¿Por qué nos gusta el picante si duele? El extraño placer que nace del dolor

Salud y orientación
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Los psicólogos llaman a este fenómeno masoquismo benigno.

Hay pocas experiencias tan contradictorias como comer un chile muy picante. Apenas lo pruebas, la boca comienza a arder, los ojos lloran, la nariz escurre y, por un momento, te preguntas por qué decidiste hacerte eso. Sin embargo, unos minutos después aparece una sonrisa, una sensación de satisfacción e incluso el deseo de volver a repetir la experiencia.

¿Por qué ocurre algo tan extraño? ¿Cómo es posible que disfrutemos algo que, en realidad, el cerebro interpreta como dolor?

La respuesta es una fascinante combinación entre biología, química cerebral y cultura.

El picante no es un sabor

Aunque solemos hablar del picante como si fuera uno de los sabores, en realidad no lo es.

Los sabores básicos son dulce, salado, ácido, amargo y umami. El picante pertenece a otra categoría completamente distinta: es una sensación de dolor.

El principal responsable es una molécula llamada capsaicina, presente en los chiles. Cuando entra en contacto con la lengua y la boca, activa unos receptores nerviosos llamados TRPV1, cuya función natural es detectar temperaturas muy elevadas o lesiones en los tejidos.

En otras palabras, el cerebro recibe un mensaje parecido a este:

”¡Cuidado! Algo muy caliente está dañando la boca.”

Lo curioso es que realmente no existe una quemadura. Es una ilusión creada por la capsaicina, que engaña temporalmente al sistema nervioso.

Entonces… ¿por qué seguimos comiéndolo?

Aquí aparece uno de los mecanismos más interesantes del organismo.

Cuando el cerebro detecta dolor, activa automáticamente sus sistemas naturales para aliviarlo. Entre ellos se encuentran las endorfinas, sustancias producidas por el propio cuerpo que funcionan como analgésicos naturales.

Las endorfinas disminuyen la sensación de dolor y generan una agradable sensación de bienestar.

Además, muchas personas experimentan una liberación de dopamina, un neurotransmisor relacionado con la recompensa, la motivación y el placer.

Es decir, después del supuesto “ataque”, el cerebro premia al organismo por haber sobrevivido.

Es un fenómeno parecido al que ocurre después de un ejercicio intenso, una montaña rusa o incluso una película de terror: primero aparece el estrés y después llega el alivio, que muchas personas encuentran profundamente placentero.

Cada persona lo vive de manera diferente

No todos disfrutan el picante de la misma forma.

La sensibilidad depende de múltiples factores:

La genética.

La cantidad de receptores del dolor.

La exposición repetida al chile.

La cultura en la que crecimos.

En países como México, el picante forma parte de la infancia, de las reuniones familiares y de la identidad gastronómica. El cerebro no solo aprende a tolerarlo; también lo asocia con recuerdos agradables, convivencia y tradición.

Por eso, para muchas personas, un taco sin salsa simplemente “no sabe igual”.

¿Se puede desarrollar tolerancia?

Sí.

Con el consumo frecuente, los receptores TRPV1 se vuelven menos sensibles y la misma cantidad de capsaicina produce una sensación de menor intensidad.

Eso explica por qué alguien que apenas prueba una salsa puede sentir un incendio en la boca, mientras otra persona disfruta tranquilamente un habanero.

No significa que el chile haya perdido fuerza, sino que el sistema nervioso se ha adaptado.

¿El picante hace daño?

Depende de la cantidad y de cada persona.

En individuos sanos, consumir picante con moderación suele ser seguro e incluso algunos estudios sugieren beneficios asociados con una alimentación rica en alimentos vegetales condimentados.

Sin embargo, quienes padecen gastritis, úlceras, enfermedad por reflujo gastroesofágico o síndrome de intestino irritable pueden notar que ciertos alimentos picantes empeoran sus síntomas. En esos casos, conviene ajustar el consumo según la tolerancia individual y las recomendaciones médicas.

Lo importante es recordar que el picante no “quema” el estómago de la misma manera que produce la sensación de quemadura en la boca. Esa percepción es principalmente una activación de los nervios, aunque sí puede irritar tejidos ya inflamados.

El pequeño riesgo que buscamos

Los psicólogos llaman a este fenómeno masoquismo benigno.

Consiste en disfrutar experiencias que parecen peligrosas, pero que en realidad son seguras: una película de miedo, una montaña rusa, un baño de agua muy fría o un chile extremadamente picante.

El cerebro sabe que existe una amenaza aparente, pero también comprende que estamos a salvo. Esa combinación produce una descarga de sustancias relacionadas con el placer y la recompensa.

Es una manera de experimentar intensidad sin correr un peligro real.

Al final, el placer y el dolor no están tan separados

Durante mucho tiempo pensamos que el placer y el dolor eran experiencias completamente opuestas. Hoy sabemos que comparten circuitos cerebrales y que, en determinadas circunstancias, uno puede dar paso al otro.

Cada vez que disfrutamos una salsa muy picante, nuestro cerebro está participando en un curioso juego biológico: primero interpreta una señal de peligro, después activa sus propios analgésicos y finalmente nos recompensa con una sensación de bienestar.

Quizá por eso, entre lágrimas, risas y un vaso de agua que rara vez ayuda, millones de personas vuelven a poner salsa sobre su comida.

No porque el picante no duela.

Sino porque, en ocasiones, el cerebro convierte un poco de dolor en una inesperada fuente de placer.

Paty Coen

Revista Réplica