EL CONTRAPESO DE LOS PIRRURIS

El inglés con frascos frescos frescos ebrio con su baba, beba y haga de la gula, gala que con él se trata, treta.

Paranomasia novohispana

 

¿Qué haríamos los columnistas sin Manuel Bartlett?

Luchar denodadamente contra la página en blanco. O aburrirnos hasta que alguno de los políticos de casa nos deleitara con los brillos de su ingenio oculto entre las sombras de la prudencia. O esperar con la carga que caracterizaba a los caballeros del medievo que vivían con la ilusión de encontrar una casta doncella dispuesta a entregarles su virginidad, entonces el territorio terrenal más espléndido, cuyo pilón —por cierto— era la codiciada dote. O estar al acecho de alguna perla novedosa para hacer —como lo hace Nikito Nipongo— un tratado crítico sobre otra de las metidas de pata. (En este caso existe un riesgo: no ser original).

De ahí que no nos quede de otra más que agradecer al senador Bartlett su peculiar interés por comentar los asuntos políticos de Puebla, a pesar —que conste— de sus reiteradas promesas de alejarse de la vida política del estado. Pero además de nuestra gratitud periodística, también habría que manifestarle nuestra admiración por su empeño en picar la cresta a los representantes de la derecha poblana, los mismos que el próximo 15 de febrero regresan al poder municipal acompañados del reverberante tañir de la campana María. Y brindarle un voto de confianza a la ideología que representa, ya que, no obstante los “derechazos a la mandíbula”, todavía pueda dar un golpe de suerte y derribar a la absurda y chambona reacción; es decir, a la filosofía impulsada por el Frente Universitario Anticomunista (FUA), integrado por ciudadanos que veían bolcheviques hasta en la sopa. “Ahora más que nunca —decían entonces acogiéndose al contenido de la Carta pastoral de 1961— se aplican las palabras de Jesucristo: aquel que no está conmigo, está contra mí”.

¿Seguirá vigente el fanatismo de los anticomunistas poblanos?

Decídalo el lector después de leer las líneas del libro Política y poder en Puebla, escrito por Wil G. Pansters (Ed. BUAP y FCE, 1998). Y dele o niéguele la razón a don Manuel por lo que él infiere como la asonada de la derecha en Puebla.

“El cristianismo y lo que representa fueron absorbidos por el discurso anticomunista y viceversa. Un buen ejemplo del proceso discursivo de equivalencia y antagonismo fue un folleto distribuido (probablemente por el FUA) en medio del conflicto…”. Y en él se plasman algunas comparaciones que tratan de establecer el choque del cristianismo con el comunismo.

Por ejemplo: “El hombre es una persona libre” vs. “El hombre es un esclavo del Estado”. Otro: “Derecho a la vida” vs. “El Estado dispone de las vidas humanas a su antojo”. Uno más: “La familia tiene derechos inviolables en la educación de sus hijos” vs. “El único dueño de los hijos es el Estado”. El más jalado de los pelos: “La familia es indisociable porque es sagrada” vs. “El amor libre, el legítimo”. Y el último para dejarlo, digamos que picado: “Amaos los unos a los otros” vs. “Luchad clase contra clase”.

Estas frases, creadas por las mentes calenturientas de la derecha poblana, aparecieron publicadas sin firma autógrafa, pero ideológicamente signadas por destacados miembros del FUA, facción en la cual militaba (y con “orgullo”, tal y como él mismo lo aceptó) el ahora presidente municipal electo, Luis Paredes Moctezuma. Y aquí se impone otra pregunta:

¿Qué haría el futuro alcalde de Puebla sin Manuel Bartlett?

Supongo que regodearse como pudo hacerlo su asesorado, el otrora munícipe Gabriel Hinojosa Rivero. Y quizá hasta sentirse salvador de Puebla quitándole lo de “Zaragoza” para rebautizarla con el de “Los Ángeles”. Es decir, aumentar el papel de reivindicador del cristianismo y, por ende, usar la espada bendita y desenvainada para cortar la cabeza de los liberales: el San Miguel Arcángel luchando contra los dragones convertidos en horribles dinosaurios tricolores, pues.

¡Claro que debe de resultar incómoda la presencia retórica y crítica del exgobernador y ahora influyente senador priista!; sin embargo, viéndola con optimismo para los miembros del PAN poblano (TaliPAN, Armando Labra dixit), hace las veces de freno natural a las intenciones de recule. Y obvio: a Paredes le sirve de conciencia y contrapeso para orientarlo a equilibrar su mandato, dándole un sentido social ajeno a posiciones ideológicas y posturas religiosas. Como debe ser en estos tiempos modernos.

A partir de ello habría que decirle a Manuel Bartlett Díaz: siga usted, senador, metiendo su influyente nariz en los asuntos políticos del estado que gobernó. Puede ser que su opinión (u olfato político) modere los arrebatos priistas, además de darnos tema de columna.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA EMBAJADA DE ESPAÑA Y EL NUEVO CONCEPTO DE LA DIPLOMACIA

La elevación al rango de embajadas, de las misiones diplomáticas de México y España, es el coronamiento de una gestión diplomática hábil y oportuna. Por más que habría sido digno de mayor aplauso que el anuncio del propósito del gobierno de México de elevar a embajada su representación en Madrid, se hubiera hecho simultáneamente al reconocimiento de la República Española, no debemos escatimar el elogio que merecen el tino y la diligencia con que procedió nuestra cancillería, primero para lograr que fuera México el primer país del orbe que reconociera a la novísima República, y después para conseguir —con beneplácito de mexicanos y españoles— la elevación a la más alta categoría, de las antiguas legaciones mexicana y española.

La decisión del gobierno de México es doblemente interesante, por el momento en que se tomó y por ser España la primera nación europea ante la cual México acreditará un plenipotenciario permanente con el rango de embajador.

Y como coronamiento de este suceso feliz se anuncia por parte del gobierno español, que el primer embajador de la Segunda República lo será el ilustre periodista don Julio Álvarez del Vayo.

La política internacional de México, de algunos años atrás, se viene caracterizando por la marcada tendencia a señalar preferencias por los pueblos de nuestra propia raza. Ayer —todos los sabemos— la única embajada acreditada por nuestro país, lo era ante la Casa Blanca, como si con ello hubiera pretendido el gobierno atribuir una importancia preeminente a las relaciones de México con los Estados Unidos. Esta fue la característica de la diplomacia de la dictadura del general Díaz.

La revolución, en cambio —como consecuencia del sentimiento de solidaridad racial, que es uno de los fenómenos que exhibe nuestro gran movimiento social y político—, se preocupó por hacer extensivo a la mayor parte de los gobiernos del continente, lo que antes era una distinción reservada a nuestros vecinos del norte.

No se fijó México en las grandes potencias mundiales —Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Japón o Italia— para que fuera ante ellas ante quienes se acreditaran embajadas, de la misma suerte que se venía haciendo con Washington, sino que escogió a los pueblos de nuestra propia raza, lengua y cultura, por pequeños que sean y con ello pudo demostrar nuestro país, que el ritmo de la vida de relación en materia internacional no se determina en México por la influencia polarizadora que ejercen las grandes potencias, sino por la interpretación fiel del sentimiento de la colectividad nacional.

¿Cómo era, entonces, que siendo España el tronco racial de donde se han desprendido, como nuevos brotes de vida, las repúblicas hispanoamericanas, no se procuraba establecer cerca de la monarquía borbónica una política paralela a la seguida con los Estados hispánicos de nuestro continente?

La razón es obvia. Las relaciones internacionales en nuestro hemisferio, no se rigen por conveniencias tales como las que imponen la necesidad de proveer alianzas ofensivas o defensivas, del tipo de las que aún tiene que sufrir Europa; por lo contrario, es atendiendo solamente al sentimiento público como se intensifican y se expresan esas relaciones, por medio de los actos externos propios de la diplomacia. Era lógico, en consecuencia, que un país como México, fuertemente peculiarizado por las corrientes de renovación social y política que vienen gobernando nuestra vida interna en las dos últimas décadas, no se inclinara a exhibir extremos de cordialidad y de afecto por una monarquía de tendencias absolutistas, y que cada vez iba apartándose más del sentimiento del pueblo español, que sería, en última instancia, a quien nos interesara complacer con cualquier acto de nuestra diplomacia.

Por más que sea un principio de la más sana y honesta política internacional la no intervención de un Estado en los asuntos internos de otro, no cabe duda que se va abriendo paso de día en día una nueva tendencia que pretende significar —aun cuando no sea por medio de declaraciones oficiales—, la solidaridad de los pueblos y, consecuentemente, de los hombres de Estado, según las tendencias políticas predominantes en los regímenes de gobierno de los distintos países. Más claramente: el advenimiento de una democracia despierta entusiasmos en todos los regímenes democráticos de otros pueblos, como el advenimiento de las dictaduras provoca a su vez entusiasmos en otros regímenes afines. Era natural que Gerardo Machado se afanara primero, y se ufanara después, por la elevación a embajadas las legaciones cubana y española, cuando Primo de Rivera había usurpado el poder implantando su dictadura; como era natural, asimismo, que el propio Primo de Rivera estableciera una embajada en Chile tan pronto como el militarismo de la citada república había emulado al Marqués de Estella derrocando al gobierno constitucional.

En aquella época habría sido deseable, inclusive, que al simple advenimiento de Primo como dictador de España el gobierno de México, sin vana arrogancia, pero obrando con irreprochable firmeza, hubiera retirado a su ministro plenipotenciario de Madrid, dejando a un simple encargado de negocios para la tramitación de los asuntos corrientes que pudieran interesar de verdad a nuestros residentes o “paseantes” por la vieja España.

Obrando con la misma lógica, los gobiernos de México y España expresan hoy con el mismo calor con que ayer lo hicieran los dictadores, las simpatías y las afinidades de tendencias y de emociones renovadoras, que caracterizan o deben caracterizar a dos regímenes de honda raigambre popular y de incontenible afán renovador.

Más aún: la interdependencia de los Estados, que condiciona la vida moderna, va forjando y robusteciendo de día en día, agrupaciones de hombres cuya acción se solidariza pasando sobre las fronteras de cada país.

De igual manera que el obrero crea la Segunda y la Tercera Internacional como organismos de coordinación de los esfuerzos del proletariado; organismos cuya influencia se refleja a menudo en la gestión política de los partidos obreros u obreristas en cada nación; y así como el capitalismo, a su vez, procede de igual suerte para la defensa de sus intereses o privilegios, así también, aun cuando no se haya formalizado hasta hoy, existe la tendencia, (enunciada ya con propósitos de realización por hombres del valer y de la autoridad de Edouard Hèrriot), de formar la Gran Internacional de la Democracia, llamada a fortalecer a los regímenes democráticos y a combatir a las dictaduras, ya sea por medio de expresiones y actos de simpatía y de solidaridad entre los hombres del poder, como los que ahora llevan a cabo las cancillerías de México y España, o por medio de la influencia que ejercen en lo personal, en la prensa y en la tribuna, los estadistas, los escritores y, en suma, cuantos se empeñan porque se afiancen en el mundo regímenes propios de nuestro tiempo y de nuestra civilización.

Este nuevo concepto sobre la política internacional, determina una revolución que debe operarse —y de hecho se opera— en la gestión diplomática. La diplomacia moderna debe expurgarse de los formulismos inocuos que la habían distinguido, para traducirse en una gestión de compenetración, que comprenda por una parte, y exhiba por la otra, el sentimiento de los pueblos.

Necesariamente, si cambia el contenido de la diplomacia, es preciso que cambien también los actores de ella. El diplomático cortado a la antigua, ampulosa figura que vive una vida de representaciones irreales, que está desconectado de las corrientes de opinión que orientan la vida de su país y que se aísla, a la vez, de los centros vitales del país en donde ejerce su misión, debe ceder el paso al diplomático moderno que es el hombre identificado con su pueblo y con el régimen de gobierno al que sirve, y que va como mensajero de un pueblo, a penetrar en el alma de otro pueblo.

Podría ser representante de la monarquía borbónica cualquier duque, señor marqués o señor conde, de prestancia anacrónica, cuya presencia pasara inadvertida para nuestra actividad. Pero para representar a una democracia como la que tan brillantemente se ha instaurado en España, era preciso que fuera designado, como lo ha sido, uno de aquellos hombres que pertenecen a la élite que ha sabido transformar al régimen español.

De igual manera, no podrá nuestra cancillería acreditar ante el gobierno de España a un funcionario como tantos hay, sino a un hombre cuya autoridad lo capacite para transmitir al pueblo español en esta hora trascendente en su historia, el mensaje del pueblo revolucionario de México.

Por esta razón juzgamos que la importancia del hecho de elevar la categoría de las viejas legaciones de México y de España, se corona con la designación como titulares de cada misión diplomática, de hombres de la talla intelectual de don Julio Álvarez del Vayo.

Se completa el cuadro de comentarios que sugieren los hechos que vengo analizando, con la circunstancia de ser un periodista de profesión quien, al incorporarse a la cosa pública de su país, escala la más elevada posición dentro de la diplomacia. Esto significa la importancia que se concede en la democracia española a los valores que representan los periodistas.

Dentro del concepto que de la vida política se han formado los estadistas occidentales, el hecho no es nuevo. En Europa el periodista no es un simple glosador de los sucesos diarios, cuyas opiniones, por trascendentales que sean apenas son leídas por los hombres públicos. Allá cada periodista es realmente un representativo de determinado sector de opinión y un hombre habituado a contemplar los problemas nacionales o internacionales atañederos a su patria. Por esta razón del periodismo surgen generalmente los políticos y los hombres de Estado.

Y del periodismo español, o por mejor decir, de los más destacados rangos del periodismo internacional, es de donde ha salido el señor Álvarez del Vayo, para representar a su patria —hoy más amada que nunca— en nuestro país.

El Nacional, 11 de mayo de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

CONSPIRACIONES Y HOMBRES ILUSTRES

De mis impresiones en el destierro, ningunas tan hondas ni tan fuertes como las que recogí durante mi estancia, en la segunda mitad del año de 1924, en España. Y quiero traducirlas hoy, en sencillos relatos, como un homenaje al pueblo español y a los fundadores de la Segunda República Española.

Las juntas en la casa de Salmerón

En 1924 la dictadura del general Primo de Rivera se hallaba en toda plenitud, pero ya se sentía cómo se alzaba la nación en contra de un régimen usurpador que había destruido hasta la afición de las viejas instituciones españolas. No sólo los hombres representativos de fuertes corrientes de opinión, sino todo aquél que tenía conciencia de su dignidad ciudadana, procuraba de algún modo desacreditar a la dictadura y colaborar en el derrocamiento del régimen.

Las personalidades de más alto relieve social y político conspiraban.

En México había yo cultivado la amistad de don Marcelino Domingo. En España me enseñé a amar la rectitud de su vida, la fuerza de sus convicciones, la elevación de su pensamiento. Nuestra amistad se hizo íntima y caminando guiado por su mano, conocí la realidad intensa de aquel momento histórico de España.

Don Marcelino Domingo tenía grabado en la mente este pensamiento que normaba su conducta:

Como quiera que se realice la oposición, yo he de participar en ella. No quiero que se diga con razón algún día que yo supe de una conspiración sin que en ella hubiera participado.

A la sazón los conspiradores tenían sus reuniones en la antigua residencia que habitó el ilustre republico don Nicolás Salmerón. Todo Madrid —o por mejor decir, toda España— tenía conocimiento de las conjuras. En ellas participaban políticos eminentes, ya provinieran de la vieja e irreductible oposición republicana y socialista, ya de los ex monárquicos distanciados del régimen por el advenimiento de la dictadura del marqués de Estella. Entre los personajes militares de mayor representación —no es ya una indiscreción relatarlo— se contaban el capitán general Valeriano Weyler y los tenientes generales don Francisco Aguilera y —¡quién lo creyera!— don Dámaso Berenguer, el mismo que años más tarde había de ser jefe de la Casa Militar del Rey y sucesor de Primo de Rivera en el gabinete dictatorial.

Las conspiraciones se hacían a ciencia y paciencia de la policía. Cada uno de los hombres que concurrían a las juntas iba invariablemente seguido de un policía. No pocas veces mi desconcierto subía de punto cuando el agente que vigilaba al señor Domingo nos salía al paso para darnos informes al siguiente tenor:

—Don Marcelino, dése usted prisa porque ya todos los señores están reunidos.

O bien, para decir esto otro:

—Hoy no habrá junta. Ya todos se fueron, porque parece que los señores X o Z no pueden venir…

El movimiento debería estallar en forma de una huelga general de carácter revolucionario. El ejército no iba a realizar un golpe de fuerza. Por el contrario: iba a acuartelarse.

Los políticos españoles, celosos siempre de sus responsabilidades cívicas, se habían preocupado por definir su posición frente al gobierno. Había sido Primo de Rivera quien, por medio de un cuartelazo y tomando el nombre del ejército, suspendió la Constitución en complicidad con el rey, disolvió el Parlamento, destituyó al gobierno y, en suma, creó la dictadura. El ejército ahora, no iba más que a desautorizar al usurpador, volviendo a sus cuarteles y dejando que el pueblo revolucionario constituyera un nuevo gobierno cuya autoridad habría de prolongarse hasta la reunión de una Asamblea Nacional Constituyente.

Mi afán de cooperar de algún modo en el movimiento republicano me hacía inquirir con mi amigo, cada vez que había tenido lugar una junta revolucionaria, cuáles eran los planes acordados, cuáles los puntos concretos de acción y cuál el día o la época en que debería producirse el gran acontecimiento. La respuesta de don Marcelino era, casi invariablemente, la misma:

—El día y la forma en que estalle el movimiento es lo de menos. Lo interesante es prever el porvenir. Analizamos los grandes problemas que se presentan en España. Tomamos acuerdos y establecemos compromisos sobre la forma cómo debe constituirse el gobierno provisional y cómo deben plantearse y resolverse en sus líneas generales los problemas de España. Recorremos la historia de la Primera República para no incurrir en los errores que determinaron su fracaso. La Segunda República, para cimentarse sólidamente, necesita aprovechar la experiencia que arroja la historia. Hoy hemos llegado a un acuerdo sobre la autonomía de Cataluña (o sobre Marruecos, o sobre no importa qué otro problema fundamental…)

II

Influencia fatal de la guerra del Rif

Un día me sorprendió Marcelino Domingo con una grata proposición. Por su conducta la Junta Revolucionaria pedía de mí que me trasladara a Tánger, Marruecos, y que de allí procurara llegar hasta el campamento del caudillo insurgente del Rif, Abd-el-Krim, para sugerirle que suspendiera su ofensiva sobre Xaven y Tetuán, en espera de que se produjera el cambio de régimen en España. La República garantizaría al caudillo la autonomía del Rif, reservándose sólo el dominio sobre las plazas de soberanía española situadas en África: Ceuta, Melilla y Larache y el Peñón del Alhucemas. El Rif, con ayuda de España, constituiría un nuevo Estado que se pondría bajo la garantía de la Sociedad de Naciones.

La solución era perfecta.

Una semana después me hallaba en Tánger y había logrado facilidades para llegar hasta el campamento del gran jefe rebelde. Pero los acontecimientos se produjeron con fatal rapidez. Abd-el-Krim había emprendido su fulminante ofensiva. La ciudad santa de Xauen se encontraba ya en su poder. Un ejército español, en derrota, se retiraba hacia Tetuán. Y los militares españoles, en presencia de este acontecimiento, posponían los problemas internos, solidarizándose con Primo de Rivera hasta que se resolviera el problema militar de Marruecos.

Un aviso oportuno me hizo regresar a Madrid. El movimiento revolucionario quedaba pospuesto indefinidamente.

Pero los conspiradores civiles proseguían su tarea, planteando soluciones concretas a los problemas concretos de España, para cuando llegara el momento de asumir la responsabilidad inherente a la creación de un nuevo régimen.

III

El sentimiento popular y el escepticismo de los intelectuales

Desde mi arribo a tierras españolas me dominó el propósito de auscultar el sentimiento político del pueblo español. En mis viajes por Galicia, Asturias, la Montaña y Andalucía, inquiría con la gente más humilde, y el resultado era siempre adverso a la monarquía, particularmente a causa de la guerra del Rif tan injusta como sangrienta. En Bilbao y en Madrid la oposición era más exaltada, y en Cataluña la aversión por la monarquía y por la dictadura avivaba el espíritu de liberación nacional, hasta convertir el viejo ideal autonomista en un anhelo, cada vez más generalizado, de separación.

Primo de Rivera había clausurado la Universidad Catalana, suprimido las sociedades de estudios y de investigaciones catalanas, prohibido la lengua y la música y hasta los bailes catalanes. La represión sólo engendraba una mayor exaltación de los catalanes. Y las sociedades e institutos clausurados por el dictador proseguían en secreto, con mayor afán, sus patrióticos estudios e investigaciones, con la ayuda económica, espontánea y abundante, de todo el pueblo.

El sepelio de don Ángel Guimerá —que tuve ocasión de presenciar— constituyó un verdadero plebiscito en que se mostró el sentimiento de la colectividad catalana: las anchas y espaciosas ramblas de Barcelona estaban colmadas por la multitud, y no había una sola persona que hablara el español; yo enmudecía, para no parecer sospechoso ante la pacífica pero imponente protesta de aquel pueblo.

Sin embargo, la mayoría de los políticos e intelectuales españoles —mismos que incubaban y dirigían la oposición a la dictadura y a la monarquía— no creyeron jamás que la simiente republicana hubiera germinado en el pueblo español, ni menos aún que éste se mostrara dispuesto a promover un movimiento insurreccional.

En una visita que hice en la cárcel Modelo de Madrid a don Ángel Ossorio y Gallardo, este ilustre jurisconsulto y político (hoy miembro prominente de la Comisión Redactora del Proyecto de Constitución Republicana) expresaba su escepticismo:

—No existen fuerzas organizadas —decía— capaces de derrocar a la monarquía; ni el pueblo se inquieta aún por la cosa pública. Si el rey y el dictador lo quisieran, restaurarían el imperio de la ley después de una sucesión de gobiernos, cada uno de los cuales les fuera otorgando mayor cantidad de libertades, hasta restablecer la Constitución.

Y como se le arguyera que el republicanismo cobraba nuevos ímpetus de día en día, él concluyó en forma displicente:

—Sí, es verdad; Cataluña, la más valiente región es capaz de agitarse; pero ya vemos cómo se ha plegado ante la amenaza de represión de la dictadura. De ahí en más no veo otra fuerza organizada que el socialismo… ¡Y en tan corta escala!…

Y don Ángel Ossorio y Gallardo resumía la opinión de la casi totalidad de estos hombres que estaban forjando una obra cuyos resultados y trascendencia sobrepasaba a los cálculos más optimistas.

Todavía hace unos meses, los jóvenes españoles que visitaron nuestra ciudad con motivo de un congreso estudiantil, difiriendo de mis opiniones, contemplaban la revolución republicana como una perspectiva remota, que acaso correspondiera a ellos, más tarde, plasmar.

Y sin embargo, apenas contaron con tiempo bastante para retornar a tierra española, donde la suerte les reservaba brillante papel en las gloriosas jornadas de abril.

Nada de extraño tiene que la opinión en América haya juzgado siempre que la oposición a la monarquía era más bien un movimiento espiritual de las “élites” pensantes, que la resultante de un vasto y enérgico movimiento de la opinión popular nacional.

Sólo los viejos luchadores del republicanismo histórico: Marcelino Domingo, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Besteiro, Lerroux, creían en el próximo advenimiento de la República; pero acaso haya sido con ingenuidad, porque veían esa posibilidad desde 1917.

El Nacional, 19 de junio de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

DE CONDISCÍPULO A OPERADOR POLÍTICO

En el curso de la campaña que lo llevaría a la gubernatura, y estando ya en el poder, Mariano Piña Olaya tuvo aquellos “ímpetus peligrosos de sinceridad” que José Vasconcelos escribió en su obra Ulises Criollo, recordando algunos de sus fracasos como orador. La franqueza del oaxaqueño nos da oportunidad de conocer sus primeros traspiés políticos ante la “masa humilde”.

“Un día hablé que antes de intentar democráticas y actividad política –dice– el pueblo necesitaba emprender la campaña del agua y del jabón. A pesar de mi intención pura, el consejo pareció a unos ofensivo, a otros impolítico, y dejó desilusionada mi capacidad demagógica”.

Sobra aclarar que el parecido de Piña Olaya con Vasconcelos se constriñe a la preocupación aséptica que todavía en nuestros tiempos es una ofensa a los campesinos, cuya marginación y pobreza los mantiene lejos del agua de consumo y, obviamente, del jabón, hoy, como siempre, un artículo de lujo para los pobres. Sin embargo, como Piña Olaya usó la misma tónica de limpieza con los campesinos, hago esta referencia con la idea de asentar lo importante y benéfico que es para los políticos recordar o conocer las experiencias de gente tan capaz e inteligente como Vasconcelos. Insisto, pues, que la historia es el prólogo del porvenir y que, apreciándola, evitamos la repetición de errores y desaciertos.

Los yerros del mandatario poblano (1987-1993) empezaron antes de que fuera nominado candidato al gobierno local. El más espectacular, por su trascendencia, ocurrió en una cena organizada por el industrial Ricardo Hess. En aquella ocasión, los asistentes deseaban conocer la forma de pensar del hombre que llegaría a gobernar a Puebla. Asistieron Manuel de Unanue (a los pocos meses llegó a dirigir a los productores agropecuarios del país), Jorge Ocejo Moreno (también ascendió a la dirigencia nacional de la COPARMEX; después, a la candidatura para la alcaldía y, más tarde, diputado federal por el PAN), José Manuel Rodoreda (alcanzó la cúpula de la Cámara de Comercio local y el liderazgo natural del sector patronal), Heberto Rodríguez Concha (fallecido en funciones de regidor del ayuntamiento poblano —1997— por un tumor en el cerebro, enfermedad que se agravó debido a la presión moral concebida por algún estratega del gobierno de Manuel Bartlett), Humberto Ponce de León, Ernesto Pérez Reyes, Othón Necochea Agüeros y Mario Velázquez Llórente.

Este último cuestionó al invitado especial sobre su amistad con el presidente de México; le dijo que si efectivamente era su amigo, ya le habría dicho si iba o no a ser gobernador. La pregunta de Velázquez propició una respuesta alegre que fue más o menos en los siguientes términos:

“Si supiera la decisión presidencial, no estaría perdiendo el tiempo con ustedes”.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

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