¿PRECANDIDATOS O FRANCOTIRADORES?
Ningún pájaro vuela demasiado alto, si vuela solo con sus alas.
Ralph Waldo.
Lo que no está prohibido está permitido.
Dicho popular.
Las reglas no escritas obligan a los políticos a comportarse de manera, digamos que, ortodoxa. Les induce a sacar provecho a las corrientes del río que escogieron para navegar en la actualidad pública. No hacerlo las expone a trabajar el doble, si acaso lograr la mitad. No es una consigna, sin embargo, sí se trata de una costumbre con las variantes que impone la época, el estilo y la influencia del líder partidista o de aquel que llega a ejercer la actividad política formal. Un ejemplo:
Cuando Guillermo Jiménez Morales era gobernador, alguno de sus colaboradores empezó a moverse con la intención de buscar un cargo partidista que pudiera proyectarlo al puesto de elección popular que ambicionaba. El entonces mandatario se enteró, le mandó llamar y le hizo el siguiente comentario/advertencia:
“La política es como el ajedrez: cada uno tiene una función. Y tú eres uno de los peones de mi tablero. Por eso no puedes moverte solo. Yo soy el único que decide si te mueves o si te sacrifico. Así que no le hagas al pendejo y ponte a trabajar en lugar de andar de grillo…”
Los tiempos cambiaron y con ellos el estilo de gobernar: Mariano Piña Olaya decidió pasarse por el arco del triunfo aquellas reglas, y en lugar de grupos políticos se dedicó a formar cofradías de socios y cómplices. De alguna manera vulneró la función o el prestigio del servidor público y de paso abrió las puertas a la oposición, cuyo desarrollo se basaba, precisamente, en el desprestigio del rival.
Después llegó Manuel Bartlett Díaz, un gallo muy jugado en los palenques políticos nacionales y, por ende, tan mañoso que podía prescindir de “amarradores”. Así, el ahora senador retomó el control del tablero e incluso se dio el lujo de inventar políticos y políticas, pero sin haber podido integrar el equipo que —intuyo— se había propuesto formar quizá con la idea de hacer trascender y ampliar sus redes de poder.
Hombres como Piña y el ejercicio político puesto en boga por los gallones del PRI, actitud que, por cierto, solía menospreciar la inteligencia de propios y extraños —o sea, de correligionarios y rivales—, abonaron el terreno para que fructificara la semilla sembrada por Manuel Gómez Morín. Gracias a ello llegó al poder Vicente Fox Quesada, un empresario de medio pelo que por necesidad y estrategia tuvo que adoptar el ideario panista y, asimismo, ganarse la amistad y el apoyo de los custodios de la herencia gomesmoraliana. Ocurrió el “cambió” en el mando nacional y se resquebrajó el PRI al grado de tener que modificar sus propias reglas basadas en la disciplina, institucionalidad, centralismo, control político absoluto, rectoría nacional, “democracia dirigida”, presidencialismo, componenda política, compadrazgos e intereses de grupo. Y como se atomizó el otrora partido en el poder, propiciando el nacimiento de liderazgos regionales, sus gobernadores tuvieron que trabajar para, como decía Séneca, mover más con el ejemplo que con las palabras.
Lo que Guillermo Jiménez Morales concibió como método para dar buenas cuentas a sus superiores, hoy parece ser el único camino que le queda al Revolucionario para conservar sus bastiones políticos. De ahí que los mandatarios estatales se hayan convertido en los dueños de los tableros estatales con sello priista, y que a ellos les corresponda la obligación moral de, con el ejemplo, conducir la política regional de su partido y, desde luego, orientar a los políticos de la entidad que gobiernan. Omitir o soslayar este, digamos que, compromiso nacido con la derrota nacional equivale a un suicidio político, ya que al no haber control ni dirección se podría producir un erradero de obvios beneficios para el PAN y el PRD.
Viene a cuento la reflexión por el entusiasmo demostrado por los aspirantes que pretenden suceder al actual gobernante de Puebla, emociones que nos obligan a suponer que los precandidatos a la gubernatura actúan como “Chinos libres”, e incluso que hasta se sienten los creadores de su propio ajedrez. Es probable que no les haya caído el veinte y que por ello no alcancen a comprender que, debido a las condiciones imperantes en el PRI, el gobernador Melquiades Morales Flores podría verse obligado a actuar como el “fiel de la balanza”. Esto porque él es el responsable de la política en la entidad y como primer priista del estado a él le corresponde moderar u orientar las pasiones y los deseos de sus correligionarios.
Mario Marín Torres, Germán Sierra Sánchez, Ángel Aceves Saucedo y Guillermo Pacheco Pulido necesitan revalorar lo que les permitió ascender en política. Y quitarse de la mente (sobre todo Mario Marín) la idea de que para ganar la postulación hay que eliminar de la competencia a Rafael Moreno Valle Rosas. Ahí está el nada despreciable ejemplo de José Luis Flores Hernández, quien, en lugar de las descalificaciones, busca la concertación con sus “competidores”.
Nota editorial
Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.
¿Precandidatos o francotiradores? (Crónicas sin censura 191)
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