EL PROBLEMA AGRARIO Y EL FLORECIMIENTO DE UNA CIVILIZACIÓN AMERICANA
Entre las múltiples manifestaciones de simpatía de que ha sido objeto la nación mexicana con motivo de la celebración del CXX aniversario de la proclamación de su independencia, queremos comentar, por trascendente, la declaración que hizo la Conferencia Panamericana de Agricultura reunida actualmente en Washington, por conducto de su presidente el señor A. F. Woods, que trasmite el cable al tenor siguiente:
“…es en extremo grato esta oportunidad de expresar en nombre de la conferencia, profunda admiración por lo que México ha logrado realizar en 120 años de vida independiente. Entre las numerosas razones por las cuales México es digno de respeto ante el mundo, ninguna merece mayor atención para esta conferencia que la labor que México ha llevado a cabo encaminada a restablecer a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen, a fin de que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana, cuya base de inspiración se encuentra en los siglos ya lejanos en que sobresalió como una de las más elevadas.
La declaración que antecede —la cual tomamos de uno de los órganos periodísticos capitalinos de innegable filiación conservadora, como es El Universal—, ofrece dos sugerencias de tal modo importantes, que es preciso llevarlas a la conciencia pública: la primera es, no sólo la aprobación que la política agraria de México recibe en el consenso internacional americano, sino, lo que es más, el elogio franco, explícito, entusiasta, que tributa la institución panamericana a la vasta obra de reivindicación social plasmada por el régimen revolucionario de México, en su aspecto más hondo y trascendental: la reforma agraria; y en segundo término señalaremos cómo la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América, que atraviesa en la hora presente por un estado de convulsiones semejantes a las ya sufridas por nuestro país, convulsiones que, sin género de duda, entrañan un malestar social que habrá de obligar a la mayoría de los países de nuestro continente a enfocar la solución de sus problemas internos con vista a la restauración del patrimonio de cada nación a los nativos, que son los poseedores tradicionales de la tierra, “a fin de que —como dice el señor Woods— nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana”.
No es la Unión Panamericana un organismo que se haya caracterizado jamás por la adopción de una política de orientaciones radicales o de reformas audaces. Es, al contrario, por su propia índole, una institución que recoge y que trata de conservar las manifestaciones vitales de la política de cada país americano, para vincularlas y producir así normas comunes a la vida internacional del continente. Y la Unión Panamericana, por lo demás —con la única excepción, acaso, de la Sociedad de Naciones—, es el organismo internacional de mayor arraigo y autoridad que existe en el mundo.
No parten, pues, los elogios que ha merecido México por su obra de renovación social, de un sector más o menos considerable de opinión —pero siempre partidista—, sino de un organismo interestatal cuya ponderación está fuera de duda, lo cual acrecienta el valor de las expresiones que inspiran nuestro comentario.
Esta forma de contemplar nuestro más hondo problema social, como es el agrario, contrasta notoriamente con el criterio egoísta y de baja estatura intelectual de nuestras minorías conservadoras —diríamos mejor, ultramontanas— que no han podido abrir su espíritu para observar la noble trascendencia de nuestras reformas agrarias.
Se antoja como si estadistas que se colocan en un plano superior, en que la serenidad permite una más clara y más profunda y más justa observación de nuestros problemas, vinieran como vienen, a responder a las imprecaciones ayunas de generosidad y amplitud de tema a las llamadas asociaciones de comerciantes y productores de México. Mientras estas claman en contra de la aplicación de las leyes agrarias, considerándolas como desquiciadoras del orden social y determinantes de nuestra anemia económica, la Unión Panamericana hace patente el respeto y la profunda admiración —textual— que le merece la obra que México ha realizado en sus 120 años de vida independiente, particularmente en lo que ve a la gestión que ha restablecido a los nativos en la posesión de las tierras que por tradición les pertenecen. Mientras nuestras minorías reactoras denuncian la gestión agrarista del régimen revolucionario como contraria a los intereses vitales de la nación, suponiendo que esta labor va en mengua de la capacidad productora y, por ende, del progreso de nuestro país, la Conferencia Panamericana de Agricultura, en donde se hallan representados, a no dudarlo, hombres de los más capacitados que hay en nuestro continente para juzgar del porvenir agrícola de América, declara que la gestión de México en la materia, es la que encamina a un nuevo florecimiento de una magnífica civilización americana.
