículo frente a la magnitud del problema. Pero necesario.

Porque si algo quedó claro es que no es suficiente.

Hay gente admirable, con un corazón enorme, que ha hecho de esto su causa de vida: ayudar, acompañar, rescatar, tender la mano. Pero no alcanza. No está alcanzando.

Y aquí es donde la responsabilidad deja de ser individual.

Los medios de comunicación tenemos una deuda. Una deuda enorme. Sobre todo aquellos que reciben dinero público, que tienen convenios con gobiernos que —hay que decirlo sin rodeos— han sido omisos. Indolentes. Cómplices por omisión.

Hacen muy poco. Ahí están las estadísticas y los resultados.

¿De verdad no hay espacio para esto?

¿De verdad no pueden dedicarle unas páginas a la semana?

¿No pueden investigar, documentar, visibilizar?

No se trata de amarillismo. Se trata de supervivencia social.

Porque lo que está en juego no es un dato. Es el futuro.

Estamos perdiendo a la juventud mexicana. A las adolescencias. A las niñeces que hoy crecen en entornos donde el cristal no es una excepción, sino una presencia constante, silenciosa, devastadora.

Y esto —hay que decirlo con todas sus letras— se va a poner peor.

Mucho peor.

Si como sociedad seguimos mirando hacia otro lado, si seguimos administrando la tragedia en lugar de enfrentarla, entonces la pregunta dejará de ser retórica.

Ya no será: ¿hemos perdido la batalla?

Será una afirmación.

Y para entonces, quizá, ya no quede mucho por salvar.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica