La ballena sobre el techo

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Y, al hacerlo, descubrir que seguimos aquí, manteniéndonos firmes...

Durante muchos años olvidé una parte de mi infancia.

No era un recuerdo cualquiera. Era una escena que aparecía como una imagen suelta, casi como un fragmento de una película que alguien dejó a la mitad: una ballena caminaba sobre el techo de mi casa mientras yo la observaba desde abajo. El techo se hacía cada vez más largo, más largo, hasta convertirse en algo infinito.

No había terror. Había asombro. Una mezcla extraña de impacto y frustración porque aquel techo no terminaba nunca.

Años después entendí que quizá aquel sueño hablaba de algo que mi mente infantil todavía no podía explicar.

Poco tiempo antes había sido atropellado. Era un niño y de pronto mi mundo cambió. Mi cuerpo, que antes corría y jugaba, quedó inmóvil. Pasé meses en una recámara que no era la mía, sino la de mis padres, con un aparato de fierro atravesando mi pierna intentando reparar lo que se había roto.

Recuerdo mirar mi propio cuerpo con la extrañeza de quien observa algo imposible. Había heridas, dolor y una larga espera.

Pero también había algo más: mis padres llevándome comida, intentando hacer más llevadero un momento que para un niño parecía interminable.

Con el tiempo descubrí que hay acontecimientos que dividen la vida en dos partes: antes y después.

Aquel accidente me quitó cosas. No pude hacer muchos deportes, dejé de vivir algunas aventuras que quizá habría vivido y las cicatrices hicieron que durante mucho tiempo me sintiera diferente frente a los demás.

Pero hoy, después de muchos años, miro esas marcas de otra manera.

Ya no son señales de una pérdida. Son pruebas de permanencia.

Son la evidencia de que hubo un momento en que la vida me puso frente a algo enorme y, aun así, seguí aquí.

Tal vez por eso escribí Reparación de Vidas Catastróficas, porque hay imágenes que no se explican, solo se viven.

La ballena de aquel sueño nunca cayó sobre mí. Solo pasó.

Y quizá eso era lo que mi mente de niño intentaba decirme: hay cosas demasiado grandes para entenderlas cuando ocurren, pero con los años podemos mirarlas desde otra altura.

Transformar el dolor en conciencia no es borrar lo vivido, sino aprender a mirarlo sin miedo. Y, al hacerlo, descubrir que seguimos aquí, manteniéndonos firmes.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica