El cambio

No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas.

Séneca

 

Dicen que el buen jugador de póquer nunca demuestra lo que está pensando, aunque tenga muy buen juego o la suerte lo haya castigado con un modesto par de cincos. Incluso hay tahúres que pueden modificar su expresión para tratar de confundir al contendiente, facultad conocida como bluff. “Está blofeando”, descubren aquellos que se las saben de todas, todas.

Algo parecido ocurre en política, donde esta, digamos, cualidad cuenta con varias definiciones, sentencias o consejos que se podrían resumir en una frase tan prosaica como certera.

“Para ser buen político hay que saber comer caca sin hacer gestos.”

Según las “reglas” no escritas, en los juegos de azar y en la política se deben ocultar las pasiones y disfrazar los sentimientos. Así, a simple vista, la disciplina parece fácil; sin embargo, ha puesto a sufrir a todos los que entraron a la política, ya sea por suerte, conveniencia, accidente, vocación o porque la ven como uno de los requerimientos (el principal) para aspirar al poder que generan los cargos de elección popular, en especial el de gobernador y presidente de la República.

Curiosamente, ayer apareció en Metepec un empresario que ingresó a la política, a pesar de que (según su discurso de antaño) la consideraba como una actividad poco digna para el género humano, quizás porque entonces todos los cargos públicos eran controlados por el Partido Revolucionario Institucional. De acuerdo con referencias periodísticas de la década pasada, en cada una de sus tribunas patronales nunca tuvo empacho en zurrar a todo aquel que se decía político, en especial a los servidores públicos de factura priista. Lo menos que les llegó a sugerir fue que se movían en terrenos donde la corrupción hacía las bases de amalgama.

Aquel estilo dio un giro de 180 grados, tal vez porque el tiempo o el cambio de partido en el poder logró lo que parecía imposible: se transformó en el zoon politikon aristotélico.

Dejó, pues, su actividad empresarial y, desde luego, antigobiernista, para de inmediato incorporarse al “tanque de cerebros” foxista. Me refiero a don Antonio Sánchez Díaz de Rivera, ex dirigente de la COPARMEX, en Puebla y en México, y hoy subsecretario de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL).

Con estas reflexiones y referencias pretendo destacar la trascendencia del discurso pronunciado ayer por el funcionario referido, palabras que, a mi juicio, revelan tres cosas.

Una: que ya sabe dominar sus pasiones (recordemos que tiene puesta la camiseta del PAN y que quiere ser candidato a gobernador).

Otra: que se quitó de la cabeza aquella vieja idea de que la corrupción es sinónimo de política (más le vale, porque podría revertírsele).

Y la tercera: que el gobierno de Melquiades Morales Flores va a la vanguardia en lo que a desarrollo social se refiere.

He aquí parte de lo que dijo el flamante funcionario del gobierno federal:

“Creo que a cualquier político le daría gusto, a cualquier gobernador le daría envidia, porque en este acto se ve un auténtico federalismo.

Cuando yo venía de la Ciudad de México… la señora secretaria (Josefina Vázquez Mota) me dijo:

‘Toño, siento no estar en ese acto porque no he sabido hasta ahorita que en algún otro estado se haga un evento como éste, en el que el gobierno del estado invite a todos los presidentes municipales. El que se presenten los programas que el gobierno del estado puede proporcionar a los presidentes, me parece que es un acto verdaderamente federalista… y no solo federalista, sino plural… el denominador es que todos quieren luchar por Puebla.’”

Con semejantes “confidencias”, don Toño tácitamente reconoce que este tipo de reuniones, “verdaderamente federalistas y plurales”, en Puebla ha puesto el ejemplo y “se dejan atrás los pactos secretos, pragmáticos, de clientelismo, pasando a políticas incluyentes, transparentes, para lograr un desarrollo humano e integral, tal y como lo quiere el presidente Vicente Fox Quesada”.

Además, el exempresario dijo que el esquema del gobierno poblano para impulsar el desarrollo social es el modelo que recomienda la SEDESOL a los gobiernos estatales. Asimismo, reconoció que el Fondo Concursable, los Proyectos Productivos y las Unidades Móviles de Desarrollo son la punta de lanza para que los mexicanos puedan alcanzar la justicia social (dijo bien común).

¿Será que don Toño ya conoce las reglas del buen jugador? ¿Habrá aprendido a no hacer gestos? ¿Tendrá la madurez política para aceptar que existen en México otras alternativas tan buenas o mejores como la que él representa?

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA DECADENCIA DEL TRIÁNGULO INTERNACIONAL

Sorprende al mundo el año de 1930: planteando en el campo de la política internacional problemas de la mayor gravedad y trascendencia que haya debido confrontar la humanidad en la última década. No se han elaborado aún los últimos arreglos que han de servir a manera de remate de la estructura económica de la postguerra; no se han puesto las signaturas finales con que se cierre la página inquietante que proyectó la liquidación económica de la guerra —con todo su acervo complejo de adeudos internacionales y de convenios para el pago de reparaciones—; no se ha finiquitado, en suma, esta grave cuestión que apareja, involucra y engendra otros problemas políticos y sociales de primera importancia, cuando ya los estadistas de las cinco grandes potencias navales —Inglaterra, Estados Unidos de América, Japón, Francia e Italia—, so pretexto de buscar el desarme naval, se ven compelidos, en realidad a ajustar su poderío e influencia como imperios que se atribuyen —en mayor o menor grado— la hegemonía política sobre el orbe.

Las conferencias que de aquí a pocos días van a iniciarse en la capital británica, están llamadas a determinar el ritmo de la política exterior de las primeras potencias; porque previamente a ellas se han destruido viejas alianzas y se han proyectado nuevas “ententes”, se ha alterado sensiblemente el cauce por donde discurrían, aquietándose las turbulentas corrientes de la vida interestatal, y es menester, en consecuencia estructurar una nueva armadura o establecer un nuevo equilibrio internacional.

No es sólo el interés propio de los hombres que han abierto su espíritu a las grandes inquietudes y emociones alemanas lo que debe movernos a contemplar, en su contenido básico y en sus inflexiones, un acontecimiento —o sucesión de acontecimientos— de tamaña magnitud. Es, además, y sobre todo: el deber que tienen todos los pueblos —sin excluir a los débiles o pequeños— de comprender cuál es la ruta y cuáles los designios y los intereses y las ambiciones en pugna de los grandes Estados, lo que impele al escritor a desentrañar la verdad de estos sucesos; ya que, fatalmente, la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, no permite a las pequeñas naciones substraerse, a la influencia de la rotación de las grandes potencias. Como que las perspectivas de paz o de guerra —mediata o inmediata— afectan por entero a la humanidad.

El legado de 1929

Ya en el plano concreto de la observación, claramente se advierte que el ambiente predominante al iniciarse este año de 1930, es muy otro que aquel que prevalecía al comienzo de 1929. Si los años —convencional medida de tiempo— tienen un valor histórico por los acontecimientos que en su lapso comprenden, este año de 1929 dejó una profunda huella de desconcierto en el campo de la política internacional: desconcierto que se traduce en inquietud y en zozobra que es urgente calmar.

Ciertamente, a 1929 se le legaron graves problemas, de entre los cuales dos —el de la liquidación económica de la guerra y el de la evacuación anticipada de la Alemania— están a punto de quedar básicamente resueltos; pero en cambio 1929 heredó un espíritu de cordialidad y un orden político que se antojaba inalterable en tanto que legó a 1930 notas amargas, rencores mal contenidos y actitudes intransigentes.

Al principiar 1929 el luminoso triángulo de la paz —Briand-Chamberlain-Stressemann— sólidamente constituido, que nada hacía sospechar un cambio sustancial en los lineamientos o en el espíritu de la política trazada por tan conspicuos hombres de Estado. Sin embargo, a 1930 lo han saludado los sedicentes nacionalismos, rencorosos, desconfiados o altaneros, cuyo espíritu ha sustituido al espíritu de concordia que tuvo su culminación en Locarno y en Ginebra.

