LA LOCURA DE BONARD LAW
La actualidad internacional está dominada por las perspectivas de éxito o de fracaso que se derivan del plan de Hoover tendiente a establecer una moratoria extraordinaria en el pago de las deudas contraídas a causa de la guerra y, paralelamente, una moratoria también de los pagos que por concepto de reparaciones efectúa Alemania a las potencias que fueron aliadas y asociadas. Si el armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918 puso fin al estruendo de las armas que estalló el 1914, la fecha del armisticio abre un período que puede considerarse como el desencadenamiento de la guerra económica más cruel que se conoce en la historia humana.
No debemos pensar que es a impulso de sentimientos filantrópicos, como el presidente Hoover se propone sacrificar los intereses y aun la cuantía de los enormes capitales que suponen las rentas de Norteamérica como Estado que negoció la guerra. Son los errores acumulados por los regentes del régimen capitalista los que, después de haber producido este estado de asfixia en que se ahoga el mundo, retroceden para ir en busca de una estabilización del mundo social y político creado por la plutocracia.
No sin razón se ha dicho que el eje de la restauración económica del mundo radica en la liberalidad de que den muestra nuestros vecinos del septentrión hacia las arruinadas potencias europeas, puesto que la gran guerra supuso para Norteamérica el más brillante negocio que hubiera podido concebir el pensamiento humano.
Mientras los rijosos Estados europeos concentraban toda la energía de sus nacionales en aquella contienda sin paralelo, los Estados Unidos, honorablemente, fabricaban cañones y equipo y vestuario, y acaparaban los comestibles necesarios para que la guerra pudiera proseguir hasta el fin. Los Estados Unidos reclamaron con urgencia el respeto a su sagrado derecho de aprovisionar a unos y a otros combatientes. Pero cuando el bloqueo inglés cerró las puertas del mercado alemán, Norteamérica se convirtió, mal de su grado, en el aliado económico de las potencias coligadas contra los imperios de Europa Central.
Las armas alemanas, sin embargo, marchaban de victoria en victoria, y el peligro, entonces era inminente para los mismos Estados Unidos. En efecto: destruida la coalición ¿quién pagaría las deudas de ésta para Norteamérica?
Fue entonces cuando recordó Wilson que su ética de profesor universitario le imponía el ineludible deber de organizar ejércitos para acudir en auxilio de los defensores de la neutralidad de Bélgica, de la democracia y de no recordamos qué tantas otras bellas y románticas idealidades.
Una vez firmado el armisticio, era llegado el momento de imponer a los vencidos no sólo las condiciones inherentes a una victoria política, sino también aquellas otras provenientes de una victoria económica.
Los célebres Catorce Puntos enunciados por el apostólico señor Wilson, prevenían el establecimiento de una paz sin anexiones ni indemnizaciones y también la constitución de los Estados conforme al principio moral de la libre determinación de los pueblos. El Imperio Austro-Húngaro se desquició para dar nueva vida a las viejas nacionalidades sometidas a la hegemonía política de la corona de los Habsburgo. Con procedimientos amañados se mutiló a la Prusia Oriental, desarticulándola del resto del cuerpo geográfico de Alemania. A las indemnizaciones se les designó con el nombre cristiano de reparaciones y así, sin ofender a Dios pudo dársele gusto al diablo.
La maniobra del general Mangin, del ejército francés, tendiente a constituir con Austria, Renania y Baviera, la Alemania del Sur como “Estado tapón”, que borrara las fronteras entre Francia y Prusia, no tuvo el menor éxito; pero ello, no a causa de los “puntos” del presidente americano, sino por no dejar que pereciera el Estado responsable del pago de la factura que la gran guerra presentaba al mundo.
Allí es donde comienza a aparecer el fenómeno económico como determinante de las situaciones políticas. Para que alguien pagara era necesaria la existencia de un Estado deudor, y un deudor sólo es solvente cuando se robustece su economía. La vida política y económica de Alemania se sustentó desde entonces en la cuantía de sus deudas y en las necesidades de sus acreedores.
Si por reparaciones se hubiera entendido a la justa restauración de las zonas devastadas en la guerra, nada más en razón que haber cargado a Alemania su importe, puesto que la lucha se desarrolló justamente en los territorios de las naciones que luego resultaron vencedoras. Pero el problema se complica desde el momento en que se pretende que todo el monto de las deudas interaliadas se asiente igualmente en el débito alemán.
Sir Arthur Bonard Law, el único estadista europeo que tuvo —a nuestro juicio— una visión de la trascendentalidad del conjunto de fenómenos económicos que produciría el hecho de mantener vivas las deudas de guerra, propuso formalmente, en nombre del Imperio Británico, la abolición de las deudas interaliadas como una base para la restauración económica del mundo.
Examinada esta proposición desde un punto de vista cuantitativo, no encontraremos que Inglaterra pretendiera con ella librarse de una parte de sus obligaciones, supuesto que era mayor el monto de las deudas que hacia ella habían contraído sus aliados, que el de la deuda que a su vez había contraído con los Estados Unidos.
Al ofrecer Bonard Law el sacrificio que resultaba del saldo favorable a Inglaterra en una liquidación sumaria de las deudas interaliadas, lo que pretendía era evitar el desorden económico y financiero que ha engendrado la existencia de esas mismas deudas.
Ni Francia, ni los Estados Unidos, recibieron de grado el proyecto de Law. Francia se hallaba demasiado engreída con su victoria para pensar en las complicaciones del porvenir. Y los Estados Unidos no podían contemplar sino como una proposición de mal gusto aquella por virtud de la cual sacrificarían los rendimientos del mejor de los negocios que se haya presentado alguna vez en la historia: la financiación de una guerra mundial.
Ahora sabemos que la existencia de las deudas interaliadas y las llamadas de reparaciones han provocado, en gran parte, el formidable desequilibrio económico que padece el mundo; pero en aquel entonces a franceses y norteamericanos se antojaba como si Sir Bonard Law hubiese perdido sus facultades mentales.
El Nacional, 9 de julio de 1931.
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (La locura de Bornard Law)
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