“Hijo, volviste a nacer”.

A los que vieron cómo un automóvil me pasaba por encima y me aplastaba; a los que presenciaron cómo un pequeño era arrastrado por los metales de aquel bólido hasta quedar inerte en el asfalto.
Gracias a los que reaccionaron de inmediato e hicieron una valla humana con sus propios cuerpos para protegerme del resto del tráfico. A los que se agacharon y me preguntaron cómo me sentía; a aquel hombre que se acercó para decirme con voz temblorosa: “Hijo, volviste a nacer”.
Gracias a los que corrieron a avisar a mis familiares. A los que me miraron con compasión y me custodiaron durante los minutos más largos e inciertos de mi existencia. A los que me desearon suerte en un susurro cuando los camilleros de la Cruz Roja me levantaban del suelo.
Gracias a los que le dieron aliento a mis padres, a los que los acompañaron en la calle sosteniéndoles la esperanza y asegurándoles que su hijo de diez años no había muerto.
Gracias a todos los que estuvieron ahí esa tarde. Tardé décadas en entenderlo, pero hoy sé que me permitieron sentir la solidaridad en su estado más puro: me permitieron verlos desde el alma, con toda su humanidad desbordada.