Del trinomio Briand-Chamberlain-Stressemann no resta nada. El Bismarck de la paz rindió su tributo a la muerte, empujado por la intensa tarea que le imponían las resistencias “nacionalistas” y revancheras: Sir Chamberlain ha pasado a la penumbra —momentánea o definitiva— corriendo la suerte de su partido, mientras Mac-Donald y Snowden destruyen con saña toda la armadura forjada por L’entente Briand-Chamberland; y Briand, el viejo batallador, el más selecto y el más universal espíritu de Europa, apenas si es, en el Quai d’Orsay, una facade que no logra encubrir la política dura de André Aardieu.

De “L’entente” europea a “L’entente” anglo-sajona

Esta decadencia de los hombres que mayor influencia han ejercido en el mundo occidental en el último lustro —de los hombres cuya gestión disipó las tormentas que ya se anunciaban en 1923—; esta decadencia acusa la más formidable y más grave transformación del orden político internacional, que se haya conocido en la postguerra.

Cuando Snowden, con sus exabruptos, fueteó el rostro de Henry Chéron —el obeso ministro de Hacienda de Francia—, el hecho parecía tener solamente un valor anecdótico —fuerte, pero circunstancial—. A nadie se le ocurría que al margen de la pelea por diez millones de dólares anuales que reclamaba el canciller del Tesoro británico, se engendraba la más radical transformación de la arquitectura política internacional. El mismo Briand, por salvar los convenios llamados a liquidar el pasivo económico de la guerra, pensando y obrando a impulsos de su sensibilidad más europea que francesa, soportó con paciencia las tremendas boutades del delegado británico y hurgó acá y acullá hasta encontrar los millones reclamados por el tesoro de Albión.

Pero la resignación de Briand y el sacrificio pecuniario de cuantos cedieron por satisfacer las demandas inglesas, no fueron bastantes para volver las corrientes políticas a su cauce habitual. En realidad, el programa del nuevo gobierno británico comprendía un cambio radical de la política del Imperio. Así pues, el episodio de Snowden era la iniciación de una marcha por derroteros distintos.

El pueblo inglés saludó con vítores de entusiasmo al triunfador de La Haya. No era solamente l’entente personal Briand-Chamberlain la que quedaba deshecha; era sobre todo, l’entente franco-británica la que tocaba a su fin; entente que hizo posible la guerra y la victoria sobre el militarismo prusiano, y que servía de sustento al nuevo equilibrio europeo.

Inglaterra —se pensó— volvía al “espléndido aislamiento” que proclamaran los viejos liberales. Mac-Donald —se dijo—, no ha hecho otra cosa que levantar el ánimo del partido en derrota.

Pero no. Mac-Donald iba más lejos. Mac-Donald cambiaba l’entente franco-británica que le aseguraba la hegemonía sobre Europa, por l’entente anglo-yanqui que le asegura la hegemonía del mundo.

Este es el verdadero sentido de la situación internacional que prevalece en esta hora histórica.

Tardieu vs Snowden

Ante la ruptura de los vínculos franco-británicos que se forjaron en 1904 frente a la amenaza del predominio del kaiser Guillermo y que se solidificaron en los años angustiosos de la guerra; y ante las asperezas de los actuales ministros ingleses contra Francia, la exaltación del Partido Laborista británico al poder no podía repercutir —como se esperaba y como aconteció en 1924— como un fenómeno favorable a los partidos de la izquierda francesa sensibles a la concordia y fervorosos de la paz. Era demasiado violenta la actitud de Snowden y asaz trascendente la nueva orientación impresa a la política internacional por Mac-Donald para que no se operara en Francia un movimiento de reacción —casi instintivo— hacia Tardieu, hacia Maginot, hacia Marín, hacia todos esos hombres, en fin que mantienen la tradición “clemencista” de desconfianza y de rencores.

Y entre tanto esto ocurre en Inglaterra y en Francia, en Alemania ha desaparecido el más alto y más hábil estadista de nuestro tiempo —Stressemann—, y vuelven a cobrar fuerza los vástagos del kaiserismo que parecían definitivamente vencidos.

Este es el panorama espiritual que se observa en Europa en los albores de este año de 1930, cuando las grandes potencias del mundo, a pretexto de buscar el desarme naval, van a reunirse para ajustar su poderío e influencia como imperios que se atribuyen la hegemonía sobre el orbe.

El Nacional, 9 de enero de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

EL IMPERIALISMO SOVIÉTICO EN EL EXTREMO ORIENTE

Entre las huestes comunistas de nuestro país, ingenuas, candorosas e inocuas, es general la creencia de que el régimen soviético libra a las naciones de todas las miserias propias de los sistemas políticos adoptados por los Estados burgueses y las expurga de la infamante tarea del imperialismo. Quien se enfrenta con éste, lógicamente se veda a sí mismo de caer en los vicios que afanosamente combate. No se explicaría que un país que se defiende de las acechanzas de una grande potencia, se volviera contra su vecino —más pequeño y débil aún— para domeñarlo. Y sin embargo este es el caso de la Rusia soviética.

La URSS desarrolla un programa de expansión imperialista, que no difiere en sus propósitos ni en sus métodos, de los métodos y los propósitos que presidieron la política del zarismo.

Para probar este aserto será bastante con retroceder al lector al creciente conflicto chino-soviético —no solucionado aún en definitiva— que por momentos hizo pensar en la inminencia de una nueva contienda internacional —discrimen o prolegómeno de una futura conflagración general.

En la pugna de China con el Soviet, que involucró a Norteamérica como tercero en discordia, se destacan: el interés de la nacionalidad china, cuyo pueblo al despertar a la conciencia de sus deberes y responsabilidades, va destruyendo el estatuto plagado de servidumbres y humillaciones que le fue impuesto paulatinamente por las potencias, y el interés de dos imperialismos que chocan entre sí: el ruso —éste representado por los soviets, por la monarquía o por la democracia burguesa— y el norteamericano; con la circunstancia de que el imperialismo norteamericano implica para los chinos un mal menor, y lo utilizan, por tanto, como instrumento en su ruda tarea de liberación.

La medida drástica —brutal si se quiere— adoptada por los nacionalistas chinos al incautarse del ferrocarril ruso que atraviesa por la Manchuria, expulsando al personal designado por Moscú, no fue sino un acto de fuerza por medio del cual pretendieron los chinos —inútilmente hasta hoy— destruir una de tantas concesiones arrebatadas asimismo por la fuerza a la nación china, cuando se hallaba indefensa y atemorizada, bajo la férula de su indolente monarquía.

Ciertamente, los nacionalistas de hoy, buscando la realización de sus propósitos, vincularon su causa con el interés norteamericano de penetrar al mercado manchú. Pero tales procedimientos a nadie deben causar extrañeza, ya que es esa, justamente, la táctica defensiva de China; y el Estado que aprovecha las antinomias que advierte en los intereses de las diversas potencias, para obtener la abolición de un régimen intolerable, de concesiones y de privilegios, que todas ellas impusieron de consumo, no debe merecer más que la admiración de los hombres dotados de un espíritu recto.

El nacionalista chino supo aprovechar la propaganda que el interés ruso llevó a su territorio, no sólo para vencer a los “tuehu-nes” (caudillos militares que dominaban en China a la manera medieval y que se sometían en todo a los mandatos de las potencias), despertando en la colectividad el sentimiento de la unidad nacional, sino también para cercenar el poderío de las potencias occidentales y del Japón, hasta obligar a aquéllas y a éste a modificar sensiblemente los antiguos tratados unilaterales por otros en que la injusticia es menos palmaria aunque aún subsisten muchos privilegios para los extranjeros; ahora, el mismo nacionalista apoya, haciéndolo suyo, el interés de Norteamérica, que juzga menos nocivo, frente al interés ruso; y mañana se aliará con otras potencias para arruinar a su rival, hasta que por fin logre la redención de su patria, recuperando todos los atributos inherentes a la soberanía nacional.

¿Qué de extraño tiene esa política, cuando es la que secularmente —y no con finalidades de tal modo levantadas— han seguido las potencias? ¿Qué de inmoral, cuando va enderezada en contra de aquellos poderes que no experimentaron el menor escrúpulo en hacer de la China indefensa y abatida y somnolienta, terreno propicio para todas las concupiscencias internacionales?

No es menester averiguar la veracidad de la afirmación soviética —ni siquiera desmentida por la cancillería norteamericana— de que el secretario Stimson propuso la neutralización del ferrocarril ruso que corre por la Manchuria, para tomar el hecho por cierto.

Ese es un viejo anhelo de nuestros vecinos del septentrión. Ya en 1910, a la hora en que Rusia y el Japón negociaban los intereses de ambas potencias en la Manchuria, pasando de la enemistad a la alianza en el lapso de un lustro contado después de la guerra ruso-japonesa, el secretario Knox formulaba la proposición que hace pocas semanas atribuyó el Soviet al coronel Stimson.

Lo interesante es observar que el imperialismo zarista se opuso a los designios de Knox con igual decisión aunque no con la misma vehemencia —con que hoy se oponen los “Comisarios del Pueblo” a los designios de Stimson esto es: el imperialismo ruso, en 1910 o en 1929, siempre se opuso a la organización imperialista norteamericana en Manchuria, que hoy apoyan los nacionalistas chinos.

A guisa de ilustración, y aunque no sea necesario para demostrar la fuerza de la proposición que sustenta este artículo, recordará al lector que la Manchuria ha sido el punto de partida de los grandes conflictos de Oriente. Por la hegemonía sobre ella se produjo la guerra ruso-japonesa, hasta lograr el Mikado la cesión en su favor de las concesiones “de alquiler” arrebatadas por Rusia a China el 27 de marzo de 1898: Puerto Arturo, Talienwan y las aguas adyacentes. La guerra manchuriana culminó en la alianza anglo-japonesa, destruida diez y siete años más tarde por exigencias rotundas de Hughes. Y la Manchuria, en fin, constituye el obstáculo mayor para forjar la unidad china, hasta que ocurrió la formidable derrota de los “tsines” norteños y la trágica muerte del mariscal-bandolero Chang Tso Liu.

La conquista del mercado manchú puede ser causa de una de las grandes crisis que perturben la paz del mundo, y de fijo que a estas horas aumenta las preocupaciones de los estadistas reunidos en las conferencias llamadas del desarme naval que se registran en Londres. Sólo que en esta ocasión las potencias no podrán decretar la suerte de la Manchuria a espaldas de China, porque China ha dejado de ser “un gran cuerpo social sin músculos y sin cabeza” —como lo calificaron los comisionados de investigación rusos en 1908— para convertirse en una nacionalidad que resurge a la vida, que tiene voluntad, que adquiere pujanza y que, sobre todo, cuenta con estadistas capaces de conducirla por el sendero de su redención.

Pero volviendo al tema central de estos comentarios, insistiremos en la posición internacional que ha tomado el Soviet.

En el duelo político que la Rusia soviética de los primeros años venía sosteniendo con las grandes potencias del mundo, contó siempre con una fuerza que la hacía temible y grandiosa: la de erigirse en metrópoli espiritual de las nacionalidades sometidas.

Entonces Rusia predicaba a la conciencia de los pueblos, despertándoles el afán por organizar sus propias nacionalidades; la URSS parecía desdeñar los empeños de Europa por mantenerla al margen del continente blanco, como si se sintiera orgullosa del papel histórico que le cabía como cerebro y alma de los pueblos irredentos del lejano “Levante”. No se cuidaba de las murallas que se le oponían, porque estaba cierta —como expresó Wilson— de que las ideas penetran por todas partes, como el viento y la luz. Nació de la miseria y del dolor de la guerra, y pensaba que el dolor y la miseria de las grandes potencias la ayudarían a vencer en el mundo.

