El despertar musical (Crónicas sin censura 201)

Réplica y Contrarréplica
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EL DESPERTAR MUSICAL

La música es una revelación más alta que la filosofía.

Beethoven.

 

En casa del músico todos saben cantar.

Dicho popular.

 

Hace ocho años, cuando se empezó a construir la Ciudad de la Música en la eterna Roma, Puebla todavía se encontraba en sueños respecto a su desarrollo musical. Con excepción de los coros escolares y uno que otro conjunto digamos que doméstico, además de los grupos de invidentes que tocan en algunos rincones del centro histórico, los habitantes del Patrimonio Cultural de la Humanidad estaban muy lejos de concretar la idea de formar su orquesta sinfónica, intención que data de casi un siglo. Prácticamente vivíamos en el abandono tecnológico a pesar del talento musical que desde hace centurias existe en la angelical Puebla.

Pero ocurrió algo extraño:

La magia de la música (créame el lector que no encuentro razones pragmáticas) produjo una grata coincidencia que curiosamente involucró a las ciudades de Roma y Puebla, como si los míticos Remo y Rómulo se hubiesen puesto de acuerdo con los también míticos ángeles que trazaron nuestra ciudad: casi al mismo tiempo, en ambas latitudes del mundo, se lanzaron al espacio los sonidos armónicos que representan una de las expresiones más luminosas de la inteligencia.

En la “ciudad eterna” el hecho ocurrió el 21 del mes de abril del 2002. Y en la ciudad de Puebla se dio cinco días después.

Los moradores de la cuna de la civilización europea estrenaron dos salas o “grandes cajas armónicas”, como las llama su constructor, el arquitecto Renzo Piano.

Y en el “Relicario de América” se presentó la Orquesta Sinfónica de Puebla, conformada por cien músicos (casi todos poblanos) cuya pasión y arte propiciaron un espléndido estreno en el patio del Museo Poblano de Arte Virreinal habilitado como “sala de conciertos”.

Según las crónicas políticas (El País, 21 de abril, 2002), lo de Roma resultó todo un acontecimiento arquitectónico-musical debido a la inauguración de la gran obra civil que, además de sus tres salas de concierto y cinco de grabación, cuenta con espacio para exposiciones, conciertos, escuela de música, restaurantes, tiendas, museo, plazas y jardines.

Y por lo que este columnista pudo observar, lo de Puebla fue la concreción de un sueño largamente abrigado: casi un millar de personas vivieron emocionados el momento en que sus familiares y amigos estaban demostrando que en música no es válido aquello de que nadie es profeta en su tierra. Esto porque allí en el patio de la antigua cancha de San Pedro, se encontraron varios “profetas” en plena simbiosis con sus instrumentos musicales. Y un director (Juan Manuel Arpero) cuyas venas parecen estar formadas por corcheas, blancas, redondas, negras, claves, barras de compás y repetición, bemoles y sostenidos, calderones, silencios, ligaduras, reguladores, crescendos, minuendos, fortes, pianos, ritenutos, esforzados, staccatos y todos los símbolos que forman la estructura de sonidos y pausas que convierten la música en el idioma del alma. Y el concertino (Arturo Romero) hermanado con su violín para tocar uno de los conciertos más difíciles incluso para intérpretes virtuosos (Concierto en re para violín y orquesta, de Chaikovski). Y cien músicos más hermanados también con sus instrumentos, las partituras y la energía rítmica del director de la Orquesta Sinfónica de Puebla, la Orquesta de los poblanos.

¿Y por qué la Orquesta de los poblanos?

Según dice Pedro Ángel Palou García (autor intelectual de la iniciativa), que la sobrevivencia de este gran esfuerzo musical depende más que del gobierno de la sociedad.

Igual como ocurre en Italia, en Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Alemania y en Austria, donde la música es del pueblo, no de la burocracia.

Por ventura, la Orquesta Sinfónica de Puebla empezó con el pie derecho gracias a que fue el pueblo el que le dio la bienvenida.

¿Sobrevivirá? Yo creo que sí porque ya pasó lo peor que consiste en los obstáculos formados por las cofradías dizque musicales, además de las grillas, la negligencia generacional, las envidias, el escepticismo oficial y la falta de participación de los grupos supuestamente involucrados con la cultura.

¿Y la sala de conciertos?

¡Ah, ese es un cantar para otra ocasión!

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica