El pequeño crédito que puede convertirse en una gran pesadilla

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Y nadie debería entregar su tranquilidad a cambio de unos cuantos miles de pesos...

Hay algo profundamente engañoso en la manera en que hoy se ofrece crédito: pedir dinero parece tan sencillo como pedir comida, comprar ropa o solicitar un transporte desde el teléfono.

Un anuncio aparece en la pantalla: “Obtén tu tarjeta en minutos”, “Crédito inmediato”, “Sin complicaciones”, “Dinero para lo que necesites”. Todo parece amable, moderno, accesible. Nadie habla demasiado de lo que ocurre cuando ese dinero deja de ser una solución y comienza a convertirse en una deuda.

Y ahí empieza el problema.

En México existen tarjetas de crédito y productos financieros que pueden contratarse prácticamente desde el celular. Algunas instituciones digitales han crecido precisamente bajo ese modelo de acceso sencillo. Pero facilidad para obtener crédito no significa que sea barato.

El Banco de México reportó que, para junio de 2025, la tasa efectiva promedio ponderada de las tarjetas de crédito de la cartera comparable fue de 23.9 por ciento; sin embargo, entre quienes no liquidaban el total de su saldo, la tasa efectiva promedio ponderada subía a 37.1 por ciento. (Banco de México⁠)

Y el problema puede ser todavía mayor dependiendo del producto.

La propia CONDUSEF ha documentado tarjetas con CAT superiores al 100 por ciento. El CAT no es simplemente la tasa de interés: incorpora también comisiones y otros costos asociados al financiamiento. (Condusef⁠)

Por eso una persona puede pensar: “Sólo necesito 10 mil pesos”.

Diez mil.

Una cantidad que puede parecer manejable cuando hay una emergencia, cuando se descompone el automóvil, cuando llega una enfermedad, cuando se pierde el empleo o cuando simplemente el dinero no alcanza para llegar a fin de mes.

Pero el crédito tiene memoria.

Los intereses no tienen empatía.

Y una deuda que parecía pequeña puede comenzar a crecer hasta convertirse en una cifra que ya no guarda ninguna proporción emocional con aquello que originalmente compramos o necesitamos.

Para entenderlo de manera sencilla: si hipotéticamente una deuda de 10 mil pesos permaneciera sin pagos durante tres años y se capitalizara mensualmente a una tasa anual del 70 por ciento, el resultado matemático sería cercano a 77 mil pesos. No significa que todas las tarjetas calculen así ni que ese sea el monto que necesariamente terminará pagando una persona, pero sirve para dimensionar cómo una tasa elevada y el paso del tiempo pueden transformar una cantidad relativamente pequeña en una deuda enorme.

Y entonces aparece la segunda parte de esta historia: la cobranza.

Primero llega un mensaje.

Después otro.

Luego una llamada.

Después cinco.

Diez.

Veinte.

Números desconocidos, mensajes automáticos, llamadas a todas horas, amenazas veladas, supuestos abogados, advertencias de embargo, mensajes enviados a familiares o referencias.

Aquí es necesario hacer una distinción importante: tener una deuda no convierte automáticamente a una institución financiera en usurera, ni una tasa elevada significa por sí misma que exista un delito de usura. La CONDUSEF explica que la usura implica intereses excesivos o desproporcionados y que su determinación depende de las circunstancias del crédito. En junio de 2026, incluso la Suprema Corte volvió a pronunciarse sobre la obligación de analizar posibles situaciones de usura en determinados litigios crediticios. (Gobierno de México⁠)

Pero hay algo que sí está perfectamente delimitado: cobrar una deuda no da derecho a humillar, amenazar o intimidar.

La CONDUSEF establece que los despachos de cobranza no deben amenazar, ofender ni intimidar al deudor, a sus familiares o compañeros de trabajo. Tampoco pueden hacerse pasar por autoridades ni utilizar documentos que aparenten ser judiciales. (Eduweb Condusef⁠)

La cobranza extrajudicial ilegal, cuando utiliza violencia o intimidación ilícita para exigir el pago, está contemplada como delito en el Código Penal Federal. (Gobierno de México⁠)

Entonces no, deber dinero no significa perder la dignidad.

No significa que una persona deba vivir aterrorizada.

No significa que alguien pueda ser perseguido telefónicamente hasta el agotamiento psicológico.

Y tampoco significa que tengamos que aceptar como normal una industria de crédito que puede resultar extraordinariamente accesible cuando queremos contratarla y extraordinariamente agresiva cuando no podemos pagarla.

Existe el Registro de Despachos de Cobranza, REDECO, mediante el cual se pueden consultar despachos y presentar quejas por malas prácticas. (Eduweb Condusef⁠)

El problema es que muchas personas ni siquiera saben que cuentan con esas herramientas.

Y mientras tanto, la deuda sigue creciendo.

Pero hay otra deuda de la que casi nunca hablamos: la deuda emocional.

Porque vivir con llamadas constantes puede producir miedo, vergüenza, irritabilidad, angustia y desesperación. La persona comienza a esconder el teléfono, evita contestar números desconocidos, siente culpa cuando alguien de la familia recibe una llamada y puede llegar a creer que ha fracasado como persona simplemente porque no pudo pagar.

Y no.

Una deuda financiera no define el valor de un ser humano.

Quizá ésta sea la parte más importante de toda esta historia: el crédito no es malo. Puede ser una herramienta útil cuando se utiliza con inteligencia y dentro de nuestra capacidad real de pago. El problema comienza cuando lo confundimos con ingreso.

Una tarjeta no aumenta nuestro salario.

Solamente adelanta dinero que todavía no hemos ganado.

Por eso, antes de aceptar esos aparentes regalos que llegan al teléfono con palabras como “fácil”, “rápido”, “inmediato” y “amigable”, habría que hacer una pausa.

Preguntarnos cuánto vamos a pagar realmente.

Cuál es el CAT.

Cuál es la tasa de interés.

Qué ocurre si nos atrasamos.

Cuánto cuesta pagar sólo el mínimo.

Quién está detrás de la institución.

Y, sobre todo, si realmente necesitamos ese dinero.

Porque ahorrar puede parecer lento.

Administrarse puede parecer aburrido.

Esperar puede resultar desesperante.

Pero esperar para comprar algo que no necesitamos suele ser mucho menos doloroso que pasar meses o años intentando pagar algo que ya disfrutamos y olvidamos.

El crédito puede abrir una puerta.

Pero también puede convertirse en una habitación sin salida.

Y cuando detrás de esa puerta aparecen intereses que crecen, llamadas que no terminan y una persona que comienza a perder el sueño, la tranquilidad y la esperanza, ya no estamos hablando solamente de finanzas.

Estamos hablando de salud emocional.

Por eso mi recomendación es sencilla y quizá poco popular en estos tiempos de consumo inmediato: antes de pedir prestado, aprende a ahorrar; antes de comprar, aprende a esperar; antes de aceptar una tarjeta, aprende cuánto te va a costar.

Porque las empresas pueden sonreír desde una pantalla y llamarte “cliente”, “beneficiario” o “amigo”.

Pero cuando firmas, la deuda deja de ser una promesa amable.

Se convierte en una obligación.

Y nadie debería entregar su tranquilidad a cambio de unos cuantos miles de pesos.

Paty Coen

Revista Réplica