LOS MERCADOS DEL SUR
En una interesante información publicada ayer por nuestro periódico, se da cuenta del desarrollo que ha venido cobrando en los últimos tiempos nuestro comercio exterior de exportación hacia los países situados allende el Suchiate, según noticias autorizadas que transmite a la Confederación de Cámaras de Comercio el Comité General de la Campaña Nacionalista del Bloque Nacional Revolucionario de la Cámara de Diputados.
De acuerdo con estas informaciones, ya no es solamente en los mercados de consumo de Centroamérica donde se dispensa buena acogida a los productos mexicanos, sino que, rebasándose las zonas ligadas con México por la actual red de comunicaciones terrestres, se despierta el interés de los comerciantes sudamericanos por entrar en transacciones con nuestros productores.
A título de experimento, algunas casas comerciales de Venezuela adquirieron, para ponerlos en venta, diversos artículos de fabricación mexicana —particularmente tejido de algodón y de lana, calzado y ropa hecha—. Y en vista del éxito obtenido en esta operación inicial, se disponen a hacer uso de las facilidades que ofrece la Compañía Trasatlántica Alemana “Hamburg Amerika Linie” para formalizar sus pedidos futuros dentro de planos de normalidad.
Paralelamente a estos informes, se reciben en la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, los que rinde el cónsul general de México en El Salvador, haciendo saber el éxito obtenido por diversas empresas comerciales de Centroamérica que se dedican a la venta de productos mexicanos. Cita nuestro agente consular el caso concreto de una casa guatemalteca que ha logrado vencer, con nuestros productos, la competencia que con artículos similares venía presentándosele. Y termina proponiendo la creación de agencias mercantiles que se encarguen de estudiar los mercados centroamericanos para abrir ancho campo en ellos a los productos de México.
Los informes a que antes aludimos —que no son más que un índice de las posibilidades de ensanchamiento que tiene nuestro comercio con los países hispanoamericanos— deben ser causa, a nuestro juicio, de atención y estudio, tanto de parte de las autoridades como de la de los organismos que representan los intereses de las fuerzas económicas nacionales que se entregan a las actividades fecundas de la producción y del cambio.
No es un hecho nuevo este que señala los mercados de consumo de Centroamérica y de las Antillas como accesibles a la absorción de los productos mexicanos. Quien haya recorrido las principales ciudades que se asientan en los países vecinos y hermanos, habrá constatado, de fijo, la existencia por lo menos, de una casa vendedora de artículos de elaboración mexicana.
Este comercio, sin embargo, queda reducido, por regla general, a los artículos que son típicos de México: curiosidades y obras que dimanan del arte aborigen. No es sino en menor escala como se registra el acceso de aquellos otros artículos que están sujetos a la competencia de la producción que se haga provenir de países de más adelantada evolución industrial, particularmente de los Estados Unidos de América.
En este sentido, las informaciones transmitidas a la Confederación de Cámaras de Comercio y a la Secretaría de Industria, respectivamente, por el presidente de la Campaña Nacionalista y por nuestro cónsul general en El Salvador, significan un progreso real, porque no se refieren en ningún caso a los objetos de arte mexicano a que antes aludíamos, los cuales —es bien sabido— cuentan con una demanda específica de largos años atrás, sino que se contraen precisamente a aquellos otros productos que, siendo de fabricación universal, logran un lugar significado dentro de la natural concurrencia de todo mercado abierto, como son los artículos de la industria textil, el calzado, los licores, la perfumería, los alimentos industrializados y la lencería.
Este progreso se debe, de fijo, a la evolución que se ha operado en los medios industriales de nuestro país, aunque no en una escala de consideración, en la era revolucionaria. Pero no debemos llevar nuestro optimismo hasta considerarnos capacitados para resistir victoriosamente cualquier concurrencia de las grandes potencias industriales, pues igualmente hemos de considerar que el éxito obtenido en la incipiente lucha por abrir las plazas de Centro y Sudamérica a los artículos del país, obedece, en buena parte, a la baratura de nuestra mano de obra —con relación, por ejemplo, al salario de que disfrutan los obreros norteamericanos—, al descenso de nuestra moneda y, acaso, a nuestra vecindad con Centroamérica; factores, todos, que resultarían aleatorios en una competencia formal; más aún si se considera que la ventaja que puede ofrecernos nuestra vecindad o cercanía con los países del Sur; se contrarresta con el dominio de los transportes marítimos que ejercen los Estados Unidos y las potencias de Europa.
En consecuencia, los avances —pequeños o grandes— que acusa nuestro comercio de exportación en las direcciones a que nos venimos refiriendo, deben inducir a nuestros industriales a transformar sus métodos y a renovar su utillaje de producción, en grado tal que los capacite para competir en el mercado abierto.
El ensanchamiento de nuestro comercio con los países que provienen del mismo tronco racial que México, reclama, por otra parte, la más sesuda consideración de parte de los diferentes Estados en que se dispensa la gran nacionalidad hispanoamericana.
No bastan los lazos espirituales —cuyo estrechamiento ha sido causa de los mejores afanes de los gobiernos revolucionarios de México— para que se realice la obra de vinculación que anhelan los pueblos. Hace falta, además, que se provea la manera de traducir en realidades la interdependencia económica de todos estos países.
La empresa no es de aquellas que puedan plasmar, si no es merced a un esfuerzo perseverante y coordinado de los pueblos y de los gobiernos interesados.
El estudio detenido de las condiciones y necesidades de cada mercado —para deducir de ahí las posibilidades de intercambio comercial— y la protección máxima que los diversos Estados puedan acordar a las líneas de navegación que faciliten el comercio continental, pueden ser, a nuestro juicio, el punto de partida de esta obra que envuelve el más elevado concepto de la solidaridad de Hispanoamérica.
El Nacional, 6 de mayo de 1932.
Froylán C Manjarrez
La Pluma y las Palabras (Los Mercados del Sur)
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