La Pluma y las Palabras (La generosa improvisación de Mr. Hoover)

Réplica y Contrarréplica
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LA GENEROSA IMPROVISACIÓN DE MR. HOOVER

Virtualmente, los Estados Unidos no tienen interés más que en mínima parte en el pago de las cantidades debidas por Alemania por concepto de reparaciones. Ellos son acreedores de las potencias aliadas; pero como a su vez las potencias aliadas sumaron las deudas de guerra al acervo de las reparaciones, de hecho los Estados Unidos resultan principales acreedores de Alemania. De ahí el interés preferente de Norteamérica en la restauración económica germana.

En el largo y penoso proceso que abarca desde el fin de la guerra hasta la firma del Plan Young, las potencias europeas fueron sacrificando, a la posibilidad de pago de Alemania, la mayor parte de sus exigencias. Francia misma, la más azotada por la guerra, tuvo que conformarse a la postre con equiparar el monto de sus deudas hacia los Estados Unidos e Inglaterra, con el monto de los pagos que viene haciéndole Alemania, reservándose sólo un pequeño “surplus” para las reparaciones propiamente dichas.

A Francia le queda —por otra parte— el penoso papel de ser el más molesto e intransigente cobrador de Alemania, pues como los Estados Unidos se cuidaron de desvincular oficialmente el problema de las reparaciones de las deudas interaliadas, el resultado fue que quedaran los rendimientos para Norteamérica, y para Francia el peso de los conflictos.

Desde el momento en que, a título del pago de reparaciones, se anotaron en el débito de Alemania, en términos generales, los gastos de la guerra, se planteó un nuevo problema: ¿cómo hacer que un sólo país arruinado pagara una deuda cuyas cifras a justo título han sido calificadas de astronómicas? (En total, y hechas todas las reducciones posibles: treinta y ocho millares de millones de marcos de oro).

Por contraposición a las demandas excesivas de las potencias aliadas y asociadas, Alemania opuso como única defensa su propia debilidad. Un pueblo como el alemán, que al cabo de la guerra pedía de hambre y tenía desorganizadas todas sus fuentes de producción, no podría jamás solventar reclamaciones tan cuantiosas como las de sus antiguos adversarios. En consecuencia, si éstos pretendían obtener el pago de las indemnizaciones de guerra, necesitaban previamente refaccionar a Alemania hasta colocar a sus industriales en el más alto grado de productividad.

Así pues, el hecho simple de la capacidad de pago de la potencia deudora, que apareció como principio fundamental para la liquidación económica de la guerra, tuvo que apreciarse, no en razón de la capacidad momentánea de Alemania, sino con vistas al desarrollo de su capacidad potencial.

El Plan Young vinculó, teóricamente, los intereses de la potencia deudora y de sus acreedores: a mayor desarrollo de la producción alemana correspondería una más segura satisfacción de las exigencias de sus acreedores.

Un hecho, sin embargo, ha venido a frustrar todas las esperanzas puestas en el eficaz desarrollo del programa financiero planteado por el Plan de Young: los mercados de consumo del mundo, de suyo enrarecidos por efecto de la guerra, se han ido cerrando progresivamente a los productos extranjeros a cada nación. El advenimiento de nuevos Estados en Europa, con la consiguiente formación de tarifas aduanales; la tarifa ultra-proteccionista votada por el Congreso norteamericano y las demás murallas que en cada país van levantándose; todo ello como consecuencia de un afán creciente de los pueblos por bastarse a sí mismos, impide la colocación de la gran producción alemana, sin que por ello deje ésta de ejercer presión para desplazar a las potencias de sus mercados tradicionales y de aquellos que conquistaron en los años de la guerra.

De las premisas en que se sustentó el funcionamiento del Plan Young, la más falsa resultó ser aquella que preveía la búsqueda de nuevos mercados —no sujetos a la influencia de las corrientes establecidas— para la colocación de los productos de una Alemania entregada enérgicamente a un proceso de crecimiento industrial. Y ahora Alemania no encuentra otra desembocadura fácil más que la Rusia Soviet.

Lejos, pues, de resolverse el problema de la liquidación de las deudas de guerra, por medio de las ambiciosas concepciones que animaron al Plan Young, éste no ha hecho más que empujar al mundo capitalista hacia una anarquía en la producción y una competencia desmesurada en el consumo; consumo que a su vez se restringe por la racionalización y el paro de millares de trabajadores.

En vez de la coordinación de esfuerzos que suponía la organización internacional de capitalismo prevista y proclamada por el Plan de Young, son la concurrencia despiadada, el egoísmo económico y la desintegración de muchos de los principales organismos productores, los resultados que se han obtenido. Y la concentración del oro en las cajas de los bancos de Francia y de los Estados Unidos no beneficia ni siquiera a los poseedores de esos tesoros.

El Plan Young, en un año de vigencia, ha barrenado el cimiento del régimen capitalista acaso con mayor eficacia que como pudiera haberlo logrado el Plan Quinquenal del señor Stalin.

El plan de Mr. Hoover, en realidad es el índice de un esfuerzo por volver el estado de cosas económico del mundo a un ritmo semejante al que regía antes de que estallara la guerra. Y ahora pensarán los financieros de Norteamérica que acaso Sir Bonard Law haya estado en sus cabales cuando propuso la abolición de las deudas de guerra, que hoy aparece claramente como único término de solución del problema económico internacional.

Sólo que los golpes asestados al régimen capitalista en estos doce años que lleva la guerra económica mundial, no será fácil que se reparen con la “generosa improvisación del presidente Hoover”, como la llama Tardieu.

El Nacional, 10 de julio de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica