EL CALVARIO DE CHINA
Para todos los espíritus que se mantienen atentos al desenvolvimiento de la vida internacional, el conflicto que ha aparecido en el lejano Oriente, a causa de la invasión japonesa sobre el territorio chino de Manchuria, representa uno de los sucesos más graves y más trascendentales que han ocurrido en la última década.
Importante es en sí este problema, como lo son todos los que resultan del choque de intereses de las grandes potencias en el extremo Oriente; pero más importante es aún en virtud de que la actitud altanera e intransigente del Imperio Japonés ha venido a exhibir la febledad de todo el esfuerzo acumulado en la posguerra para crear normas e instituir organismos de acción internacional capaces de allanar pacíficamente las diferencias que se susciten entre los Estados.
Ni la presión moral de la Sociedad de Naciones, ni los mandamientos expresos contenidos en los tratados, acuerdos y convenciones emanadas de la conferencia internacional celebrada en Washington en el invierno de 1921 a 1922, en que se plantearon los grandes problemas del Pacífico; han sido bastantes para evitar que continúe en forma progresiva y alarmante el abuso que de su propia fuerza hace el país del Sol Naciente en una invasión que retrotrae al mundo a las épocas, que se creían ya pasadas, de las conquistas políticas y territoriales confiadas a la acción de las armas.
De tiempo en tiempo, por periodos seculares, el interés político del mundo se desplaza de uno al otro confín del orbe. El Atlántico y el Mediterráneo, que hasta el siglo pasado constituían la causa principal de disputas entre las grandes potencias marítimas, han dejado de ser objeto de reales preocupaciones. Y desde los albores del siglo actual, son los complejos problemas del Pacífico los que inquietan preferentemente a los estadistas; y son también los que representa, para lo porvenir, las más terribles amenazas de guerra.
El campo esencial de la pugna entre las potencias navales se ha situado en China, por las perspectivas de explotación de los recursos naturales que ofrecen sus vastos territorios y por la posibilidad de dominio de mercados tan amplios como los que suponen los cuatrocientos o más millones de habitantes que pueblan a China.
Estos incentivos son demasiado poderosos para no dejar de atraer la codicia de los mercaderes de Occidente, los cuales, en su afán de dominio, no se han detenido siquiera ante consideraciones primarias de ética.
Desde la guerra del opio, en que Inglaterra, con el fuego de sus cañones, impuso al pueblo chino la costumbre de producir, consumir y comerciar con ese enervante (guerra iniciada en 1839 y terminada en agosto de 1842 con la toma de Shanghai por las tropas del Imperio Británico); desde esa contienda que dejó escrita una de las páginas más infamantes de la historia humana, se inició el rudo calvario por que ha tenido que cruzar el pueblo chino, cada vez más sujeto a la servidumbre que le han impuesto las potencias occidentales y el Japón.
El tratado de Nan-king que puso fin a la guerra anglo-china, si es verdad que abrió China al comercio internacional, del que ésta procuraba sustraerse, también lo es que ello fue al precio de su ruina como Estado independiente.
De ahí en más, la penetración de Occidente se hizo a base de golpes de mano, de expediciones militares o de simples amenazas, obligando las potencias, con pretextos y aun sin ellos, al celeste imperio, a que les otorgara sendas y jugosas concesiones territoriales, derechos de extraterritorialidad para los japoneses y europeos, control absoluto de las aduanas, pago de fantásticas indemnizaciones de guerra y otras de exacciones prácticamente innumerables.
El usufructo de las concesiones territoriales es, de hecho, un verdadero despojo ya que en el perímetro que abarcan no existe más autoridad que la emanada de la potencia beneficiaria. La extraterritorialidad de ciudadanos extranjeros, implica la intangibilidad de éstos por parte de cualquier tribunal del país, sea cual fuere el delito de que se hicieren responsables. Esto, sin contar con el establecimiento de oficinas de correos y telégrafos, ferrocarriles, estaciones carboníferas y otras muchas fuentes de explotación, bajo el dominio exterior.
China no puede establecer ni cobrar impuestos. Las recaudaciones aduanales son percibidas por las potencias y distribuidas entre ellas para amortización de deudas inconmensurables. Apenas se asigna un limitado porcentaje para el sostenimiento de la administración pública. La rica provincia del Tíbet pasó en realidad al dominio inglés por el tratado de Calcuta de 17 de marzo de 1890; Hon-Kong también, y de pleno derecho, por el tratado de Nan-king de 1842; en la Mongolia Central y Oriental, y en la Manchuria meridional, ejerce derechos casi soberanos el Japón; Shanghai es un establecimiento internacional, quedando sólo la vieja ciudad en manos de las autoridades chinas.
¿Qué soberanía resta a la nación China, al descontar todo esto?
Felizmente para China, mientras más enconadas se hicieron las pugnas entre las potencias, fue generándose un movimiento nacional de extraordinarias proporciones, que ha hecho despertar al pueblo chino de su secular somnolencia, para reclamar la restitución de sus derechos por medio de la sucesiva derogación de esos tratados cuya “santidad” proclama en estos momentos la cancillería del Japón, pero que no son en verdad más que las ligaduras impuestas a un gran pueblo durante un siglo en que tuvieron manos libres las puissances de proie.
Fueron estas disputas, las que, en la Conferencia de Washington a que aludí en los primeros párrafos de este artículo, echaron por tierra “los derechos especiales” que reclama para sí el Japón y que había impuesto a China en 1915. Son estas mismas disputas las que obligaron a formular la declaración conjunta de respeto a la integridad territorial de China. Y son, en fin, estas disputas, las que impusieron la doctrina americana de la “Puerta Abierta” en los mercados de Oriente, sobre la hegemonía unilateral a que aspira el Japón.
Por lo demás, China, aunque dividida en múltiples facciones, y azotada por la guerra intestina, por la peste y las inundaciones, no es ya la China asustadiza del Celeste Imperio, sino una China que cuenta con estadistas de tan alto valer como los discípulos de Sun Yat Sen, cuya dialéctica se impone en las reuniones internacionales y cuya “resistencia pasiva” hará que fracase la invasión nipona de la Manchuria.
China inerme, ha confiado su defensa a la moral internacional. El Japón, en cambio, por sobre la opinión del Consejo de la Sociedad de Naciones, que lo conminó por trece votos contra uno a evacuar en plazo perentorio el territorio invadido, se empeña en resolver el conflicto por medio de negociaciones directas, seguro de que de este modo la presión de sus ejércitos y de su gran flota producirá una nueva capitulación de China.
En esta agresión de caracteres anacrónicos, en que se resucitan los procedimientos clásicos de una guerra de conquista, torpemente disfrazados con declaraciones de defensa de intereses, lo realmente interesante será saber si el mundo se allanará a soportar resignadamente la soberbia intransigencia de un Estado como lo es el Japón, condenado por la opinión general.
El Nacional, 30 de octubre de 1932.
Froylán C Manjarrez
La Pluma y las Palabras (El calvario de China)
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