Pero llegó la hora en que los intereses genuinamente imperialistas de Rusia (¿pues qué otra denotación pueden tener las concesiones ferrocarrileras o los territorios arrebatados por el zarismo por medio de la fuerza o con la amenaza del empleo de la fuerza, a una nación indefensa?) se ven en peligro, y entonces el Soviet no recuerda más su misión libertaria, para convertirse, simplemente, llanamente —hasta en sus procedimientos de arrogancia y de crueldad, de “ultimata” frecuentes y de invasiones armadas— en una de tantas puissances de proie, del tipo de aquéllas otras que avasallan a los pueblos en nombre de la civilización o que desembarcan infantes de marina en cualquier playa indefensa.

El Nacional, 2 de febrero de 1930.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

Apareció el ausente

Esperando el mundo se deshace y la fruta madura

Federico García Lorca.

 

Hace unos días en este espacio pregunté: ¿Qué pasó con el economista José Luis Flores Hernández? ¿Dónde diablos se ha metido?

¿Por qué ya no se deja ver?

Mi respuesta fue que este tipo de ausencia revela que pudieron haberle fallado sus amigos y puede ser que hasta quienes fueron sus subordinados. Los primeros porque se alejaron de él para prácticamente dejarlo morir solo, y los segundos porque le hacen el fuchi.

También transcribí lo que opiné respecto a su aspiración a la candidatura que finalmente ganó el hoy gobernador Melquiades Morales Flores: “Si participas en el proceso interno, le dije en aquella ocasión, perderás debido a que tu principal rival (Melquiades Morales Flores) es un político que lleva toda la vida trabajando para ser gobernador. Tiene muchos amigos y una muy buena imagen”. Concluí, pues, que al exsecretario de Finanzas le había faltado presencia política, es decir, haber dedicado más tiempo a compartir con sus paisanos las buenas y las malas. O dicho en otras palabras: le falló (a él o a su padrino) la estrategia que los “clásicos” llaman baños de pueblo.

Después de algunas consideraciones sobre su personalidad académica y las dificultades que tendría para recuperar lo andado, así como para demostrar a los poblanos que es un cuento lo de su carácter reservado, huraño e iracible.

Días después recibí un correo electrónico enviado por él, mismo que me permitió transmitir íntegro en virtud de que —como lo acostumbran los políticos con oficio— responde las preguntas apuntadas sin entrar en las honduras de las aclaraciones subjetivas:

“Estimado Alejandro:

Te agradezco los amables comentarios que me dedicaste hace unos días en tu columna con el título “El ausente”. No me extraña, como bien dices, que algunas personas ahora me recuerden más por mis muchos defectos que por mis pocas virtudes. Esa es la naturaleza humana y el trato normal a un político que no está en una posición política destacada. Sin embargo, más que explicaciones sobre mi carácter deseo contarte que después de 29 años de trabajo honesto en el servicio público, actualmente estoy dedicado a la actividad privada.

Dedico mucho tiempo a la familia y al rancho en Cuetzalan que fue de mi bisabuelo, de mi padre y que ahora es mío.

Por otro lado, estoy asociado en un despacho con amigos y tengo algunos contratos en varias partes del país asesorando a gobiernos estatales y municipales, así como a algunas empresas privadas.

En la política continúo participando en Puebla como Consejero Político y en México participando en la organización de la próxima Asamblea Nacional en la Comisión para reformar los Estatutos para la elección de dirigentes del (PRI).

Como puedes ver me mantengo ocupado y optimista de que lo mejor de México y de Puebla aún está por venir.

Recibe un afectuoso saludo”

Usted, respetado lector, tiene la última palabra. Sin embargo, me permito recomendarle que no borre de su lista de personalidades a la gubernatura a José Luis Flores Hernández, un hombre cuya formación y oportunidades políticas deben de haberle dejado una espina clavada, misma que estoy seguro tratará de sacársela haciendo uso de su talento, relaciones, coraje, antecedentes y experiencia. Apúntelo pues, al lado de Rafael Moreno Valle Rosas, Germán Sierra Sánchez, Ana Teresa Aranda de Orea y Francisco Fraile García. Al tiempo.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

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