Porque quizá el verdadero peligro no sea que el teléfono nos esté dejando estúpidos...

Tal vez no te está quitando inteligencia. Tal vez te está quitando algo más silencioso: la capacidad de poner atención, recordar, esperar y pensar por ti mismo.
Hay días en los que uno busca una palabra y no la encuentra.
—¡La tengo en la punta de la lengua!
Sabemos qué queremos decir, incluso podemos recordar con qué letra empieza, pero la palabra se esconde. Minutos después aparece como si nada.
También entramos a una habitación y olvidamos para qué fuimos. Leemos una página y al terminarla no sabemos qué decía. Alguien nos cuenta algo y poco después ya no recordamos los detalles.
¿Nos estamos volviendo tontos?
Probablemente no.
Pero quizá estamos haciendo algo que puede resultar igual de interesante: estamos acostumbrando a nuestro cerebro a trabajar de otra manera.
El teléfono no es el enemigo. Nos sirve para comunicarnos, estudiar, trabajar, encontrar una dirección, leer, escuchar música y resolver problemas en segundos.
El asunto comienza cuando dejamos de utilizarlo como herramienta y permitimos que él decida constantemente qué merece nuestra atención.
Una notificación. Un mensaje. Un video. Una noticia. Otro video.
Y así pasan las horas.
Muchas veces ni siquiera recordamos qué vimos.
La atención también se entrena
La memoria no es una cámara que registra todo. Para recordar necesitamos prestar atención.
Podemos estar conversando con alguien mientras miramos el teléfono y descubrir, unos minutos después, que en realidad no escuchamos nada.
El cuerpo estaba ahí.
La cabeza, en otro lado.
Y eso ocurre una y otra vez: WhatsApp, Instagram, correo, Google, una noticia, otra aplicación y de regreso a WhatsApp.
Creemos que estamos haciendo muchas cosas al mismo tiempo, cuando en realidad estamos saltando constantemente de una cosa a otra.
Quizá por eso cuesta cada vez más leer durante media hora sin mirar la pantalla.
El teléfono también recuerda por nosotros
Antes memorizábamos teléfonos. Ahora los guardamos.
Aprendíamos rutas. Ahora tenemos GPS.
Recordábamos fechas. Ahora tenemos calendarios.
Buscábamos información en libros o preguntábamos a alguien. Ahora preguntamos al teléfono.
Nada de eso es malo. Al contrario: es una maravilla tecnológica.
Pero existe una pregunta que vale la pena hacerse:
¿Qué estamos dejando de practicar porque el teléfono lo hace por nosotros?
La memoria se utiliza o no se utiliza. La orientación también.
Antes, para llegar a un lugar desconocido, teníamos que fijarnos en una gasolinera, una iglesia, una calle, un árbol. Íbamos construyendo un pequeño mapa en la cabeza.
Ahora muchas veces sólo seguimos una línea azul.
Llegamos, sí.
Pero nuestro cerebro hizo menos trabajo.
También perdimos el aburrimiento
Antes esperábamos.
En una fila, en un consultorio, en el banco, en una parada de autobús.
Y no pasaba nada.
Entonces pensábamos. Observábamos. Recordábamos. Imaginábamos. O simplemente nos aburríamos.
Hoy llevamos una máquina de entretenimiento en el bolsillo.
Aparece un segundo de silencio y sacamos el teléfono.
Un video. Otro. Otro más.
Una noticia, un perro, una tragedia, un chiste, una receta, un político, alguien bailando.
Todo cambia en segundos.
Y después queremos sentarnos a leer un libro tranquilamente.
Quizá no hemos perdido la capacidad de concentrarnos. Quizá hemos acostumbrado a nuestra atención a exigir novedades todo el tiempo.
Y luego está el sueño
El teléfono también puede acompañarnos hasta la cama.
“Sólo voy a revisar un mensaje.”
Después viene un video. Luego otro. Una noticia. Una conversación.
Cuando levantamos la mirada ya es de madrugada.
Al día siguiente estamos cansados, distraídos, irritables y olvidamos cosas.
Y culpamos a la memoria.
Pero quizá el problema es más sencillo: estamos durmiendo mal.
El sueño es fundamental para consolidar recuerdos y procesar información. Un cerebro cansado difícilmente puede funcionar como uno descansado.
Entonces, ¿el teléfono nos está haciendo estúpidos?
No necesariamente.
Pero sí puede estar desplazando algunas actividades que mantienen activas ciertas capacidades: recordar, orientarnos, concentrarnos, esperar, leer con profundidad, conversar y hasta soportar el aburrimiento.
Y hay una diferencia importante entre tener acceso a toda la información y pensar sobre ella.
Podemos tener una biblioteca entera en el bolsillo y no conseguir leer cinco páginas sin revisar una notificación.
Podemos saber exactamente dónde está cualquier lugar y no saber llegar sin GPS.
Podemos tener cientos de contactos y no recordar el teléfono de nuestra propia familia.
Eso no significa que seamos menos inteligentes.
Significa que estamos utilizando nuestra inteligencia de otra manera.
Tal vez el problema no sea el teléfono
La pregunta podría ser otra:
¿Qué estamos dejando de hacer porque el teléfono lo hace por nosotros?
Podemos empezar con cosas pequeñas.
Caminar alguna vez sin GPS.
Comer sin el teléfono sobre la mesa.
Leer unas páginas sin interrupciones.
Esperar sin sacar inmediatamente el celular.
Intentar recordar un nombre antes de buscarlo.
Conversar sin mirar notificaciones.
Y, de vez en cuando, aburrirnos.
Porque quizá el verdadero peligro no sea que el teléfono nos esté dejando estúpidos.
Quizá sea que nos estamos acostumbrando a no necesitar pensar durante esos pequeños espacios en los que antes pensábamos.
Y eso sí merece nuestra atención.
Porque una máquina puede recordarnos una fecha, encontrar una dirección, mostrarnos una noticia o decirnos una palabra.
Pero hay algo que todavía debería seguir siendo nuestro: la capacidad de detenernos, mirar alrededor y pensar por nosotros mismos.