Si las argumentaciones de los hombres de la revolución en defensa de las leyes y de los procedimientos implantados por el régimen para afianzar el patrimonio nacional entregando la principal fuente de producción a la mayoría de la colectividad, no se escuchan; y si esas minorías reactoras, que no oyen más que lo que suponen que es la opinión de los inversionistas de fuera, se desentienden de las razones en que se sustenta el derecho superior de la colectividad, que sean estas declaraciones —que por venir de fuera quizás sean las únicas capaces de trasponer la sordera y el egoísmo de nuestras clases conservadoras—, las que les hagan convenir en que lejos de ser demagógica y trastornadora la obra de la revolución, se exhibe como la base de sustentación de una magnífica civilización americana.
La otra sugerencia que ofrecen las declaraciones del presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, decíamos arriba, es la de que la política renovadora de México se proyecta en el momento histórico actual como un ejemplo para el resto de la América hispánica.
Si los Estados Unidos del Norte no han podido sustraerse a la crisis económica mundial —crisis que envuelve al régimen de propiedad y de producción agrícola de nuestros vecinos del Septentrión—, este problema es más vivo y más acentuado en la América española, donde subsisten las mismas condiciones que en México prevalecían antes de que sobreviniera el fenómeno revolucionario.
Este estado de cosas es tan patente, que Keyserling, en una de sus últimas conferencias, ha hecho resaltar la circunstancia ideológica particular de los pueblos iberoamericanos, que consiste en la vinculación existente entre el hombre y la tierra; es decir, en la significación mística que adquiere para el agricultor de estos países de origen latino el trabajo y la fecundación de la tierra.
Es indudable que los fenómenos sociales y políticos que ocurren en los países iberoamericanos se reflejan y se emulan de unas a otras latitudes. El movimiento de independencia de las colonias norteamericanas no tuvo una repercusión inmediata en el resto de la América. Hubieron de pasar 34 años de la declaración de la independencia norteamericana para que incubara en el alma de los pueblos de la América española el afán por su autonomía. En cambio, el acontecimiento de la independencia de las naciones hispanoamericanas se produce con extraordinaria simultaneidad, porque cuaja sincrónicamente en la mente de las colectividades que pueblan nuestras latitudes y en las que habitan las dilatadas llanuras argentinas y las escarpadas cordilleras de los Andes, el ansia de su emancipación política. Así también, en nuestra época, el impulso de renovación social —consecuencia de las miserias que afligen a las grandes colectividades sometidas, tanto durante la dominación española como bajo el imperio de las burguesías criollas, a un sistema de explotación feudal—, surge con una simultaneidad que sólo precedió la revolución de nuestro país.
Quien contemple los movimientos ocurridos en apenas con intervalos de semanas o de días en Bolivia, en Perú y en la Argentina, no debe detenerse simplemente a considerar la forma exterior, transitoria, que exhiben los golpes de fuerza de los grupos militares, sino el fenómeno que oculta un hondo malestar social de las colectividades de esos países. La Argentina, como el Perú y como Bolivia, se encuentran en el periodo crítico del cuartelazo, que ya nosotros hemos padecido; pero ellos como antes nosotros, habrán de confrontar los problemas que emergen del anhelo de las clases proletarias por establecer una más justa o menos inhumana distribución de la riqueza, y sobre todo, por la posesión de su fuente esencial, que constituye la tierra.
Así pues, sin que sea un vano alarde, puede afirmarse que la Revolución de México, ha dado el ejemplo en la era que vivimos, de derrumbar el sistema de explotación que caracteriza a la economía hispanoamericana como una economía de tipo feudal, para estructurar un orden social que, como lo proclama el presidente de la Conferencia Panamericana de Agricultura, ha de servir de fundamento para que nuevamente pueda florecer una magnífica civilización americana.
El Nacional, 18 de septiembre de 1930.
Froylán C Manjarrez
La Pluma y las Palabras (El problema agrario y el florecimiento de una civilización americana)
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