LA REBELIÓN DE UN PUEBLO INERME
Cuba se estremece en un impulso vigoroso por sacudir la zafia dictadura de Gerardo Machado. Es la insurrección general de un pueblo inerme en contra de la más inmoral y más despiadada dictadura que se sufre en estos momentos en nuestro continente. Sólo Machado es capaz de haber establecido un paralelo con Juan Vicente Gómez. Y Uriburu se antoja un gobernante libérrimo cuando se le compara con el dictador antillano.
No es posible, a la hora en que se alza el espíritu público de Cuba, y cuando caen, como han caído, los jefes de la revolución armada, que permanezcamos quietos y mudos quienes recibimos de aquella colectividad hermana, hidalga y generosa hospitalidad. Necesitamos erguirnos también y clamar con vehemencia en contra de Machado, como un acto de solidaridad con ese pequeño gran pueblo arrojado bárbaramente por una tiranía sin frenos morales.
Las responsabilidades de Machado son tanto mayores cuanto que Cuba, con anterioridad a su exaltación al poder, había logrado encauzar sus destinos dentro de las normas inherentes al ejercicio de la democracia. No era la de Cuba una democracia impecable, porque, acaso, en ninguna latitud del planeta se ha establecido un régimen que corresponda a la idealidad teórica de la democracia, pero, dentro de las posibilidades de Hispanoamérica, era Cuba uno de los países más francamente adentrados en los cauces propios de la ciudadanía política.
Al amparo de una sabia ley electoral, se había hecho posible el libre juego de los partidos políticos, sin que jamás el partido mayoritario suprimiera a las minorías. La alternabilidad en el poder de los partidos políticos se iba ajustando a un ritmo cívico. Los dos grandes partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— encontraban un equilibrio de fuerza en el pequeño Partido Popular, que se colocaba en el centro actuando como regulador, de la misma manera que maniobra en Inglaterra el partido de Lloyd George entre laboristas y conservadores.
La misma elección de Machado, en 1925, fue una expresión clara del alto grado de civilidad que había alcanzado la democracia cubana. El Partido Liberal, vencido en 1916 por las armas del gobierno conservador de Mario G. Menocal, en el campo de batalla de Caicaje, al cabo de ocho años de lucha tesonera reasumía las responsabilidades del poder como resultado de la función comicial que elevó a Machado a la presidencia de la República en sustitución del doctor Alfredo Zayas.
La revancha del Partido Liberal no aparecía como nuncio de guerra sino como una espléndida oportunidad de emulaciones generosas en el gobierno: Machado, personalidad modesta, figura secundaria dentro de los rangos del partido triunfante, había sido escogido como un elemento de transacción llamado a eliminar las asperezas y los antagonismos que quedaban como sedimento de las viejas luchas entre los caudillos liberales y conservadores. La exaltación de Machado al poder, en consecuencia, fue saludada por un aplauso general, revelador de las esperanzas que se fincaban en la gestión del organismo político de más honda raigambre popular que hasta entonces había existido en el país.
Pero Machado, que había sido sencillo, modesto y demócrata como ciudadano y como candidato, al llegar al poder, súbitamente, sin la menor solución de continuidad, se convirtió en un hombre duro y cruel y dio la impresión, desde el primer momento, de ser un gobernante que sólo se confiaba en la autoridad que da el empleo de la fuerza armada y en el apoyo del capitalismo extranjero.
Machado hizo caso omiso, desde entonces, de la opinión nacional. Su hegemonía política la hizo radicar en una reforma a la ley electoral por medio de la cual no volvieron a renovarse los partidos políticos. El soborno de los líderes, en estas condiciones hizo posible la estratificación de los organismos políticos, que no representaron ya jamás un consenso de opinión. En el orden administrativo, Machado quiso distinguirse por la ejecución de un programa de obras públicas que no correspondía ni a las posibilidades económicas del país, ni menos aún a sus necesidades. Un Capitolio con costo aproximado de dieciséis millones de dólares, construido para residencia oficial del Parlamento, es muestra del rastacuerismo de un régimen de manirrotos. ¡Como si la fastuosidad desproporcionada de un palacio fuera a dar respetabilidad a un poder, como el Legislativo de Cuba, envejecido por el déspota! En el orden económico, Machado propició gustoso y sumiso la transmisión de las industrias y de la tierra cubana a los capitalistas norteamericanos. Y en lo político, la gestión de Machado se distingue por haber dado fin a las libertades ciudadanas de Cuba, al convertir en farsas grotescas las funciones comiciales, y al modificar la Constitución ilegalmente a fin de perpetuarse en la presidencia, ampliando por decreto el periodo de las funciones correspondientes a cargos que implican mandatos populares como son las de senadores y representantes (diputados).
Pero lo más grave consiste en que Machado restituyó su poder a la violencia en las formas más repulsivas: el garrote vil fue restablecido como medio infamante para la ejecución de criminales; la ley fuga fue instituida; y los enemigos políticos fueron eliminados como fieras de presa en cacerías que se llevaban a cabo en la misma ciudad de La Habana, sin respeto, siquiera, para los veteranos de la guerra de Independencia. Para nombres, allí están los de Armando André y Bartolomé Massó.
Cuando se contemplaba el panorama sombrío creado por la tiranía machadista, parecía como si la colectividad cubana hubiera perdido aquellas virtudes de valor y de entereza que dieron fama a la generación de los Maceo, de los Agramonte, de los Gómez.
Pronto, sin embargo, surgieron como representativos de la generación actual los estudiantes universitarios, que fueron los primeros en enfrentarse con el dictador. Luego fueron los veteranos y patriotas, seguidamente los intelectuales, y finalmente la oposición se hizo general, hasta hacer salir a las mujeres de sus hogares para reclamar la caída del usurpador.
La Revolución Cubana que ha estallado en estos últimos días es uno de aquellos acontecimientos que ponen a prueba los valores morales humanos. Frente a la desesperación de un pueblo se encuentra la fuerza pública puesta al servicio de una tiranía sin escrúpulos. Machado ahogará en sangre la rebeldía actual, merced al estado inerme del pueblo, y gracias también al apoyo que le brinda el capitalismo nórdico, del que es obediente servidor; pero ya nunca más podrá decirse que el pueblo cubano se resignó a sufrirlo sin protesta.
Por lo demás, que se entienda que el apoyo que del extranjero se imparta a Machado, representa una complicidad criminal.
El Nacional, 16 de agosto de 1931.
Froylán C Manjarrez
La Pluma y las Palabras (La Rebelión de un Pueblo Inerme)
Tipografía
- Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
- Default Helvetica Segoe Georgia Times
- Modo Lectura
