EL BANDERAZO
Seamos generalmente universales para ser provechosamente nacionales.
Alfonso Reyes.
Los banderazos suelen darse para iniciar competencias deportivas, algunas de cierta importancia y la mayoría más intrascendentes que de calidad. Es una costumbre que existe porque alguien prefirió agitar la bandera que escuchar el olímpico trueno de la pistola. Son actos que por efímeros pueden pasar desapercibidos. Empero, hay otro tipo de banderazos que, por su impacto social, debemos ponderar, como el ocurrido ayer, cuando dio inicio el reparto de libros que simboliza el esfuerzo educativo gubernamental.
Sirva este último banderazo, pues, para recordar que la educación en México ha transitado por un camino lleno de abrojos, algunos de ellos representados por el índice de explosión demográfica y los míseros salarios asignados al magisterio. Y además evocar el ideal que inspiró a Ignacio Manuel Altamirano y Enrique Conrado Rebsamen. El primero, indígena puro y procurador de la educación gratuita, laica y obligatoria; y el segundo, educador de origen suizo que llegó a nuestro país dispuesto a modernizar el sistema educativo nacional.
Como el lector sabe, el entonces diputado Altamirano propuso en 1882 que se legislara la gratuidad, laicidad y obligatoriedad de la educación. Más tarde a él le correspondió fundar el Liceo de Puebla para después convertirse en uno de los impulsores de la Escuela Normal de Profesores de México.
Debo subrayar que la educación humanista de este mexicano se debe, en parte, a las venturosas enseñanzas de Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, su maestro, guía e impulsor.
Cuando Rebsamen decidió venir a México, fue porque ya había leído un artículo (Quetzalcóatl) del alemán Karl von Gager y el libro Muertos y Vivos del mismo autor. Una vez en México, se trasladó a Orizaba, donde tuvo la oportunidad de observar el resultado de los ensayos de educación moderna implantados por Heinrich Laubscher, también de origen germánico. Posteriormente se hizo cargo de la primera generación de maestros renovadores de la enseñanza mexicana, actividad que dio forma a su productiva y extensa labor educativa en favor de los mexicanos.
A partir de estas dos importantes aportaciones, en México dio inicio un proceso de educación vitalicia. O dicho en palabras de Carlos Fuentes (“Por un progreso incluyente”, Edit. SNTE, México, 1997), apareció el requerimiento permanente que, convertido en axioma, establece: “Mientras más educada sea una persona, con mayor razón necesitará más educación”.
Podemos decir que de esta manera nuestra sociedad aprendió a aprender y, desde luego, a inventar “nuevas situaciones vitales”.
Curiosamente el gobernador Melquiades Morales Flores concretó en Puebla una de esas “invenciones”; dio el banderazo para simbólicamente entregar los libros de texto gratuito para todas las materias de la educación secundaria, apoyo que sin duda permitirá una mejor preparación en beneficio de los estudiantes poblanos de ese nivel.
Con la distribución de los libros mencionados 578 mil 220, se inicia en Puebla lo que podríamos llamar un nuevo impulso al proceso educativo del que forman parte la escuela, el maestro y la familia, todos ellos base del desarrollo que busca mejorar los niveles de bienestar, producción, empleos, salud, salarios, habitación y, desde luego, educación. De alguna manera se rompe el círculo del atraso que Alfonso Reyes describe en su frase: “Hemos llegado tarde al banquete de la civilización occidental”. Y gracias a que el municipio de Puebla ha podido ampliar su participación en este importante proceso cultural (el banquete referido), incursión que requirió de una inversión de 5 millones 567 mil 37 pesos, cantidad cubierta entre el gobierno estatal y citadino.
El impacto social de este extraordinario esfuerzo educativo equivale a un gasto de doscientos pesos por educando (en Puebla estudian en las secundarias oficiales 27 mil 800 niños y jóvenes). Y el costo total para dotar de libros a las secundarias del resto de la entidad asciende a 26 millones 280 mil pesos, cantidad invertida para dotar de libros a 131 mil 401 alumnos dispersos en el resto de los 216 municipios. En otro apartado tenemos a los 7 millones 838 mil 157 libros de texto gratuitos repartidos a los niños de las escuelas primarias, de educación preescolar de tercer grado, telesecundarias, indígenas, TV Verano, maestros de primaria y educandos invidentes.
Ahora solo falta que ocurra el banderazo más caro de la historia. Y este sirva para iniciar el proceso de la dignificación salarial de los maestros. Una acción que la historia le debe a Altamirano, por solo citar uno de los grandes educadores mexicanos.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
El banderazo (Crónicas sin censura 190)
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